Pan de centeno.


Bajaron a la aldea desde el monte. Los campesinos al verles reaccionaron como si de una misma manada de lobos se tratara. Eran ellos sin duda. Nadie les conocía pero sin embargo todos habían oído hablar de ellos: los huidos, los de la sierra… Todos sabían de su existencia y sin embargo muy poca gente quería saber de ellos.

El grupo iba armado y disponía de varias monturas. Cuando llegaron a las primeras casas del pueblo vieron a una mujer joven cociendo pan en un horno:

-Buenos días, señora.

-Buenos días- respondió con temor ella.

-Vamos a necesitar su pan para mantenernos en el monte. Cuando termine de cocerlo y recojamos más provisiones en la aldea volveremos a por él.

El pan que ella cocía era de centeno. Un pan más oscuro y amargo; pero más barato. Un pan, nunca mejor dicho, para momentos difíciles. Aquella mujer no había podido ir a esconderse como los otros, a esos mismos que ahora sacaban de sus casas para hurgar con más comodidad en sus despensas. La gente que había quedado en la aldea eran sobretodo mujeres, niños y ancianos (la mayor parte de hombres estaban en el campo trabajando). La joven observaba todo con frustración mientras seguía cociendo un pan que de antemano sabía que iba a ser hurtado.

Concentraron a la escasa población en el centro de la aldea para controlarles mejor y uno de los rebeldes, el que parecía ser su jefe, les dijo:

-No nos dejan alternativa. Nos obligan a vivir como bestias y moriríamos de hambre en el monte si no tomáramos vuestra comida. No os lo toméis como algo personal: estáis ayudando a una buena causa. Algún día la justicia volverá y ellos serán los perseguidos.

Los campesinos le escuchaban con ansiedad; lo único que querían es que se fueran cuanto antes. La sola presencia de los guerrilleros, portando armas de fuego y con mejores ropas que las suyas (probablemente robadas en alguna finca de la comarca) no ayudaba mucho a empatizar con ellos. Mas, con la férrea represión estatal que imperaba. Era una realidad que la reciente guerra había dejado un país hambriento y raquítico. El hurto suponía también un buen apuro para la supervivencia de los aldeanos.

De repente, se oyeron dos disparos desde la entrada del pueblo. Uno de los del monte corría apurado hacia el grupo gritando:

-¡Los guripas! ¡Los guripas!

Los aldeanos pusieron pies en polvorsa para ponerse a cubierto en sus casas. Mientras, los forasteros tomaban posiciones para hacer frente al peligro. La benemérita había entrado en escena y los maquis ya lo sabían.

A continuación se desencadenó un tiroteo bastante igualado. No obstante, esta vez la suerte estaría del lado de la guardia civil de modo que con algo de tiempo consiguieron hacer una baja y herir a otro guerrillero después. La ley de la supervivencia se impuso y huyeron precipitadamente como pudieron. El herido, para su sorpresa, no tardó en caer bajo la escopeta de caza de uno de la aldea que se había mantenido escondido todo el rato. Los guardias perseguían al resto en dirección al monte pero no consiguieron alcanzarlos a tiempo. La espesura del bosque ocultó a quien estaban acostumbrados a ella.

Entonces se hizo un gran silencio en la aldea y flotaba un olor extraño. La guardia civil parecía bajar la calle de un pueblo fantasma. La gente también desconfiaba de ellos y no se atrevía a salir. Cuando llegaron donde estaba el primer muerto, le inspeccionaron con cuidado, le desprendieron de su fusil y se hicieron con lo poco que poseía de valor. Tras asegurarse de que lo peor había pasado, llamaron a los lugareños. Estos se mostraron reticentes a salir en un principio pero ante la insistencia de las autoridades se fueron haciendo visibles. Los agentes empezaron a entrevistar a algunos de los presentes para reconstruir lo ocurrido. De su casa también salía la joven que estaba ante el horno. Como se temía, el pan de centeno estaba ya tan negro como la pólvora que se acababa de derramar.

Jonatan Sánchez Martín.

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  1. manu
    mayo 8, 2011 en 5:56 pm

    Buen texto, John. Casualidades de la vida, ayer mismo estuve hablando del maquis con un amigo mío. Ahora mismo voy a pegarlo un bocao a la barra de pan de hoy. Un fuerte abrazo.

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