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“No, otra vez no”. Ecos del 23-F.


Después de la comida, la familia de los Chicharro Molero se preparaba para ocuparse de sus tareas rutinarias. Las dos hijas mayores se habían casado y decidieron emigrar con sus maridos a Parla y Burjasot. El hijo mayor, ya casado, vivía aún en Puertollano. Las dos menores habían sido empleadas en una costurería de la localidad, que en aquel momento había recibido el encargo de confeccionar los pantalones que vestiría la Policía Nacional de Puertollano durante la primavera del año 1981. Sigifredo, el cabeza de familia tomó asiento junto a sus atareadas muchachas, y comenzó a martillear un clavo sobre la suela  de cuero de un zapato desgastado y agujereado. Lejos quedaban los años cuarenta, cuando fue hecho prisionero durante tres años en la cárcel-prisión de Chinchilla por colaborar en labores sanitarias con el Maquis.  Para romper el silencio que envolvía la escena, encendió la radio transistor. Las novelas radiofónicas habían sido sustituidas por la música militar de Papillón. Segundos después, los servicios informativos emitieron un boletín de última hora: fuerzas de la guardia civil y del ejercito han irrumpido en el Congreso de los Diputados mientras se producía la sesión para la investidura del sucesor de Adolfo Suárez en la presidencia del gobierno, Calvo Sotelo. Sigifredo, paralizado por la situación, rememoró aquel 18 de julio, cuando aún era niño. Su esposa, Santa Cándida, clamaba neciamente la virilidad  y contundencia del Teniente Tejero, quien sería el restaurador del regímen dictatorial cuyos ecos reverbeban con fuerza en el imaginario de muchos españoles. Sigifredo, oídos sordos a las palabras de su cónyuge, vivenció en pocos instantes el agrio sabor de la larga espera  que ya padeció durante treinta y seis años. Apoyando la frente sudorosa en la palma de su mano susurró una frase que lo resumía todo: “No, otra vez no”.

Manuel Ramírez Redondo se despertó a las 7 de la tarde. Su trabajo nocturno en la pastelería lo había dejado extasiado tras la madrugada  del día 22 de febrero. Al despertar, Manuel encontró que su padre, Alberto Ramírez, estaba un tanto alterado. Pegado al transistor junto a su esposa, Dolores Redondo, escuchaba la voz distorsionada de un periodista que intentaba explicar los hechos que estaban aconteciendo en el Parlamento:

-Un golpe de Estado, hijo. Han tomado el Congreso.

-Y qué es eso, Papá.

Sus veinte años y su despreocupación generalizada por la política de aquel momento, le impedían percibir la importancia de los hechos. Decidió vestirse y comer algo antes de irse a trabajar de nuevo, pues habían recibido varios encargos de los hoteles y cafeterías más importantes de Puertollano. Cuando estaba a punto de salir por la puerta, Alberto se interpuso en su camino:

-Manuel, la situación es muy peligrosa, no salgas a la calle.

-Papá, que no va a pasar nada. Déjame salir, que tengo que ir a trabajar.

En su camino a la pastelería, Manuel tuvo que atravesar la calle Cruces, donde está enclavada la Comisaría de Policía. El ajetreo era visible. Los nacionales entraban y salían como si de un avispero. Otros arrancaron rápidamente los coches patrulla y solo quedó el sonido de sus motores al girar rapidamente la esquina. Desde luego, algo gordo tenía que estar pasando.

 

Pocos minutos después, Sigifredo intentó llamar a su hija de Valencia para saber qué tal se encontraba la situación por allí. Las líneas telefónicas estuvieron saturadas durante unos dilatados segundos, pero al final logró contactar con ella y con su yerno.

-Papá, papá, hay tanques circulando por la carretera -decía un tanto fatigada-

-Hija, quedaos quietos, no hagáis nada.

-Escucha, Papá, escucha lo que están diciendo -apartó el auricular y lo expuso hacia una pequeña rendija de la ventana-.

-No salgan a los balcones. Bajen las persianas y apagen las luces. Será mejor que permanezcan en sus casas. –Gritaba un militar a través de un megáfono, mientras otros apuntaban con los cañones a los edificios colindantes a la carretera. Era el regimiento de Milans del Bosch.


Mientras tanto, en Madrid, los medios de comuniación apoyaron con todo su poder el texto constitucional y las libertades que proclamaba. Según Victoria Prego, subdirectora de la sección de Política de ELMUNDO, gran parte del país sintió mayor tranquilidad cuando el rey, Juan Carlos I, ofreció aquel famoso discurso en el que, portando la indumentaria de Capitán General de los Ejércitos, denunciaba las acciones que se estaban llevando a cabo. No obstante, horas después, el monarca dio orden por escrito a Milan del Bosch para que abandonara cualquier tentativa de tomar el poder.

 

En aquel momento España atravesaba una Transición que, a nuestro parecer, terminó en el mismo momento que Javier Cercas se dispone a diseccionar hasta el último átomo en Anatomía de un instante. La escena que grabaron las cámaras del Congreso es una metáfora que concentra la esencia de la Historia Contemporánea de España en unos pocos segundos. Suárez permanece sentado mientras Gutiérrez Mellado trata de imponer sus galones, como Vicepresidente primero de Asuntos de la Seguridad y Defensa Nacional, a los guardias Civiles que irrumpen en el Congreso e intentan tumbarlo… sin poder conseguirlo. Además, este fotograma en blanco y negro expresa la culminación de un proceso histórico de largo recorrido. Después de casi 200 años y 25 golpes de estado (ELPAÍS, 24 febrero, 1981, p.17),  y quizá desde el ascenso del Conde de Aranda y Godoy  en el siglo XVIII, por primera vez los militares no puedieron someter las leyes con las armas.

 

Sin apoyo militar, ni respaldo social, el Golpe de Estado de Antonio Tejero se ha convertido en el 23 de la Frustración, 23 de la Fábula, , el 23 del Fracaso, el 23 del Fantoche el 23 de una “Ficción colectiva” más viva que nunca. Acontecimiento de tal calibre  desencadenó una reacción contraria a la que buscaba: vacunar a la Democracia contra los demonios de la Dictadura y consolidar a un régimen político que aún andaba en pañales, y que en diciembre cumplió 33 años de existencia.

AUDIO DE 50 MINUTOS. EL GOLPE NARRADO.

 

***

 

FRAGMENTO DE CERCAS, J., ANATOMÍA DE UN INSTANTE, Mondadori, 2009 (p.271-272)

 

“”[…] Tejero prefirió el fracaso del golpe al triunfo de un golpe que no era el suyo, porque pensó que el triunfo del golpe de Milans y de Armada no garantizaba la realización inmediata de su utopía de España como cuartel y liquidación de la Antiespaña que nadie mejor que Santiago Carrillo personificaba. […] Tejero lo comprendió bien: no es sólo que los tres protagonistas del golpe fueran profundamente distintos y actuaran a impulsos y motivaciones políticas personales distintas; es que cada uno de ellos perseguía un golpe distinto y que en la noche del 23 de febrero los dos generales trataron de usar el golpe concebido por el teniente coronel para imponer el suyo:

TEJERO estaba contra la democracia y contra la monarquía y su golpe quería ser en lo esencial un golpe similar en el fondo al golpe que en 1936 intentó derribar la república y provocó la guerra y después el franquismo.

MILANS estaba contra la democracia, pero no contra la monarquía, y su golpe quería ser en lo esencial un golpe similar en la forma y en el fondo al golpe que en 1923 derribó la monarquía parlamentaria e instauró la dictadura monárquica de Primo de Rivera, es decir un pronunciamiento militar llamado a devolverle al Rey los poderes que había entregado al sancionar la Constitución y, quizá tras una fase intermedia, a desembocar en una junta militar que sirviese de sustento a la Corona.

ARMADA no estaba contra la monarquía ni (al menos de forma frontal o explícita) contra la democracia, sino sólo contra la democracia de 1981 o contra la democracia de Adolfo Suárez, y en lo esencial su golpe quería ser un golpe similar en la forma al golpe que llevó a la presidencia de la república francesa al general De Gaulle en 1958 y en el fondo a una especie de golpe palaciego que debía permitirle desempeñar con má autoridad que nunca su antiguo papel de mano derecha del Rey, convirtiéndole en presidente de un gobierno de coalicción o concentración o unidad con la misión de rebajar la democracia hasta convertirla en una semidemocracia o en un sucedáneo de democracia.

El golpe del 23 de febrero fue un golpe singular porque fue un solo golpe y fueron tres golpes distintos: antes del 23 de febrero Armada, Milans y Tejero creyeron que su golpe era el mismo, y esta crencia permitió el golpe; durante el 23 de febrero Armada, Milans y Tejero descubrieron que su golpe era en realidad tres golpes distintos, y este descubrimiento provocó el fracaso del golpe.””

 

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  1. rojojse
    febrero 23, 2011 en 4:50 pm

    Buen artículo Manu.
    También hay que recordar que en Puertollano (Y en toda España) las familias de la oligarquía local (Menasalvas,Patón…) se organizaban para tomar los puntos estratégicos de la ciudad: La Casa de Pueblo, La sede de los Sindicatos, el Ayuntamiento…
    Yo conozco la historia de algunos compañeros que, armados, fueron a la Casa del Pueblo y a la sede de los sindicatos a esconder las fichas de los afiliados.
    Los fascistas hicieron listas de ciudadanos de izquierdas para fusilarlos cuando el golpe triunfase. En Puertollano el primero que iba en esa lista era Cirilo, histórico militante del PSOE de Puertollano y lider del PSP en aquellos tiempos (También fue Vecino de Mae). Por curiosidad el Presidente de la Diputación de Ciudad Real, Nemesio de Lara, también iba de número 1 en la lista negra de su pueblo.
    En fin, tantas y tantas historias…

  2. febrero 23, 2011 en 9:10 pm

    Lo que ha cambiado el PSOE e IU, como se han vendido al capital, nada que ver con lo que fueron en sus inicios. A mi juicio dos partidos capitalistas más como los demás, ni que decir que para nada de izquierdas.

  3. Memorant
    febrero 24, 2011 en 11:47 pm

    Yo conocí a uno de los guardia civiles que estuvo con Tejero en el congreso jeje. Aunque no conocía mucho los otros golpes paralelos al de Tejero. Bien cogido el toque a los testimonios. Best hysteric regards!

  4. blademanu
    febrero 25, 2011 en 8:56 am

    LA TRAMA CIVIL DEL 23-F. BONIFACIO DE LA CUADRA. ELPAÍS. 25/02/2011

    Tras cumplirse el 30º aniversario de la intentona golpista del 23-F, conviene recordar que aquel episodio se saldó con generosidad penal para los centenares de militares implicados -Antonio Tejero cumplió el máximo castigo, 15 años de privación de libertad, mientras la inmensa mayoría de guardias civiles a sus órdenes no pisaron la cárcel- y con total impunidad para la trama civil, a excepción del ultraderechista Juan García Carrés, condenado a dos años de prisión.

    Las iniciales investigaciones sobre los golpistas civiles, cómplices o instigadores del 23-F, quedaron en nada, porque el Gobierno de Leopoldo Calvo-Sotelo se dio por conforme con sentar en el banquillo a las cabezas visibles de la asonada. Pero una circunstancia jurídica estuvo a punto de que aquella investigación se revitalizara unos años después.

    Los siete periodistas autores del primer libro sobre el 23-F, publicado en marzo de 1981 por la editorial Punto Crítico, Todos al suelo: la conspiración y el golpe

    (Ricardo Cid Cañaveral, José Ángel Esteban, Rosa López, Juan van den Eynde, Fernando Jáuregui, José Luis Martínez y yo mismo) nos hicimos eco de aquella investigación incipiente y ello dio pie a cinco de los civiles aludidos en el libro a interponer una querella criminal contra sus autores, que fue admitida y tramitada por la justicia. En el libro se identificaba a 12 militares y civiles, predecesores de los modernos “cornetas del Apocalipsis” que, bajo el seudónimo Almendros, publicaron, en las semanas anteriores al 23-F, tres artículos en el diario ultraderechista El Alcázar, favorables a un “golpe de timón”, mediante un “Gobierno de regeneración nacional”, al margen de la Constitución, que “tal y como está”, decían, “no funciona” y “hace ingobernable la nación”, por lo que prescindían de “Congreso, partidos, Gobierno” y apelaban “a las restantes instituciones del Estado”, en concreto, “al Rey y las Fuerzas Armadas”.

    Los cinco civiles que se querellaron por injurias y calumnias fueron los ministros de Franco Federico Silva Muñoz y Gonzalo Fernández de la Mora; los también políticos del anterior régimen Jesús Fueyo y Luis Jáudenes, y el columnista de El Alcázar Ángel Palomino. Pedían para los siete periodistas penas de cárcel y que indemnizáramos a cada querellante con medio millón de pesetas. Curiosamente, el ministerio fiscal no persiguió ni investigó al colectivo Almendros, pero acusó también a los periodistas de injurias y calumnias. La incómoda situación de querellados nos permitía, en cambio, ejercer en el juicio la exceptio veritatis (demostrar que era verdad lo publicado), que reabriría la investigación sobre la trama civil. Teníamos una batería de pruebas e investigaciones preparadas.

    Entonces recibimos la propuesta de los querellantes de retirar la querella si nos retractábamos. Nos negamos en redondo. Y durante más de 10 años se produjeron sucesivas suspensiones del juicio, hasta que, en noviembre de 1992, el tribunal presidido por la magistrada María Luisa Aparicio nos comunicó que había dado carpetazo al caso. Se archivaba, dado que los querellantes, que en 1981 promovieron la causa, habían producido “su paralización por un tiempo superior al plazo legalmente establecido”.

    No menor fue la sorpresa de los antiguos querellados supervivientes cuando, en el ensayo, tan justamente celebrado, de Javier Cercas (Anatomía de un instante, Mondadori, Barcelona, 2009), el autor, para quien la trama civil del 23-F era, en realidad, “la placenta del golpe”, se atreve a asegurar (página 455): “… la supuesta trama civil fue denunciada apresuradamente en Todos al suelo: la conspiración y el golpe (…), por Ricardo Cid Cañaveral y otros periodistas, lo que hizo que los acusados presentaran una querella contra ellos; más tarde, algunos de esos periodistas se han retractado de sus acusaciones”. Lo más pintoresco de esta afirmación es que se fundamenta en las páginas 225-228 del libro 23-F: la conspiración de los necios (ediciones Foca, Madrid, 2001), entre cuyos tres autores figura Jáuregui, uno de los siete querellados.

    En las páginas que Cercas invoca no aparece la retractación de nadie. Por el contrario, se afirma que la causa prescribió porque “ningún juez se atrevió a celebrar la vista oral” y se hace una revelación sensacional. Se narra que pocos días después del 23-F, Jáuregui acudió al despacho del general Manuel Gutiérrez Mellado para contrastar con él la lista que íbamos a publicar sobre la trama civil del golpe. “Hasta donde yo sé, esa lista podría ser buena”, contestó el general, uno de los tres héroes del libro de Cercas -con Suárez y Carrillo-, magníficamente retratados en su obra. Jáuregui cuenta cómo una hora después se reunía con sus compañeros en la habitación 211 del hotel Victoria, donde se fraguaba Todos al suelo, y dijo: “Podemos publicar”. Y así se hizo. Este detalle del libro de Cercas (junto a otros, como considerar a Gutiérrez Mellado diputado [páginas 8, 34 y 127], o afirmar que las cámaras de televisión “se desconectaron de forma casual” [página 19*] sugiere que tal vez habría sido preferible que el estupendo escritor hubiera seguido su inicial instinto literario de construir una novela.

  5. marzo 1, 2011 en 7:11 pm

    Hola Manu, fíjate qué bien lo cuenta Francesc Carreras en La Vanguardia: http://www.lavanguardia.es/opinion/articulos/20110224/54118810983/un-grano-de-arena-al-23-f.html

  6. marzo 4, 2011 en 7:21 pm

    La interpretación histórica del asunto es equivocada. La Historia de los golpes de estado en España se reduce a tres en realidad: el de Pavía en 1873, el de Primo de Rivera en 1924 y el que catapulta a Franco a cuarenta años de dictadura en 1936. El resto han sido pronunciamientos de corte revolucionario, habituales en España y en otros países de la Europa continetal a lo largo del XIX, no por nada llamado el de la “Era de las revoluciones”. El problema de libros como el de Cercas es que no están escritos por historiadores y ese ha sido uno de los grandes errores de este país, dejar un asunto tan serio como la Historia -y su divulgación- en manos no expertas. Es así como la España postfranquista va balbucenado por el Mundo, sin una identidad nacional fuerte y definida que nos defienda de sofocos como el que acabamos de pasar con la deuda soberana.
    Una explicación más detallada de todo eso en el número de febrero de 2011 de la revista de Historia online “La Bitácora de Pedro Morgan”. Una cosa realmente seria. La revista y aquello de lo que habla…

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