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3/3 EXCURSIÓN A CÁDIZ: De Chiclana a Cádiz.



El domingo, día 10 de abril, ya con las maletas de nuevo cerradas, partimos desde Chiclana en dirección a Cádiz, la ciudad que una vez quiso ser isla, unida tan solo a tierra firme por el istmo de San Fernando y el moderno Puente de Carranza. El día, plenamente soleado, se presentaba bastante agradable para caminar tranquilamente por el Cádiz de 1812. De camino a la urbe milenaria, no pude por menos que recordar “Marinero en tierra”, de Alberti, el episodio nacional “Cádiz”, de Benito Pérez Galdós, y la reciente “Asedio”, de Pérez Reverte.

El recorrido en rojo, desde el punto “Salida 3er día”, lo realizamos por la mañana. Las curces marcan las diferentes paradas que realizamos. El tramo azul, marca nuestro camino después de comer. El amarillo es el regreso desde el Castillo de San Sebastián. (PINCHAD CUALQUIER FOTO PARA AMPLIARLA).

Tras cruzar por segunda vez en tres días “Puerta Tierra”, el extremo meridional del casco antiguo, nos dirigimos a la Plaza Sevilla, entre el puerto, los astilleros y la estación de tren (1ª cruz roja del mapa). Anduvimos unos cuantos metros, mapa en mano algunos, cámara flasheando otros, hasta llegar a Plaza España. La leve brisa no terminaba de invitar a quitarnos la manga que llevábamos sobre la camisa veraniega.

Plaza de la Constitución, Cádiz.

Frente al monumento, tomando la “Pepa” con la mano derecha y la Constitución de 1978 con la izquierda, el profesor Cayuela nos ofreció un discurso sobre los puntos más importantes de ambos textos. En esencia, nos quiso hacer ver la gran conexión que existía entre las ideas de 1812 y las que rigen nuestra actual Carta Magna. La “Pepa” no supuso, hay que dejarlo claro, el nacimiento del “Estado Democrático”, como lo entendemos en la actualidad, sino del “Estado Liberal”. El modelo de autonomías aún no se contemplaba, pero sí se rezumaba cierto federalismo.  Por primera vez, el poder pasaría a residir en la Nación, cuyos miembros dejaban de ser siervos para ser ciudadanos, salto cualitativo de gran calado que venía a romper así la vieja pirámide de señores y pecheros. La “Pepa”, además, regiría los designios de los españoles de ambos hemisferios, de ahí que a las Cortes Gaditanas, aunque en proporción desventajosa, también asistieran representantes de Indias. En esta reconfiguración administrativa, las Cortes legislarían con el Rey, quien haría cumplir aquellas normas; los municipios pasarían a ser electos; se abolirían los señoríos y el Santo Oficio; habría Libertad de Imprenta; se reorganizaría la Hacienda y se protegería la Agricultura, en tanto que principal fuente de riqueza nacional. No hay que olvidar, ni mucho menos, un punto importante: la Constitución no era plenamente revolucionaria ni laica, pues contemplaba que la religión oficial del Estado continuaría siendo la Católica. Entrar.

¿Y por qué se le llama Pepa? Hay varias teorías. Lo primero, fue proclamada un 19 de marzo, día de San José, o lo que es lo mismo, día de San GiusePPE (José en Italiano, y ya sabemos que los Borbones nombraron a muchos ministros procedentes de aquellas tierras). Como la constitución, sin embargo, es femenina, se la bautizó “La Pepa”. También se dice que, debido al temor que había en toda España a una posible represión de los liberales por parte de los franceses, usaron el apelativo de “Pepa” para hablar en clave de la Carta Magna. También es probable que tuviera cierta sorna, ya que el hermanísimo de Napoleón, rey de España en aquel momento, era, precisamente, José… José Bonaparte. Sin embargo, es falsa la afirmación de que la “Constitución” se proclamó un 19 de marzo para más sorna del citado monarca, pues nació un 7 de enero.

Murallas de Carlos III, Cádiz.

Tras realizarnos unas cuantas fotos y contemplar la “Casa de las cinco torres”, fuimos camino de las murallas de San Carlos, donde se nos explicó, brevemente, el asedio a Cádiz, la función de las troneras, el papel de la población civil en el abastecimiento y de la religiosa en la protección de muchas personas tras las puertas de sus templos durante los largos bombardeos. Incluso se nos contó la hazaña de un viejo clérigo, acaso poco cuerdo, que realizaba cortes de manga al invasor francés desde una de las torres de un monasterio cercano cada vez que los obuses no impactaban contra un blanco relevante…

Continuación de las murallas de Carlos III, Cádiz. Durante la bajamar se pueden ver ruinas romanas.

Desde esta zona de la ciudad quedan al descubierto parte de las ruinas romanas que el mar ha ido engullendo con el transcurrir de los siglos. Girando de nuevo hacia el interior de la urbe milenaria, topamos con la “Plaza Mina” y el “Edificio de las tetas”, así llamado por sus prominentes chimeneas con forma de senos. En este enclave verde y frondoso, donde un ficus hace las veces de paraguas sombreado para las terracitas, nació el músico Manuel de Falla (y enterrado no tan lejos, como veremos). Se cuenta que este pequeño parque era lugar de exhibición y coqueteo entre los jóvenes gaditanos.

La “Plaza Mina”, Cádiz, dedicada al guerrillero liberal, alberga la Casa donde nació Falla y el Museo Arqueológico de la provincia.

Años atrás, los vendedores de pipas alcahueteaban transportando mensajes de unos bancos a otros de la plaza. Nuestro objetivo, no obstante, era el Museo Arqueológico, donde los antiguos restos de tumbas fenicias y el cuadro de la proclamación de la Constitución de 1812 eran los tesoros más preciados, junto a los magníficos “Cartujos” de Zurbarán.

Típica calle gaditana.

Una vez descansamos la espalda y las rodillas en uno de sus bancos de piedra, tomamos la calle San José en dirección al Oratorio de San Felipe Neri. A lo largo de esta vía, igual que en calle Sagasta, Ancha o Bejumeda, entre otras, las balconadas del XVIII aún penden sobre las cabezas del viajero, mientras este toma sosegadamente una bolsa de patatas o de pipas. Al fin y al cabo, como pudimos observar, Cádiz parece salida, como las sirenas, de la mar. Condicionada por las escasas hectáreas edificables, la ciudad se vio obligada a crecer hacia lo alto. Por eso, excepto en los espacios abiertos, es difícil sufrir la calima típica de cascos antiguos más expandidos, como en la propia Ciudad Real. Esto hizo que su callejas, en el siglo XVIII, fueran un laberinto peligroso al caer la tarde, como afirma el viajero anglosajón Swinburne, pues los maleantes y delincuentes encontraban cobijo en la oscuridad de sus esquinas para asaltar el menos avispado.

Oratorio de San Felipe Neri, hoy en día aún en restauración para el año 2012.

Frente al Oratorio San Felipe Neri, el profesor Cayuela realizó su última clase in situ. Según la pintura histórica del XIX, fue en los escalones donde él mismo se encaramó, frente a la maltrecha fachada del edificio aún en obras, donde se proclamó el primer texto constitucional de la Historia de España. Sin embargo, los oriundos afirman que dicha declaración se efectuó en la Plaza de San Antonio. Controversias a un lado, lo cierto es que Cádiz en su entereza, y no un edificio u otro, alumbró, con todas sus consecuencias, el nacimiento de los derechos y deberes de la ciudadanía española.

Plaza de las Flores, en el corazón de Cádiz, es punto de encuentro para turistas y enamorados.

Apurando las pocas energías que nos ofrecían el sueño resacoso y el frugal desayuno de primera hora, encaminamos nuestros pasos a la “Plaza de las flores”, cuyos puestos aún deleitaban a los curiosos que permanecían inmunes a la alergia primaveral. La estatua central es de Columela, agrimensor romano que consolidó la receta y el negocio del tan apreciado por los emperadores Garum gaditano. Los historiadores afirman que, además, este buen señor fue un corrupto de cuidado, quizá por eso las palomas descargaban sus secreciones sobre su cuidada cabellera imperial.

Catedral y Plaza de la catedral. La portada bicolor es un rasgo muy singular de su arquitectura.

La llegada a la Plaza de la catedral resultó asombrosa. Su media fachada rojiza abajo, blanca arriba, llama la atención a quien la contempla por primera vez. Construida a lo largo de un par de siglos en mármol y piedra ostionera, que deja entrever restos marinos de almejas y ostras,  combina estilos que van desde lo barroco a lo rococó. Además, es la única catedral de la Europa católica que cuenta con una cúpula dorada –no digo cristiana porque los ortodoxos poseen templos rematados de igual manera-. El dorado, algunos dicen, es inspiración del mundo musulmán, otros afirman que es reflejo de las riquezas que llegaron a sus costas desde las Indias en el siglo XVIII, cuando fue sede del Archivo y del Consejo de Indias. Sea como fuere, el dorado de su cabellera en contraste con el blancor de las paredes de sus casas y el azul de sus cuatro playas transmite, cuanto menos, alegría, ligereza y frescura marinera. Estas características, resulta evidente si buscan fotografías, sirvieron de inspiración para los modelos arquitectónicos de las catedrales en el “Nuevo Mundo”. En su cripta, para más información, descansan los restos de Manuel de Falla y José María Pemam.

Catedral en el centro de la imagen. Torre del Ayuntamiento gaditano, abajo a la izquierda. La calle Pelota , abajo, conecta ambos edificios.

Las tripas del viajero comenzaban a fagocitarse a sí mismas a horas tan avanzadas de la tarde. El rugido visceral de algún espíritu hambriento me hizo esbozar una sonrisa interior, por lo que buscamos un lugar digno para universitarios  –todo el mundo sabe que nos sobra el dinero a raudales-. Los menús más económicos no ofrecían un menú con gastronomía típica de la zona: patatas, pollo, algo de carne con tomate, una ensalada y, a lo sumo paella. Una de nuestras compañeras dijo que había visto una freiduría en la “Plaza de las flores”, y hacia allí encaminamos nuestros pasos. Compramos tres o cuatro cucuruchos de un kilo de pescaíto frito y nos lo tomamos tan ricamente a la sombría, mientras enriquecíamos de colesterol nuestras jóvenes arterias. El helado de turno vino a dar cumplido final a una comida que nos sació en buena medida.

Castillo de San Sebastián, a cuyas puertas pasamos la tarde del último día.

El viajero no se puede marchar de Cádiz sin avistar el mar de cerca, y qué mejor para dar broche final al seminario que visitar “la Caleta” y adentrarnos en las aguas atlánticas paseando por el malecón que lleva al Castillo de San Sebastián. Esta fortaleza no solo fue utilizada para defender la ciudad de los ataques de la Royal Navy, sino también como manicomio, cárcel y edificio para aislar a los leprosos, que eran muchos y mal vistos en la antigüedad. La bajamar nos permitió encaramarnos en los agujereados riscos cercanos a su muralla, donde las aguas rompían con más fuerza conforme pasaba la tarde. Con ese olor a salitre y el recuerdo de la espuma lamiendo las faldas del malecón, regresamos a tierra firme tras una hora de fotografías, risas, bienestar y proclamas libertarias -¡Viva la Pepa!, ¡Viva la Libertad!…-. Resultaba curioso, irrisorio incluso, la vinculación existente entre los diminutos tangas de las canis quinceañeras y la desorbitada mirada de los marines pakistaníes que disimuladamente desviaban el objetivo de sus cámaras hacia esos cuerpos sin anchuras que dejaban relucir gran parte de sus vergüenzas.

Vista de la catedral y la Playa de Santa María desde el Campo Sur

De regreso a la Plaza de la Catedral, paseamos por el Campo Sur dejándonos quemar un poco por el sol aún altivo. La vista desde aquí es asombrosa. Por la derecha pueden recorrerse con la vista los ocho kilómetros del istmo de Cádiz mientras, justo bajo tus pies, el océano viene a morir chocando contra un rompeolas de cubículos pétreos -“los dados de la partida final entre Dios y…”-. Este breve paseo quemó la piel de algunas personas, que un par de horas más tarde aparecían con chapas y rojeces en la nuca y las mejillas. Ya cansados, compramos un par de botellas de agua fresca. Dejamos atrás, con un deje de melancolía, la Catedral bicolor y anduvimos calmadamente por la calle Pelota hacia la plaza del Ayuntamiento para llegar a Plaza Sevilla, junto al puerto, donde nos esperaba el autobús que habría de llevarnos de nuevo a La-Mancha.

Plaza del Ayuntamiento de Cádiz.

Ser una persona de “tierra-adentro” ayuda a apreciar en mayor medida una visita a la costa. De allí, nos llevamos vivos recuerdos que permanecerán en la memoria y volverán a brotar el día de nuestro retorno, que no será a mucho tardar. Sin exagerar un ápice, los médicos podrían recetar sin miedo a provocar efectos secundarios, una visita findesemanal a Cádiz a toda persona con algún tipo de dolencia. Verdaderamente, es enriquecedor disfrutar del fresco olor a salitre; del sabor tan intenso del atún rojo que colea en nuestra papilas gustativas a pie de playa; de la luz del sol reflejada en las aguas del océano en un atardecer en Trafalgar; deleitarse, digo, en pasear, correr, saltar y dejarse mojar por el agua mansa de Barbate… Sí, es verdad, “la vida puede ser maravillosa”, pero siempre en buena compañía. Y es que, la lección que extraje de estos últimos cinco años ha sido que al final todo se reduce a sentirse feliz y hacer feliz a las personas que se encuentran a tu alrededor. Quizás por eso en Cádiz me sentí un poco más querido, un poco más humano, gracias a vosotros.

Compañeros de la excursión en la Plaza de España de Cádiz. A la derecha, con chaleco, el profesor Cayuela.

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  1. AlbertoPan
    abril 19, 2011 en 2:57 pm

    Enhorabuena Manu por esta trilogía. Creo que eres el sucesor de Cayuela con estas narraciones imponentes que nos haces y que nos adentras en el viaje como si en el autobús hubiésemos ido. Tú capacidad para relacionar poemas y escritores dice mucho de tus grandes conocimientos, ya me gustaría a mí hacer lo mismo. Tu rico vocabulario también es digno de mención. Muchas gracias por compartir este amplio trabajo y si puedes mándame un poco de atún rojo au Mans 😉

  2. blademanu
    abril 19, 2011 en 3:30 pm

    DIOS!! qué comentario!!! me has sacao los colores!!! Yo no creo que esté tan bien, de hecho lo he estado corrigiendo hasta un segundo antes de publicarlo, y aún así ya por desesperación de tanto revisarlo, jejejeje 😀 EN CUALQUIER CASO, MUCHÍSIMAS, MUCHÍSIMAS, MUCHÍSIMAS GRACIAS POR TUS CONSIDERACIONES!!!!!!!

    UN FORTÍSIMO ABRAZO, PAN! YA COMEREMOS ATÚN ROJO!!!

  3. José Gregorio Cayuela Fernández
    junio 2, 2012 en 12:06 am

    Querido Manu,
    Espero que al igual que a ti, el impacto de entender la historia con un paisaje prenda en todos aquellos alumnos que con gran cariño y esfuerzo me han acompañado estos años al Seminario de la “Ruta de la Libertad”. Me ha encantado ver tu trabajo… No te preocupes, encajo bien las críticas de “mis posibles exageraciones casi gores” y mi sentido de la narrativa “cercano a lo épico”. Por supuesto, ¿cómo piensas que podía llamar vuestra atención en un viaje tan duro donde muchos andában medio-dormidos, medio-ligando? Además, uno es apasionado y la historia se narra, no solo se estudia, con pasión.
    Con todo mi afecto,
    José Cayuela.

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