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Migraciones de España a Iberoamérica, curiosidad histórica.



Tras la lectura de “Las migraciones de España a Iberoamérica desde la Independencia”, publicado en 2010 por la Dra. Consuelo Naranjo Orovio (1), me surgió la curiosidad sobre los fenómenos de movimiento poblacional entre una y otra orilla del Atlántico. Y es que, a principios del siglo XX, las pujantes repúblicas como Argentina y México comenzaron a regular los procesos de inmigración debido al masivo número de personas que soñaban con enriquecerse al otro lado del océano. En ocasiones, como en República Dominicana hacia los años 40, el gobierno se vio saturado ante la masiva llegada de exiliados políticos a sus cosas.

Aprovechando una visita al Archivo Histórico Nacional la semana pasada, ahondé un poco más en esta cuestión que me atraía tanto. Consulté algunos legajos del Fondo Ultramar, concretamente de la Sección Gracia y Justicia de Cuba, y me percaté de cuán estrictos eran los organismos de la administración para dejar partir a un español hacia una de las islas del Caribe.

En el Legajo 1602 de la susodicha referencia hay algunos casos de este tipo, que comprenden al primer tercio del siglo XIX. Además de exigirles que contasen con alguien que los acogiera a su llegada -acaso un familiar- un puesto de trabajo y manutención asegurado, así como fidelidad -literalmente- al trono y al altar, también se debía demostrar que… [Don Juan Manuel ni sus parientes no tienen relación con los insurgentes de América, ni parentesco alguno conocido con los Yncas, Motesumas, Colones, Pizarros, ni demás conquistadores de ella] (2) -el subrayado lo ponemos nosotros-.

Parece curioso que en 1824 se tuviera tan presente, no ya la reciente figura de los revolucionarios bolivarianos o chilenos, sino de personas que habían causado tanto mal en los comienzos de la conquista y colonización como Colón o Pizarro -¿por qué no se nombra a Cortés?-. En fin, asegurarse de que las personas a las que se permitía instalarse en indias estaban libres de toda relación con dirigentes militares que habían causado tantas muertes…

-¿Podría ser tal vez una política de Estado destinada a no contaminar de delincuentes las pocas colonias que aún conservaba España por aquel entonces?

-¿Se puede interpretar como una forma simbólica de limar asperezas con los habitantes del Caribe?

-¿Podemos entenderlo como un gesto de acercamiento entre las sociedades colonial y metropolitana, culpando tanto a los conquistadores como a los emperadores incas y aztecas, ya por entonces explotadores de los pueblos indígenas más pobres?

-¿O más bien significaba una manera de limpiar la culpabilidad de consciencia que arrastraban los “españoles” desde que se configuró la Leyenda Negra por parte de los ingleses y los grabados de De Bry?

*****

(1) Profesora de investigación en el Instituto de Historia del CCHS-CSIC de Madrid, directora de la Revista de Indias y del Centro de Estudios Comparados del Caribe y del Mundo Atlántico.

(2) AHN, Ultramar, Cuba, Gracia y Justicia, Legajo 1602, Año 1824, Expediente 1, p. 20.

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