“¡Ay!, pobrecitos”


Recuerdo con frescura una escena de mi infancia. Durante la cena de Nochebuena se emitió en televisión el anuncio de una famosa ONG en el que aparecía un grupo de niños sudamericanos jugando descalzos en la calle. Un familiar mío, con la boca llena de gambones cocinados a la plancha y sujetando en el aire una copa con vino de la tierra, exclamó “¡ay! pobrecitos”. Segundos después, y tras engullir el bolo alimenticio, alguien dijo al otro lado de la mesa “hoy dejaré 2.000 pesetas en la Misa de Gallo“.

Conforme los años van pasando, me afirmo con mayor rotundidad en ciertos pensamientos. Por ejemplo, creo que en las fiestas navideñas, además de consumir a niveles desmesurados, se practica una moralina machacona y falsa. No es que sea fiel practicante de ninguna credo oficial. Sin embargo, me llama la atención que otras religiones, al contrario que el catolicismo, no consideren la caridad material, ni la pobreza voluntaria como gestos positivos para ganarse un buen sitio en el más allá. En otras palabras, un gran número de españoles creen practicar su religión “como Dios manda”, pero están equivocados.

El filósofo, San Agustín de Hipona dijo en el siglo IV de nuera era que:Dar de comer, al que tiene hambre, de beber al que tiene sed, vestir al desnudo, dar posada al pasajero, refugiar a un fugitivo, visitar a un enfermo o un preso, rescatar un esclavo; sostener a un débil, guiar a un ciego, consolar a un afligido; curar a un herido; enseñar el camino al que se pierde, dar un consejo al que lo necesita y el alimento a un pobre no son las únicas especies de limosna, sino perdonar al que peca o corregir cuando hay autoridad para ello, olvidar la injuria que se recibió pidiendo a Dios que le dispense favores al que se la hizo; éstas son obras de misericordia que se pueden mirar como limosnas. Lib. de Fide, Spe et Charit. , cap. 72, núm. 19“. En ningún momento aparece el dinero contante y sonante como tal.

Lo que quiero decir es que, tanto la transformación experimentada por la religión católica desde sus orígenes hasta la actualidad, como el desconocimiento  que sus feligreses demuestran sobre los verdaderos valores  que predica la misma, dan pie a errores abundantes, con mayor frecuencia en estas fiestas. Un sector de sus creyentes da continuidad al consumismo que practican en el centro comercial y confunden la parroquia con un mercadillo de barrio. Sin ánimo de ofender, algunos, generalmente con capital holgado, llegan a pensar que salvar de la pobreza a miles de humanos y limpiar nuestra consciencia de toda culpa son productos tan sencillos de adquirir como un kilo de gambas o jamón en Navidad. Así, la caridad y la limosna católica se desdibujan y pierden su sentido original.  La caridad se transforma en una compasión carnavalesca y la limosna toma el aspecto de una propina que se utiliza  más en beneficio propio -“hacer la buena acción del día”-, que para ayudar sinceramente a los demás. En fin, practicantes o no, deberíamos saber que el dinero no lo puede comprar todo.

***

A continuación, os ofrecemos el texto “Lecciones de pobreza”, escrito por J. Ernesto Ayala-Dip. Esperemos que sea de vuestro agrado. Feliz Navidad a todos.

Ayala-Dip, J. Ernesto, “Lecciones de pobreza”, ELPAÍS, 23-12-2010.

“Cómo duele en la cabeza de un hombre que pasa hambre el ruido de un huevo duro rompiéndose sobre un mostrador!”.

Esta imagen me recuerda, aunque tengan muy poco que ver entre sí, la estúpida arrogancia del escritor que esgrime su hambre para sentirse superior a sus congéneres en una de las más conocidas novelas del escritor noruego Knut Hamsun. O el voluntario ayuno que expone ante su público con orgullosa y tozuda profesionalidad el protagonista de Kafka en El artista del hambre. O la casi ufana pobreza de Hemingway en París era un fiesta. O el hermoso cuento de Luis Mateo Díez donde un hombre se encamina hacia la pobreza voluntariamente porque es la única solución que encuentra para desprenderse de la insustancialidad que dibuja su asfixiante vida burguesa, el fulgor que le guía en la oscuridad de su banal existencia. Aquel verso, de un poema de Jacques Prévert, fue el primer contacto literario que tuve con la pobreza. La experimenté, alguna vez, como una amenaza tangible. Ser, como esos personajes urbanos de Paul Auster, repentinamente pobre. Desasistido en un abrir y cerrar de ojos de la generosidad humana, de la piedad. El horror a la intemperie, a la insignificancia material.

El Diccionario de la Lengua Española define a un pobre, en su primera acepción, como alguien que no tiene lo necesario para vivir. Y unas líneas más abajo, en una tercera acepción, dice lo siguiente de la misma figura: infeliz, desdichado y triste.

No deja de llamar la atención que una misma entrada nos defina a un pobre con esa familiar impersonalidad de los diccionarios y un poco más adelante nos proponga su dramática novela. De pronto, el aséptico personaje del diccionario adquiere una áspera y aflictiva existencia. El Diccionario de uso del español, de María Moliner, intensifica el drama del pobre. No en su primera acepción, que casi dulcifica su condición comparada con la del diccionario de la Real Academia, sino en la quinta, con un rotundo “pobre de solemnidad”. Algo así como si detrás de su escueta formulación se escondiera un relato más naturalista, en la estela de dolorosa indigencia del poema de Prévert.

Dickens y Benito Pérez Galdós (al final de su vida él mismo pobre) cuánto nos ayudarían en la investigación de la pobreza en el siglo XIX. De la misma manera que la pintura barroca española en el siglo XVII, con José de Ribera a la cabeza, complementa con precisión sobrecogedora los estudios macroeconómicos de la época. Estas instancias, muchas veces, independientemente de su mayor o menor nitidez expresiva, empeño descriptivo o reflexión filosófica, nos aproximan a un fenómeno social que cada vez nos incumbe más y del cual es casi imposible abstraernos. Cada día vemos más en nuestras ciudades crecer el ejército de pobres.Los tenemos a nuestro lado. Incluso es posible que los tengamos en nuestro propio rellano. Ese señor o señora correctamente atildados a los que una noche descubrimos hurgando en el contenedor de la esquina.

La ciencia estadística, junto con el arte y la literatura, ayudan a hacernos una idea científica y emocional de este terrible problema. El éxtasis económico y financiero de la sociedad europea antes de la actual crisis disimuló a la perfección la miseria cotidiana. Los actuales 12,5 millones de británicos que están por debajo del umbral de pobreza, no se hacen de un día para otro. Ni el millón de asalariados pobres en Francia, de los cuales la mayoría son mujeres, tampoco. Ni los tres de cada 10 hogares españoles que llegan a fin de mes con enormes dificultades. Ni los 1.200 millones de pobres que viven en nuestro amado planeta con menos de un dólar diario.

El Banco Mundial maneja en sus informes oficiales el concepto de pobreza absoluta, que debe de ser algo así como el pobre de solemnidad de María Moliner. Pues bien, en 2004 vaticinó que no sería hasta el 2015 que dicha pobreza se rebajaría en un 50% en todo el mundo, aunque el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el mismo año, sentenció que dicho horizonte no se alcanzaría en África hasta el año ¡2147!

En 1933, George Orwell publicó Vagabundos en París y Londres, su primer libro. Lo leo ahora en la excelente edición de Carlos Villar Flor (Menoscuarto). Sus vivencias en ambas ciudades europeas las consideró “una lección de pobreza”. Fabián Estapé escribe en Mis economistas y su trastienda que Alfred Marshall compró un día un cuadro que representaba a un mendigo. Lo colgó en su despacho, no fuera que se olvidara de que la misión de un economista es solucionar los problemas de los más humildes.

Millones de personas hay ahora mismo en el mundo a las que les duele en sus cabezas el ruido de un huevo duro rompiéndose lejos de su alcance.


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  1. Uno más
    diciembre 24, 2010 en 6:12 pm

    Gracias por este artículo en estas fechas.

  2. cliopatra_90
    diciembre 25, 2010 en 12:53 pm

    Hacía mucho tiempo que la palabra “pobreza” no se sentaba a la mesa en Nochebuena. Desgraciadamente este año (y no será el último) nos tocará convidarla y acostumbrarse de nuevo a esa realidad incómoda -hasta ahora ajena- de la que hemos pretendido olvidarnos mediante terapias de consumismo y derroche.

    Mucha suerte a todos para 2011, la necesitaremos.

    Saludos.

  1. diciembre 24, 2010 en 6:01 pm

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