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El feminismo en la obra de John Stuart Mill


 

    Cuando tuve que decidir un tema sobre el que trabajar en “Historia de las relaciones de género” dudé, como es normal. Es tan amplio el espectro de asuntos que se pueden abarcar que incluso padecí un cierto vértido. Finalmente, me vi condicionado por la lectura que en aquel momento hacía de Eric Hobsbawm: el arco temporal de mi temática habría de estar en el siglo XIX. En el s. XX todo estaba bastante encarrilado y en el XVIII la ilustración sufrió un apagón generalizado en materia feminista. “La mujer en la revolución industrial” o “La declaración de Séneca Falls” parecían buenos temas, pero una chispa se me encendió en el último momento. Durante tercero de carrera recibimos varias conferencias sobre el feminismo y su historia, pero siempre echamos algo en falta: no hubo un solo investigador como ponente, las mujeres ocuparon siempre el lugar del orador.

     Hace años adquirí un libro de bolsillo sobre cultura general en el que se dedicaba un capítulo íntegro a las relaciones de género. Para mi sorpresa, el defensor más aclamado entre sus líneas, todas ellas inundadas de mujeres más o menos revolucionarias, era John Stuart Mill. Alguno pensará que lo destaco por pura simpatía, aunque es todo lo contrario. Su rostro no me era agradable: narigudo, cejas obtusas, con ancha y profunda frente y patillas hasta la misma mandíbula; pero su mirada era como una balsa de aceite que mantiene a resguardo un tesoro antiguo. Para ser justos, su excelencia no fue tomar la bandera del feminismo por primera vez en la historia, pues muchas fueron las mujeres que en siglos anteriores, clandestinamente o entre líneas, defendieron un cambio o cuanto menos una moderación en las cosumbres, pero esta es otra historia. Su labor primordial consistió en llevar este tema de debate al parlamento e iniciar un movimiento de sufragio femenino; lucha que perduraría, en Inglaterra, hasta casi 1930.

     Cuando tan solo quedaban dos semanas para la fecha límite en la que podía entregar mi trabajo, compré varios libros suyos y los leí con avidez. Conforme pergeñaba su biografía y su pensamiento descubrí cuán clarividentes eran sus razonamientos, continuamente críticos y lógicos. Fue, por supuesto, un adelantado a sus coetáneos. Su revolución no era diferente de las que clamaban socialistas, marxistas o liberales: buscaba un” estado” civil más equilibrado y justo, solo eso.

     En las líneas que siguen a continuación trato de esbozar los aspectos esenciales de su personalidad y formación, así como las tesis fundamentales de su defensa feminista. Espero no haberme dejado llevar por la pasión, pero debo advertir de que El sometimiento de las mujeres, aun con más de un siglo de existencia, está llamado a ser un libro básico en la enseñanza de las futuras generaciones, aquellas que habrán de conseguir definitivamente la concienciación por la igualdad. 

 

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Feminismo  en  la  obra  de  John  S.  Mill

 

 

INTRODUCCIÓN

            En 1789 sucedió, quizá, uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia, la “Revolución Francesa”. En los decenios siguientes las luchas entre el absolutismo y las posturas liberales se alternaron hasta la consolidación de los grandes Estados con un texto constitucional propio que avalara y reconociese, entre otras cosas, la identidad de cada uno de los individuos. No obstante, en la práctica esto no fue así. A pesar de las reclamaciones que formularon en sus escritos autoras como Olympe de Gouges y Mary Wollstoncraft, que reclamaban una mayor consideración de la mujer en todos los ámbitos, especialmente en la educación, la situación política y en la relación de pareja, los intentos fueron fallidos, si bien marcaron un hito de referencia para posteriores manifestaciones feministas.

            John Stuart Mill nace en Londres en los años durante los cuales llega a su esplendor el Imperio Napoleónico en Europa y fallecerá con la caída su nieto, Napoleón III, frente a la creciente y todopoderosa Alemania de Bismark. Como podemos observar, vivió en un periodo de total convulsión política. El mundo que conoció en su infancia no se parecía en nada al que lo rodeaba a su muerte. Inglaterra, sin embargo, era diferente y mantuvo un ritmo más unitario y regular de evolución. Desde el siglo XVII había constituido la forma esencial de sus órganos de gobierno, había restringido el poder de la monarquía y se había lanzado a la conquista del planeta mediante la fuerza de sus grandes “Compañías” comerciales marítimas. El periodo victoriano fue fructífero en el comercio y en la política, a pesar de que muchas reformas no se pudieron llevar a cabo. El movimiento obrero y la revolución industrial obligaban a modificar los sistemas legislativos y representativos. Es en este punto, precisamente, toma importancia la obra y pensamiento del autor que nos ocupa.

            A sabiendas de la marginación que la mujer sufría en todos los ámbitos, J.S. Mill se propuso un reto: lograr, desde su asiento en la Cámara de los Comunes, que las mujeres disfrutasen de los mismos derechos que se otorgaban a los hombres, como la ciudadanía, el acceso voluntario a todo tipo de empleos y la libre y básica educación. En tanto que heredero, en su aprendizaje infantil, de los ilustrados, concebía que el progreso de la humanidad era progresivo y ascendente; pero la humanidad ralentizaría su paso si la mitad de sus miembros no eran reconocidos y valorados según su talento en paridad de posibilidades. Era una contradicción mantener posiciones progresistas sin admitir la sumisión del sexo femenino o la irracionalidad de la esclavitud.

        Su objetivo era extender el sufragio a toda la población. Para lograr este objetivo, el primer paso a seguir era concienciar a la población de cuán marginada estaba la mujer en la sociedad, no ya inglesa, sino europea, comparándola a veces con la estadounidense. Esta subordinación y exclusión tuvieron su génesis en un pasado remoto. La mujer siempre había sido presentada como un ser inferior en lo físico y lo psicológico. No siendo aptas para la vida pública, a cualquier edad, solo podría gozar de un espacio adaptado a sus cualidades naturales: el hogar, el monasterio, siempre confinada a un espacio donde no mostrara su torpeza e incompetencia, donde pudiera ser controlado el animal instintivo e impulsivo que llevaba dentro. La herramienta más adecuada para el control era el matrimonio, que suponía un cerco para cualquier mejora progresiva para el estatus de aquellas.

            Los especialistas se cuestionan hasta qué punto su mujer, Harriet Taylor, injirió en la formación feminista de John Stuart Mill. Si bien es verdad, como veremos más adelante, que él mismo reconoce la infinita gratitud que debe a su esposa en todos los campos de su madurez intelectual, también advierte de que previamente a conocerla él mantenía ideales progresistas también en el campo de los derechos de la mujer. Y en este punto hay que destacar la figura paterna, James Mill, quien se preocupó hasta el extremo de educarlo, más allá del dogma religioso, en preceptos liberales y laicos. De ahí que todos coincidan en reseñar que los dos pilares básicos en la vida de nuestro autor sean su padre y su esposa. Cabe preguntarnos algo más, a lo que no encontramos respuesta: ¿por qué J.S.Mill elude en prácticamente toda su Autobiografía la figura materna? (1) ¿no pudo estar en ella la clave de esta tendencia profeminista? Nunca lo sabremos. 

            En verdad que John Stuart Mill fue una figura clave en la conformación del pensamiento feminista. Más allá de las controversias (2), lo extraordinario de su pequeña obra a favor de la mujer es, además de las ideas que aporta, su naturaleza masculina. Si tenemos en cuenta que muchas de las tesis que plantea son válidas hoy en día, comprenderemos el gran mérito que supuso exponer argumentos tales en una sociedad como la victoriana, del siglo XIX, donde la dignidad y esencia del hombre estaba sobre la de la mujer en todos los campos. Aunque acaso hablamos desde la empatía, no queremos pasar por alto este último argumento: John Stuart Mill marca un antes y un después en la política inglesa, que desde 1865 hasta 1928 luchará por aprobar el sufragio femenino.

 

VIDA

La Infancia y la  figura paterna– James Mill ejerció como tutor privado en varias familias escocesas, aunque se terminó estableciendo en Londres en 1802, donde se dedicó a escribir. En 1806, año en que nació John Stuart Mill, publicó Historia de la India Británica, donde hace gala de un radicalismo democrático. Aunque estaba en contra de la explotación desmesurada que se llevaba a cabo, James Mill terminó entrando en la Compañía de las Indias Orientales como Assistanats del Examiner of India Correspondence, posición desde la que vertió sus opiniones para mejorar el régimen del colonialismo. En 1808 conoció a Jeremy Bentham, padre del utilitarismo inglés y junto al cual desarrolló distintas teorías sobre la libertad de expresión y la democracia, aplicadas a la política, la educación, la libertad de prensa.

A pesar de su atareada vida, James Mill educó personalmente a su hijo, John Stuart Mill, aplicando los principios de la psicología asociacionista (1). A los tres años de edad aprendió una serie de vocablos que le permitieron leer a los grandes autores helenos. Las Fábulas de Esopo, en versión original, la Anábasis, de Jenofonte, Heródoto, Diógenes Laercio, Luciano e Isócrates. A los siete estudió los primeros diálogos de platón, que le enseñaron oratoria (Gorgias y Protágoras) y se introdujo en la aritmética. Para descansar, leía en inglés a Plutarco y la Historia de Inglaterra, de David Hume. A los ocho años ya enseñaba latín a sus hermanos, lo cual aprovechó para leer a Virgilio, Tito Livio, Ovidio, Terencio, Cicerón, Salustio mientras indagaba en el pensamiento de Demóstenes, Teócrito y Aristóteles, entre otros. Le interesaba el ámbito de la historia –el que más le gustaba, decía- y por eso escribió una historia de Holanda y otra de la Constitución romana. Su centro de atención no era la literatura; no obstante,  leyó a Shakespeare, Milton y Goldsmith, disfrutó de Robinson Crusoe, Las mil y una noches y Don Quijote. Con doce años se introdujo en la lógica y en la filosofía y a los trece Mill hizo un curso de economía política, algo que lo vincularía poco después a David Ricardo, junto al cual refutaba algunas teorías de Adam Smith.

El pequeño J.S.Mill fue educado desde el principio sin ningún tipo de creencia. Su padre, James Mill, negó la creencia en la Revelación, convencido de que no existía conocimiento posible del origen de las cosas. Sus fundamentos fueran más morales que intelectuales: ¿cómo un mundo con tanta maldad iba a ser obra de un creador? La religión era el peor enemigo de la moralidad, pues erigía prioridades artificiales, que no tenían relación con el bien del humano y porque viciaba la norma moral inclinándonos a la adoración de un ser al que adulaban pero era representado como malvado (2).

            En su Autobiografía, J.S.Mill se confiesa: “soy uno de los individuos que no ha abandonado sus creencias religiosas, simplemente porque no las tuve nunca. Me eduqué en un estado de negación con respecto a ellas”. Era algo que no tenía que ver nada conmigo”. En detrimento de una educación tradicional en la época, James Mill lo guió hacia la distinción entre el bien y el mal desde la filosofía griega. Por ejemplo, de Sócrates aprendió la justicia, la templanza, la sinceridad, la perseverancia, la disposición para encarar el trabajo y el sufrimiento y la estimación por las personas de mérito; pero sobre todo quiso apartarse de una vida fundamentada en el abandono y dejación.

 

            El viaje a Montpellier Con catorce años fue a Montpellier, donde estudió zoología, química y filosofía. A su regreso permaneció un tiempo en París. Lo más importante de este viaje fue conocer a Saint Simon y relacionarse con el ambiente del liberalismo continental, en aquella época nada común entre los ingleses. Este viaje fue trascendental para su formación, de mirada más libre, abierta y universal.

            Cuando regresó a Inglaterra, leyó Traité de législation civile et pénale, de Étienne Dumont, donde se reunían los primeros bocetos del pensamiento benthamieano. Este autor trataba de aplicar científicamente el principio de la felicidad a la moralidad de las acciones, todo un descubrimiento para el aún joven J.S.Mill. Así, impregnó toda su vida de un pensamiento novedoso. Creó la “Sociedad utilitaria”, donde reuniría a jóvenes que estuvieran de acuerdo con él en que el utilitarismo era la norma moral y política fundamental, aunque solo sobrevivió entre 1822 y 1826.

            La compañía de las Indias OrientalesComo venimos viendo, gracias a su formación económica y política, su padre pudo integrarlo en la Compañía de las Indias Orientales, donde llegó a ser el principal director de la correspondencia con la India. Aquí aprendió cómo se dirigían los negocios públicos, pero sobre todo el valor del compromiso, de la discusión para tomar decisiones importantes, todo ello para conseguir la mayor “cantidad de bien aprovechando todas las circunstancias”.

            La Westminster Review– Fundada y financiada por Jeremy Bentham, J.S.Mill se dedicó a la redacción y publicación de numerosos artículos con gran resonancia en la sociedad. Denunció la manipulación que los conservadores y la iglesia hacían de la opinión pública, abogaba por el principio de gobierno representativo y la libertad de expresión.

            Depresión y cambio de mentalidad- El ritmo de estudios y de vida que llevaba tuvo un punto culminante: 1825, cuando fundó la “Sociedad de debate” contra los discípulos de Robert Owen. Desde ese momento decayó en una profunda depresión nerviosa, hasta su recuperación en 1827. Nunca quiso preocupar a su padre, de ahí que mantuviera en secreto los problemas que lo acuciaban en el interior. (3).

            Desde este momento, J.S.Mill comprendió que lo más necesario era el cultivo de su propia interioridad. Temía que el pensamiento analítico había debilitado sus sentimientos, sus pasiones y virtudes. En 1827, leyendo Memorias de un padre para la instrucción de sus hijos, de Jean-François Marmontel, rompió a llorar  y descubrió que “no era un leño o una piedra. Parecía que aún me quedaba algo de aquella materia con la que se fabrica todo carácter valioso y toda aptitud para la felicidad” (4). En adelante, intentaría mantener un equilibrio entre la especulación teórica y el cultivo de los sentimientos, en su caso, a través de la poesía, la música y el arte en general. Coleridge y Wordsworth fueron esenciales en la consolidación de este cambio.

            En 1828 abandonó la Werminster Review, y en 1829 dejó de asistir a la “Sociedad de Debate”. El logro más importante de este periodo es el cambio en su conciencia: no podía adherirse a un sistema filosófico rígido –como el benthamita, que ya había marginado-, sino que era necesario plantearse un sistema más complejo y abierto. Seguía defendiendo una postura radical y demócrata. Se daba cuenta de que el predominio de las clases aristocráticas era un mal que había que extirpar por ser un agente desmoralizador del país. Llegado el momento, las clases altas temerían a las clases pobres cuando éstas tuvieran una educación y formación adecuadas.

            El año bisagraEn 1830, aconteción “Revolución de Julio”. Acudió a París y entró en contacto con La Fayette. Fue también un tiempo de intensa actividad académica e intelectual (5). Ese mismo año, tan importante en su vida y formación intelectual, entabla amistad con Harriet Taylor -“honor y la bendición principal de mi existencia” (6)-, el amor de su vida y musa inspiradora de sus obras –“Lo que le debo yo a ella, incluso en un orden intelectual, es, analizándolo con detalle, casi infinito” (7 y 7b)-. Con ella llegaría a escribir El sometimiento de las mujeres.

            Como podemos ver, en esta primera descripción, J.S.Mill nos muestra la imagen que la gente tenía de ella, cuál era su consideración en los diferentes núcleos sociales. Contrajo matrimonio, pero la prematura muerte de su marido consolidaría, progresivamente, la relación con J.S.Mill. No obstante, si bien era mujer privilegiada en cualidades y posición social, Harriet Taylor estaba sometida a un rígido sistema tradicional de prejuicios que impedía toda libertad de movimiento a las mujeres (8).

            En cualquier caso, lo que sí parece cierto es que era una mujer excepcional. Estaba bien considerada, era joven, tenía buena educación, gusto por el arte y una gran capacidad de abstracción y de empatía, un encanto particular que agradaba a J.S.Mill y lo empujaba a sacar su lado más poético, muy apartado de los silogismos y sistemas lógicos que no dejan lugar a la subjetividad (9).

            J.S.Mill dedica abundantes páginas a la descripción de la que sería su futura compañera y esposa (10). Sin embargo, advierte de que no es en esta primera etapa cuando más influyó en su pensamiento, sino que sería en lo que se refiere al gobierno representativo y el derecho al voto de las mujeres, pasados muchos años. En estos momentos se vio impregnado por la lectura de La democracia en América, cuyo autor fue Alexis de Tocqueville, donde analiza las ventajas y los peligros inherentes a la democracia y a raíz del cual consolidó su tendencia hacia el “socialismo cualificado”.

            Fallecimiento paterno- James Mill falleció en 1836, tras una larga enfermedad, cuyos síntomas eran los de una tuberculosis pulmonar. Sorprende el poco sentimiento que imprime a los hechos, algo más comprensible si tenemos en cuenta que describe el acontecimiento casi cuarenta años después (11). Debemos señalar, eso sí, un aspecto último. J.S.Mill manifiesta que su padre fue “líder y figura principal del radicalismo intelectual de Inglaterra, igual que Voltaire lo fue de los philosophes de Francia. […] No hubo entre los hombres ninguno que fuese capaz de igualarlo; y entre las mujeres, sólo una” (12). Esta visión influirá en su carácter y en sus iniciativas de cambio y reforma política de mediados de siglo.

            En 1840 abandona la London and Westminster Review, que retomará su antiguo nombre, y se dedicará por completo a finalizar la redacción de Sistema de lógica inductiva y deductiva, obra en la que tratará de demostrar que el empirismo y el utilitarismo puden servir para el conocimiento y la acción política y social. Estos años fueron de intensa compenetración con Harriet Taylor. J.S.Mill, con esta obra, deja de lado completamente el pensamiento benthamista para asumir posiciones más radicales, que, en contrapartida, no se pudieron ver materializadas en un firme partido de este signo. Ambos protestan que la sociedad está dominada por el egoísmo porque las mismas instituciones que la gobiernan lo fomentan. Paralelamente, en 1848, publica el exitoso Principios de economía política, justo cuando la Revolución permitía la entrada de nuevas ideas.

            Dicha y desgracia- En abril de 1851, John Stuart Mill y Harriet Taylor contraen matrimonio, tras más de veinte años de amistad y tras haber enviudado de su marido un par de años antes. Él ascendió al cargo de Examiner de la Compañía de las Indias Orientales. No obstante, su alegría llegó a su final con prontitud. En 1858 fallecía Harriet en Aviñón, a causa de una congestión pulmonar (13). Después de tan desgraciado acontecimiento, J.S. Mill continuará la redacción del ensayo Sobre la libertad (14) y seguirá viajando por el mundo, comprometido con toda una serie de importantes intelectuales y políticos (15)

            Hacia el feminismo político– Los años de 1860 y 1861 los empleó en redactar Consideraciones sobre el gobierno representativo y El sometimiento de las mujeres. El primero se ocupaba de sistematizar sus ideas acerca de la mejor forma que deberían tener las instituciones políticas, como la creación de una Comisión Legislativa. El segundo fue escrito bajo la sugerencia de su hija, Helen, a fin de dejar por escrito todas sus opiniones sobre los derechos femeninos. En 1861, también acaba la redacción de El utilitarismo y en 1865 de Auguste Comte y el positivismo, recopilación de estudios críticos de su filosofía. Todos estos libros fueron publicados tras renuncia pública a los derechos de autor y en ediciones baratas con tal de que el precio fuera más asequible para las clases trabajadoras.

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            Nuevos compromisosEn EE.UU. se estaba librando la Guerra de Secesión desde 1861. El motivo del enfrentamiento: la abolición de la esclavitud. La alta sociedad inglesa, para asombro y frustración de J.S.Mill, se volcó del lado sureño. Llegó entonces el momento de dar un nuevo paso de compromiso para con los marginados. En 1865 aceptó la oferta de un grupo del Partido Liberal –coalición entre los whigs y el Partido Radical- de presentar su candidatura a las elecciones a miembro de la Cámara de los Comunes (16): antes no pudo hacerlo porque era funcionario público en la Compañía de las Indias Orientales y ambos cargos eran incompatibles. Dejando al margen las bases fundamentales del partido, se propuso defender sus convicciones más profundas: la ampliación del sufragio hasta la inclusión del femenino (17)  y, en general, la mejora de las clases trabajadoras. Fue miembro de la Cámara de los Comunes durante las tres sesiones parlamentarias en las que se aprobó la Ley de Reforma.     

Una de las acciones más importantes que llevó a cabo fue, precisamente, la moción presentada a favor de la “Representación personal”, que no trajo ningún resultado práctico de consideración. Otra enmienda a la Ley de Reforma sí tuvo más trascendencia. Proponía eliminar las palabras que daban a entender que “sólo los varones tenían derecho a ser electores”, permitiendo así que participaran en el sufragio todas las mujeres que, como cabezas de familia, o en virtud de otras circunstancias, poseían las mismas calificaciones que se requerían de los electores del sexo masculino (18).

            En relación con esta lucha, Helen, su hija, fundó la “Sociedad Nacional para el Sufragio Femenino”, en la que J.S.Mill participó activamente. En las elecciones siguientes no fue reelegido, lo cual le dio tiempo suficiente para dedicarse a sus “pasiones más ociosas”, como la botánica. Se retiró al sur de Europa, a Aviñón, donde falleciera su mujer en 1856. Allí vivió junto a su hija. Siguió escribiendo y dando discursos a favor de la mujer. Finalmente publicó El sometimiento de las mujeres, escrito años atrás. El 3 de mayo de 1873 cayó enfermo, y el 7 falleció con unas últimas palabras de aliento para su hija: “sabes que hice todo lo que tenía que hacer” (19). Sus restos fueron enterrados en el cementerio de Saint-Verán, junto a la tumba de su mujer, Harriet.

 

Pensamiento feminista 

            John Stuar Mill creía con fervor casi religioso en la libertad individual y en la justicia como instrumentos necesarios para conseguir la igualdad de derechos y una posición social estable, no condicionada por la despótica subordinación (1). En no pocas ocasiones se identificó con los marginados, especialmente con los pobres, esclavos, mujeres y trabajadores (2). J.S.Mill era consciente de que “en nombre de la filantropía, la democracia y la igualdad se estaba creando una sociedad en la que […] la mayoría de los hombres era un simple ‘rebaño industrioso’ donde la ‘mediocridad colectiva’ iba ahogando poco a poco la originalidad y la capacidad individual” (3). Precisamente, su compromiso estribó en luchar por la vuelta a la individualidad, al reconocimiento del valor que tenía cada persona. No obstante, comprendió que sería imposible alcanzar estos objetivos si no defendía al individuo frente a las fuerzas sociales que lo “despersonalizaba”.

            En el caso que nos ocupa, J.S.Mill lucha por la naturaleza y la posición de la mujer en la sociedad civil. Hasta ese momento la mujer había vivido en un ámbito estrictamente familiar: la educación de los hijos, la obediencia al marido y el cuidado general del hogar (4). En La esclavitud femenina, J.S.Mill “pulveriza los argumentos y objeciones que pudieran oponerse a su tesis […] (pues) lucha contra un sentimiento arraigado o contra una idea potente por ser mayoritariamente aceptada” (5). En verdad, el hombre había hecho de una premisa subjetiva un privilegio objetivo, perpetuado por decenas de generaciones y que había desbancado a la mitad de la población mundial, tanto de los órganos consultivos como de la mayoría de actividades y relaciones personales y comerciales.

            Como apunta Pardo Bazán, J.S.Mill no escribe a favor de la mujer y en base a un pensamiento feminista únicamente por la influencia que supuso el matrimonio con Harriet Taylor. Desde joven, Mill tendría unas nociones primarias que no harían otra cosa que confirmarse con el tiempo. Un gobierno y un estado libre y de libertades no estaría completo hasta que no concediera a la mujer la posición que merecía (6).

            Antes de ofrecer sus tesis, J.S.Mill advierte de  lo difícil que es cambiar una opinión cuando está arraigada en el sentimiento, pues por profunda que sea la brecha, pronto cicatriza. Quienes afirman que el hombre tiene derechos naturales sobre la mujer no tienen pruebas fehacientes, sin embargo es imposible disuadirles. Sus credenciales se basan  en un abuso universal (mente aceptado). En el siglo XIX se le concedía a los elementos  no racionales la infalibilidad que en el XVIII tenían los elementos sometidos a riguroso raciocinio. (7)

            En cualquier caso, la sociedad patriarcal no está sustentada más que en teorías, pues solo sería válida de haberse ensayado otros modelos –como por ejemplo la igualitaria o la matriarcal- y decidido que ese era el más adecuado para una correcta convivencia. Aquí podemos observar el espíritu un tanto empirista que J.S.Mill ha heredado de los filósofos del siglo XVII, como Hume y Locke. En mayor o menor medida, el régimen que todo el planeta padece no es más que la herencia de unos primeros hombres a los que la mujer fue entregada como esclava, bien por capricho, bien por inferioridad muscular (8). Este tipo de subordinación “esclavista” llegó a ser institución legal, sancionada por el derecho escrito. Además, nuestro autor es consciente de lo difícil que es superar esos prejuicios, pues los errores de una generación no puede conocerlos “entendimiento alguno, a no ser el de un filósofo o el de un santo”, sino las generaciones subsiguientes. Por eso había que tomar cierta perspectiva y eso era muy difícil. Ahora bien, J.S.Mill se impone esta tarea tan ardua y compleja (10).

            En algunas ocasiones se compara la relación mujer-hombre con la del Estado y sus súbditos. Si en un principio los reyes eran “absolutos” y, a través de una serie de revoluciones, la población terminó aprehendiendo la libertad, las constituciones, los códigos civiles, el respeto de un dirigente elegido por ellos, ¿por qué no podría ser igual en el caso de un opresor como el marido –ya sea pobre, burgués o noble- que aspira siempre a dominar? J.S.Mill se muestra escéptico, incluso pesimista, pues en este caso el súbdito “vive a la vista y puede decirse que a la mano del amo, en más íntima unión con él que con cualquier compañero de servidumbre; no hay medio de conspirar contra su persona, no hay fuerza para vencerlo” (11). En el caso de la mujer, la sedición desde abajo era imposible. ¿Era posible una reforma desde arriba? Parece que no, pues “ninguna dominación parece injusta a quien la ejerce” (12). Hace falta concienciación y compromiso por ambas partes.  

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            La sumisión de la mujer al hombre es costumbre universal tan antigua –el mismo Aristóteles la defendía, al contrario que su maestro, Platón (13)- que cualquier intento de derogarla parecerá, supuestamente, contra natura. No hay que ir muy lejos para comprobar este efecto. En la misma década de 1860 las mujeres entregaron una petición que buscaba obtener el derecho de sufragio en las elecciones parlamentarias, así como la reclamación de una educación más equitativa. La respuesta fue una simple oposición sin fundamentos, simplemente “porque no pueden” o “porque no es su lugar”. Algunos creen –dice J.S.Mill- que “las mujeres no se quejan, y de buen grado se someten”; si bien la verdad es muy diferente, pues millones de ellas “alimentan en silencio aspiraciones de libertad y justicia”, y más habría aún “si la queja, por tener color de protesta, no acarrease el aumento de los malos tratamientos” (14).

            Todas las condiciones sociales y naturales concurren para hacer casi imposible la rebelión de las mujeres contra el poder del hombre. Se suele adulterar la formación femenina, de modo que se educan, desde la niñez, en la creencia de que su carácter ha de ser diametralmente opuesto al del hombre, a no tener iniciativa, a someterse, a que debe vivir para servir a los demás. En otras palabras, el ideal de mujer es aquella abstracción política que ha de servir, no solo como esclava débil y frágil, sino como objeto complaciente y amoroso al varón, quien sí cuenta con esa personalidad legal y civil.

            Para que el progreso de la humanidad sea uniforme “se hace necesaria la desaparición de este vestigio del pasado, que está en abierta lucha con el porvenir” (15). Antiguamente unos nacían blancos, negros, esclavos, siervos o nobles y, generalmente, el esquema inamovible en el que vivían hacía imposible el ascenso, el cambio, la evolución si se quiere. Hoy –por 1869- se admite que la libertad de elección es el único medio racional de que se adopten los mejores procedimientos y cada cual se dedique a lo mejor conforme con sus habilidades; la autoridad no tiene derecho de elegir antemano quién ha de hacer qué tareas para su comunidad. Este principio se puede extrapolar a otro ámbito: “el hecho de haber nacido hembra en vez de varón no tiene que decidir la situación de un ser humano para toda su vida. El caso fortuito del nacimiento no debe excluir a nadie de ningún puesto adonde lo llamen sus aptitudes” (16). En el siglo XIX, ningún esfuerzo, ni mérito podía cambiar las cualidades de una posición no elegida. Solamente la dignidad de la reina se salva de este sólido orden preestablecido, ateniéndose, eso sí, al orden sucesorio. Ni siquiera la religión es tan inquebrantable, basta con hacer proselitismo y ya se es ciudadano de pleno derecho para una comunidad concreta de creyentes (17).

            Por empeñada que esté una tras otra generación, es imposible determinar que las diferencias morales e intelectuales entre hombre y mujer sean naturales. Es imposible definir a cada uno mientras sea por circunstancias exteriores y artificiales. En aquel momento, señala J.S.Mill, era imposible que un médico o un ciudadano al azar determinara un rasgo definitorio que separara sendas constituciones mentales, pues los psicólogos especializados eran minoritarios y escasamente eruditos. Encontramos estúpidos, inteligentes, malvados, tímidos o valientes entre los miembros de ambos sexos. La mujer puede ser bien conocida, tan solo, por otra mujer. En el matrimonio, por mucho afecto que haya, la autoridad por un lado y la subordinación por otro impiden que florezca la confianza (18). La ignorancia que la comunidad viril tiene sobre la otra mitad de la población no tiene por qué ser óbice para regular las cuestiones relativas a la posición de las mujeres en la sociedad. J.S.Mill no pide “a favor de ellas ni privilegios ni proteccionismo; todo lo que solicitamos se reduce a la abolición de los privilegios y el proteccionismo de los que gozan los hombres” (19). En no pocas ocasiones se los ha oído decir a los varones que si no se las obligasen las mujeres repudiarían rápidamente su rol natural: conservar el matrimonio y tener hijos para después cuidarlo (20). Esto no es así por naturaleza rebelde, sino, acaso, porque “ellos” no hacen del matrimonio algo apetecible, un nido de confianza, afecto, diálogo y comprensión, sino la cárcel disimulada en la que han de vivir confinadas de por vida.

            La iglesia tampoco pudo hacer nada al respecto. Desde tiempos inmemoriales el padre disponía de su hija para casarla a su gusto, según diferentes estrategias matrimoniales, sin contar con el asentimiento de la afectada. Solamente “se le requería” un sí quiero formal en el momento del enlace. (21) La institución de Dios no injería en si había o no había consenso por ambas partes o era coerción paternal. Únicamente los votos monásticos podían evitar esta situación, aunque la salida no fuera más alentadora. Como vemos, salvo excepciones, la mujer es esclava de su esposo, sobre la cual este tiene derecho de vida y muerte. Además, no puede hacer nada sin el permiso tácito de su marido. Revelarse llegó a ser crimen de baja traición, con penas desproporcionadas (22). El varón, en fin, lo absorbe todo: derechos, propiedad, rentas y libertad de su mujer, aunque esta pueda gozar del dominio útil sobre algunas propiedades de su esposo. (23)

            La situación legal de la mujer en el siglo XIX no es esperanzadora. Si ella abandona a su cónyuge no debe (ni puede) llevarse nada consigo; pero no hablamos de bienes inmuebles, sino también de los propios hijos. Se la puede obligar a volver, incluso usando la fuerza física y solo una sentencia de los tribunales pueden autorizarla a vivir en soledad. Ya que la mujer había de permanecer el resto de sus días junto a su “amo”, sería condición necesaria y justa que pudiera variar, conocer a otros hasta dar con el que le agradara el ánimo, pero esto, ya lo hemos expresado, era imposible (24). Si un gobierno absoluto fuera ejercido por alguien bueno, no hay duda de que proporcionaría grandes dosis de felicidad, pero las leyes existen porque no era así y hay que restringir de algún modo la actuación de cualquiera que fuese el detentor de la corona. Sin embargo, al hombre no se le pide ninguna prueba testifical para que las mujeres sepan que pueden fiarse de sus futuras actuaciones, ni hay leyes que limiten sus movimientos contra ellas (25).

           La excesiva dependencia a la que está reducida la mujer hace imposible la buena aplicación de las leyes que, en mayor o menor medida, desde el siglo XIX, se han dispuesto para paliar los efectos de las malas relaciones o “malos tratos”. Esta serie de paliativos han sido posibles porque lo casos de opresión han sido reiterativos y las normas publicadas no tenían repercusiones reales: “cuántos feroces salvajes, susceptibles de accesos de humanidad, […] cuántos grados de bestialidad y de egoísmo que se encubren bajo un barniz de civilización y cultura!” (26). En no escasas oportunidades, observamos que el hombre solo toma interés por su mujer y sus hijos porque forman parte de su propiedad.

            Avancemos un paso más en nuestra explicación. Si la mujer no puede librarse del matrimonio por ningún medio, habrá que hacer todo lo posible para atenuar el sufrimiento que supone padecer una situación no elegida por voluntad propia. J.S.Mill apunta que “las caricias son efectivas, pero únicamente mientras dura la belleza […] el cariño que se forja con el tiempo” es más efectivo, porque se fundamenta, no en algo pasajero, sino en una relación que se hará más sólida cuanto más transcurran el tiempo juntos; los hijos es otro dulcificante (27). En algunos casos, la mujer hace uso de estas artimañas para obtener ciertos propósitos del marido o amante, algo que se da más habitualmente en los más altos estratos, como la nobleza.

            La sociedad sin gobierno sería inefectiva, las relaciones comerciales que careciesen de un jefe de operaciones no darían sus frutos. Cuando hablamos de la familia el razonamiento es más complejo: “no es cierto que en toda asociación voluntaria de dos personas deba ser una de ellas árbitro absoluto, y menos aún, que pertenezca a la ley el determinar a cuál compete decidir […](aunque) en realidad no se ve nunca todo el poder de un lado y toda la obediencia del otro, a no ser en uniones que son efecto de error total” (28). Una solución al dilema podría ser la separación de derechos entre los dos asociados, a lo que habría de seguir la división de deberes y funciones para “(que) cada uno conserve la dirección absoluta de su parte, mientras que todo cambio grave exija el consentimiento de ambos” (29), lo cual puede quedar establecido por adelantado al contrato matrimonial.

            Es común entre los hombres la “autolatría”. Cuanto más se desciende en la escala social de la humanidad es más frecuente este fenómeno, sobre todo entre aquellos que no pueden elevarse sino por encima de una desgraciada mujer y unos débiles niños. Además, filosofía y religión en nada se oponen. Es más, en el s.XVIII muchas personas se mofaban de las mujeres a través de sátiras antifeministas. En general se sentían orgullosos, especialmente los escritores, ignorantes todos ellos de que le objeto de su burla no era más que el producto de su opresión (30).

            La ley del divorcio podría ser un paliativo, pero no existía legalmente, o al menos no en todos los estados. Ante esta carencia, la igualdad legal entre los casados sería el único modo de hacer de la vida diaria una “escuela de educación moral en el sentido más elevado de la frase” (31). La sociedad ha sido desde siempre una cadena de relaciones en las que no mandar sobre uno suponía tener que obedecer a otro. J.S.Mill pide que llegue “la hora de la moral de la justicia”. Aunque es muy discutible su tesis, cree que en el periodo clásico los derechos naturales del humano tenían primacía sobre los derechos del sexo o la posición social garantizada por sus antecesores; la época del oscuro Medioevo vendría a echar abajo un edificio de civilización construido con una legislación unitaria.

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            La familia, ya lo señalaba Platón, es el centro y comienzo de la formación intelectual y moral del niño, pero en el s.XIX, creía J.S.Mill, es una “escuela de despotismo donde las virtudes del sistema absoluto y también sus vicios hallan alimento abundante” (32), pero constituida sobre bases firmes y justas sería la fuente primaria de la que bebería el niño la libertad y el respeto, donde mamaría la igualdad, la vida en común y el amor. “La legislación no mejorarían si no hubiese personas de sentimientos morales más altos que las leyes existentes”. Reiteramos que los ingredientes susodichos son fundamentales en el nacimiento de una generación preparada intelectualmente para recibir y asimilar la igualdad y la justicia como categorías básicas de una sociedad civil y civilizada. Complicado será si los hombres, la mitad de la población, no aceptan que la legislación existente es injusta, desproporcionada y desconsiderada con el sexo femenino (33).

         En resumen, viendo que la “Ley del divorcio” solo es aceptada, aún, por una minoría y que la humanidad no está preparada para experimentar un cambio radical en su legislación, el mínimo deber es experimentar una evolución paulatina, basada en la moderación y la adaptación. Por ejemplo, se debería facilitar el “derecho de posesión de bienes”, de tal modo que lo que pertenecería al marido o a la mujer, si no se hubiesen casado, quedara bajo su exclusiva dirección durante el matrimonio, lo cual no impide la unión sentimental (34).

            Queremos destacar una idea que debe quedar clara: J.S. Mill insistía en que “nada debe oponerse a que las mujeres dotadas de facultades excepcionales y propias para cierto género de ocupación obedezcan a su vocación, a pesar, incluso, del matrimonio”. Pero añade: “siempre que no alteren sus funciones habituales de amas de casa” (35). Si se las suele ver como incapaces para este tipo de ocupaciones es para mantenerlas en el mismo estado de subordinación en la familia “porque los hombres no pueden aún resignarse a vivir entre iguales”. Pero la experiencia nos dice que las mujeres, en no pocas ocasiones, han sido capaces de hacer, con igual efectividad, las mismas funciones que los hombres. No consentirles participar en condiciones equiparables es un perjuicio a todos los niveles.

                Dejando a un lado las capacidades fisiológicas, argumento antifeminista frecuentemente esgrimido, la mujer debería tener derecho electoral, al menos el voto, pues  “elegir el mandato es distinto a obtenerlo […] Cualesquiera que sean las condiciones y restricciones impuestas al hombre para admitirle a tomar parte en el sufragio, no hay ni sombra de razón para imperdir a la mujer bajo las mismas condiciones” (36). El régimen perfecto sería el constituido sobre la meritocracia, de tal modo que el mal no aumenta ni disminuye porque el funcionario incapaz sea una mujer o un hombre. Las leyes inglesas del siglo XIX impedían que la mujer siguiera siendo aquello que había demostrado con creces. Por ejemplo, entre los hombres ha habido Aristóteles, Miguel Ángel o Beethoven, pero entre ellas se cuentan Juana de Arco, Isabel I o Victoria I, y bien sabemos la altura que todas ellas alcanzaron en el ramo de la política, papel del que estaban privadas en situaciones normales (37). La lista, sin embargo, es más prolija y la proporción de “grandes regentes y reinas” frente a la de sus homólogos masculinos es desproporcionada, argumenta el autor.

            J.S. Mill dedica un capítulo entero a tratar sobre el tema de las mujeres en tanto reinas. Se percata de cuán favorables han sido para el curso de la historia la mayoría de ellas, y si no esto, al menos han servido como “buenas mandatarias de su tiempo”; es decir, han tomado las decisiones que cualquiera en ese momento habría podido concluir. De este modo tan simple, apoyándose en la figura de Catalina de Medicis, de las regentes de Carlos VIII y Luis XI o las delegadas por Carlos V a Flandes, hace un somero recorrido que sirve como argumento irrefutable (38). Demuestra así que “las diferencias (entre ambos sexos) pueden atribuirse a las circunstancias y de ningún modo a la inferioridad o diversidad de condiciones (físicas u otras cualidades innatas) […] El defecto se corregirá de suyo cuando la mujer tenga libre acceso a la experiencia de la humanidad, a la ciencia, al estudio, a la alta cultura” (39).

            Entre las mujeres, J.S. Mill, reconoce las cualidades de las inteligentes. Por ejemplo, es consciente de que son menos especulativas, más prácticas, de ahí que tengan una “mayor prontitud y viveza para la resolución” que el hombre, faceta importantísima en el mundo de los negocios. No rehúsa que también haya varones con estas aptitudes, pero son los menos. Eso sí, la gran parte del vulgo suele argumentar la contrarréplica aludiendo a la susceptibilidad nerviosa de la mujer. Este atributo, advierte nuestro autor, es habitual entre ellas porque “se las tiene confinadas, pues aquellas que hayan disfrutado de la naturaleza y el ejercicio no padecen males mayores (40) […] y aun con ello, a los hombres relativamente nerviosos no se les niega ciertos puestos públicos por este aspecto. Desde este punto de vista, no tiene razón de existencia la discriminación(41).

            Los argumentos antifeministas eran abundantes, como hemos visto. Uno de los más reiterativos era el físico. Se creía que el cerebro, órgano del pensamiento y del sentimiento, era más pequeño en la mujer que en el hombre, pero no hay prueba que aún demuestre tal aserto. A través de una serie de argumentos infalibles –alude a diferentes colegas de profesión médico y psicólogo-, J.S. Mill nos muestra cuán imposible resulta llegar a conclusiones tan aberrantes (42). Entonces, si es así, ¿por qué no conocemos grandes artistas femeninas, ningún Tiziano, ningún Bach? “¿puede explicarse esta inferioridad sin afirmar que las mujeres son por naturaleza incapaces de producir obras maestras?” (43). Afirmativo. No hacía tanto tiempo desde que las mujeres habían comenzado a tener acceso, y solo entre las clases nobles, a la educación filosófica, artística o científica con garantías y con éxito. En cualquier caso, se sabe que tienen capacidad suficiente para la poesía y las letras, basten los ejemplos de Safo, Aspasia y Corina, pero también de Diotima, a quien olvida citar (44); incluso despuntan como novelistas, cuyo mejores ejemplos son Madame de Staël o Jorge Sand.. Han escrito,  han pintado, han pensado y han inventado, pero ni han disfrutaron de la acogida de los editores, ni tuvieron esas ideas que marcan un cambio trascendental en una disciplina. “Los pensadores más originales son los que conocen más a fondo las ideas de sus predecesores” (45), afirma J.S.Mill. En efecto, teniendo en cuenta que en el s.XIX se necesitaba ya una gran especialización para destacar en una materia, y equiparando la mala educación de que gozó la mujer respecto al hombre hasta el siglo siguiente, no será difícil deducir los múltiples obstáculos que afrontaron para siquiera llegar a un nivel de formación básico o competente, cuanto más para ser innovadoras. Concluye que pueden tener menos originalidad, en tanto que carecen de la misma formación que los varones, pero no padecen deficiencia fisiológica: ninguna ha acumulado una carga cultural suficiente que le permita innovar por cuenta propia. Se afirma que existen múltiples ejemplos en los que el marido se asigna la paternidad de un invento cualquiera cuya idea maceró en la mente de su esposa. Todo fueron obstáculos.

            La sociedad tenía preestablecidas las tareas y quehaceres que una “perfecta casada” debería hacer, tanto fuera, como dentro de casa. Las solas obligaciones a las que estaba atada por convencionalismos impedían que tuvieran el tiempo suficiente para dedicarse enteramente, siquiera en parte, a los estudios. La mujer tenía que estar disponible a todo el mundo, no como el esposo, cuyas responsabilidades en el trabajo lo eximían de otros compromisos. La enfermedad o muerte de algún familiar era el único motivo que permitía  a la mujer preferir sus propios asuntos a los ajenos (46). J.S. Mill les recrimina que no tienen anchura de miras. La mujer termina posponiendo todo a favor de los hombres de su familia, y si tiene tan pocas expectativas de futuro se debe a la sin par fidelidad que profesa hacia los deberes que se le mandan, y que no le dejan otro camino que elegir (47).

            Asunto importante es la iniciativa femenina. ¿Todo fueron obstáculos? ¿hasta qué punto han alzado lamentos y quejas para cambiar la situación general a la que están sometidas en sus respectivos paises? ¿Cuántas veces una mujer oriental ha pedido tener los derechos de una europea? En verdad pocas; pero eso no quita que en el ámbito privado, en el hogar, sí hayan pretendido modificar su estatus. La capacidad de sublevación, sin embargo, estaba tan mal vista como la insurrección de un pueblo contra su rey; nuevo factor que explica las pocas ocasiones en que protestaron (48).           

No obstante lo explicado, ningún hombre, por bárbaro que sea, está sometido a unas leyes que protejan a la mujer de su irracional maltrato, bien físico, bien psicológico. En el s.XIX no había esclavo reconocido por las leyes, a excepción de las amas de casa. Cierto es que se encuentran maridos afables, pero eso no quita que, fuera del ámbito privado, la mujer siga enclavada en un escalafón inferior a todos los efectos: administración, legislación, privilegios sociales, justicia, derechos y deberes. En los primeros años, cuando la infancia, los chiquillos, de modo inconsciente, no dan realce a la desigualdad sino cuando son adultos. Por tanto, la clave está en la educación de los primeros años, que es diferenciada y crea una conciencia de género también distinta. En tanto el débil esté oprimido por el fuerte, habrá que luchar por una ley de justicia. (49)

El planteamiento en el que derivan todos los expuestos desde el principio de nuestro trabajo es “qué gana la humanidad con la libertad de la mujer” y qué hay que hacer para conseguirlo

1-Si las mujeres gozaran de los privilegios masculinos o los hombres no tuvieran más prerrogativas que ellas, doble sería el beneficio para la humanidad, pues se acrecentaría el número de mentes bien formadas que trabajarían a favor del conjunto. Así también se activaría el estímulo de la competencia y la meritocracia, las excelentes ideas afluirían en mayor cantidad: la “insociable sociabilidad” como modo de progreso (50). Una educación en equidad derivaría en una eclosión de invención e ingenio; en fin, aumentaría el número de personas perspicaces y emprendedoras (51)

2-La mujer, al contrario que el hombre, en términos generales, puede decirse que fomenta la comprensión y la ternura. No obstante, los principios morales que se les inculcan no abarcan sino una porción relativamente mínima de los dominios de la virtud, pues en su mayor parte son negativos (prohíben esto, restringen lo otro). Además, en el ámbito político, desde que se la ha ido abriendo este campo, se inclinan por la aversión a la guerra y el amor a la filantropía. Pero es necesario que la mujer se respete a sí misma, cuente consigo misma y ejerza imperio sobre su persona para que todos esos ascendientes se materialicen en un sistema político novedoso y positivo para la comunidad humana.

           

            A John Stuart Mill le parece imposible que se puedan llevar a cabo muchas mejoras en tanto el matrimonio sea el vínculo de unión más común, pues en él se intenta asociar íntimamente a dos personas radicalmente distintas. Hay grandes diferencias de pensamiento, intereses y aspiraciones entre ambos contrayentes, y si tenemos en cuenta que el hombre siempre ha querido tomar la delantera en lo que a opiniones y decisiones se refiere, comprenderemos hasta qué punto el enlace vitalicio puede llegar a suponer un atraso en los objetivos susodichos. “Nuestra organización social estimula y embravece las inclinaciones amatorias del hombre, pero no prepara la felicidad conyugal” (52), pues en aquel tiempo –acaso aún en este- el hombre no se casaba con vistas a tener tolerancia para con su pareja. Los roces en la relación también pueden estar vinculados a sendas formaciones intelectuales, pero más todavía con el temperamento de cada uno. Si ambos gozan de simpatía, valía y carácter, el óbice para el mutuo desarrollo será menos significativo y habrá mayor consenso en las cuestiones más importantes. Por otro lado, avisa de que el matrimonio, en un alto índice, es el puesto en el que todo hombre situaría a su esposa: exclusión de toda iniciativa, control directo de cada una de sus acciones.

La familia es la primigenia estructura social, el tejido primo sobre el que se alza el complejo de la humanitas. En la raíz, por tanto, está la solución al problema, “la regeneración moral del género humano no empezará realmente hasta que la relación social más fundamental se someta al régimen de la igualdad y hasta que los miembros de la humanidad aprendan a consagrar el mayor cariño, la más santa adoración, la amistad más indestructible, a un ser igual a ellos en capacidad y en derecho […] Vivamos seguros de que cuanto sienten los hombres en referencia a libertad, lo sienten las mujeres en el mismo grado, aunque callan; y lo sienten más de adentro, cuanto más dignas e ilustradas son.” (53). Esta podría ser la tesis fundamental de J.S.Mill.          

Conclusión

            Diremos, para terminar, que John Stuart Mill inició un movimiento socio-político que abogaba un cambio radical, promover el sufragio femenino, y contó con el apoyo de numerosas asociaciones de mujeres, entre otras la fundada por Florence Hishtingale: Women´s Colleges, en Oxford y Cambridge. Su pensamiento, junto a las obras de George Egaton, Eleanor Marx y Olive Shreiner fueron clave en el medio siglo que transcurrió entre 1875 y 1925. La entrada de la mujer en la educación primaria y la universidad, a lo que se añade la difusión de las ideas expuestas en este trabajo, dieron pie a una revolución feminista desde la base, comenzando por los privilegios básicos hasta alcanzar, entre 1928 y 1940, el sufragio en gran parte de Europa. Todavía hoy el eco de sus palabras resuena en las iniciativas que buscan conciliar a la mujer con el medio en el que existe (y a veces subsiste), como el Ministerio de Igualdad y la Ley de Igualdad. La Declaración de Derechos Humanos y las Conferencias Mundiales de Nairobi y Beijing han ratificado las medidas que pretenden igualar a mujeres y hombres. Sin embargo, la realidad latente está distante de cumplir lo que los textos promulgan. Quedan escollos por salvar, especialmente en cuestiones de seguridad y economía.

            En La esclavitud femenina, John Stuart Mill, usando palabras sencillas, conceptos asequibles, argumentos universales, válidos en todo el planeta, desmonta uno por uno los prejuicios que la humanidad ha dispuesto contra la mujer desde sus primeros albores. Trata de mostrar que no hay diferencias psicológicas, menos aún físicas, y en caso de haberlas no son impedimento para que ambos sexos puedan realizar las mismas tareas. Clama contra aquellos hombres que someten a sus esposas y contra las legislaciones que las marginan o, simplemente, no las consideran ciudadanos como el resto. Defiende la educación como herramienta clave para la emancipación femenina, la libertad de acción y elección como vía de crecimiento y expansión en comunidad y el acceso al sufragio para que la Nación reconozca a sus ciudadanas como partes legales de su compleja estructura. Como buen utilitarista, buscaba “la mayor felicidad del mayor número”.  En síntesis, John Stuart Mill concibe que el progreso de la humanidad será inútil, ilógico e inefectivo en tanto el hombre disfrute de unos privilegios de los que la mujer carece y no se establezca un vínculo comprometido de amor, tolerancia, respeto e interacción entre ambos sexos.

 

 

NOTAS

 

Introducción

(1) MILL, John Stuart, Autobiografía, Alianza Editorial, Madrid, 1986, p. 38   “Nací en Londres, el 20 de mayo de 1806, y fui el hijo mayor de James Mill, autor de la Historia de la India británica. Mi padre, hijo de un modesto comerciante y pequeño granjero […]”   Como podemos ver, dice que fue hijo de James Mill, pero olvida, adrede, nombrar a su madre. En las páginas siguientes reincide en la descripción de su predecesor, para pasar seguidamente a hablar de la formación que le proporcionaba.

(2) Se suele decir que John Stuart Mill escribió El sometimiento de las mujeres a dos manos, con su esposa, algo que tiene su lógica en tanto que su mujer, como su hija más tarde, fue activista a favor de los derechos femeninos.

Vida y obra

(1) MILL, John Stuart, Autobiografía, Alianza Editorial, Madrid, 1986, p.55   “Mi padre nunca permitió que lo que yo aprendía degenerase en simple ejercicio memorístico. No sólo se esforzaba en que la comprensión acompañase en cada paso lo que yo iba aprendiendo, sino que trataba también de que, en lo posible, lo precediese. Nunca me daba la solución en aquellos problemas que yo podía resolver, hasta haber agotado todos los medios de hacerlo por mí mismo”.

(2) Ibídem, p.64    “Los creyentes se retraen ante todo sistema de ideas capaz de llevar la mente a una concepción clara y a una elevada norma de excelencia, porque sienten (aunque no lo vean distintamente) que una norma así entraría en conflicto con el plan por el que se rige la naturaleza y, con mucho, de lo que están acostumbrados a considerar como creo cristiano. La moralidad sigue siendo algo ciegamente sometido a la tradición, sin principio ni sentimientos que sean consistentes y que puedan guiarla”.

(3) Ibidem, p.143   “Todo me llevaba al convencimiento de que él no tenía experiencia de un estado de espíritu como el que yo estaba sufriendo, y aunque hubiese logrado que me entendiera, no era él el médico capaz de curarlo. Mi educación, que era completamente obra suya, se había efectuado sin la menor referencia a la posibilidad de que pudiera dar este resultado.”

(4) ibídem, p. 162

(5) Ibídem, p.190-191   “El carácter distintivo del periódico fue debido enteramente a los artículos del propio Fonblanque. […]. De la cuarta parte, tuve yo a mi cargo, durante aquellos años, una porción mucho mayor que ningún otro. Escribí casi todos mis artículos sobre asuntos franceses, incluyendo un resumen semanal de la actualidad política francesa, a menudo de una extensión considerable, junto con muchos editoriales sobre política general, legislación comercial y financiera y otras cuestiones misceláneas en las que yo estaba interesado y que eran adecuadas para el periódico, además de ocasionales reseñas de libros. Meros artículos periodísticos sobre acontecimientos o cuestiones del momento no daban oportunidad para desarrollar ningún sistema general de pensamiento; algo a lo que intenté ir dando cuerpo a partir de 1831 bajo el título global de El espíritu de una época”.

(6) Ibídem, p.200

 

(7) Ibidem, p. 204 y

(7b)BEDOGNI, U.; Vida, pensamiento y obra de John Stuart Mill (en “Colección ‘Grandes Pensadores”); Expansión; 2007 p.66 “Cuando dos personas comparten totalmente sus pensamientos y especulaciones; cuanto todos los asuntos de interés moral o intelectual son comentados entre ellas durante el curso de la vida cotidiana, y son analizados con mucha mayor profundidad de la que generalmente se encuentra en obras escritas para lectores no especializados; cuando estas dos personas parten de los mismos principios y llegan a sus conclusiones mediante un proceso seguido en común, es de poca importancia, para la cuestión de determinar la paternidad de lo escrito, la averiguación de quién de las dos fue la que tomó la pluma […] En este sentido –no sólo durante los años de nuestro matrimonio, sino también en los muchos de nuestra amistad confidencial-, puede decirse que todos mis escritos publicados son tanto obra mía como suya”

 

(8)  MILL, John Stuart, Autobiografía, Alianza Editorial, Madrid, 1986;  p.202 “Impedida por la prohibición social que no permite a las mujeres realizar en el mundo las funciones adecuadas a sus altísimas facultades, fue la suya una vida de íntima meditación”

 

(9) y (10)  Ibidem, p. 201  “Para el círculo de sus amistades sociales era una mujer hermosa y aguda, con un aire de natural distinción que era apreciado por todos los que se acercaban a ella; para el círculo de los íntimos, era una mujer de profundos y poderosos sentimientos, de una inteligencia penetrante e intuitiva, y de una naturaleza poética y meditativa en grado eminente. Fue casada en edad muy temprana con hombre de la máxima rectitud, noble y honorable, de ideas liberales y buena educación, pero sin gustos intelectuales o artísticos que hubieran hecho de él su compañero perfecto.”

 

(11) Ibidem, p. 216 “Hasta los últimos días, no disminuyó su interés en todas aquellas cosas y todas aquellas personas que le habían interesado a lo largo de su vida, ni tampoco la cercanía de la muerte provocó la menor vacilación en lo referente a sus convicciones sobre el asunto de la religión. Cuando supo que el fin estaba cerca, su principal satisfacción pareció ser el pensamiento de que él había hecho todo lo posible por hacer el mundo mejor que lo había encontrado; y su mayor tristeza por no continuar viviendo, el no haber tenido tiempo de hacer más.”

 

(12) Ibidem, p. 219 “[…] y entre las mujeres solo una”, hace referencia a Harriet Taylor

 

(13) Ibidem, p. 253     Hemos creído adecuado reproducir parte del sentimiento que J.S.Mill plasmó en su autobiografía con el objetivo de hacer ver el dolor y el cambio en su vida que supuso este acontecimiento. Extrañamente, y al contrario que en el caso de su padre, tras cuya muerte se mostró más frío, o la de su madre, a la que casi ni cita, el autor da rienda suelta a su padecer interno, incluso enfatiza algunas ideas con recursos retóricos: “Desde entonces, he buscado todo alivio que mi situación ha hecho permisible, llevando un modo de vida que me ayudase a sentir a mi esposa todavía a mi lado. Compré un cottage lo más cercano posible al lugar donde ella está enterrada, y allí, su hija (mi compañera en el sufrimiento, y ahora mi mayor consuelo) y yo vivimos durante gran parte del año. Mis objetivos en la vida son únicamente los que fueron los suyos; mis metas y ocupaciones son las mismas que ella compartía o con las que ella simpatizaba, y están indisolublemente asociadas con su persona. Su recuerdo es para mí como una religión […]. Durante siete años y medio pude disfrutar de aquella bendición. ¡Durante siete años y medio solamente1 Soy incapaz de decir nada que describa, siquiera vagamente, lo que supuso para mí, y todavía supone (escribe en 1870),  aquella pérdida. Pero como sé que ella lo hubiera querido así, trato de aprovechar lo más posible lo que me quede de vida, trabajando por sus mismos ideales con la fuerza que pueda darme el pensar en ella y el estar unido a su memoria.”

 

(14) BERLIN, Isaiah; “Conferencia del Robert Waley Cohen Memorial, pronunciada en el Conference Hall, Londres 2-12-1959” en MILL, J.S.; Sobre la libertad; Alianza Editorial; 2005.   “Ese mismo año (1959) apareció On the Origin of Species, de Darwin, probablemente la obra científica más influyente de su siglo, que contribuyó poderosamente a destruir la antigua acumulación de dogmas y prejuicios, pero que al ser aplicada erróneamente fue usada para justificar un imperialismo violento. […] Simultáneamente apareció un ensayo, cuyo autor era Karl Marx; el libro, Crítica de la economía política, cuyo prólogo contenía la más clara exposición de la interpretación materialista de la historia, el meollo de lo que hoy se conoce bajo el nombre de marxismo. Pero la influencia del tratado de Mill sobre el pensamiento político fue más inmediata y quizá no menos perdurable. Invalidó las anteriores formulaciones en defensa del individualismo y la tolerancia, desde Milton y Locke hasta Montesquieu y Voltaire […] y sigue siendo obra clásica en pro de la libertad individual. […]”

Hemos querido ilustrar la importancia de los cambios, en todas las materias, a mediados del siglo XIX. J.S.Mill fue un autor de otros tantos que meditaron y propusieron nuevas soluciones a los problemas contemporáneos.

 

 

(15) MILL, J.S.; La esclavitud femenina; Artemisa Ediciones/Clásica; 2008, p.40.  Nos ilustra Pardo Bazán con el siguiente cuadro: “Stuard Mill no fue uno de esos fviudos de sainete, que se enjugn las lágrimas del ojo dercho mientras con el izquierdo hacen guiños a una muchacha; no lloró a su mujer derramando ríos de tinta, mientras el corazón reía a nuevos halagos. De los quince años que sobrevivió, no pasó ninguno sin que dedicase varios meses a vivir en Aviñón, donde su mujer está enterrada; y al objeto adquirió una casita próxima al cementerio, desde cuyas ventanas veía la tumba. Ni viajes, ni luchas políticas y parlamentarias, ni grandes y asiduos trabajos económicos y filosóficos, atenuaron la viveza del recuerdo y del dolor. Sus biógrafos nods dicen que recorrió Italia, Grecia, Suiza, muchas veces a pie y herborizando, pero sin encontrar, entre las flores y plantas que prensaba con la doble hoja de papel, la preciosa florecilla del consuelo, recogiendo en cambio los no me olvides de la eterna añoranza… Cercano ya el término de su vida moral, volviose a Aviñón, para morir cerca de la amada y dormir a su lado para siempre… Yo no sé si esto es poesía, aunque me inclino a que lo es, y muy bella; pero puedo jurar que esto ¡esto sí! Es matrimonio… himeneo ascendido de la esfera fisiológica a la cima más alta de los afectos humanos”

 

(16) MILL, John Stuart, Autobiografía, Alianza Editorial, Madrid, 1986  p. 287  “El candidato (se entiende, al Parlamento) debe estar completamente seguro de que puede ser más útil a su país como miembro del Parlamento que haciendo cualquier otra cosa que esté a su alcance. En mi propio caso, no sentí yo esta seguridad. De ningún modo tenía claro que, estando en la Cámara de los Comunes, podía hacer más por el avance de la sociedad que desde mi simple posición de escritor”.

 

(17) Ibidem p.288 “Respondiendo a su oferta (ser miembro del partido) publiqué una carta diciendo que […] las mujeres tenían derecho a estar representadas en el Parlamento del mismo modo que los hombres. Sin duda era la primera vez que una doctrina así había sido mencionada a los electores; este hecho fue el origen del movimiento que desde entonces ha ido ganando tanta fuerza a favor del sufragio femenino […] (p.291) que en un principio fue juzgada por muchos como una simple fantasía; pero el progreso que han hecho desde entonces estas ideas (escribe en 1872), y especialmente la entusiasta reacción que han tenido lugar en casi todas las partes del Reino a favor del sufragio femenino, han justificado con creces la oportunidad de que se hicieran aquellas declaraciones, algo que en un principio fue asumido por mí como deber moral y social”.

 

(18) BEDOGNI, U.; Vida, pensamiento y obra de John Stuart Mill (en “Colección ‘Grandes Pensadores”); Expansión; 2007;  “Los votos registrados fueron 73 y el sufragio femenino fue aprobado por mayoría de 33 votos. Hasta 1878 y desde 1884 se presentaron sucesivas leyes a favor de esta medida. Esto se debe a que, si bien en la Cámara de los comunes los aristócratas se encontraban en minoría, estuvieron en mayoría permanente en la Cámara de los Lores, que tenía gran poder a la hora de aplicar las leyes aprobadas. Las mujeres británicas no lograron el derecho al voto hasta 1928”.

(18) Ibidem, p. 49

 

Pensamiento feminista

(1) BERLIN, Isaiah; “Conferencia del Robert Waley Cohen Memorial, pronunciada en el Conference Hall, Londres 2-12-1959” en MILL, J.S.; Sobre la libertad; Alianza Editorial; 2005. P.15     “(Para) John Stuart Mill, como claramente demostró en su vida y en sus escritos, […] el hombre se diferencia de los animales no tanto por por ser poseedor de entendimiento o inventor de instrumentos y métodos como por tener capacidad de elección; por elegir o no ser elegido; por ser jinete y no cabalgadura; por ser buscador de fines, fines que cada uno persigue a su manera, y no únicamente de medios. Con el corolario de que cuanto más variadas sean esas formas tanto más ricas serán las vidas de esos hombres; cuanto más amplio sea el campo de intersección entre los individuos, tanto mayores serán las oportunidades de cosas nuevas e inesperadas; cuando más numeras sean las posibilidades de alterar su propio carácter hacia una dirección nueva o inexplorada, tanto mayor será el número de caminos que se abrirán ante cada individuo y tanto más amplia será su libertad de acción y de pensamiento”.

(2) Ibidem p.17 “Mill fue, durante toda su vida, el defensor de los herejes, de los apóstatas y los blasfemos, de la libertad y la piedad. Su comportamiento estuvo en absoluta armonía con su pensamiento. Los programas políticos con los que el nombre de Mill estuvo asociado como periodista, reformador y político guardaron poca relación con los típicos proyectos utilitaristas propugnados por Bentham y realizados con éxito por muchos discípulos.

(3) Ibidem, p.22

(4) MILL, J.S.; La esclavitud femenina; Artemisa Ediciones/Clásica; 2008; p.13  “Nos pintan un cuadro en el que la ternura de la sumisión no es otra cosa que la respuesta a la imposición de la autoridad”.

(5) Ibidem, p. 15; Emilia Pardo Bazán percibe que “(La esclavitud femenina) se trata de un libro fresco y ardoroso que en nombre del individualismo reclama la igualdad de los sexos y que con el más exacto raciocinio y la más apretada dialéctica pulveriza los argumentos y objeciones que pudieran oponerse a la tesis.”

(6) Ibidem p.46; “Los progresos espirituales que debí a mi mujer no son del género que suponen los mal informados. No faltará quien crea, por ejemplo, que la energía con que abogué a favor de la igualdad de los sexos en las relaciones sociales, legales, domésticas y políticas, fue inspirada por la señora Taylor. Nada de eso; por el contrario, esta convicción mía fue de las primeras que se me impusieron espontáneamente, cuando principié a estudiar las cuestiones políticas, y el calor con que la expuse despertó desde luego el interés de la que había de ser mi esposa. Sin duda que antes de conocerla, mi opinión sobre la mujer no pasaba de ser un principio abstracto. No veía yo ninguna razón plausible para que las mujeres estuviesen sometidas legalmente a otras personas, mientras no lo están los hombres. Hallábame persuadido de que sus derechos necesitaban defensores, y que ninguna protección obtendrían mientras no disfrutasen, como el hombre, el derecho de hacer las leyes que han de acatar. Ahora bien, la comunicación con la señora de Taylor me hizo comprender la inmensa trascendencia y los amargos frutos de la incapacidad de la mujer, tal cual he probado en mi Tratado de la Esclavitud femenina”.

(7) Ibidem, p. 64-65

(8) Ibidem, p.69

(9) Ibidem, p.72   “No hay, pues, manera de alegar la existencia de este régimen como argumento sólido a favor de su legitimidad; lo único que puede decirse es que ha durado hasta el día, mientras otras instituciones afines, de tan odioso origen, procedentes también de la barbarie primitiva, han desaparecido; y en el fondo esto es lo que da cierto sabor de extrañeza a la afirmación de que la desigualdad de los derechos del hombre y de la mujer no tiene otro origen sino la ley del más fuerte.”

(10) Ibidem, p.74-75

(11) Ibidem, p.86-87

(12) Ibidem, p.89

(13) Ibidem, p.94

(14) Ibidem, p.96

(15) Ibidem, p.104

(16) Ibidem, p.109

(17) Ibidem, p.115   Aunque esta idea que aporta J.S.Mill siempre es matizable; sino recordemos a los judíos conversos o los moriscos, que siempre tuvieron problemas con la comunidad religiosa cristiana. A esto añade el autor “dicen que la idea de la igualdad de los sexos no descansa más que en teorías, pero recordemos que no tiene otro fundamento la idea opuesta”.

(18) Ibidem, Añadimos un fragmento de gran lucidez (p.127) que puede resumir lo aquí tratado: “Y, por lo demás, si consideramos que comprender a una mujer no es necesariamente comprender a otra; que aunque pudiésemos estudiar las mujeres de cierta clase y de determinado país no entenderíamos por eso a las de otro país y de otra clase; que aunque llegásemos a lograr este objeto no conoceríamos sino a las mujeres de un solo período de la historia, tenemos el derecho de afirmar que el hombre no ha podido adquirir acerca de la mujer, tal cual fue o tal cual es, dejando aparte lo que podrá ser, más que un conocimiento sobradamente incompleto y superficial, y que no adquirirá otro más profundo mientras las mismas mujeres no hayan dicho todo lo que hoy se callan, todo lo que disimulan por natural defensa.”

(19) Ibidem, p.133

(20) Ibidem, p.135 “Es preciso que las mujeres se casen y tengan hijos, pero no lo harán sino por fuerza. Luego es preciso forzarlas”; en otras palabras, había que oprimir sus díscolos instintos emancipadores y reconducirlas hacia su (ignorada) posición natural. Así pensaría, nos señala J.S.Mill un gran porcentaje de la comunidad masculina inglesa de la era Victoriana.

(21) Ibidem, p. 140

(22) Ibidem, p. 141

(23) Ibidem, p.144 “El marido y la mujer no forman más que una persona legal, lo cual significa que todo lo de ella es de él, pero no que todo lo de él es de ella; este último criterio no se aplica al hombre sino para hacerle responsable de los actos de su mujer, como se hace a un amo responsable de los actos y demasías de sus esclavos o de sus rebaños. No es mi propósito afirmar que las mujeres no sean en general mejor tratadas que los esclavos; pero sí digo que no hay esclavo cuya esclavitud sea tan completa como la de la mujer.”

(24) Llegado a este punto, J.S. Mill se guarda las espaldas en sus argumentos. Al fin y al cabo, hombre de su siglo, y por eso no culpable de algunas estructuras de su mente, afirma “No tengo intención de ventilar el problema del divorcio con la libertad para casarse nuevamente. Por ahora me limito a indicar que, para quien no tiene más destino que la servidumbre, no hay otro medio de atenuar el rigor de ésta que el derecho a escoger y desechar libremente el amo”. El “segundo matrimonio” era tema delicado en la Inglaterra victoriana, pero al menos, hay que reconocer el mérito, plantea ideas para futuras leyes que conduzcan hacia la libertad.

(25) Ibidem, p.154

(26) Ibidem, p. 157

(27) Ibidem, p.164

(28) Ibidem, p. 167 y 171

(29) Ibidem, p.170

(30) Ibidem, p. 176

(31) Ibidem, p. 178

(32) Ibidem, p. 181

(33) Ibidem, p. 186

(34) Ibidem, p. 190

(35) Ibidem, p. 195  Al fin y al cabo, J.S. Mill es un hijo de su tiempo y no puede tampoco plantear reformas totalmente radicales, como apuntamos anteriormente. Aunque defiende la “meritocracia” para toda la humanidad, sigue viendo a la mujer como aquella que debe hacer las tareas del hogar.

(36) Ibidem, p. 203

(37) Ibidem, p. 208

(38) Ibidem, p. 214

(39) Ibidem, p. 219

(40) Ibidem, p. 227

(41) Ibidem, p.232     “(pues) El juez, contra sus más caros intereses, dicta sentencia justa en una cusa, extrae de la propia sensibilidad el sentimiento enérgico de la justicia, que le permite obtener hermoso triunfo sobre sí mismo”. De igual modo –añadimos- una mujer podría, en caso de ser ruda y nerviosa, controlar su temperamento para cumplir con su deber correctamente.

(42) Ibidem, p.242

(43) Ibidem, p. 251

(44) Ibidem, p. 255   Parece extraño que olvide citar a Diotima, maestra de Sócrates y una de las protagonista en “El banquete”, de Platón, cuando esta lectura fue una de las más repetidas desde su tierna infancia. Recordemos que J.S. Mill comenzó a leer los diálogos del filósofo griego antes de los diez años.

(45) Ibidem, p.259  

(46) Ibidem, p. 274

(47) Ibidem, p. 280    La diferencia está en que “el hombre sacrifica el deber del bien público ante la egolatría, mientras la mujer, a quien le está vedado atenderse a sí misma, cumple su tarea de abnegación y ella lo pospone todo. Los únicos intereses a los que ha de sacrificarse son los del padre, el marido, el hermano y el hijo […] Por tanto, si obra sin anchura de miras, es que cumple con excesiva fidelidad el único deber que se le enseña a respetar, casi el único que se le permite practicar.”

(48) Ibidem, p. 285

(49) Ibidem, p. 295

(50) KANT, Enmanuel; Idea de una historia universal en sentido cosmopolita; Tecnos; 1994

(51) MILL, J.S.; La esclavitud femenina; Artemisa Ediciones/Clásica; 2008; p. 301

(52) Ibidem, p. 325

(53) Ibidem, p. 338  y añadimos: “ […] esto solo podrá suceder donde la libertad del individuo, sin distinción de sexos, sea una institución respetada, orgánica, indiscutible”.

 

 

Bibliografía

-BEDOGNI, U.; Vida, pensamiento y obra de John Stuart Mill (en “Colección ‘Grandes Pensadores”); Expansión; 2007

-STUART MILL, J.;    Autobiografía; Alianza Editorial. Filosofía; 2008

Sobre la libertad; Alianza Editorial. Ciencia Política; 2005, con introducción de Isaiah Berlin

La esclavitud de las mujeres; Artemisa Ediciones/Clásica; 2008;  con prólogo y traducción de Emilia Pardo Bazán

-SCHWANITZ, D.; La cultura. Todo lo que hay que saber; “Historia del debate de los sexos” y “Geografía política para la mujer y el hombre nuevo” (p. 668-690 y p.777-822) Booket; 2005;

-TOWNSON, D.; Breve historia de Inglaterra; Alianza Editorial. Historia; 2004; “El imperio victoriano”

-VV.AA.; Historia de las mujeres. El siglo XX; Taurus; 1993

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  1. memorant
    junio 30, 2009 en 1:08 pm

    Vaya, se nota que te lo curraste bien, una documentación bastante completa.

    Un precursor con mucho mérito, más todavía en esa época.
    Lo que más me ha gustado de su pensamiento es su caracter racionalista, de como era necesario el sufragio universal para avanzar a una democracia progresista, el análisis inteligente de la situación de la mujer en su época para defender su situación, etc.

    Dista bastante del discurso un tanto exaltado al que nos tienen acostumbrado las feministas de hoy en día, en mi opinión hay que cambiar la forma en que se lleva el feminismo en la actualidad tanto por hombres como en mujeres. El ministerio de igualdad no me parece un ejemplo efectivo para esta labor, demasiada fachada y muy poco contenido, no me refiero solo a las polémicas intervenciones de Aído, comparar su página web con la de cualquier otro ministerio, a ver que conclusiones sacáis.

  2. Kitore SeiBa
    octubre 21, 2009 en 1:54 am

    Wah, sin palabras.
    De lo que pude leer, quedé impresionada; buena redacción y contenido.
    Buen trabajo, la verdad, mis respetos, sinceramente.

  3. blademanu
    octubre 21, 2009 en 6:10 pm

    Muchas gracias por tu comentario, Kitore. Palabas como estas nos dan ánimo para continuar trabajando cada día. Sigue disfrutando de la lectura, el aprendizaje y la concienciación a todos los niveles, y más aún en el campo de la mujer. Un abrazo de los histéricos.

  4. María
    mayo 4, 2014 en 10:58 am

    Si que está trabajado. Enhorabuena!!! y Gracias!!!!!!!!!!!!!!! Un abrazo desde los que todavía creemos en la libertad…

  1. marzo 29, 2018 en 7:47 am
  2. marzo 29, 2018 en 7:58 am
  3. marzo 29, 2018 en 8:30 am
  4. marzo 29, 2018 en 8:52 am
  5. marzo 29, 2018 en 9:20 pm

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