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2/3 EXCURSIÓN A CÁDIZ: De Chiclana a Sancti Petri, Barbate y Trafalgar.



Al día siguiente, sábado día 9 de abril, sobre las 9 de la mañana, partimos en dirección a Sancti Petri. Utilizando tecnicismos marineros, el profesor Cayuela nos dijo que el día amaneció “celajoso y aturbonado”. Las nubes, de un grisáceo uniforme, cubrían el cielo en su entereza. Ni un solo rayo de sol penetraba entre la cúpula grisácea para posarse sobre la tierra. El poco viento que soplaba cuando llegamos al poblado hacía descender aún más la sensación térmica.

En rojo el camino que realizamos con el autobús. En azul, la excursión en barca y el paseo por la playa hasta atisbar el castillo de Sancti Petri

 El club náutico a pie de puerto, se oyó decir por ahí, era una tapadera para el contrabandeo y el tráfico de drogas. Y es que, la independencia de Marruecos en 1956 conllevó también la pérdida para España de las aguas pesqueras cercanas a sus costas, lo que a la larga perjudicó a la pesca gaditana, cuyos caladeros de atún se hallaban allí. En cualquier caso, lo cierto es que la Diputación de Cádiz ha descuidado por completo este enclave de pesquero y turístico.

Para observar el castillo de Sancti Petri, en un principio íbamos a tomar una lancha con la que rodear la isleta donde se encarama, como un buque varado, a unos dos kilómetros de la costa. Sin embargo, el estado de las olas aconsejaba no aventurarse demasiado. Así que optamos por alquilar unas cuantas canoas para atravesar la bahía en la que descansaban los pequeños barcos amarrados para llegar a una playa casi virgen, donde las conchas, las caracolas y los cantos rodados tachonaban una playa de arena fina y húmeda.

Los valientes miembros el grupo que se aventuraron a embarcarse en las canoas

Anduvimos hasta el otro extremo de la lengua, desde donde se observaba claramente la fortaleza. Allí el profesor Cayuela –que había llegado en lancha motora al lugar y no remando, jeje- nos narró la batalla de la Barrosa, la única de carácter ofensivo que plantearon los ejércitos españoles. El desgaste humano y armamentístico, sin embargo, quedó en agua de borrajas porque, al final, las tropas regresaron a sus posiciones previas al enfrentamiento.

Vista idealizada del Castillo de Sancti Petri -nuestro día estuvo más “aturbonado”-. Dicen que, durante la bajamar, hay un estrecho camino de tierra que permite acceder a la fortaleza desde la playa.

Con el trasero y las piernas algo mojadas, regresamos al puerto de Sancti Petri, ya con el sol calentando un poco sobre nuestras cabezas. El autobús salió sobre las doce y media en dirección a Barbate. De camino a esta población, de fundación franquista, se apreció aún más el contraste entre la vegetación del valle del Guadalquivir y el microclima atlántico que recorre los riscos de La Muela y Vejer de la Frontera, desafiante en lo alto de una loma toda ella verde. Podría decirse, sin mucho temor a equivocarse, que estábamos recorriendo Santander o Vizcaya.

Vista aérea de Barbate

Barbate es una ciudad sin mucho florilegio, sin demasiadas concesiones a lo decorativo. Eso sí, tiene, o al menos tenía, una industria marinera de lo más floreciente en toda la costa Atlántica. De hecho, hoy en día el 80% de la pesca del atún es exportada a Japón, pero la competencia de Corea y el descuido de la administración española han propiciado la decadencia de su industria.

Antigua Lonja de Barbate, hoy reconvertida en centro cultural

En Barbate disfrutamos de una amable recepción en el Ayuntamiento. Más tarde visitamos la Biblioteca Municipal, antigua lonja del pueblo, cuya estructura en forma de barco recuerda su primigenia función. Situada junto al río homónimo, su posición en la actualidad es privilegiada, especialmente si la exposición a la que asistes es un recorrido fotográfico sobre el oficio del  pescador durante la pasada centuria. A través de sus cristaleras se pueden ver, entre el lodo y la humedad, los viejos barcos atuneros carcomidos por la podredumbre.

Playa y paseo marítimo de Barbate

Bien entrada la tarde, sobre las tres, hicimos un alto en el camino para dirigirnos a la playa. Casi al cobijo de sus olas, decenas de chiringuitos y restaurantes ofrecían al viajero la gastronomía típica del lugar. Suelo decir que, a ser posible, no solo se viaje con la mirada, sino también con el estómago, con el tacto y con el olfato si hace falta -y siempre que el bolsillo lo permita-. La cámara fotográfica por sí sola no puede captar la esencia de un lugar. Pedimos al camarero un combinado de atún rojo con patatas y alioli, acompañadas por un plato para picar con frituras varias, como choco, cazón, boquerones y calamares. Todo estuvo a pedir de boca, un diez para el cocinero. No pudimos evitar sentirnos Orca hambrienta durante un momento.

Ventresca de atún rojo con patatas, el plato que pedimos

El sabor del atún rojo, fresco, recién pescado en almadraba con la primera luz del día, saboreado con mansedumbre a pie de playa mientras ese olor a salitre del océano cercano hace las veces de salsa para el olfato… eso, queridos lectores, no tiene precio, y lo recomiendo con absoluta sinceridad. No probarán el atún con un sabor tan intenso como en las playas gaditanas.

Cabo Trafalgar, visto por la cámara de una compañera del viaje

Después de la comida, paseamos durante unos minutos por el paseo marítimo. Una de nuestras compañeras se quitó zapatillas y calcetines, echó a correr hacia la playa, y en los minutos posteriores los demás la seguimos. Nos regodeamos echando alguna carrera, jugando con las olas, escribiendo nombres en la arena, echándonos inolvidables fotografías bajo un cielo ya casi despejado. Después, montamos en el autobús para viajar a través de una carretera un tanto torutosa hasta Caños de Meca, desde donde habríamos de ir a pie hasta Cabo Trafalgar, un histórico lugar para la historia, no solo de nuestro país, sino de la Europa napoleónica.


Inglaterra necesitaba debilitar a la Grand Armée del emperador francés, no solo porque era su principal rival a nivel continental, sino porque estaban en juego el oro y la plata de las colonias americanas. No obstante, atacar a la armada hispano-francesa, en aquel momento países aliados, sería un ataque suicida tan cerca de la costa y con una estrategia como la que Horatio Nelson, Vicealmirante de la Marina Real Británica, estaba trazando en su cabeza.

A las 12.00 de la mañana del 21 de octubre de 1805, la estrategia del ataque de la Royal Navy ya estaba en marcha. La armada inglesa, dividida en dos columnas paralelas, aprovecharía el viento de popa a su favor para atacar en perpendicular a la columna de buques españoles y franceses de Villeneuve y Gravina, que navegaban en dirección a Cádiz. La batalla se desarrollo en un frente de unos 15 kilómetros de largo, visible desde tierra firme. El resultado final fue la muerte de Nelson, la destrucción casi completa de la flota franco-española, la muerte de miles de personas y el final del dominio que España, como Imperio ultramarino, había ejercido en el Atlántico durante casi trescientos años.

La visita al faro fue seguida de la lectura del testamento de Nelson y un paseo por la Playa de Trafalgar, también conocida como “Playa cadáveres”, acaso porque es el destino habitual de los maltrechos cayucos que no han podido enfrentarse a los rigores del Estrecho de Gibraltar.

“Playa cadáveres”, vista desde el Cabo de Trafalgar

El profesor Cayuela asegura en su libro, Trafalgar, que no sobrevivió ninguno de los niños grumetines, franceses, ingleses o españoles, que viajaban a bordo de los navíos que plantaron batalla en pleno océano. También nos aseguró que en España, al contrario que en Inglaterra, se desconoce el nombre de la mayoría de combatientes, lo cual habla muy mal de nuestra consideración con los caídos.

El profesor Cayuela leyendo unos fragmentos de su libro Trafalgar en “Playa Cadáveres”


Hacia la mitad de dicha playa, tierra adentro, se halla un montículo de tierra de pequeñas dimensiones. A este lugar, según se cuenta, llegaron vinieron a descansar los restos materiales y humanos de la batalla e Trafalgar. En su honor se leyeron unos fragmentos de dicha obra. Minutos antes del atardecer, retomando el camino seguido, ascendimos de nuevo, con los pies llenos de arena, al cabo Trafalgar para contemplar la caída de sol. Desde allí, quizá guiado más por la pasión que por la certeza científica, nuestro profesor y colega intentó señalarlos el lugar en donde yacen los barcos más importantes de la contienda, fosa común silenciada por el ardoroso crepitar de los cañones anglosajones.

Atardecer en Trafalgar. La luz quizá señala el emplazamiento de alguno de los buques hundidos en 1805, “Santísima Trinidad”, “Nepomuceno” o “Neptuno”.

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  1. historiadorhistrionico
    abril 17, 2011 en 1:57 pm

    Genial los mapas, muy currado si señor

  2. blademanu
    abril 30, 2011 en 9:00 am

    LA CRISIS EN BARBATE (23.000 personas, 5.000 parados).

    http://www.elpais.com/articulo/economia/Barbate/crisis/hace/eterna/…

  3. cliopatra90
    mayo 1, 2011 en 4:58 pm

    Qué viaje tan chulo, me habría encantado poder ir…

    Manu, he detectado un errorcillo en la descripción de la derrota de Trafalgar cuando dices que los barcos ingleses se enfrentaron a los españoles y a los “ingleses” de Villeneuve y Gravina…¿ahí quieres decir franceses?

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