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“Identidad nacional” y “Leyenda negra”: el caso español a la luz del desastre del 98′


VANGUARDIA. 3-5-1899. PÁG.6

Como apunta José Antonio Maravall, es imposible hablar de “nación plena” hasta finales del siglo XVIII. En el caso español, los acuerdos de la Nueva Planta habrían servido tan solo para castellanizar los diferentes territorios patrimonio de la corona, señoríos, condados y demás circunscripciones. El nacimiento del “Estado-nación” debería esperar a las Cortes constituyentes de Cádiz de 1812. Sin embargo, el proceso aún no había concluido. El largo siglo XIX alumbrararía el nacimiento y consolidación de la Nación española y el sentimiento nacional, como dejó patente Benito Pérez Galdós a lo largo de sus Episodios nacionales.

La guerra por la independencia de los grandes virreinatos entre 1810 y 1824 no implicó ninguna crisis en el sentimiento patriótico de los españoles. Sin embargo, la pérdida las islas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898 ocasionó una fractura incurable para la sociedad metropolitana.[1] Para comprender los acontecimientos deberíamos atender a ciertos aspectos sociológicos y políticos.

Algunos teóricos[2] advierten de que en la base del nacionalismo se encuentra la “comunidad imaginada”. Una vez un colectivo sobrepasa el límite de relaciones físicas practicables, de contacto social real y directo, vivimos en una “comunidad imaginada”. Este fenómeno implica establecer vínculos afectivos a distintos niveles con aquella parte de la comunidad con la que no mantenemos contacto personal, pero a la cual nos vinculamos de forma inmaterial. Aunque más débilmente, hasta la invención del Estado Liberal y la configuración de los nacionalismos de estado, la comunidad imaginada se sustentó sobre un mismo sentimiento religioso, un imperio político, un territorio dinástico y un mismo cuerpo administrativo.

El nacionalismo decimonónico se arroga una naturaleza eterna que le proporciona solidez y credibilidad a su identidad, a su comunidad imaginada a gran escala. Los relatos históricos del siglo XIX falsean una genealogía del presente nacionalista; una genealogía providencialista y teleológica que fuerza los hechos históricos desde el pasado más remoto para justificar los rasgos característicos de la nación contemporánea, destinada desde siempre a terminar unida, y que se proyectaría en bloque, ya sin solución de continuidad, hacia el futuro infinito.

El nacionalismo del siglo XIX justificaría así la esencia del ser español, liberal, monárquico, católico y burgués, pero también imperialista, y esto es importante tenerlo en cuenta para el hilo argumental de nuestro trabajo. Hilvanando a los pueblos celtíberos con las Guerras Púnicas para luego anudarlos al pueblo visigodo, los historiadores terminaron haciendo encaje de bolillos entre los reinos de Castilla, León, Aragón, Navarra y el condado de Barcelona, para finalmente hacer la cadeneta con las dinastías de los Austrias y los Borbones, casi todos ellos vertebrados por la espina dorsal de la fe católica, apostólica y romana. Liberalismo y romanticismo van de la mano en los “relatos de nación” del siglo XIX, que cristalizan y se “democratizan” con la Ley Moyano. Por otro lado, las aventuras coloniales en el norte de África también habían espoleado las ansias nacionalistas e imperialistas, como comentábamos[3]. Entre múltiples factores  externos e internos, se fue configurando y alimentando tanto el sentimiento como el “relato oficial” de la nación española, en la cual se nace, de la cual se vive, por la cual se muere. Ese relato oficial comenzaría a enseñarse de forma obligatoria en el colegio desde el mismo momento en el que se implanta la Historia como asignatura obligatoria.

El historiador del siglo XIX nacionalizó el pasado[4], desamortizó un relato en manos del antiguo régimen y lo puso al servicio y a favor del Estado burgués, dando pie a confundir la “identidad nacional” con la “historia del Estado” -en tanto que monarquía o régimen señorial- y sus reivindicaciones territoriales;[5] no solo substrayendo los datos que le interesaron, sino depositando un sentimiento que reforzaría los lazos afectuosos entre los ciudadanos y su patria, como los que tienen unos hijos con su madre.[6]

Ahora bien, esto no sucedió hasta, por lo menos, la segunda mitad del siglo, cuando la educación había impregnado en la población, cuando la prensa llegaba a un mayor número de personas, cuando el amor por la nación se hizo patente en la pintura, la literatura y la zarzuela, pero también en el folclore regional que, por extensión, daría a luz los nacionalismos de “segunda generación”.[7] Quizás así podemos comprender algo mejor el desgarro patriótico que supuso para los españoles la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas en 1898, que a esas alturas ya formaba parte integrante de “España” en el imaginario colectivo. La sociedad española del cambio de siglo se sintió golpeada como no lo había hecho en 1714 o en 1824, e hizo suyos los dolores contraídos por la mutilación isleña que sufrió el impotente cuerpo del imperio español.

Sin embargo, el desastre de 1898 se acentuó a raíz de la campaña propagandística que emprendió EE.UU. contra la metrópoli española, tanto antes como después de la “independencia de Cuba”. Según el autor Jesús Villanueva, si bien es cierto que durante las luchas contra Felipe II, Isabel I infamó contra el Austria, no sería hasta el siglo XIX y XX cuando la misma población española daría pábulo a la “Leyenda Negra” en tanto concepto histórico, y se comenzaría a utilizar como arma arrojadiza en lo político.[8] Tras el 98’, diversos acontecimientos alimentaron la etimología del término: los atentados de Monjuit, el expansionismo hacia Marruecos, la Semana Trágica y el fusilamiento del anarquista Ferrer i Guardia. Las grandes potencias políticas europeas aprovecharon el momento para incidir en cómo la España, que había abolido la institución del Santo Oficio, seguía practicando los métodos de aquel tribunal bajo un sistema político aparentemente legal en las formas, pero no en el fondo.[9]

Pardo Bazán advirtió en París, en 1899, que la decadencia del Imperio español: Encomia a los que sin desaliento tratan de levantar el espíritu en España, y dice que no sabe si lo conseguirán, pero que de fijo cumplen su deber. Rechazan con indignación las calumnias de la que se llama leyenda negra, inventada por los enemigos de España, y cree que se nos hará justicia cuando no tengan nada que quitarnos.[10]


        Sin embargo, el fenómeno quizás no habría suscitado tal repercusión si tanto la prensa como los ciudadanos españoles no hubieran asumido como propio ese concepto, casi disfrutando y acomodándose con la posición victimista que adoptaron frente a sus denunciantes.[11] En filosofía, se debate sobre el “carácter perfomativo de las ideas”; es decir, cuanto más presente tenemos algo, nombrándolo o pensándolo –no digamos debatiendo sobre ello-, sea cierto o sea falso, terminará adquiriendo naturaleza de veracidad.[12] El historiador hispanocubano Gil Gelpí y Ferro criticaba ya en 1870 los “apasionados juicios de los escritores estrangeros” y “la facilidad con que los adoptan y los difunden los españoles modernos”.[13]

Junto a los nacionalismos periféricos, la “Leyenda Negra” también contribuyó a enaltecer y consolidar definitivamente el espíritu nacionalista español. Tanto liberales como conservadores cerraron filas y enterraron el pasado por momentos. El regeneracionismo quería abrirse a Europa, fuente de inspiración para el progreso. Había que dejar atrás la invasión visigoda goda, cerrar el sepulcro del Cid, y superar las pervivencias el Antiguo Régimen.

Otros autores, como Blasco Ibáñez, se muestran más críticos: “[el término Leyenda Negra] es un título un poco vago, que parece pudiera referirse a todo aquello que en nuestro pasado se refiere a la intolerancia habida en materia religiosa”. Manuel Azaña, con otra perspectiva, afirma: “llegábamos a creer que todos los pueblos de la tierra se habían conjurado contra nosotros y éramos víctimas de una injusticia atroz”.[14]

El libro de Juderías, publicado en 1915, vino a asentar definitivamente las numerosas ideas -“improperios inventados” afirma el autor- que circulaban en torno a la historia y carácter del español, intentando refutarlos documentalmente, aunque la mayoría de las veces lo consigue forzando las fuertes para confirmar sus hipótesis. Las  críticas a su publicación fueron tantas o más abundantes que los elogios. Si bien es cierto que su autor formó parte de la Real Academia de la Historia, la obra fue rechazada por las mismas personas que años atrás retroalimentaron el proceso inculpatorio de la “Leyenda negra”. El mismo Unamuno evolucionó sorprendentemente desde “la nación más denostada de la historia” a ver en el tremendismo del término una “frenopática obsesión”, “manía persecutoria”, “neurastenia colectiva” insana e inservible.

          Quizás el efecto más beneficioso para España de la llamada “Leyenda Negra” fue, precisamente, el que experimentó el filósofo vasco en su propia persona: abandonar la vía fácil, el derrotismo victimista, con el afán de encabalgarse, como reivindicaba Ortega y Gasset, a lomos del progreso que se anunciaba bajo el término “europeísmo”.[15]


[1] BALFOUR, S., El fin del imperio español, Barcelona, 1997, Crítica, cap. 4.

[2] HOBSBAWM, Nacionalismos y naciones desde 1770, Crítica, 2000;  ANDERSON, B., Comunidades imaginadas, FCE, 2000; GELLNER, Thought and Change, Weidenfel and Nicholson, 1964.

[3] BALFOUR, S., El fin del imperio español, Barcelona, 1997, Crítica, p. 103.

[4] PÉREZ GARZÓN, J.S., “España: de nacionalismo de Estado a esencia cultural”, en TAIBO, C, Nacionalismo español. Esencias, memoria e instituciones, Madrid, ed. Catarata, 2007, p. 69.

[5] PÉREZ GARZÓN, J.S., “Memoria, Historia y poder. La construcción de la identidad nacional española”, en COLOM, F. (ed.), Relatos de nación. La construcción de las identidades nacionales en el mundo hispánico, Madrid-Frankfurt, Iberoamericana-Vervuert, 2005, 2 vols., pp. 697-728.

[6] En otro ámbito histórico, se utiliza idéntica imagen para referirse a una ciudad. RUBIO VELA, A., “Valencia: la conciencia de capitalidad y su expresión retórica en la prosa municipal cuatrocentista”, en Anales de la Universidad de Alicante. Historia Medieval, nº13, 2000-2002, pp. 231-254. http://publicaciones.ua.es/filespubli/pdf/02122480RD1204604.pdf

[7] Nos referimos a los nacionalismos catalán, gallego y vasco.

[8] VILLANUEVA, J., La leyenda negra. Una polémica nacionalista en la España del siglo XX, Madrid, Catarata, 2011, p. 38 y p. 56.

[9] Ídem, p. 39. En palabras de Ingesol: “No ha habido ninguna ruptura entre Torquemada y Weyler, entre la Inquisición y las infamias cometidas en Cuba.”

[11] Unamuno: “España es la gran calumniada de la historia precisamente por haber acaudillado la Contrarreforma”.

[12] Carácter performativo de las palabras. http://es.wikipedia.org/wiki/Enunciado_performativo

[13] Solo en la “Hemeroteca digital de La Vanguardia encontramos 750 referencias al término “Leyenda Negra” entre 1899 y 1915: http://hemeroteca.lavanguardia.com/search.html?q=leyenda+negra&bd=01&bm=01&by=1899&ed=31&em=12&ey=1916&keywords=&__checkbox_home=true&edition=&exclude=&excludeAds=true&sortBy=date&order=asc

[14] VILLANUEVA, J., La leyenda negra. Una polémica nacionalista en la España del siglo XX, Madrid, Catarata, 2011, p. 70-71.

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  1. blademanu
    marzo 14, 2012 en 9:42 am

    DIFERENTES VISIONES DEL NACIONALISMO (aportación de Boina0): http://www.kepabilbao.com/files/naciones/naciones6.html

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