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De la indignación al compromiso: 15M, la revolución que aprende de la historia.


La “Historia es maestra de la vida”, dijo aquel ilustre orador romano. Con esta sentencia, Cicerón buscaba convencer a la ciudadanía, pero sobre todo a los políticos, de que nuestro pasado es la mayor y más caudalosa fuente de ideas, equivocadas o acertadas, para trazar nuestro futuro. Al fin y al cabo, nadie nace sabiendo. El proceso natural de aprendizaje, en cualquier ser humano, se basa en el proceso ensayo-error. Sin embargo, es alarmante que esta famosa frase se pronunciara hace 2.100 años y todavía hagamos oídos sordos a su contenido más profundo.

La “Historia es maestra de la vida”, sí, pero ¿qué nos enseña en este caso?  ¿Por qué resulta útil para comprender las movilizaciones sociales que estamos viendo a lo largo y ancho del planeta? Desde Egipto a China, desde España a Siria o EE.UU. Veámoslo:

1) La Historia nos muestra que la Democracia y el Estado de Derecho nacieron para servir a los ciudadanos, no a los mercados; pues son aquellos y no estos quienes dan sentido a su existencia bajo el sistema actual. Y es que, la Democracia y el Estado de Derecho, en el que destacan el sistema de pensiones, la sanidad y la educación gratuita; y los Fondos Públicos a los que todos contribuimos con nuestros impuestos, no pueden verse afectados, mermados, recortados por la mala gestión que de sus recursos hacen ciertas entidades privadas. Esto se ha venido a materializar en dos lemas muy escuchados estos días: “No somos mercancía en manos de banqueros” y “Que paguen la crisis los verdaderos culpables”.

 

2) La Historia nos demuestra que las “grandes revoluciones” se han denominado como tales cuando han supuesto cambios importantes para una mayoría de personas, y no para un sector minoritario. Esto es, las “grandes revoluciones” son aquellas que suponen la adquisición de nuevos derechos sociales, como lo fueron el movimiento feminista, el movimiento por la igualdad entre negros y blancos, la lucha que nuestros tatarabuelos, abuelos y padres protagonizaron por unos derechos laborales más justos, por tener vacaciones, derecho al descanso, un seguro que cubra riesgos laborales y otros aspectos.

El movimiento 15 de mayo es otra de esas “grandes revoluciones pacíficas” que busca el beneficio de los humanos en su conjunto, pero no solo reivindicando NUEVOS derechos, sino intentando conservar los que ya habían logrado nuestros antecesores: como un sistema de pensiones antes inexistente, una educación y una sanidad gratuita y un sistema de becas que ha permitido que nosotros, descendientes de labradores, ganaderos y trabajadores dolientes, podamos acceder a la universidad y formarnos. En fin, esta “gran revolución pacífica” también busca consolidar ese gran salto que se ha producido de la generación de nuestros padres a nosotros, de trabajar 16 horas por un mísero sueldo, a hacerlo 8 horas con un contrato decente y en toda regla. Lo contrario sería echar por tierra el esfuerzo de millones de personas que se esforzaron, y a veces derramaron su sangre por conseguir aquello que poco a poco, sutilmente, casi sin darnos cuenta, estamos a punto de perder: ¿o es que no vemos tiendas abiertas incluso los domingos? ¿o es que a veces no se pagan las horas extras como tales? ¿o es que no nos vamos a quejarnos por las desproporcionadas subidas de impuestos en proporción a los ascensos de los salarios? ¿o es que no nos vamos a dar cuenta de que en tanto que sube el número de parados, también se incrementan los beneficios de las empresas?

En este caso la Historia nos enseña que “las grandes revoluciones” buscan la adquisición de nuevos derechos sociales y la conservación de los ya conseguidos anteriormente: el beneficio común, el beneficio de la mayoría.

3) La Historia también nos enseña que las “grandes revoluciones pacíficas”, sin embargo, ni se producen, y ni deben producirse rápidamente. Un movimiento ciudadano de base, sin apoyo institucional a sus espaldas, cuestionado por amplios sectores políticos y por unos medios de comunicación que o desconocen o hacen oídos sordos sobre su naturaleza y sus peticiones; repito, un movimiento de estas características no puede pretender nunca un cambio radical de la situación que denuncia.

Los extremismos innecesarios, superfluos y ornamentales, herencia de otro tiempo que no encajan en la situación presente, solamente perjudican a un movimiento que sobre todo busca alimentar la conciencia crítica del mayor número de personas posible; transmitir la idea de que las cosas van mal y podrían ir a peor si no ponemos remedio, si no reaccionamos. Creo que es un error buscar reformas antes de recoger las protestas y las propuestas de la ciudadanía. En caso contrario tropezaríamos en la misma piedra con la que nuestros políticos llevan golpeándose desde hace años.

Por tanto, en este caso la Historia nos enseña que las “grandes revoluciones pacíficas” ni se producen, ni deben producirse rápidamente porque el proceso previo a la actuación, que es la concienciación de la ciudadanía, es lento por naturaleza: el 15 de mayo fuimos 40, el 19 de junio nos reunimos 250 aquí mismo, en la Concha de Puertollano; pero no estamos solos. Ese mismo día, un millón de personas en España, con el apoyo de decenas de ciudades en todo el mundo, salimos a la calle para clamar por una Democracia Real. En un solo mes de existencia tampoco se puede conseguir demasiado. Tened paciencia, esperad los resultados a largo plazo. Esto es una carrera de fondo. En fin, si vamos despacio es porque queremos llegar LEJOS

Cicerón, como decía al principio, nos dejó dicho que la Historia es maestra de la vida. Teniendo en cuenta lo expresado, el 15M es una revolución pacífica que, para triunfar, necesita ir despacio por el gran peso que suponen los objetivos que carga a sus espaldas. Nuestras reivindicaciones no son nada del otro mundo. Queremos simplemente lo que el gobierno de España, la UE, la ONU dicen que ya tenemos: Democracia. Es eso y no otra cosa: queremos Democracia, queremos que los políticos cumplan las expectativas del puesto de trabajo que ocupan: FUN-CIO-NA-RIOS   PÚ-BLICOS, gente que desempeña “funciones públicas”, gente que “sirve al público, al pueblo” que le vota y que permite que ocupen esos cargos. Para que esto sea posible, deberán girarse, dar la espalda a los bancos y trabajar para nosotros, o, cuanto menos, actuar como una madre con dos hijos, no quitándole a uno para darle al otro. Eso y no otra cosa significa  “Democracia”: poder del pueblo.

La gente ha reaccionado y se ha indignado. La gente ha abierto los ojos, se ha levantado de sus sillones, ha salido de los bares, se ha puesto a hablar con otras personas y se han percatado de que todos tenemos los mismos problemas, nos quejamos de las mismas cosas, todos sabemos quién tiene la culpa y todos sabemos que hay que hacer algo… Algo, sí ¿pero qué? Esa duda es la que puede derrumbar este movimiento primaveral, esta ola de aire fresco en nuestro sistema democrático. Esa duda es la que nos hace estar aquí en la Asamblea de Puertollano, en la de Madrid, Valencia, Málaga, Madrid, París, Montpellier, Roma, Varsovia, Nuevo México, Tokio, Lima, Londres; en los barrios de nuestras ciudades, en nuestras casas, en reuniones con familiares preguntando a todos y cada una cuál creen que es la ruta más segura para llegar a buen puerto.

Ya no basta con indignarse, con lamentarse de lo mal que está el mundo, de lo injusta que es la sociedad y de lo mal que lo van a pasar nuestros nietos. No, no basta. Esa actitud, ese victimismo es inútil e innecesario. Sería muy positivo dar un paso más allá. Hay que solidarizarse, hay que comprometerse con esta causa, una causa común a todos, que a todos nos afecta de una u otra manera, al astillero de Cádiz y al minero de Asturias, al trabajador de Silicio, al de Solaria, al de una subcontrata de Repsol, al autónomo que se pierde entre facturas y facturas, a quien sufre un desahucio en Elche o en León, a los estudiantes, las amas de casa, los ancianos que verán congelada su paga o a los que viven en residencias públicas que serán privatizadas.

Repito, la Historia también nos enseña que no basta con indignarse de forma individual, menos aún desde casa. Hay que comprometerse de una u otra manera, unirse para difundir el mensaje o actuar. Debemos comprometernos con una causa común porque si logran dividirnos, entonces, lograrán salirse con la suya: que esto no sea más que un arañazo en el cuerpo robusto de un sistema contra el que nos llevamos quejando en el salón de nuestras casas muchos años. Simplemente necesitamos que la ciudadanía desarrolle una CONCIENCIA CRÍTICA COLECTIVA, COMPROMISO SOLIDARIO CON LA CAUSA y un poco de TIEMPO.

Si luchas puedes perder, si no luchas, tú también estarás perdido.

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