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Rincón del relato: la historia narrada de Mónaco.


Casino de Montecarlo (Mónaco)

Casi no.

La historia de Mónaco está marcada por el dinero, el engaño y la muerte. Este relato comienza con los orígenes oscuros de su familia real, los Grimaldi. En un principio fue una de las familias de comerciantes más prósperas en la República de Génova del s. XIII; sin embargo, como en todas las buenas historias: el dinero a parte de generar poder y lujo, también atrae rivalidad, ambición y en ocasiones un final funesto e inesperado. En ese momento, la mayoría de las ciudades italianas se encontraban divididas en dos bandos: los gibelinos, a favor del emperador alemán, y los welfos, defensores de los intereses de la Santa Sede. Fue en este contexto en el que los Grimaldi, aliados del Papado, pugnaron por la hegemonía de la ciudad contra otra de las grandes familias genovesas: los Spínola, que eran gibelinos. Tanto se recrudeció el enfrentamiento, que los Grimaldi se vieron forzados a huir apresuradamente de la ciudad en sus barcos.

Quiso el destino, siempre caprichoso como una ruleta rusa, que los huidos Grimaldi desembarcaran sanos y salvos en la costa de la actual Mónaco. La fortaleza que dominaba aquel promontorio estaba en manos de sus eternos enemigos; los Grimaldi no lo ignoraban y como estaban sedientos de venganza y con necesidad de establecerse, decidieron devolvérsela con la misma moneda. Dicen que aquella era una noche oscura, la verdad es que muy oscuro lo debieron ver los guardianes del castillo cuando no reconocieron quien había bajo los hábitos de monje pidiendo cobijo. El baile de espadas derramó la sangre de los ingenuos y la arriesgada estratagema dio resultado a quienes desde entonces serían conocidos como los nuevos señores de Mónaco.

Esta familia de aristócratas, con el tiempo principesca, tuvo que sortear más desafíos a lo largo del devenir de su pequeño estado para llegar a ser la dinastía más longeva de toda la Historia europea. Por ejemplo, de no haber sido porque Francia arrebató a mediados del siglo XIX el motor económico tradicional del país (los campos de cultivo) no se hubiera fundado en el corazón de Mónaco el casino de Montecarlo. Aprovechando que el juego era ilegal en los países vecinos, el casino fue creciendo progresivamente (en especial tras la llegada del ferrocarril y la ausencia de impuestos). Finalmente Montecarlo se convertiría en un foco de atracción de la jet set europea durante el siglo dorado del capitalismo.

De buena parte de este proceso fui testigo yo, Nicolás, crupier del casino desde que tenía tan solo 18 años. De origen modesto pero de mente espabilada, había sabido hacerme un hueco en el personal de la fábrica del dios dinero. De hecho, mi trabajo me encantaba: disfrutaba codearme con todos esos ricachones y tener el rumbo de sus fortunas entre mis manos. Al personal del casino no nos tenían permitido jugar; no era recomendable si querían empleados fijos en vez de ludópatas trabajando. Esta prohibición se convirtió en una tentación creciente para mí desde que me di cuenta tras bastantes años de trabajo que podía ser un contador de cartas. Con esta habilidad florecida tras mi experiencia, emergía mi ambición y un sueño de riquezas se iba abriendo paso en mi interior. Aún así, no era tan fácil porque yo era una persona a la que no le gustaba arriesgar debido a mi enorme miedo al fracaso. Esta faceta que limitaba bastante mi vida, la compensaba con otras virtudes: era inteligente, calculador y un planificador nato (lo que explicaba mi buena visión a largo plazo).

Una tarde, mientras volvía andando del casino a mi casa, fui dando forma a un plan para cumplir mi objetivo de ser rico: esperaría un par de años más para perfeccionar mi técnica de contar mentalmente las cartas y entonces dejaría mi trabajo para así poder jugar y hacerme millonario. El tiempo pasó y logré perfeccionar aún más mi valiosa habilidad y la verdad es que al mismo tiempo no había hecho otra cosa que aumentar inconscientemente mi amor por mi trabajo también: había hecho grandes amigos entre mis compañeros de trabajo y si antes mi empleo me gustaba ahora había conseguido hacerlo mi pasión. Todo ello sumado a la ilusión por ganar un montón de dinero incrementaba aún más mi felicidad.

Así pasaron los tres mejores años de mi vida y con esa autoestima me sentí totalmente preparado para dar el paso decisivo y abandonar el trabajo esa misma mañana. Tras dejar completamente perplejo a mi jefe, me jugué hasta el último céntimo de mis ahorros al póker en una partida contra un grupo de británicos. Se trataba de la apuesta más arriesgada de mi vida (en teoría segura). Yo miraba con ansiedad a Roldán, el joven crupier y antiguo compañero mío ¿y si me equivocaba y lo perdía todo? No, eso no podía ser… Llegó la última mano y con ella el momento de la verdad: había sido muy minucioso y hasta ahora todo marchaba según mis cálculos, tenía que salir bien. La partida acabó y finalmente el jugador de mi derecha dio la enhorabuena al ganador, tras retirar mi mano de la suya sentí una sensación de gran alegría y un tanto condescendiente con él (estos británicos eran correctos hasta cuando perdían). El joven crupier por el contrario me observaba sin quitarme ojo, su antaño admiración profesional se había convertido en una envidia mal disimulada. Cuando me dirigía a cobrar la suma de mis ganancias, me encontré con mi mejor amigo Jean Paul:

-¡Jean Paul, vente a compartir mi alegría conmigo! ¿Y si lo celebramos por todo lo alto?- le pregunté.

-No, tengo turno esta noche- me dijo secamente.

-Vaya, otro vez será…- dije mientras nos separamos sin mediar más palabra. En ese momento reflexioné en lo raro que estaba todo el mundo desde que de repente me había hecho rico; desde luego que mala era la envidia.

Cogí el dinero y me fui rápidamente de allí a mi casa para celebrar mi triunfo. Tenía preparadas dos botellas de mi whisky favorito. Hice un montón con todo el dinero en la mesa y disfruté con su simple visión y una copa de aquel alcohol. Entonces me puse a pensar todas las cosas que podría comprar con aquella fortuna: un buen coche, una mansión o dar una vuelta al mundo ¿y quién me acompañaría? Di un largo trago al recordar que ahora no tenía nadie con quien compartir todo ese dinero: mis amigos parecían no querer ya cuentas conmigo y el simple hecho de que alguien se casara conmigo por mi dinero me repugnaba…

Me serví otra copa antes de hacer frente a la siguiente pregunta ¿Qué podría hacer? Además que ahora ¿en qué pasaría las horas? Ya no podía ir a trabajar, el dinero me había despedido de todo lo que hacía que mi vida tuviera algún sentido: el empleo que adoraba, mis amigos… Fue en ese instante cuando me puse a llorar preguntándome ¿cómo la riqueza me podía haber hecho tan desgraciado? Me daba cuenta que la fortuna había explotado en mis manos y todas estas preguntas me deprimían profundamente, y cuanto más me deprimía más bebía y cuanto más bebía más loco me volvía. Mi desesperación aumentaba por momentos, hubiera dado todo lo que tenía porque este día no hubiera llegado ¡Maldito dinero! Bebí otra copa y cogí todo el dinero que pude entre mis brazos, no sabía lo que hacía. Andaba con el dinero dando vueltas a la habitación y entonces sentí una feroz sensación de náuseas, tenía que vomitar: salí al balcón, solté el dinero al vacío y lo eché todo, mi vida también.

Jonatan Sánchez Martín (c)

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  1. diciembre 13, 2012 en 6:31 pm

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