El Imperio Español, de Hugh Thomas


 

Algunos han criticado su excesivo detallismo descriptivo y otros han cuestionado la verdadera autoría de sus libros. Como ave fenix, quien fuera conocido por su famosa La Guerra Civil española (1978), ha resurgido con el cambio de siglo. En los últimos doce años, el hispanista, Hugh Thomas, ha centrado sus esfuerzos en la publicación de libros de temática americanista, más concretamente sobre la presencia o el impacto de la conquista española en el Nuevo Mundo. En 1992 sacó a la luz La formación de Hernán Cortés, seguido de La trata de esclavos (1998), La revolución cubana (1999), Quién es quién de los conquistadores (2001), Cuba, la lucha por la libertad (2004), La conquista de México (2007) y Yo, Moctezuma, emperador de los Aztecas (2007). Entre tanto,  escribió novelas sobre los mismos temas y algún ensayo, como el dedicado ala Guerra de Independencia española, Goya: el 3 de mayo de 1808 (2008).

Sin embargo, uno de los libros que más éxito le ha proporcionado entre todos estos al historiador, y más penurias al alumnado, ha sido El Imperio español (2004) -cuyo título en inglés era Rivers of gold-. Aprovechando el anuncio de su secuela, El Imperio español de Carlos V (2010), os ofrecemos un amplio resumen de las casi 800 páginas de texto. A través de este voluminoso libro, el lector conocerá  pormenorizadamente el proceso de conquista y asentamiento en el Nuevo Mundo, desde la Conquista de Granada y la llegada de Colón a la corte de los Reyes Católicos, hasta la victoria de Hernán Cortés sobre Moctezuma.

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LIBRO PRIMERO. EL PASADO ESPAÑOL

Capítulo 1 El ejército español está en Santa Fe, donde se alojan, en una ciudad construida por los soldados en ocho días, los Reyes Católicos y Francisco de Bobadilla, comendador de la orden militar de Calatrava. Tenían el derecho de patrocinio sobre todas las iglesias y conventos que fundasen en los territorios conquistados de la mano de Inocencio VIII.

Granada estaba coronada por el palacio de la Alhambra y el Generalife. El producto principal de su comercio era la seda. En la ciudad convivían musulmanes, mudéjares y judíos. Los mozárabes supervivientes habían sido deportados por temer que actuasen de quinta columna. El emirato de Granada se fundó en el siglo XIII tras el colapso de las taifas y la firma del tratado de paz entre Muhammad I y Fernando III, con quien contribuyó al avance de la reconquista por el valle del Guadalquivir. Este tributo pervivió hasta 1480, lo cual iba en contra de la ley islámica.

La guerra contra Granada había tenido capítulos inciertos. Finalmente, las batallas de Málaga y Ronda, así como la destrucción de parte de la agricultura de la vega de Granada por las cabalgadas cristianas desde 1482 habían inclinado la balanza. En 1485, la guerra civil entre los partidarios de la favorita del rey Boabdil de Granada, Zoraya, y la sultana Aisa, facilitaron la división del emirato. La decisión de atacar el último reducto, “señorío”, musulmán, se tomó en las Cortes de Toledo de 1480. No se quiso continuar cobrando el tributo de las parias. Los RR.CC. ansiaban complacer al papa Sixto IV, quien publicó una bula a favor de la Santa Cruzada en 1479 y en 1482. El factor cristiano era importante, tanto en simbología como en miembros físicos, como el arzobispo Carrillo, que condujo sus tropas al asedio. Uno de los motivos que quizá empujó a Fernando a la guerra de Granada pudo ser el deseo de culminar con un deseo nacional y, como decía Maquiavelo, comprometer las energías de los “barones”.

 

Capítulo 2 La corte española que había organizado la guerra era itinerante. Por ejemplo, en 1490 los monarcas se detuvieron en veinte ciudades distintas, así como en muchos pueblos entre los feudos de los grandes señoríos como en las propiedades del clero y la misma Corona, los tres grandes sectores en que estaba dividida la propiedad de la tierra. Gobernar en España era pasarse miles de horas en el que era el verdadero trono: la montura del caballo. Sin embargo, estos viajes tenían sus ventajas. Fernando e Isabel habían visitado casi toda España e impartido justicia en muchos pleitos. De manera que conocían sus reinos mejor que la mayoría  de los soberanos. Estos viajes eran tanto más importantes si tenemos en cuenta la fragmentación de sus reinos. El único lugar que no visitaron fue Oviedo, que una vez abandonado por el rey Garía en el 912 ya nunca más recibió la visita de otro monarca, excepto Pedro el Cruel. Van den Vyngaerde reprsentó todas estas ciudades aunque unas décadas después.

Isabel fue educada por López de Barrientos, dominico tolerante que llegó a ser obispo de Segovia. Leyó diferentes crónicas. Aprendió sobre la vida de Juana de Arco y soñó, como aquella, en recuperar los reinos de sus antepasados, en este caso Granada. La muerte de su hermano Alfonso antes sus ojos le dio la oportunidad de subir al trono. Muchos eran los candidatos (Ricardo III, el rey Alfonso de Portugal, Don Pedro Girón, el príncipe Fernando de Aragón). Las intrigas en la Corte entre el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo de Acuña y Juan Pacheco, marqués de Villena, concluyeron con la aceptación del puesto de heredera de Isabel, que contaba con 17 años en 1468. En el monasterio de los jerónimos de Guisando, ambos bandos celebraron una reconciliación. Después, Isabel, como princesa de Asturias, fue a vivir a Ocaña con su “Casa real”, dirigida por Gonzalo Chacón y su primo Gutierrez de Cárdenas, allí colocado por el arzobispo Carrillo. Un documento falsificado por Antonio Veneris, legado pontificio en España, permitió a Fernando contraer matrimonio con una prima hasta el tercer grado de tal parentesco. Ella contaba con 18 años, él con 17. Isabel era seria, decidida, inflexible y resuelta. No solía sonreír, pero tenía el don de la ironía. Podía ser vengativa, pero normalmente se mostraba piadosa. Contaba con una biblioteca de 400 volúmenes y siempre iba acompañada de un coro con unas 20 personas.

Aragón era mucho más que la región interior de ese nombre. El Parlamento (las Cortes) y el Justicia de Aragón eran las dos instituciones que más relevancia tenían. Las Cortes de Castilla eran menos importantes que las de Aragón, porque la Corona dependía menos de ellas, ya que tenía recursos financieros alternativos. Las Cortes eran inadecuadas como poder legislativo, pero Castilla estaba en pleno crecimiento económico (negocios laneros en Flandes e Inglaterra).  Fernando nació en 1452 en Sos, situado en el Alto Pirineo. Ya Fernando de Antequera, su abuelo, había predicho y deseado la unión con Castilla. La situación del principado de Cataluña no era muy favorable y esta acción les sería beneficiosa.

Una vez contrajeron matrimonio, Enrique IV asedió Valladolid, rompiendo así los pactos de Guisando. Fernando e Isabel se refugiaron en Ávila, Medina del Campo y, luego, en Medina del Rioseco, sede de la familia Enríquez. Un año después en 1474, falleció Enrique IV, y al día siguiente se proclamó reina de Castilla. Fernando cabalgó hasta Segovia, donde aconteció el hecho, y allí, ante sus consejeros y pequeñas cortes, firmaron un acuerdo en virtud del cual la Corona de Castilla recaía en la reina, pero ambos podrían firmar cédulas conjuntamente, aprobar la acuñación de moneda y la impresión de sellos reales y compartirían la misma casa real. No obstante, solo ella podría nombrar a los cargos oficiales en Castilla, conceder subvenciones y nombrar a los comandantes. Impartirían justicia juntos, pero podrían ejercerla por separado. Ahora bien, en el caso de que Fernando muriese antes que la reina, Isabel heredaría la Corona de Aragón, a pesar de que las mujeres, por la Ley Sálica imperante, nunca había gobernado allí. Se daba por sentado que, en el caso inverso, el heredero no sería Fernando, sino uno de los hijos del matrimonio. Isabel fue asesorada por:

 

-el cardenal arzobispo de Sevilla y, luego, de Toledo, así como presidente del Consejo de Castilla, Pedro González Mendoza, el apodado “tercer rey de España”, que fue hijo del ilustradísimo Iñigo Hurtado de Mendoza, poeta y humanista. En 1485 fue nombrado “primado de España”.

– Hernando de Talavera, su confesor desde 1475, que ingresó en el Consejo Real a propuesta del Cardenal Mendoza.

 

Al entrar en la orden borgoñona del Vellocino de Oro, Fernando adoptó como emblema el yugo y las flechas. Los conflictos en Castilla no terminaron cuando Isabel se hizo con el poder. Por ejemplo, el Marqués de Villena, hijo de Pacheco, era partidario de Juana “la Beltraneja”, también apoyada por el descontento arzobispo Carrillo. Alfonso de Portugal anunció su intención de casarse con Juana. Así estalló la guerra. Tras la victoria de Fernando en el frente de Toro y Extremadura, sucedió a su padre en el trono de Aragón y Alfonso de Portugal abdicó en su hijo. Era Fernando más calculador que apasionado y con mejor humor que su esposa. Al poco, conquistaron las islas Canarias. La vocación castellano-aragonesa por el Atlántico comenzaba a despertar.

 

Capítulo 3–  Isabel y Fernando tuvieron gran éxito. Tenían un sentido serio de sus obligaciones y acabaron con la crónica de guerras civiles que había caracterizado las relaciones entre la Corona y los nobles en ambos reinos. Mediante sus continuos viajes, la dura represión de las revueltas y la sabia concesión de títulos y recompensas, los dos monarcas empezaban a reducir a la nobleza a un estamento del reino, mientras que anteriormente ésta había sido rival de la Corona. De hecho, nobles y altos cargos de la Iglesia podían seguir asistiendo al Consejo Real, pero no tenían derecho a voto (comenzó siendo judicial, pero se estaba convirtiendo en el elemento rector de la administración del Estado).Además, comenzaron a centralizar impuestos. A los ya conocidos, alcabala sobre las venta y almojarifazgo aduanero, se unieron los de “cruzada” y los de la Mesta.

Las Cortes contaban con treinta representantes, aproximadamente, de las 15 ciudades con derecho a voto en Corte. Castilla, a diferencia de Aragón, no las convocó entre 1480 y 1498. Además, Aragón e Inglaterra firmaron un pacto de ayuda mutua en Medina el Campo en 1489, aunque ni Francia ni Portugal parecían una amenaza en esos momentos. Los embajadores aragoneses en media Europa mantenían informado al monarca. En las Cortes de Madrigal de 1476 nació la “Santa Hermandad” (un jinete armado por cada cien vecinos). La eficacia administrativa y coordinativa que mantuvieron los RR.CC. nos ayuda a comprender con cuánto acierto se pudo completar los preparativos de Córdoba y las campañas de Málaga y Granada.

Algunos dirigentes de las tropas reales fueron Rodrigo Ponce de León, Íñigo López de Mendoza, Juan Ortega de Prado, el conde de Haro y el de Medina-Sidonia. Predominaba la caballería a la infantería. Fueron hombres de las órdenes militares y de todas las regiones de España, incluso  de Galicia y Vizcaya. También había una guardia real de lanceros a caballo, al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba. La Santa Hermandad, fuerza “policial” a nivel nacional, aportó unos mil quinientos lanceros y cincuenta arcabuceros. No podemos olvidar a los esclavos de Canarias y África (desde la antigüedad no desapareció la esclavitud, pero en los siglos de guerra cristiano-musulmana se incrementó en número. La esclavitud se aceptaba como tal y no se contemplaba ninguna clase de protesta. Era obligatorio tratar a los esclavos humanamente, pero nadie pensaba que debiera abolirse la institución). Muchos hombres entraron en el ejército a cambio de recompensas y honores, otro para purgar sus culpas por algunos delitos. Desde Escocia, Inglaterra, Suiza y Génova acudieron hombres al grito de cruzada (del mismo modo, acudieron escritores, como el italiano Pedro Mártir, el arquitecto Juan de Guas o el pintor estonio Michael Littow). En la batalla se combinó la épica y religiosa hermandad caballeresca compuesta por hombres sobre équidos y los carros de artillería, armas de una nueva época entre las que encontramos lombardas y arcabuces, que permitían a un solo soldado usar un arma de fuego.

Los consejeros y burócratas de los RR.CC. también estaban en con la Corte en Santa Fe. Muchos eran clérigos, obispos, poco antes estudiantes de leyes en la Universidad de Salamanca. Encontramos, asimismo, judíos, que desde 1490 eran cristianos serios que habían olvidado su antigua religión. Pero en Sevilla el peligro judío había crecido considerablemente, por lo que decidió crearse la Santa Inquisición en 1480 mediante la bula Exigit sincere devotionis, promulgada por el papa Sixto IV. No obstante, muchos entraron en la administración, e incluso Yuhdá ha-Levi terminó siendo obispo de Burgos con el nombre de Alonso de Santa María.

La Inquisición no tardó en ser establecida en casi todas las poblaciones importantes de Castilla. La instauración del Santo Oficio en los derivó en una ola de hostilidad hacia la castellanización de la Corona de Aragón entre sus pobladores. El número de ejecutados antes de la conquista de Granada fueron unos 6.000. La inquisición actuaba contra los conversos, no contra los judíos. Muchos de estos hicieron acto de presencia en Santa fe, como el médico de la reina, Lorenzo Badoz.

También estuvieron representantes de órdenes contemplativas, como los benedictinos y los jerónimos, así como órdenes activas, como los dominicos y franciscanos. Por otro lado, la nobleza fue abundante en esta campaña. A finales del siglo XV la nobleza española constituía una gran familia, con unas veinte ramas, encabezada por los Mendoza, con el duque del Infantado como miembro de mayor rango… pero incluso este título tenía menos de veinte años de antigüedad, proveniente de esa nueva nobleza nacida de las “mercedes enriqueñas” y de Álvaro de Luna. Los pagarés, en época de los RR.CC., no se hicieron tanto en tierras como en dinero.

Los costes de la guerra fueron elevados, quizá unos 800 millones de maravedís, recaudados mediante varias fuentes, entre las que se incluía un impuesto especial a la comunidad judía de ochenta millones de maravedís.

 

LIBRO SEGUNDO. CRISTÓBAL COLÓN.

Capítulo 4 Los genoveses dominaban el comercio mediterráneo. Tanto Sixto IV como Inocencio VIII lo eran. San Fernando concedió a los genoveses para su uso exclusivo un sector de Sevilla, con su propia capilla, un muelle y unos baños públicos. La familia de los Centurione era la más importante de las que se dedicaban a los negocios en Málaga. Los Doria, los Pinelli, los Grimaldi y los Castiglione, todos ellos eran comerciantes o banqueros que financiaron diferentes actividades en la península y sus dominios; pero también se adentraron en la mar oceana, en 1291, llegaron a Cabo verde, ascendieron por el alto del Senegal y Gambia, comerciaron con el África Negra, las Madeira, las Azores y Chios. Comerciaban con esclavos de todo tipo, homres, mujerse y niños etíopes, eslavos, bosnios, bereberes, negros… Su importante papel en la empresa europea en el Atlántico no fue una decisión colectiva ni estatal; se debió al cálculo realista de las ventajas financieras de una cincuentena de familias o asociaciones muy dinámicas. Pero el flujo no era solo en una dirección. Había castellanos en Italia, en Bolonia y en otras ciudades italianas, y se abrieron consulados catalanes en ciudades del reino de Nápoles, Pisa, Génova, Bolonia y Roma.

Colón también era genovés, no gallego, mi mallorquín, ni judío. Él mismo lo recordó al tratar de conseguir un mayorazgo en España para su familia en 1497. Nunca hablaba de sus orígenes, que eran bastante humildes.. Según el padre Las Casas, había estudiado, en Pavía, los rudimentos de las letras y, especialmente, de la gramática y el latín, de lo que no queda constancia formal.  Parece ser que aprendió español mientras su estancia en Portugal entre 1474 y 1485. Allí conoció el trabajo de la caña de azúcar en esclavitud de los negros africanos y los esclavos canarios en Madeira. En este contexto casó con Felipa Palastrelli, portuguesa de buena ascendencia italiana (sus antecesores fueron gobernadores de Porto Santo y contaban con haciendas en el Algarbe). Por si la ascendencia genovesa no fuera suficiente, el conocimiento que los portugueses tenían del mar no era muy inferior. Habían colonizado Madeira y Azores, desde 1434 bordearon el cabo Bojador e hicieron expediciones a las islas de Cabo Verde, Costa de Oro, Costa de Marfil, costas de la Pimienta y el reino de Benín, en la desembocadura del Níger y Camerún, descubiertos todos ellos antes de que Colón llegase a Lisboa. Uno de los utópicos objetivos lusos era atacar a los musulmanes por la retaguardia. Estos viajes parecen menos importantes que los de Colón, pero lo cierto es que lo fueron, pero quedaron eclipsados por el “astro de la mar océana”.

Se contaban muchas historias curiosas en el extranjero por aquellos años acerca de navegar hacia el oeste para encontrar más islas atlánticas. Los portugueses enviaron aproximadamente una docena de expediciones marítimas hacia el oeste entre 1430 y 1490. Quizá algunos marineros habían escuchado hablar de las aventuras vikingas en Vindland. De hecho el último noruego en Groenlandia murió en el siglo XV. Además, muchas generaciones atrás se había comprobado que la tierra era plana. Los astrónomos de Mileto y luego Pitágoras desarrollaron esta idea. La iglesia católica la aceptó en el 750 de nuestra era y el siglo XV pocos dudaban de la esfericidad.

Colón, una vez falleció su esposa, se embarcó en expediciones hacia el ecuador a lo largo de la costa africana. Se familiarizó con las carabelas, pequeñas embarcaciones con vela latina que permitían navegar con viento en contra eficazmente. Además, Colón leyó mucho, tanto como navegaba. Examinó la obra de Estrabón,  Séneca y Marco Polo, así como a Pierre d’Ally y su Imago Mundi, quien, al igual que el Papa Pío II, creía que, con vientos favorables, se podría llegar desde Europa hasta Asia. De ahí que Colón apuntara en su diario: “no hay que creer que el océano cubra la mitad de la tierra. Pero sobre todo atendió a alguna de las ediciones de Ptolomeo que se reimprimieron entre 1475 y 1477, en las que se incluían veintiséis mapas de Asia, África y Europa. Tocanelli (bajo cuya tutela estuvo Leonrado da Vinci y Americo Vespucio), con quien se carteó durante tiempo, animó a Colón a intentarlo pues “el viaje que deseáis emprender no es tan difícil como se piensa”. Hasta aquí la determinación de Colón a lanzarse a un plan, siguiendo, sobre todo, a Pierre d’Ally y Toscanelli, tiene su fundamento. Otros, incluso, argumentan que un “piloto desconocido” confesó la existencia probada de las “Américas” a Colón en su lecho de muerte (p.72-73), cosa nunca comprobada.

Primero se presentó ante la corte del rey Juan de Portugal, quien convocó a una Comisión de expertos matemáticos para analizar la cuestión. Se decidió que Japón estaba mucho más lejos de lo que Colón y Toscanelli pensaban, y estaban en lo cierto. El aprovisionamiento de alimento y agua no sería posible y menos la disciplina de la tripulación en un viaje tan largo.

Después probó en España, que aún no había visitado. Era consciente del importante enclave de las “Islas afortunadas” o “Islas canarias”. Eran visitadas desde el siglo XIV, pero especialmente desde que Béthencourt estableciese una especie de principado en Lanzarote, allá por 1404. Don Enrique el Navegante las ambicionaba, pero el tratado de Alcáçovas de 1479 cerró la polémica: Canarias para Castilla y Azores, Madeira y el monopolio del comercio con el resto de África para Portugal. A la altura de 1491 sólo Tenerife seguía en manos indígenas, cuyo origen se desconoce, acaso bereber, por la cercanía de la costa africana. Ahora que, como no habían tenido contacto con el islam se los consideraba menos conflictivos que los musulmanes, quienes solían permanecer fieles a su religión.

Colón llegó a Huelva en la segunda mitad de 1485. Se alojó en la Rábida, escuela marítima y monasterio franciscano. Allí aprendió mucho de los estudiosos del mar. Pronto Pérez, antiguo confesor de la reina, le urgió a concertar una cita con la Corte Real. Así, partió hacia Sevilla y luego a Córdoba, donde estaba la corte. Allí tuvo un hijo, ilegítimo, llamado Fernando, con Beatriz Enríquez de Arana, hija del poderoso Rodrigo Hernández de Arana.  Contó con el apoyo de Quintanilla, Cabrera, Talavera y Mendoza, quien finalmente le concertó una cita con la reina en Alcalá de Henares. Mendoza aconsejó a la reina que lo atendiese y lo ayudara con algunas naves, pues podían costar poco y aportar grandes beneficios si salía bien su empresa. Parece ser que Fernando no estaba muy convencido de sus opciones y, además, Colón, desde el principio fue exigente, queriendo ser “almirante del océano, virrey y gobernador”, lo que implicaba ascender por méritos ni siquiera conseguidos en una escala bastante hermética. A esto se le suman las palabras de Las Casas: “porque esto es regla general, que cuando los reyes tienen guerra [la de Granada] poco entienden ni quieren entender en otras cosas”.

Se nombró una comisión, como en Portugal, para estudiar el caso a propuesta de los monjes de la Rábida en Huelva, cuyo presidente sería el confesor Tavera. Los reveses de la guerra retrasaron la resolución, pero en ese tiempo hizo amistad con los muy influyentes Gutierre de Cárdenas, muy cercano al rey, y Diego de Deza, tutor del príncipe Juan en Salamanca. En 1487, la comisión resolvió diciendo que no podía ser verdad su propuesta de viajar a China por Occidente. Con esto, y esperando una futura reconsideración, Colón volvió a Portugal. Justo en ese instante el rey Juan estaba financió una expedición en la que partió Bartolomeo Colón, su hermano, y Bartolomeu Díaz, con el fin de voltear el extremo sur de África, que, al regreso, sería llamado de “Buena Esperanza”. Desde ese momento Portugal dejó de tener interés en el camino por occidente. Colón envió a su hermano a la embajada inglesa, en un nuevo intento de negociaciones, pero fue capturado. Lo intentó también con el Duque de Medina-Sidonia, pero tampoco.

Los años siguientes son un misterio. Colón recibió alojamiento y alimento de los RR.CC. porque elaboraba trabajos afines a sus intereses, pero desconocemos cuáles. Al final habló con la reina, a solas, en el castillo de Jaén, porque Fernando estaba en el campamento de Baza. Parece que salió feliz de aquel encuentro. Además, tuvo la suerte de conocer a don Luis de la Cerda, primer duque de Medinaceli, aspirante a heredar el trono de Aragón, nieto del “gran marqués de Santillana” y, por tanto, sobrino del cardenal Mendoza y primo del duque de Alba. Ante el sentido apoyo que estaba recabando Colón entre los grandes nobles, la reina pareció sentirse en la necesidad de atajar sus propuestas antes de que lo hiciera cualquier poderoso pues “tal empresa como aquella [conseguir territorios independientes para sí mismo en las Indias o en alguna otra parte] no era sino para reyes”. Otra vez los acontecimientos no le favorecieron, regresó a Córdoba, se despidió de Beatriz y su hijo y volvió a la Rábida antes de partir hacia Francia para recabar apoyos por segunda vez; pero Juan Pérez, en último término, advirtió a la reina de que si no atendían pronto a Colón ya sería demasiado tarde cuando quisieran. Entonces le pagó 20.000 maravedís para que se comprase ropa y compareciese ante la corte en Granada. Allí se enfrentó de nuevo a una comisión sumarísima, pero no obtuvo ninguna respuesta, teniendo en cuenta sobre todo que Granada estaba a punto de ser rendida y la atención de los monarcas estaba aún en el Viejo Mundo. Allí permaneció Colón todo el otoño de 1491. En solo unos meses Granada caería en manos cristianas.

 

Capítulo 5 En noviembre de 1491 se debatió en Granada la posibilidad de rendirse ante los cristianos. Los mejores guerreros musulmanes habían muerto, y los que seguían con vida estaban debilitados por las heridas. La población no podía salir de la ciudad en busca de alimento ni tampoco para cultivar la tierra. Una rendición honorable parecía más conveniente que una brutal derrota militar. El Gran Capitán, Gonzalo de Córdoba, que hablaba árabe negoció las capitulaciones y Hernando de Zafra, en calidad de secretario, fue el testigo. El 18-12-1491, las condiciones de la rendición fueron ratificadas por ambas partes. Boabdil entregaría la Albaicín y la Alhambra, se respetaría la religión propia de los musulmanes y sus mezquitas, así como seguir practicando sus ritos. Si optaban por marchar a Berbería se les permitiría vender sus posesiones y llevar consigo el beneficio que pudiesen. Los que se quedasen no tendrían que vestir distinto y pagarían los mismos impuestos que los cristianos. Ningún musulmán sería obligado a convertirse al cristianismo contra su voluntad ni tendrían que devolver los bienes que obtuvieron durante la guerra.

Tras una pequeña sublevación, se decidió capitular la ciudad. El 1 de enero de 1492 Gutierre de Cárdenas, quien proclamó a Isabel reina en Segovia a los 18 años, fue escoltado a la Alhambra para aceptar la rendición de la última ciudad musulmana de Europa occidental. El 2 de enero, él y sus hombres tomaron los puntos fuertes de Granada y colocaron campanas en las mezquitas. Boabdil entregó las lleves de la ciudad a Fernando, este a Isabel, ella a su hijo Juan y el príncipe al conde de Tendilla, un Mendoza, nuevo gobernador cristiano de Granada, quien, junto a Hernando de Talavera, recién nombrado arzobispo de Granada, entró en la ciudad. El 6 de enero de 1492 lo hicieron solemnemente los monarcas, aunque siguieron viviendo en Santa Fe. Hernando de Talavera, descendiente de judíos y Hernando de Zafra se encargaron de la labor de incorporar Granada a Castilla. Por lo general fueron bastante tolerantes, enseñando con sencillez el catecismo a los nuevos cristianos. Entres doscientos y trescientos mil musulmanes, se unieron a los RR.CC.

En las capitulaciones de Santa Fe Colón recibió una nueva negativa. Furioso se marchó a Córdoba con la decisión de pasarse pronto a Francia, pues había recibido noticias de que Inglaterra había iniciado movimientos en busca de la “isla del Brasil”. Los tesoreros de Castilla y Aragón, se dice, intervinieron para cambiar la opinión de los monarcas, argumentando que “el riesgo que corrían era pequeño en comparación con la gloria que podía aportarle aquella oportunidad; y, además, Colón era un hombre sabio y prudente y de excelente inteligencia”. Finalmente, cuando Colón ya marchaba de nuevo, de mano de un secretario que debía llevar argumentos contundentes, recibió la orden de regresar a Santa Fe. Allí, el tesorero aragonés, Santángel y luego los monarcas, recibieron a Colón y se redactaron unos documentos que encomendaban a Colón hacer los descubrimientos que siempre había deseado. El 17 de abril de 1492 se comprometieron a apoyar la expedición de colón, aceptando sus extraordinarias condiciones (es posible que estas ya vinieran apoyadas por una carta que redactó fray Juan Pérez desde la Rábida de Huelva). En él se contemplaban cinco puntos, que en síntesis decían lo siguiente: Colón sería almirante d las dichas mares oceanas y de todas aquellas islas e tierra firmes que ha descubierto, título  equivalente al almirante de Castilla. También sería nombrado virrey y gobernador general de todas las islas y territorios que descubriese en el futuro. Todos ellos serían títulos hereditarios. Sería nombrado “don”, que designaba por entonces a los hidalgos (rango que le reportaría beneficios como el no pagar impuestos). También tendría derecho a 1/10 parte de todas las riquezas que encontrase.

En proporción a los gastos de la boda de los infantes con los príncipes ingleses o el ingreso anual del duque de Medinaceli (4 millones de maravedís) la empresa de Colón no fue excesivamente costosa, solamente 2 millones de maravedís. ¿Cómo se recaudaron? Santángel, , tesorero de Aragón y de la Santa hermandad, así como judío converso, y Pinelo, homólogo castellano y genovés, mediante la venta de indulgencias en la provincia de Extremadura, consiguieron la mitad. El resto lo reunió el propio Colón, prestado en parte por un amigo suyo florentino, Juanotto Berardi representante menor de la casa de los Medici en Sevilla. Asimismo, el duque de Medinaceli aportó cierta cantidad.

Las intenciones de unos y otros no están claras del todo. Colón quería conquistar Japón, China y otras tierras adelantadas para la corona española. Los RR.CC. sabían que comenzarían a perder dinero en adelante, pues ya no recibirían tributo de los musulmanes y, en parte, esta pudo ser una gran motivación para que apoyasen la iniciativa del almirante. Es muy probable que los decretos de expulsión o conversión de los judíos (31-3-1492, publicados el 29-4-1492) y las rendiciones firmadas con Colón (17-4-1492) tengan más relación de lo que pensamos. Probablemente ambos acontecimientos fueran extremos de una misma cuerda, metáfora que alimentó, hasta cierto punto, un verdadero sentido de destino histórico.

En el contexto de las Cortes de Toledo y la creación de la Inquisición en 1480, Torquemada escribió ese decreto. Se quería terminar con el judaísmo, no con los judíos, no debemos pensar en una persecución racial, sino religiosa. Ambos monarcas confiaban en que se convirtiesen al cristianismo. Paralelamente al nombramiento del judío converso, Hernando de Talavera, arzobispo de Granada, Francisco Jiménez de Cisneros fue nombrado confesor de la reina. Cisneros provenía de familia humilde. Nació en 1432, estudió en la Universidad de Salamanca y vivió en Roma, fue también arcipreste de Uceda y trabajó, después, bajo las órdenes del cardenal Mendoza, que lo tenía en alta consideración. Pronto ingresó en San Juan de los Reyes con los franciscanos y, después, los observantes. Una vez en el cargo de confesor, fundó la universidad “Complutense” de Alcalá de Henares y participó en el decreto de expulsión escrito por Torquemada. Isaac Abravanel, Abraham Señor y Meir Mehamed, todos ellos importantísimas personalidades en el mundo de la administración y la fiscalidad castellana, rogaron al rey que revocase el decreto, a cambio de 112 millones de maravedís) o 300.000 ducados), 50 veces más que el presupuesto para la expedición de Colón, pero, aunque se vio tentado, aceptó la decisión tomada conjuntamente con la reina. Dos se convirtieron, pero Abravanel marchó a Nápoles y luego a Venecia, donde falleció.

Muchos judíos, rápidamente, decidieron vender sus posesiones y marchar a Portugal y Marruecos, lo que reportó pingües beneficios a los RR.CC. Entre 150.000 y 200.000 vivían en España y, por lo menos, 50.000  se habrían convertido. El resto se marchó. Fue una expulsión, un destierro deliberado, y no un holocausto.

 

Capítulo 6 A principios del verano de 1492, Colón partió de Granada en dirección a Palos de la Frontera, localidad cercana al monasterio de la Rábida y que, por aquel entonces, mantenía buenas relaciones comerciales con Canarias, Portugal y la costa africana. Palos, por asuntos contraídos con la corona, debió aportar dos carabelas a la expedición: La pinta, en la que embarcó Colón, y La niña, de entre 55 y 60 toneladas y 21 metros de eslora. Ambas eran de tres palos. Ambas naves irían bajo el mando de los hermanos Pinzón, destacados vecinos de la localidad e importantes marineros. La Santa María se la alquiló Colón a Juan de la Cosa, antiguo sirviente de la casa de Medinaceli, donde pudo conocerlo el almirante. En cuanto las tuvo aseguradas, comenzó a reunir un tripulación de unos 90 hombres, procedentes de Sevilla, Huelva, Río Tinto, Moguer y Palos, y no solo cristianos, sino quizá también judíos. También embarcaron unos 10 cántabros y dos portugueses. Destacados entre los susodichos fueron Pedro Gutiérrez, antiguo camarero mayor y supervisor real; Luis Torres, converso conocedor del hebreo y del árabe; Juan de Peñalosa, tío del padre Bartolomé de Las Casas; eso sí, no había ningún cura ni fraile. Martín Alonso Pinzón, experimentado marinero, fue el máximo responsable de todos los preparativos, pero en el fondo quizá pretendía hacerse con el control de la expedición. La corona le concedió a Colón 10.000 maravedís al año, que recibiría su amante en Córdoba, Beatriz Enríquez Arana.

 

Las naves zarparon “media hora antes del amanecer” el 3 de agosto de 1492. Ninguno de los tripulantes comenzó a cobrar hasta 1513, cuando los RR.CC. comenzaron a recibir oro de las Indias. Llevaban numerosas provisiones: bacalao salado, tocino y bizcocho. También llevaban harina, vino, aceite de oliva y agua como para un año, también vino y coñac. A pesar de las múltiples quejas durante el viaje, parece que nunca hubo escasez de alimentos, solo impaciencia. Cada barco llevaba una brújula y Colón, posiblemente, un astrolabio rudimentario y el mapa que le regaló Toscanelli (Eslava Galán dice que Colón lo copió o robó del que poseían en la Cámara Real de Portugal: p. 107 “El enigma Colón”), así como varios relojes de arena para apuntar el tiempo transcurrido. El almirante escribía todos los apuntes en un diario de bitácora, lo que nunca antes se había hecho.

De río Tinto a Canarias, el genovés empleó una semana. Luego permaneció un mes en Gran Canaria y la Gomera, donde reparó ciertos defectos de las carabelas y cargó más provisiones. Su estancia le permitió conocer a la gobernadora de la Gomera, Beatriz de Bobadilla (no confundir con su prima, la amiga de la reina del mismo nombre y marquesa de Moya). Allí se percató de una interesante combinación en la conquista de las islas entre la empresa privada y el control estatal… o lo que pudo ser entendido por Colón como un ensayo de lo que podía esperar hacer en las tierras conquistadas. Pero no solo eso, sino también observó la merma de los indígenas por las enfermedades y los enfrentamientos, así como el maltrato a la población negra.

Colón y sus tres naves partieron de la Gomera el 6 de septiembre. Se decía que el rey de Portugal había puesto unas calaveras en el mar para obstaculizar su misión. Pensó que los enemigos podrían estar en sus naves y, desde entonces, llevó dos diarios paralelos, uno real y otro en el que ponía muchas menos millas de las recorridas y una dirección diferente, con tal de equivocar a los posibles intrusos y así salvaguardar el secreto de su ruta. Varios momentos de crisis desencadenaron una reunión  de los hermanos Pinzón y Peralonso Niño, quienes le dieron a colón tres días para encontrar tierra y, parece ser, fue entonces cuando el almirante le contó a Martión Alonso Pinzón el relato del “piloto desconocido”.  El día 11 por la noche, con luna llena, Juan Rodríguez Bermejo, marinero sevillano de la Pinta, vio una blanca franja de tierra y gritó “Tierra, Tierra”.

El entusiasmo se apoderó de los tripulantes. Desembarcaron en San Salvador, Guanahaní para los indígenas, a los que desde el principio llamó “indios”. Estaban emparentados con los taínos, que pronto encontraría en el Caribe. Lo que más le llamó la tención es que iban desnudos. Pensaba Colón que había llegado a una de las innumerables islas que Marco Polo había descrito en sus viajes. Al poco visitaron otras islas. Capturaron algunos indígenas para mostrarlos en la corte y uno de ellos, Diego Colón, permaneció junto al Almirante como intérprete durante dos años. Navegó a otras islas, pero en ninguna encontró oro y no se decidió a salir del archipiélago de las Bahamas hasta que se percató de que “allí no ay mina”. Se esforzó en describir a los nativos, los animales, los olores, comparándolos siempre con los de Andalucía o Cerdeña.

Después llegó a Colba, Cuba, que pensó sería parte de un gran continente y que le daría acceso a los reinos del Gran Kan de China. Llamó a la isla “Juana” y mandó expedicionarios, entre los que estaba Luis de Torres, el traductor de hebreo y árabe. Este y unos indígenas hallaron un poblado de unas cincuenta casas, en este caso habitado por los taínos. El 12 de noviembre zarpó hacia lo que resultó ser Inagua Grande. Después regresaron a Cuba. Encontraron cera que posteriormente el padre Las Casas creyó que procedía del Yucatán, lo que podría indicar un desconocido contacto con el continente.

La rebelión de Martín Alonso de Pinzón le obligó a Colón a seguir con dos naves. Llegó al extremo oriental de Cuba, en Baracoa y luego, un viento lo llevó a “La Española”, Haití, por el parecido en su vegetación. Allí la gente parecía estar mejor organizada, en principados, trabajaban la piedra y la madera, llevaban collares y colgantes de piedra y, en una carta, los puso a total disposición de la monarquía católica. Pensó que estos eran japoneses o siervo del Gran Kan, pero no estaba en lo cierto. Igual que había gente amistosa como los taínos, encontraron antropófagos belicosos en otras islas. Las armas de los cristianos asombraron a los indígenas, pero se mostraron mucho más amables y sumisos cuando les explicaron que las usarían para defenderlos.

El día de Nochebuena, el 24-12-1492, la Santa María encalló en un arrecife de coral. La decisión que tomaría fue importante. Decidió desembarcar parte de los enseres. Solamente contaba con una nave y debía regresar. Así, conviviendo con el cacique, dejó a 39 expedicionarios en el enclave llamado “fuerte Navidad”, bajo la dirección de Diego de Arana, primo de su amante, y el maestre Juan. El 4-1-1493 regresó a Europa de las Américas.

Primer viaje de Colón   10/1492-1/1493

 

 

Capítulo 7 Colón decidió regresar a España. Fue una decisión valiente teniendo en cuenta el clima primaveral que asola el Caribe. Encontró al errante y desertor Alonso Pinzón, quien portaba oro por valor de novecientos pesos. Aseguró haber llegado a Managua y haber convivido con dos príncipes indígenas. Se terminó reincorporando a la misión de Colón.

En el viaje de regreso no estuvo exento de peligros. Su llegada a Samaná, frente a la península de Samaná les llevó al primer choque armado con pueblos indígenas del Nuevo Mundo. Estos taínos serían hechos esclavos, y ellos se resistieron y atacaron con flechas y puntas, de madera o pez, envenenadas. Se les atribuyó, además, la práctica del canibalismo y, desde entonces, a todo aquel que oponía resistencia a los españoles se le llamó así. Tuvieron que capear varias tormentas y en la última de ellas Pinzón y Colón, la Pinta y la Niña se separaron. Por si no llegaba a puerto, Colón describió su viaje a Santangel, tesorero del rey, en una hoja y dijo que había dado nombre a las islas encontradas “San Salvador, Santa María de la Concepción, Fernandina, Isabelina, Juana (Cuba) y La Española”. Lo metió todo en un barril y advirtió al que lo encontrase que se lo entregara a los reyes. De algún modo temía no llegar a puerto, pero tres días después alcanzaba Las Azores. Martín Pinzón había desaparecido.

Ya en Lisboa escribió otras similares al rey Fernando, a Medinaceli y  a su amigo florentino, Juanotto Berardi, uno de los que financió la expedición colombina. Tuvo la ocurrencia de visitar al rey Juan de Portugal, quien pensó en asesinar al Almirante para apoderarse de sus secretos y robárselos a Castilla. De inmediato, además, envió una expedición para buscar las tierras halladas. Los RR.CC. recibieron la noticia del regreso de Colón el 9-3-1493 en Barcelona. Pronto lo hicieron llamar. Entre tanta expedición, los Reyes abandonaron Granada y viajaron siempre hacia el norte, hasta la ciudad Condal, para negociar con Francia la devolución del Rosellón, lo que consiguieron en enero de 1493. Lo más importante del momento fue, sobre todo, la muerte de Inocencio VIII y el nombramiento del papa Borgia, de origen Valenciano, como Alejandro VI, quien sería muy favorable a los interesas de Fernando e Isabel. Era Alejandro VI, afable, simoníaco y hedonista, perverso, lascivo y con desmedida ambición para sus hijos. Aparte esto, Alejandro VI, siendo cardenal de Sixto IV consiguió que Mendoza apoyara a Isabel y no a Enrique, también logró la bula que permitía el matrimonio entre los contrayentes de Castilla y Aragón, así como la transferencia de la maestría de las órdenes a Fernando. Ahora como Papa, podría ser mucho más influyente aún.

A finales de marzo la noticia del descubrimiento de tierras allende el Atlántico era de dominio público. Colón fue llamado de inmediato a Barcelona, pero se recreó en Sevilla, Córdoba, Murcia y Valencia. En tanto, Pinzón había llegado con la Pinta a Vigo y, después a Sevilla. Estaba dispuesto a plantear litigio al Almirante, pues él aseguró, primero, que había recalado en zona continental y no en islas y, segundo, que había llegado primero al continente. Pero, por cuestiones del azar, Pinzón falleció, acaso de sífilis, en Sevilla. De haber sobrevivió América podría llamarse “Pinzonia”. Colón llegó a Barcelona el 21-4-1493.

La exposición que hizo Colón de su viaje dio a entender que había estado en Asia, pero los más sagaces escritores italianos afirmaban que había estado en las “Antípodas”. El escritor eclesiástico Macrobio (s.V) había escrito, hablando de Cicerón, sobre “una masa de tierra que pueda existir en los hemisferios norte y sur”. Pierre d’Ailly creía que las Antípodas podían ser una masa de tierra sin solución de continuidad con los continentes conocidos… y de los que, como decía Pedro Mártir, “ni siquiera teníamos conocimiento”. Pedro Mártir, en una carta a los Sforza el 1-11-1493 apuntó un término más correcto, aún, que el de “las Indias” que Colón utilizaba pensando que había estado en el extremo oriental de las Indias: “Novi orbis”, Nuevo Mundo.

 

 

Capítulo 8 Distintos pueblos asiático colonizaron América por primera vez en el 15.000 a.J.C. Algunos de estos nómadas llegaron a América hace unos                 10.000 años. El descubrimiento de la agricultura determinó la dieta en Centroamérica. El maíz, el pimiento, el aguacate y las alubias eran los alimentos más consumidos. La cerámica comenzó a trabajarse en el 5.000 a.C. En cualquier caso, todos estos hitos sucedieron después que en Europa… y, además, la agricultura no estuvo acompañada de la domesticación de animales, lo que condicionó su aportación cárnica a la dieta.

Todos los pueblos del Caribe llegaron en canoa procedentes de Sudamérica a lo largo de la cadena de islas conocidas como Antillas o Indias Occidentales, vía Trinidad y Tobago. En todas estas vivían los taínos, que significa “bueno” en su lengua, lo cual ayuda a comprender porque insistieron en llamarse así ante los compañeros de Colón, no querían parecer hostiles. Palabras del taíno sobreviven en el castellano actual: hamaca, canoa, huracán, sabana, caníbal, barbacoa, cacique… Eran poblaciones bastante aisladas las unas de las otras, tanto como para que la comunicación entre Cuba y Yucatán (200 km) pudiese resultar insalvable para los primeros la mayoría del año. No obstante, existen indicios, tanto en la mitología azteca, como en la cultura material de los cubanos, para afirmar que tuvieron que existir contactos e intercambio mínimo de productos.

Hay mucha discusión acerca del número de taínos que debía haber en las islas cuando llegaron los primeros españoles en 1492. Es probable que hubiese unos 100.000 en La Española, y otros 100.000 entre Puerto Rico, Jamaica, Cuba y otras islas. De todos modos, entre esa fecha y 1511 el descenso poblacional fue del 90%. Solían vivir en poblados simples, con sasas hechas de troncos y tenían la techumbre de paja y el suelo de tierra. Los taínos trabajaban bien la madera y otros materiales. Los poblados se agrupaban en distritos, los distritos en regiones sobre las que reinaba “el supercacique”. El último rey importante de los conocidos fue Guacanagari que siguió en relaciones amistosas con los cristianos del enclave de “fuerte Navidad”. Cada año se celebraban festejos en honor a los caciques en los que se bailaba, procesionaba y jugaban a la pelota de goma (cuyo origen estaba en América). La sociedad estaba dividida en dos clases: la inferior, formada por obreros (no había esclavos) y una superior, formada por gobernantes y religiosos. No sabían fundir metales, pero tenían conocimientos para extraer metal. Por lo general iban desnudos, aunque a veces llevaban taparrabos o faldas de algodón. Trabajaban la agricultura en conucos mediante palos para excavar. Cultivaban el maíz, el cacahuete, la calabaza, el pimiento, la alubia y el tabaco. Fabricaban canoas vaciando troncos. Los principales enemigos de los taínos, los caribes, eran Guadalupe y Martinica, quienes realizaban incursiones para apoderarse de sus jóvenes y convertirlas en sus esposas… algunos escribieron del Caribe como si hubiera sido los Campos Elíseos, pero llenos de salvajismo.

 

 

Capítulo 9. Nada más enterarse de la noticia, Juan puso en marcha una serie de tretas para, primero, hacer ver a los RR.CC. que Colón, y segundo, que había enviado una flota a descubrir esas tierras. Lope de Herrera, emisario de los RR.CC. iría a Lisboa para advertir a Juan que se abstuviese de cualquier maniobra imprudente, pues ellos habían respetado el monopolio de las rutas de la Costa del Oro firmado en Alcaçovas. Por otro lado, los RR.CC. preparaban dos iniciativas, una militar, con casi novecientos hombres embarcados en la bahía de Cádiz, y otra diplomática, mediante el delegado español en Roma, Juan Carvajal, quien, junto a Colón, aducía que, más allá de 100 leguas al oeste de las Azores, debería ser tierras españolas. En virtud de un informe sobre la cuestión de las nuevas islas, el Papa Alejandro VI le concedería a la Corona de Castilla lo descubierto por Colón, con la condición de que los monarcas se dispusieran a propagar la fe cristiana, siempre que no estuviesen ya ocupados por otra potencia, como podía ser Portugal (“al igual que algunos reyes de Portugal descubrieron y adquirieron las regiones de África, Guinea y otras islas, os concedemos los mismos derechos, privilegios, libertades, facultades e inmunidades”). ¿Cómo sería la partición? Tomando todas las islas é tierras firmes halladas é que se hallaren descubiertas é que se descobrieren hacia Occidente, fabricando é componiendo una línea del Polo ártico al Polo antártico, la cual línea verde diste de Azores y Cabo verde”. Así el mundo quedó dividido en dos.

Los RR.CC. encomendaron la misión a Colón de hacer un nuevo viaje. En Sevilla avisó a la gente que no partiese a las Indias sin permiso expreso de los monarcas, de él mismo o del archidiácono Juan Rodríguez de Fonseca, por múltiples caminos enlazado con la familia Real y la nobleza, además de alumno de Lebrija y protegido de Talavera. Tras la santidad, decía, sus mayores dotes habrían de ser administrativas. Era un buen diplomático, de hecho dominó la relaciones entre España y las Indias durante largo tiempo.

El 23-5-1493 Colón fue ratificado en todas sus peticiones, pero debió pagar unos 12.000 maravedíes por haber sido el primero en ver y descubrir las nuevas tierras. Los monarcas se dirigían a él como Almirante. Le exigieron que explorara “más tierra firme, los nuevos teritorios continentales asiáticos”. Documento tras documento, nombramiento tras nombramiento,  se percibe que los RR.CC. estaban configurando las bases de su monopolio en las Indias… y nos cuesta creer que no se percataran de que lo hallado por Colón no era Asia, sino un “Nuevo Mundo”. Hernando de Zafra, de entre los miembros de la “Santa Hermandad”, hubo de elegir “veinte lanzas jinetas a caballo”, para enviarlas a las Indias, así como otros que supiesen hacer acequias. La labor de todos los diplomáticos, entre ellos el mismo Fonseca, fue subvencionada, en gran parte, por el paisano genovés de Colón, Francisco Pinelo, así como Juanotto Berardi, quien de nuevo volvió a conceder dinero para, esta vez, comprar una carabela al Almirante.

Los RR.CC. dejaron claro a Colón las instrucciones: él y sus lugartenientes tratarían a los indios “muy bien e amorosamente”, sin causarles ningún tipo de molestia. Todo aquel que tratase mal a los indios debería ser castigado con severidad. Así comenzarían a disciplinar, para que luego nadie más que Colón o el tesorero, pudiese sacar riquezas de la India, para cuya revisión se instaló una oficina aduanera en Cádiz y otra en las Indias. Se harían listas tanto de los productos como de las personas que embarcasen.

López Carvajal y el pronotario, Pedro Ayala, se presentaron en la corte de Lisboa para negociar la división del mar y las tierras conquistadas. En tanto Fonseca, el burócrata-archidiácono, había abandonado Sevilla para ayudar a Colón a preparar el nuevo viaje. En este segundo, algunos monjes y sacerdotes hicieron las veces de representantes de los RR.CC. En julio de 1493 el papa Alejandro VI redactó una bula, la Pius fidelium, revocaba la prohibición de fundar monasterios sin licencia de la Santa Sede y permitía que lo hiciese el propio Colón o los sacerdotes que llevaba consigo. En tanto, las relaciones diplomáticas con Lisboa estaban bastante tensas, hasta el punto de que los lusos profirieron múltiples amenazas de misiones secretas a las nuevas Indias en busca de sus merecidas tierras. El 25-9-1493 Colón emprendió el segundo viaje con diecisiete barcos.

 

 

Capítulo 10 Los RR.CC. permanecieron en Barcelona a lo largo de 1493. Entre 1000 y 1200 llevaba Colón consigo, 22 de la primera expedición. Cobraban 1000 maravedíes los expertos, 600 los inexpertos y nada los 200 voluntarios. Entre los más destacados, estaban con él su hermano Diego Colón y Miguel Cuneo, otro genovés. Antonio de Torre, relacionado con la corte del infante Juan, tenía instrucciones de ver La Española con sus propios ojos y regresar en la siguiente expedición (p.152 abajo  “verdaderos fundadores del vasto imperio”). También se integraron dos médicos, el principal era Diego Álvarez Chanca, de Sevilla, consejero médico de los reyes. En cualquier caso, la mayoría de los integrantes tenían experiencia en la corte de España que Colón, y eran más fiel a ella que al Almirante. Muy importante fue la presencia del padre Juan Boil, que había negociado con Francia y Roma por los asuntos de Cerdeña y Rosellón. Quizá fue enviado a las Indias en calidad, no solo de sacerdote, sino de supervisor, de comisario político de los RR.CC. Fray Pedro Arenas fue el primer religioso en oficiar misa en las Indias. También llevaba algunos indígenas de la primera expedición, a los que intentó enseñar para que sirviesen de intérpretes, pero también animales y, tal vez, algún negro africano o bereber.

El interés real de Colón era fundar una especie de factoría al estilo de Génova, que abasteciese a la metrópoli con oro, esclavos y resina, mientras que el plan de los RR.CC. era otro bien distinto, colonizar, poblar, establecer poblaciones fuertes donde habitar y desarrollar el estilo de vida de Castilla.

Partieron de Canarias el 13-10-1493 y llegaron en tan solo 20 días. Esta vez, sin decir nada, Colón proyectó abordar las islas por el sureste, por si así podía descubrir islas que con anterioridad no hubiese atisbado: la Deseada, Dominica y María Galante fueron tres de ellas. Esta vez, Colón tampoco pudo divisar Martinica, donde se cree que residían las Amazonas. Esto no sabemos si era verdad, pero algunos apuntan (p.158-159) que comían carne humana porque era la más buena y guardaban algunos huesos en almacenes, para cocinar con ellos. No obstante, ignoramos hasta qué punto los navegantes diferenciaban entre los huesos de hombres y los de mono. El caso es que, a principios de noviembre de 1493 recorrieron Santa María de Montserrat, Santa María la redonda, Sant Croix y Santa Úrsula, pero en ninguna desembarcaron. Sí desembarcaron en lo que hoy conocemos como “Puerto Rico”. Después partieron hacia “La Española”, donde estaba el fuerte “Navidad”, que había sido destruido y todos los españoles que allí dejó Colón habían sido asesinados, aunque nunca sabremos si por las tropas de Guacanagari, el jefe de los nativos, o de otros cubanos que llegaron por mar.

Llegaron al que se llamaría fortín de “La Isabela”, en honor a la reina. Allí construyeron una ciudad rectangular junto a un río con la colaboración de unos nativos… pero Colón demostró ser mal gobernador y coordinador de sus hombres, quienes pronto reclamaron su dinero. Colón partió del convencimiento de que había mucho oro en “La Española”, algo que no era cierto, y de que los indios eran débiles, lo que tampoco, solamente eran amables. Pronto comenzaron las hostilidades con los taínos por el robo de sus esposas y los esclavizaron. Alonso de Hojeda recibió la misión de buscar oro tierra adentro, pero el conflicto con la Santa Hermandad dio mal comienzo a la conquista del Nuevo Mundo. Hojeda encontró oro, peor no tanto como decía; pero la verdad es que supo jugar con la baza de saber cuánto atraía el metal precioso en aquel tiempo. En cualquier caso, lo que parece más correcto es decir que “el incentivo aportado por el oro de las Indias ejerció sin duda un gran influjo, y el sueño de alcanzar un logro personal quedaba más en un segundo plano.

Antonio Torres, el hombre de los monarcas en La Española, regresó con doce naves, dejando solo cinco a Colón. Portaba la ”memoria” del almirante, en la que recogía algunas peticiones y quejas, como por ejemplo que había exagerado en algunas predicciones del metal, que le enviaría cierto número de esclavos para traficar con ellos y que estaba en descontento con algunos de los caballos que le dejaron. Colón comenzaba a tener problemas administrativos.

 

Capítulo 11 En marzo de 1494, cuando Antonio de Torres se marchó, Colón organizó una expedición al interior de La Española para buscar oro, usando a unos cuantos esclavos como portadores de equipaje. En tanto, Bernal de Pisa, supervisor Real, quiso robar dos naves, pero fue encarcelado por Diego Colón. En el interior, donde creía estaba el dorado, Colón fundó Santo Tomás. Allí, Caonabó, un jefe taíno, pretendía plantarle cara. Envío refuerzos, pero Pedro de Magarit, supervisor real, se negó a colaborar con él. Su misión, en palabras del Almirante: “se debía hacer una operación de reconocimiento de las provincias, los nativos y las tierras y proteger a los indios y velar porque no se les causase daño alguno, ni se los apresase contra su voluntad”. Alonso de Hojeda se ocupó de raptar al cacique y enviarlo encadenado a La Isabela, y así a otros. Si actuaban así era porque estaban convencidos de que, al no estar bautizados vivían en pecado mortal. Desde entonces, los nativos dejaron de mostrarse tan inclinados a colaborar. Esto fue en detrimento de los españoles, que no tenían alimento y sufrieron mayores enfermedades caribeñas. Colón dejó el mando de la situación a otros y él partió a las islas que quedaban más a occidente, en Juana (Cuba). Esto les pareció una traición a la mayoría, y sus descrédito se acrecentó.

Torres llegó a España, pero a los RR.CC. no les parecieron buenas noticias las que traía. Necesitaban oro para su política en Europa. No obstante, Pedro Mártir y Melchor Maldonado hablaron bien de él. Por otro lado, Bartolmé Colón, hermano del descubridor, ya regresó de su mala aventura diplomática en Londres y París, por lo que se dispuso a marchar con su hermano a las indias. Berardi, amigo del Almirante, le adelantó un dinero para que partiese con premura.

Los RR.CC. estaban en Tordesillas en ese momento. Acuciaban las relaciones políticas con Portugal. En los siguientes días se debatirían los pormenores de la división del mundo. A primera vista (p.172) los diplomáticos portugueses eran mucho más expertos en asuntos de la mar que los españoles, muchos de ellos “grandes” de España o secretarios que en su vida habían navegado. Tras un mes de conversaciones en el convento de Santa Clara en la misma población se llegó a un acuerdo el 7-6-1494. En síntesis, se reafirmaron los tratados comerciales de Alcaçovas y se aumentó la línea que ya se firmara con Alejandro en 1493, hasta llevarla a las “370 leguas de las islas de cabo verde para la parte de oriente”, lo que sería parte portuguesa. Los porqués de esta victoria lusa fueron muy discutidos. El tratado estaba bien establecido del año anterior, pero tal vez los RR.CC. tenían miedo a que los portugueses enviasen barcos a las indias, mientras que los portugueses, acaso, solo querían asegurarse los enclaves africanos y la ruta a las indias. No se les pidió consejo ni a Colón ni a Antonio de Torres. Es probable que ambos bandos pensaran que habían engañado a sus contrarios.

Colón partió, como decíamos, con su flota (p.175). Pasaron frente a la bahía de Guantánamo y otras 1000 millas por la costa meridional de Cuba, por donde halló animales de gran tamaño, de ahí que el Almirante pensase que se hallaba en un continente y no en una isla. Al poco se acercaron a la costa norte de la isla de Jamaica, donde encontró tainos muy amables. Llamó a aquel lugar “Santa Gloria”. Después llamó a la isla “Santiago”. Comieron con los indígenas y partieron hacia el extremo noroccidental de Juana. Allí se establecieron durante 10 días en la isla que llamarían “La evangelista”. Allí hizo redactar a Fernán Pérez de Luna, notario de la flotilla, una declaración en la que todos firmarían y con cuya lúbrica confirmarían bajo juramento y pena de cortarles la lengua, que estaban ante tierra firme, acaso China… a pesar de que los indígenas le advirtieron de que Cuba era una isla.

Al regresar a La Española se encontró con graves disturbios, habían muerto muchos de sífilis y los nativos no confiaban en los españoles. Además, el padeció una larga enfermedad de casi 5 meses. Diego Colón, el taino adiestrado por el Almirante, era muy impopular y también Margarit. La batalla del río Yaque acabó con 12 españoles y hubo expediciones de castigo para enviarlos como esclavos a la metrópoli. Desde entonces ya nada volvió a ser lo mismo. En esos días, Bartolomé Colón partía de Canarias hacia las Indias. Buen gobernante, excelente cartógrafo y tan buen navegante como su hermano, Bartolomé no fue bien recibido en La Española, que coincidió con el regreso de Margarit a la Isabela, quien había marchado para recabar apoyos que hiciesen frente al modo de administrar del Almirante: agresividad con los taínos. Diego Colón, el taíno adiestrado, había terminado de construir un molino de agua junto al río para moler trigo. Margarit y el padre Boil, ante esta disyuntiva guerrera, desertaron con los barcos que trajo Bartolomeo. Este fue nombrado “adelantado” por su hermano, para que se ocupara de la administración de las Indias. El hecho más alentador por entonces fue el regreso de Antonio de Torres, el delegado real, con cuatro naves cargadas de suministros en octubre de 1494.

Los RR.CC. enviaron sendas cartas a Colón explicándole lo tratado en Tordesillas. Boil y Margarit les explicaron que las inversiones en las Indias eran dinero perdido, porque no había tanto oro ni tanta riqueza como decía el Almirante. Pero otros problemas ocupaban la cabeza de los monarcas, como la invasión de Carlos VIII a Nápoles, contra el primo del rey, Alfonso. Tras comprobar las carnicerías realizadas por Carlos VIII sin miramiento alguno, Fonseca preparó una flota en la que estaría Requessens y en la que iría Gonzalo Fernández de Córdoba. Fernando quería pasar de la guerra a la diplomacia.

 

Capítulo 12 Los dos hombres que toman renombre desde 1495, aunque ya se los conociera bien, fueron Francisco Jiménez Cisneros, primado de España y arzobispo de Toledo, y Juan Rodríguez de Fonseca, archidiácono de Sevilla y “ministro” (no oficial” de las Indias, aunque no tuvo nunca en alta consideración al Almirante). De él hablaron mal tanto el hijo de colón, Fernando Colón, como Antonio de Guevara, transmitiendo las opiniones de la Corte.

Ante la dificultad de encontrar oro, Colón, su hermano Bartolomé y Alonso de Hojeda hicieron incursiones para compensar la falta de metal con el envío continuo de esclavos; pero no supieron diferenciar, quizá, entre los que eran amables y los que eran caníbales como ellos los concebían. La trata de negros comenzó en febrero de 1495 con el primer envío en gran cantidad de la mano de Antonio de Torres. Miguel Cuneo y Diego Colón acompañaron a Torres en este 2º viaje de regreso.

En España sufrió el asedio de algunos contingentes. No obstante, ya Boil y Margarit habían comunicado a los reyes que los esclavos eran potencialmente buenos cristianos, comparando sus costumbres, aunque politeístas, con los ritos cristianos. Sabemos que en un principio Colón solo trató de establecer  enclaves comerciales, pero en este segundo viaje adoptó una postura más propiamente castellana: ocupar territorios y someter poblaciones, un estilo de comportamiento que se practicó en las Canarias. No solo persiguió y mandó atacar a las poblaciones indígenas del interior de la Española, sino que impuso una serie de cargas anuales tributarias para la corona. A finales de 1495 la suerte de Colón iba a cambiar. No sabemos si habría continuado siendo gobernador de las Indias, pero el hecho es que la Corona comenzaba a ver el Caribe como una prolongación ultramarina de Andalucía y eso no casaba con los intereses del Almirante.

Es verdad que en un principio vieron con buenos ojos el comercio de esclavos, pero pronto cambiaron de opinión, acaso por la influencia de Cisneros. El caso es que su actitud frente a los indígenas del Nuevo Mundo era siempre más humana que su política frente a los judíos y musulmanes con quien había trabajado. Desde junio de 1495, toda persona que fuese a las Indias partiría de Cádiz y entregaría 1/5 de sus ganancias y 2/3 del oro a la corona; por otro lado lo haría con un notario y un comandante autorizado. Se quería controlar la ruta de las Indias . Esto daba fin al monopolio de Colón. Posteriormente, los acuerdos entre Berardi y los monarcas para subsanar las deudas que muchos “indianos” habían adquirido, dieron paso a la progresiva burocratización del Imperio transatlántico. El montante (los intereses) de los quintos y operaciones comerciales facilitaría el pago de las nuevas carabelas que comprarían para hacer más fluidas las operaciones. Los RR.CC. comenzaron a ver a colón más como un funcionario conflictivo de la corona que como un gobernador independiente, y por eso mandaron a Juan de Aguado, repostero real, cuya misión más importante fue llevar a cabo una residencia contra Colón, que restringía su monopolio a La Española, dejando el resto de islas bajo una nueva forma de gobierno.

Ante el descrédito que adquiría en la metrópoli, Colón puso rumbo a Cádiz para defender su posición ante los RR.CC. Dejó a Bartolomeo y Diego Colón como gobernador y almirante de La Española.

 

Capítulo 13 Colón llegó a Sevilla. Contactó con algunos antiguos compañeros de la Rábida y pronto recibió noticias de los monarcas, a quienes regaló un collar de oro de gran tamaño. Peralonso Niño, quien le acompañó en la primera travesía, se disponía a partir hacia las Indias, aprovechando, asimismo, que en 1496 se había terminado de conquistar Tenerife. La siguiente expedición del Almirante a las Indias se haría con ocho naves. Pedro Mártir escribió a Bernardino de Carvajal de forma entusiasta y los RR.CC. reafirmaron a Cristóbal Colón en sus privilegios de 1492… pero Fonseca, organizador de los viajes a las Indias, puso todos los medios para impedir que se le concedieran tanto estas prerrogativas como el permiso para embarcar de nuevo; aunque pronto fue sustituido por Antonio Torres, que sí conocía las Indias.

Al mismo tiempo, llegaron a su fin las relaciones diplomáticas entre Austria y España (se casaron los infantes españoles, Juan y Juana, con Maximiliana y Felipe), y Alejandro VI nombró a Isabel y Fernando “Reyes Católicos”, por su labor de reconquista en Granada y de defensa Papal en Nápoles; pero el infante Juan falleció en manos de su madre, Isabel la católica. No había un descendiente de los Trastámara y, parecía, la corona pasaría a la casa de Austria. La corte se trasladó a Salamanca, lo que aprovechó Cisneros para impulsar la Universidad Complutense, y Diego de Deza, amigo de Colón, fue nombrado obispo de Salamanca y, después, arzobispo de Sevilla. La Corte de Juan, el fallecido, se dispersó.

El 22-7-1497 se le concedió a Colón la potestad de repartir La Española en parcelas valladas en las que se cultivase trigo, algodón y se construyesen molinos de azúcar. La que cultivasen otras cosas quedarían bajo propiedad de la Corona o no estarían cercadas. Durante un tiempo vivió, junto a los monarcas, en el monasterio de La Mejorada, donde redactó un memorial denunciando el incumplimiento del Tratado de Tordesillas por parte de los portugueses. Después regresó a Sevilla. En tanto, Pedro de Estopiñán, con los barcos asignados a Colón, estaba asediando Melilla. Por otro lado, redactó el mayorazgo de su hacienda, muestra del renovado favor real. Diego Colón sería el primer heredero y solo si no tuviese hijos Fernando, primero, y luego Diego, pasarían a ser herederos residuales. Cristóbal Colón ya desesperaba por emprender su tercer viaje, pero no tenía apoyos financieros. Por otros motivos, como el ataque de franceses en alta mar, como dijo a Gorricio, se retrasó su partida. En mayo de 1498 logró salir de ¨Sanlúcar de Barrameda (p.204) gracias al apoyo económico de la familia genovesa de los Centurione. Envió dos flotas desde Canarias a La Española, mientras él fue a Cabo Verde primero para descubrir esas tierras del nuevo continente que quedaban al sur, otros dicen que fue para evitar el ataque de los galos.

El último día de julio (1498) llegó a una isla no marcada en el mapa. La llamó “Trinidad” (porque viera tres montañas o porque dedicó el viaje a la Santísima Trinidad). En 1513, en aquella investigación sobre las actividades del Almirante, se aseguró que, en ningún momento, aunque avistó un gran río que le dio a entender que había encontrado tierra firme, nunca desembarcó. Ese gran río, cuya desembocadura tenía un delta en cuatro partes, era el Orinoco y Colón creía que había llegado a unos de los cuatro ríos que bañaba el Paraíso terrenal. La flota echó el ancla frente a la costa de Sudamérica y allí entablaron relación con amistosos indígenas (descripción importante en p.208-209) que les mostraron, no solo oro y piedras preciosas, sino alcohol, desconocido en La Española y en Cuba. De Trinidad partió hasta una isla donde encontró perlas y a la que llamó, por ese motivo, Isla Margarita. Después, en agosto de 1498, desembarcó en la Península de Paria, importantísimo acontecimiento que marca el descubrimiento del “nuevo” continente de Sudamérica.

Pocos días después marchó a Santo Domingo, al sur de La Española, que aún estaba en construcción y cuyo proyecto había causado recelos en el alcalde de La Isabela. Roldán y los hermanos de Colón, en ausencia del Almirante, se habían enfrentado por distintos motivos. Ambos se intentaron granjear el apoyo de los indígenas eximiéndolos de pagar los impuestos oficiales a la corona (algodón, pan de mandioca, oro y palo de Brasil.. A la larga el enfrentamiento, no solo derivó en batallas sin sentido, sino que trajo la desnutrición y la hambruna en La Española. Roldán había actuado sin permiso, repartiendo las tierras y los esclavos entre sus seguidores, en tanto Bartolomé hizo de Sto. Domingo una fuerte capital administrativa con unos astilleros y construyó una línea fortificada que dividió la isla en dos mitades. Colón creía que se vería repuesto de los poderes, pero la situación en la isla había cambiado bastante. Hubo de prometer el regreso gratuito a España con sus esclavos a todo el que quisiera para ganarse adeptos, pero esto no hizo más que encender la cólera de los RR.CC. quienes aún no habían definido la política de compra-venta o cesión de indígenas.  En las misivas que estos hombres llevaron a la corona, se percibe el deseo que tenía Colón de hacer un emporio comercial en las indias. Prometió dar a la corona, anualmente, veinte millones de maravedíes con la venta de palo de Brasil y cuatro mil esclavos, pues toda Europa los deseaba.

Hernández de Carvajal y Cristóbal Colón, mediante diferentes acuerdos, lograron establecer una paz inestable entre Roldán y Bartolomé. Desde entonces se permitiría el movimiento de los súbditos del primero por toda la isla y los indígenas quedarían, necesariamente, sometidos a uno de ellos. Por otro lado, el Almirante pidió a los RR.CC. que le enviasen un letrado para investigar quiénes se habían alzado contra la justicia real en La Española. El elegido fue alcalde de Santa Fe, miembro de la Orden de Calatrava, camarlengo de los RR.CC. y primo de Beatriz, su nombre, Francisco de Bobadilla.

 

 

LIBRO TERCERO. BOBADILLA Y OVANDO


Capítulo 14– El nombramiento de Bobadilla no atentaba en nada contra el Almirante. Más al contrario, parece la reafirmación de las aspiraciones de Cristóbal Colón, pues fue enviado para juzgar a quienes se levantaron contra su autoridad en la isla. Una vez averiguado habría de “prendedlos los cuerpos y secuestrarles los bienes; y así presos, procedades contra ellos”. Lo único claro a la corona es que los culpables eran Roldán y los suyos, no los hermanos del Almirante. Pero el 21-5-1499 ya se le  encomendó una misión distinta en la que se le mandaba ocupar el gobierno de las Indias.

Cisneros era por entonces el hombre más influyente en la corte, incluso sobre la reina, quien acataba sus consejos como pues no creía que “lo que él decía salga de la boca de un simple hombre…”. Su mente, relata Zurita, se eleva con grandes pensamientos de un modmo más propio de un rey que de un simple fraile”.

Tardó en formarse esta nueva expedición (en el verano de 1500 Bobadilla continuaba en Sevilla), primero por el problema de las Alpujarras que intentaba someter el rey Fernando, pero sobre todo por las insistencias que hizo Cisneros acerca del propósito de España en el Nuevo Mundo: la evangelización. Para ello dispuso al benedictino fray Alonso de Viso y a fray Francisco Ruiz al mando del gobernador Bobadilla. Además, libraron a muchos de los esclavos que envió Colón. Algunos (21/500) continuaron su formación bajo el mando del fray Francisco de Ávila.

Fueron varias las expediciones que partieron ese año hacia las Indias (Peralonso Niño, Juan de la Cosa y Américo Vespucio; Vicenta Yáñez Pinzón y Diego de Lepe. Paralelamente, Pedro Alvares Cabral se dirigió a la verdadera India describiendo una línea hacia el oeste y deteniéndose, previamente, en Brasil. Por lo general, ninguno de ellos careció de apoyo financiero, ni se vio en dificultades de reunir tripulación suficiente.

Americo Vespucio envió un informe a su patrón florentino, Lorenzo di Pier Francesco de Medici, acerca de su viaje. Se separó de la expedición de la que partió y, por su riesgo y cuenta, tomó la ruta de Colón a Trinidad y otras islas, donde los nativos no parecieron tan amables. En un principio, Vespucio seguía creyendo que esas tierras eran los confines de Asia. Después navegaron junto a una tierra donde los indígenas vivían en casas sobre el agua, como Venecia, e inspirándose en el nombre, Hojeda bautizó a ese territorio “Venezuela”. Después fue a La Española, a pesar de que Colón aún la controlaba, y pactó con Roldán. A su regreso a Lisboa vía Azores (dicen que tardó varios meses, algo que aclararemos), prometió enviar un globo terráqueo para aclarar que “llegamos a un nuevo territorio que observamos era un continente. Esta apreciación que distinguía las Indias de Asia lo convierten en un innovador.

En otra expedición, Juan Díaz de Solís, Vicente Yáñez Pinzón y Pedro Ledesma, partieron hacia Canarias y Cabo Verde en 1499. Una tormenta los desvió de su rumbo y llegaron al estuario del Amazonas, en el extremo oriental de Brasil, zona que bautizaron como Santa María de la Consolación en nombre de los RR.CC., a pesar de que sabían que estaban fuera de su campo de influencia.

La expedición de Bastidas, Núñez de Balboa, Juan de la Cosa y Alonso de Hojeda despertó mucha expectación. A ellos quizá se le deba la evangelización de Cartagena de Indias y el Golfo de Urabá. En sus aventuras encontraron oro, esmeraldas y perlas que, a su regreso a España en 1502, entregaron a los monarcas en Alcalá.

Aunque portuguesa, fue importante para la navegación española la expedición que en 1500, junto a 1500 hombres y trece naves de grandísimo tamaño, emprendió al Brasil Pedro Alvares Cabral, siguiendo la estela de Vasco da Gama. Bartolomeo Marchionni financió algunas carabelas.

La labor de Bobadilla se llevó a cabo mientras sucedían estos acontecimientos. Colón, en tanto, había logrado gobernar con más o menos calma tras los disturbios de Roldán. Dos mil colonos habían sido convertidos en 1500 y Roldán había propuesto un sistema de repartimientos similar al de la reconquista para controlar su zona, lo que actualmente es Haití. Colón, en tanto, confiaba ganar dinero concediendo monopolios. Subrayó que el periodo 1498-1500 fue determinante para el desarrollo posterior de la colonia, ya que logró terminar la línea fortificada que dividía la isla en dos partes, desde La Isabela a Santo Domingo.

Bobadilla desembarcó en Santo Domingo en septiembre de 1500 y presentó sus credenciales al Almirante, a quien mandó encadenar y encerrar en una mazmorra. Lo consideraba un de tantos expedicionarios andaluces. Permaneció en la cárcel con el alcalde de Santo Domingo. En octubre los metió en la nave que lo había traído desde España y ordenó que se los entregara, encadenados, al obispo Fonseca.

 

Bajo Bobadilla la colonia renació. De las minas de San Cristóbal se extrajeron 276 kilos de oro en 1501. La sangría de colonos que regresaban descontentos a España se detuvo y se puso fin a los secuestros de indios para esclavizarlos, si bien es cierto que se los hacía trabajar mucho en las minas y les pagaban poco. En estos momentos comenzó el mestizaje propio de Iberoamérica. Los colonos convivían en pecado con las hijas de los indígenas. A su llegada, Colón se presentó en Granada (donde permanecían los RR.CC. por la preocupación que les suponía el alzamiento de la población musulmana), encadenado, ante Isabel y Fernando, quienes aseguraron que no había sido su intención. La gestión de Bobadilla descontentó a los RR.CC. quienes, aprovechando la marcha de Fonseca y de Pedro Mártir, uno a Flandes, el otro a Egipto, se apoyaron en el Consejo de Castilla y Cisneros para nombrar a fray Nicolás de Ovando, comendador de Lares en la Orden de Alcántara, gobernador de las Indias.

 

Capítulo 15 El padre de Ovando había recibido muchas concesiones de Isabel en 1477, durante la guerra contra Juana la Beltraneja y los portugueses. Isabel de Flores Gutiérrez, madre de Ovando, fue camarera mayor de la reina Isabel de Portugal, madre de Isabel la Católica. Él nació en Brozas, ciudad cercana a Alcántara, orden en la que terminaría siendo comendador.

Tras el fracaso de Bobadilla, se le encomendó la dirección de La española, pudiendo, para ello, nombrar jueces, alcaldes y condestables, pero no se le pedía que gobernase e la zona continental de Sudamérica controlada por Alonso de Hojeda y Vicente Yáñez Pinzón. No se le permitía llevar herejes o gitanos, pero sí negros y también debería llevar a España a todo extranjero en las tierras del Imperio. Controlaría las explotaciones de metales. Intentaría librar la corona de caciques y debería llevar una inspección de la labor de Ovando.

Al mismo tiempo que Ovando recibía permiso para marchar a las Indias, el 3-9-1501, se prohibía a toda persona emprender esa misión sin permiso explícito, medida que la corona estableció para cobrar tasas y controlar la densidad poblacional del Nuevo Mundo.

En tanto, Colón buscaba apoyo financiero entre sus amigos genoveses, planeaba la conquista de Jerusalem y recibía el permiso para regresar a las Indias en nombre de la Santísima Trinidad. Los RR.CC. pidieron disculpas por el encierro que padeció el Almirante, pero igual que sabían lo buen descubridor que era, fueron consciente de su incompetencia en tareas administrativas. El Papa, además, promulgó la Sinceritas Eximie Devotionis, que prolongaba y confirmaba los privilegios concedidos en 1493 a la corona española (en la que también les permitía a los RR.CC. cobrar el diezmo de las Indias).

El 13-2-1503 Ovando parte a las Américas con 27 barcos, la flota más grande jamás enviada. Arriaga y Alonso Vélez de Mendoza partieron con otras dos flotillas. La mayoría de colonos que partieron en estas tres expediciones fueron extremeños. Destacar el papel que desempeñó Alonso de Salamanca, Alcalde mayor, muy bien tratado por el historiador Oviedo y el padre Las Casas, en sus escritos. Todos los que partieron vieron en ese viaje la oportunidad de huir de la pobreza y la escasez agrícola a principios del s. XVI. Hernán Cortés, pariente lejano de Ovando, con 20 años, tenía proyectado embarcar, pero en el último momento no pudo (p.245). Algunos franciscanos fundaron la primera casa de la orden en el Nuevo Mundo. No obstante, en el trayecto a Canarias se perdió la Rábida y los reyes creyeron lo peor, pero pronto se alegraron al saber que el resto de las flotas estaba bien y que su hija Juana estaba aproximándose a Fuenterrabía con Felipe de Habsburgo… el futuro Carlos I había nacido en 1500, luego, ya tenían herederos.

Ovando llegó a Santo Domingo el 15-4-1502. Allí, la población se concentraba entre Santo Domingo, Concepción de la Vega, Santiago y Bonao y Jaragua. Algunos estaban con indígenas, otros ya tenían mestizos y el poder seguía en manos de los caciques indígenas, en los lugares más profundos de las islas.  Construyeron rudimentarias capillas de paja e, incluso, alguno una casa de paja. Una vez allí, Ovando efectuó el juicio de residencia de Bobadilla, aún presente, y, con la documentación y quejas resultantes, lo envió en la flota de Antonio de Torres de regreso a la metrópoli. Colón ya estaba cerca de la isla.

El Almirante había partido con sus dos hermanos, Bartolomeo y Diego, y con Fernando, el hijo que le había dado Beatriz Enríquez, su amante. Las cuatro carabelas que conformaban la flotilla de Colón eran la Santa María, la Santiago de Palos, la Gallega y la Vizcaína. Ciento cuarenta tripulantes iban a las órdenes, entre otros, de Bartolomeo Fieschi –genovés-, Diego de Porrás y Pedtro Terreros. Tenía orden de no ir a Santo Domingo, a no ser en el viaje de vuelta. Teniendo en cuenta que Ovando le negó a Colón el permiso de entrar en “La española”, y que el Almirante decidió, cuanto menos, echar ancla junto a la cosa, las diferentes tormentas que se sucedieron  afectaron a las naves del Almirante y sus hermanos, aunque las salvaron en cierta manera. Por otro lado, 20/30 naves de Antonio Torres, se hundieron en el primer viaje de regreso con riquezas en oro. Mal comenzaba el gobierno de Ovando.

No obstante, Ovando basculó la población de la zona oriental a la occidental, realizó los planos de la nueva ciudad, impuso un nuevo impuesto, que se sumaría la ya pagado desde 1498, llevó los delincuentes a la metrópoli, donde serían juzgados, mandó construir un fuerte en piedra… parece que se reafirmaba en su posición. Ahora bien, en las minas auríferas de la región del Cibao no siempre extrajeron todo el oro que tenían proyectado, a lo que hay que sumar la mortandad por humedad, trabajo forzado y sífilis. La colonia se había organizado como “un gran campo minero donde toda la población vivía prácticamente recluida, aunque la agricultura era rentable. Hombres de 1493 tomaron el mando de algunas explotaciones. Asimismo, Ovando tuvo muy malas relaciones con los indígenas y caciques, con los que compartía el 90% de la isla. La exploración de la Vega Real, al norte de La española tuvo graves consecuencias. A pesar de que el converso Juan Esquivel tenía la orden de concertar la paz con los indígenas, el cacique Cotubanamá se preparó para la guerra y en el oeste la reina Anacoana oponía gran resistencia a las nuevas medidas implantadas desde Santo Domingo. Después de algunas jornadas amistosas, reunidos en Santo Domingo, los hombres de Ovando prendieron fuego a la caseta donde los caciques estaban reunidos y ahorcó en la plaza pública a Anacoana. Así, el oeste de la isla pasó a estar bajo control español.

Aprovechando la coyuntura, Ovando mandó construir su propio palacio, la capilla de los Remedios, el palacio del Gobernador y el hospital de San Nicolás de Bari, así como tres fuertes. Esta actuación señaló el principio de una gran actuación constructora, pues de lo hecho por Colón no quedó nada material.

 

 

Capítulo 16Colón capeó el temporal lo mejor que pudo en la bahía de Azúa, 80 al oeste de Santo Domingo. Navegó cerca de Jamaica y después marchó a Cuba, hasta llegar a las islas de la bahía, frente a Honduras… más al oeste de cualquier lugar al que hubiera viajado antes. Tenía rotos navíos y velas y hacía días no había visto el sol, ni las estrellas. Esta vez el Almirante lo llegó a pasar bastante mal. Llegaron a esa costa que Colón creyó que era la llamada por Marco Polo “Cochinchina” y que en la zona que nombraron “Yucatán” estaría de seguro el Ganges. Fueron los indios “payas” lo que le indicaron el camino a seguir hacia el sur. Estos eran bastante primitivos, pues cazaban con flechas de obsidiana, en ocasiones envenenadas, luchaban con arcos y flechas y criaban tortugas, piñas y mandioca. Se pintaban las mujeres de rojo, los hombres de negro, los líderes eran elegidos por los ancianos del poblado. Creían en dos deidades benevolentes, una del bien, otra del mal. Lo más importante de este contacto fue la visión de una galera de 2,5m de manga y muy larga canoa hecha de una pieza. Descubrió que venían del Yucatán y que tenían vergüenza de andar desnudos, algo que no sucedía con los taínos, y estaba seguro que la cultura de estos era superior.

Colón decidió marchar al este y al sur, a la zona de Nicaragua y Panamá, donde ya habían estado Bastidas y Hojeda, en vez de al Yucatán, donde habría contactado con los muy civilizados y adelantados, pero decadentes, Mayas. Por diferentes productos indígenas que fue encontrando, deduzco alegremente que había llegado a Indochina y que, por algunos rumores, suponía que más al sur había un estrecho que lo conduciría, vía Malasia, a la India. Después llegó a Veragua y llamó a esa bahía “Portobelo”, importante enclave para el futuro del Imperio y última zona continental que pisaría el Almirante. Después puso rumbo a Jamaica y Cuba. Sus naves estaban bastante destrozadas. Desde allí, Diego Méndez y Bartolometo Fieschi tuvieron que hacer 200 kilómetros en una canoa con seis indígenas para llegar a Santo Domingo, donde entregarían una misiva del Almirante para recibir rescate. Tras decenas de peripecias y casualidades (p.265) y tras sobreponerse a la resistencia de Ovando, en mayo de 1504 llegaron tres naves desde España a Santo Domingo, y Méndez compró una con suministros para enviarla a Jamaica, donde aguardaba Colón intentando sofocar una revuelta de hambre liderada por los De Porrás, en otro tiempo capitanes de la Santiago. Robaron unas canoas y, guiados por la desesperación intentaron alcanzar La Española, pero ni siquiera fueron capaces de salir de Jamaica y tuvieron que regresar, esta vez a pie, hasta el sitio donde Colón aguardaba con sus naves maltrechas. Los indígenas se negaron a darle más alimento y tuvo que recurrir a ciertas cartas geográficas que le ayudaron a predecir un eclipse solar que habría en breves, lo que impresionó y atemorizó a los propios del lugar que, desde ese momento, lo alimentaron y vieron como buenas sus acciones.

En 6-1504 llegaron dos barcos desde la Española gracias a la mediación de Diego Méndez. En cualquier caso, cruzar el estrecho de Barlovento fue peligroso. Ovando decidió, al final, alojar a Colón y sus hermanos en su casa durante varios días; pero también puso en libertad rápidamente a De Porrás. El hermano y el hijo de Colón, Bartolomé y Fernando pusieron rumbo a España. En el camino tuvieron muchos problemas, pero llegaron a San Lúcar de Barrameda, donde supieron que la reina estaba en su lecho de muerte en Medina del Campo.

En los dos años de ausencia del Almirante, los RR.CC. vieron en Nápoles su verdadero Imperio, y no hablaban de las Indias como tal, aunque la vieron como posesión de Castilla. El comercio aumentaba todos los años, hasta treinta barcos salían anualmente, desde Sevilla o desde Sanlúcar de Barrameda, con destino Santo Domingo o Puerto Plata. En tanto, Fernando hizo jurar a su hija Juana como heredera de Aragón.

Las cuentas administrativas descubrieron que había una fuga de oro español desde 1503. Esto se debía a que los italianos, sobre todo los genoveses, vendían más productos en España de los que exportaban. Motivados por este asunto, e inspirándose en el Consulat del mar y la Casa de Guiné en Lisboa, los RR.CC. proyectaron la construcción de una “Casa de India”, con funciones similares. La Casa de contratación, en Sevilla, estaría dirigida por un factor, un tesorero y dos contables, encargados de inspeccionar los barcos para asegurarse de que no llevaban sobrecarga. Esos funcionarios estarían en contacto con sus homólogos en el Nuevo Mundo. El Memorandum de Pinelo, en 1503, dio el pistoletazo de salida a la institución.  Poco tiempo después de su inauguración, Sevilla, y en concreto la Casa de Contratación pasó a ser magistratura, centro de información y oficina para el registro de barcos y capitanes; pero también podría, desde 1504, imponer multas, encarcelar a los malhechores, pedir fianzas e ignorar las exigencias de la ciudad de Sevilla. Se disputó la carrera de Indias con Cádiz, pero diferentes motivos le dieron la victoria a la ciudad del azahar.

Se decretó, también que cada poblado del Nuevo Mundo debía reunir a sus habitantes en familias bajo una vivienda, debían contar con un capellán, un hospital, todo ello bajo la autoridad de un encomendero español y se debía educar en la escritura, la lectura y la fe cristiana. La corona alentaba al mestizaje de matrimonios. Pagarían diezmos e impuestos, serían bautizados y no podrían vender sus propiedades a los cristianos.

Como en todos los asuntos, los RR.CC. fueron contradictorios debido a que, por un lado, Fonseca les aconsejó en el campo económico, pero Cisneros en el religioso, quien al contrario que en España, fue benévolo con los Indios del Nuevo Mundo. En cualquier caso, Isabel promulgó declaraciones contradictorias. Los indígenas serían bien tratados, siempre y cuando se mostrasen sumisos y aceptasen el cristianismo, así como la autoridad española. Pero, si resistían y luchaban, serían llamados caníbales y denunciados por comerse a sus prisioneros y, por tanto, esclavizados. También se estableció la regulación del trabajo de los Indios (no más de ocho meses seguidos en las minas). En cualquier caso, no deberían ser considerados esclavos, sino trabajadores o criados a sueldo, aunque los trataban como a tales. A este sistema de concesión se le conocía como “encomienda” (medieval). En tanto, Gonzalo Fernández de Córdoba volvió a derrotar a los franceses en Nápoles, hasta el punto de arrojarlos para siempre del sur de Italia y consolidando el territorio de la corona de Aragón, algo que fue posible solo a la nueva organización de los tercios, que durante siglo y medio dominarían el panorama militar europeo con lombardas y arcabuces… no obstante, una nota negativa en Italia: falleció Alejandro VI y tras el breve reinado de Pio III, ascendió el gran Julio II.

La reina comenzó a sentirse muy mal. Se trasladaron al monasterio de “La Mejorada”, en Medina del Campo y desde el 14-9-1504 ya no firmó ni los documentos oficiales de mayor trascendencia. Los médicos habían perdido la esperanza y es muy probable que aquello que padecía no fuera hidropesía sino cáncer. Ultimó que su misión en el nuevo mundo era la de enseñar la nueva religión a los nativos y firmó dos expediciones más, una dirigida por Juan de la Cosa y Juan de Ledesma a la costa septentrional de Sudamérica y otra para que Alonso de Hojeda se asentara en tierra firme, esta vez en la bahía colombiana de Urabá. Los albaceas que disponía el testamento no sorprendieron a nadie, el rey Fernando, el cardenal Cisneros, Antonio de Fonseca, Juan Velázquez de Cuéllar, fray Diego Deza arzobispo de Sevilla y Juan López de Lazarraga. Colón ya no la volvería a ver porque falleció el 26-11-1504. Fue enterrada en Granada. ¿El balance? Simplemente decir que nadie que recordase la España de 1474 podría reconocerla en aquella de 1504.

 

Capítulo 17 Ante la confusión que albergaba el testamento sobre el sucesor de Isabel para Castilla (Fernando, Cisneros, Felipe de Flandes…) se temió el regreso a la guerra civil. Los concejos quedaron paralizados y algunos nobles tomaron ciudades sobre las que no tenían derechos. Juan Manuel fue el cortesano encargado de liderar los altercados en su mayoría. El duque de Alba y el conde de Tendilla se posicionaron firmemente del lado de Fernando, en tanto que los duques de Nájera y Medina-Sidonia, el conde de Benavente y el marqués de Villena lo hicieron a favor de Juana y Felipe. Las cortes de Toro de enero de 1505 leyeron el testamento y adjudicaron justamente el papel de administrador y gobernador del reino de Castilla a Fernando, quien se casó en 1506 con Germana de Foix (navarra y por tanto pieza clave en el engranaje que facilitaría su anexión a los territorios “católicos), al tiempo que la cosecha de trigo fue desastrosa. Este matrimonio fue inesperado y desesperado por encontrar un heredero aragonés para Aragón, y que esta no cayese en manos extranjeras. De hecho, como herederos propietarios, Felipe y Juana ya habían anulado la Inquisición, algo matizado en la “Concordia de Salamanca”. Finalmente, Felipe, Juana y Fernando se reunieron en Remesal, frontera con Portugal. Allí, con Juana de intérprete, el rey de Aragón decidió dejar todo el poder a su yerno y, posteriormente, lo ratificó oficialmente en Villafáfila, pueblo de Zamora. Hasta llegar a Aragón, fue escoltado por lanceros del duque de Alba, servicio que el rey no olvidaría.

Así las cosas, Felipe fue jurado como “Felipe I de Castilla” en Valladolid y después fueron a Burgos, donde al poco tiempo, acaso envenenado, acaso por debilidad, enfermó y falleció en el monasterio de Miraflores. Antes, Fernando fue a Barcelona y partió a Nápoles, donde nunca había estado, para reestructurar la administración italiana, quitarle poder a Gonzalo de Córdoba y dejar en su lugar a dos reggenti aragoneses que supervisasen el reino. El triste acontecimiento lo alcanzó cerca de Génova.

De nuevo hubo revueltas: Beatriz de Bobadilla tomó el alcázar de Segovia y el conde de Lemos sitió Ponferrada. Juana padeció lo que Pedro Mártir llamó “turbulencia mental”, y no es que estuviera loca clínicamente, pero la situación le hizo padecer grandes temores como mujer, porque posiblemente la encerrasen o la confinasen como a su abuela, Isabel de Portugal en Arévalo. Cayó en la apatía, la indecisión, el mutismo, el descuido de su persona y pasaba días sin comer. El Consejo de Castilla nombró una regencia personal presidida por Cisneros y apoyado por Alba, el condestable Velasco y el duque del Infantado. En vistas de lo acontecimientos, y en un momento de lucidez, Juana anuló todas las leyes decretadas por su marido. Aunque Fernando recibió la petición de regresar para ejercer como gobernador, cedió todos sus poderes, temporalmente, a Cisneros, mientras él arreglaba la situación en Nápoles. En aquel momento le importaban más los asuntos mediterráneos que los atlánticos, tanto así que permaneció hasta mediados de 1507 en aquel lugar. En agosto regresó a España y, vista la incapacidad de Juana, se pidió a Fernando que rigiese, y así lo hizo, hasta la mayoría de edad del joven Carlos. Para lo que aquí nos interesa, Fernando revitalizó a los consejeros para asuntos de Indias en el Consejo de Castilla, Fonseca y Conchillos, que ya había salido de la cárcel.

A principios de 1508 se había restablecido la normalidad en Castilla. En mayo de 1505, muerta ya Isabel, Colón, junto a su hermano Bartolomeo, puso rumbo al norte desde Sevilla, a través de la vía de la Plata, a Valladolid, donde tarde o temprano estaría la corte. Fue recibido por el rey, pero este no le atendió debidamente. Falleció en 5-1509 y fue enterrado en Valladolid, en 1509 se trasladó su cuerpo a Sevilla, luego a Santo Domingo, la Habana y, después, a Sevilla de nuevo… donde probablemente reposa. A pesar de sus recelos, Fernando se aseguró de escribir a Ovando para que no faltaran los ingresos correspondientes a los descendientes del Almirante, al fin y al cabo un cortesano siempre en alta mar.

 

 

Capítulo 18 La confusión política en Castilla dejó a Ovando con las manos libres en La Española. El gobernador se comunicaba regularmente con Fonseca, pero sólo con él. Aunque su política fue agresiva, la población de la española pasó de trescientos colonos a varios millares. Sólo se les prohibía llevar esclavos, caballos, armas y objetos de plata u oro, lo que facilitó la venta de prendas y demás. Envió a España caucho y raíces de rubia, para el tinte, y organizó de mejor manera las explotaciones. La gente se estaba enriqueciendo.

Para sofocar la rebelión de Higuey, Ovando envió a Juan de Esquivel y Juan Ponce de León, miembro bastardo de una importante familia hidalga de Sevilla. Apresaron a Cotubanamá, el último de los caciques y fue ahorcado en Santo Domingo. Una quinta parte de los prisioneros fueron enviados a España. Pacificada la zona, se fundaron nuevos enclaves (p.299), pero todas fueron dotadas de consejeros, jueces, notarios y escudos de armas, como si se tratase de antiguas ciudades españolas. La creación de ciudades tras la victoria sobre el enemigo ya se hizo en la lucha contra el Islam. Santo Domingo, por su parte, parecía cada vez más una capital, pues en 1509 ya contaba con cuatro palacios de piedra privados. Para el entretenimiento, desde 1505 se llevaron libros de Horas y novelas, entre las que encontramos el Amadís de Gaula. Esta obra fue una de las primeras que contagió el nuevo espíritu moderno. Desde entonces la sociedad aprendió a leer libros por el puro placer de entretenerse y de ahí vinieron muchos topónimos de Sudamérica (p.302).

Los informes favorables de las minas de cobre alentaron a Fernando a enviar tres carabelas con las herramientas necesarias para comenzar las excavaciones, pero no solo eso, sino también un centenar de negros africanos como mano de obra, algo que al final le fue muy útil a Ovando. Viendo su respuestas, la Casa de Contratación siguió haciéndose de sus servicios. Este año de 1507 es un nuevo cambio para la humanidad en base al mestizaje. Tan positiva era en ese momento la explotación que el quinto constante que recibía la corona ascendió a 22 millones de maravedís, por lo que el total superaba los 100 millones. En 1510 alcanzó los cinco millones de gramos de oro. Por otro lado, Andrés Morales trazó los primeros mapas de las Antillas conocidas hasta el momento.

Sin embargo, no todo iba bien en la Española. Ovando se enfrentó a personajes insignes, apoyados por la corona, como el bilingüe (taíno-castellano) Cristóbal Rodríguez y los hermanos Tapia de Sevilla, con inequidad en sus juicios, pues favorecía más a sus paisanos extremeños que a los andaluces, tanto así que nombró escribano de Medellín a un joven Hernán Cortés.

Fernando, para controlar más a los indios y colonos, se concedió la potestad de nombrar obispos, algo en lo que ni si quiera había pensado Isabel. La preocupación del monarca por las Indias comenzó a aumentar al ver el potencial de sus explotaciones. Además, los sucesivos altercados, ya explicados, dieron al traste con el mando de Ovando, que se sobrepasó en sus competencias. Así, estando en Sevilla Fernando, junto a su esposa Germana, nombró al almirante, Diego Colón, hijo del descubridor, gobernador del Nuevo Mundo (pero no de la Mar Oceana, ni Virrey de aquellas tierras, su poder estaba siendo limitado). Este nombramiento no es aleatorio, el primogénito había casado con María de Toledo y Rojas, sobrina del duque de Alba, a quien el monarca debía algunos favores por el apoyo militar, y el duque gustaba de su “sobrino” como regente allende el Atlántico. El 3-5-1509 Diego partió a la Española y Ovando regresó.

 

 

Capítulo 19 En las cortes de Toro de 1505, Fernando accedió a nombrar al antiguo compañero de Colón, Vicente Yáñez Pinzón de Palos, corregidor y capitán de la isla de San Juan Bautista, lo que hoy conocemos como Puerto Rico. Habría de convertirse aquel lugar en nuevo bastión de la expansión castellana. Nada destacable hizo el buen marinero, pero mal administrador, como el Almirante, hasta que en 1508, Juan Ponce de León marchó desde Higuey a San Juan, con 42 colonos.

Ponce de León era sobrino de Rodrigo Ponce de León, duque de Arcos, pero también era Ponce de León por vía materna. Había luchado contra los musulmanes en Granada y fue paje de Pedro Yáñez de Guzman en la corte. Era un protegido de Fonseca y ayuó a Esquivel en la conquista de Higuey. Ovando, además, lo autorizó para conquistar Puerto Rico entre 1506-1507. El rey lo nombró adelantado y gobernador interino de la isla. Su hijo, Juan González, escribió la mejor descripción de esa campaña. Entablaron conversación con muchos caciques y, dicen, su recibimiento fue amistoso, pero el mismo Juan González dijo escuchar a los indígenas que planeaban atentar contra los españoles y así fue porque destruyeron el enclave de Aguadilla. Fue el principio de una guerra brutal. Finalmente se los venció y envió a gran parte de ellos a Santo Domingo.

La llegada de Diego Colón a La Española cambió la situación de Boriquen (así llamaban Puerto Rico los taínos). Diego Colón y Juan Ponce de León no trabaron buena amistad al principio porque el primero no sabía que Fernando había nombrado al segundo gobernador de Boriquen. En cualquier caso, mandó a Julio Cerón conquistar Guadalupe, la más extensa de las Pequeñas Antillas. Al final, Juan Ponce de León reafirmó su autoridad, apresó y envió a España a ese y sus colaboradores y comenzó a atraer a su isla caribes de otras para usarlos como mano de obra, algo que estaba prohibido. Tanto enfadó esto a los caciques que Agueybana, junto a 3000 de los suyos, incendiaron el enclave de Aguadilla. Esto los empujó a una guerra por el control de los trabajadores y las pequeñas islas. El Consejo de Castilla abogó por Julio Cerón y Díez de Aux… no obstante, al regreso de Florida, Ponce de León fue nombrado gobernador de Puerto Rico en 1514. Tras otras dos rebeliones, a finales de 1516 la isla de Borinquen, de San Juan o de Puerto Rico (como queramos llamarla) estaba en manos españolas.

En otro orden, Jamaica, abandonada a su suerte por Colón, había sido encomendada a Alonso de Hojeda y Diego de Nicuesa, personas con las que no hablaba Diego Colón, quien pidió a Juan Esquivel y Pánfilo de Narváez que conquistaran la isla en su nombre y el de su padre el Almirante. Las Casas dice que sometió brutalmente a los indios para producir mandioca, maíz y algodón, mientras Oviedo consideró que lo hizo en nombre de la Corona, causa suficientemente justa. El ambicioso Francisco de Garay, con el favor real, consiguió instalarse en Jamaica.

Pero los navegantes también se interesaron por la que parecía ya “tierra firme”. Juan de la Cosa hizo su cuarto viaje atlántico, esta vez acompañado de Ledesma, para llegar al norte de Sudamérica, desde Canarias, Guadalupe y Margarita (la isla de las perlas). Allí algunos nativos comenzaron a intercambiar patatas con los marineros. Llegaron a la bahía de Uraba, donde posteriormente estaría el enclave de Cartagena de Indias. Una de las naves de Luis Guerra, que andaba por allá, se hundió. Allí establecieron un enclave de doscientos castellanos y el resto, errantes, llegaron a Jamaica y Cuba, pero siempre dispersos, hasta que algunos arribaron a Santo Domingo, donde fueron atendidos.

Estos aventureros castellanos sufrieron mucho físicamente en las islas del Caribe, encontraron poco oro y menos gloria, y tampoco convirtieron a muchos nativos al cristianismo.

 

 

Capítulo 20 Las tierras parecían mucho más extensas de lo que creían. Se reunieron en Burgos, en 1508, el rey, el obispo Fonseca, Juan de la Cosa, Vicente Yáñez Pinzón y algunos navegantes de gran relevancia. Pero entre los presentes destacó Americo Vespucci.

Amerigo Vespuci, de joven, había leído a Ptolometo, Aristóteles y había conocido a Toscanelli. Después de estudiar en París, se instaló en Sevilla, trabajando para los Medici, en 1492, justo después de que Colón emprendiera su primer viaje. Su ambición fue tal que embarcó con Ojeda en 1499 a las Indias, para encontrar la ruta hacia el oeste. En 1502 aceptó la misión del rey de Portugal de viajar hacia el Brasil, y llegó hasta cerca del actual Porto Alegre (como navegante portugués), pero hasta río de la Plata (por cuenta y riesgo propios). De aquí dedujo que las tierras por las que estaba navegando no eran Asia, sino un nuevo continente que se extendía más al sur y al otro lado del cual se hallaría, quizá, las tierras de las que habló Marco Polo. En paralelo, fueron publicadas varias falsificaciones supuestamente escritas por Vespucio, pero solo eran escritos de personas que querían obtener pingües beneficios.

A raíz de los descubrimientos de Vespucio, Martín Waldseemüller había decidido publicar una nueva edición de la cosmographia de Ptolomeo, en la que insertó las Navegationes de Vespucio. El primero pensaba que todos los apelativos de los continente provenían de mujeres y que el “nuevo” debería llamarse “Amerige”, nombre femenino donde los hubiera, originario de su descubridor. Esta edición influyó en obras posteriores, como Mercator a mediados del s.XVI. Desde 1509 la denominación de América se fue traspasando al resto de mapas y atlas. Lo curioso de la primera cartografía es que proyectaba un supuesto canal o paso a través de lo que hoy es Panamá y no definía el grosor del continente, pero ya suponía la existencia de un océano o mar al otro lado de las tierras recién descubiertas, lo que hace pensar que alguien, quizá un portugués, avistó aquellas aguas antes de Balboa. Pese a que Waldseemüller da más crédico al primer viaje de Colón (1498), porque estaba documentado, que al de Vespucio (1497) introdujo un cambio en sus mapas, pero ya Mercator dio a conocer el nuevo nombre del continente como América. El fraude de los primeros viajes de Vespucio no se intuyó hasta 1879. Además, el Mundus novus, supuestamente escrito por el italino, era una falsificación.

En cualquier caso, Vespucio merecía dejarnos el legado de su nombre. Él fue quien en su viaje por el Brasil descubrió que esas tierras no eran tierra conocida sino un Novus Orbis y prometió regresar algún día al Nuevo Mundo para llegar al este a través del sur aprovechando los vientos australes. Pero nunca lo hizo.

Lo dicho, la comisión de consejeros reales reunida en Burgos en 1505 acordó: fundar la Casa de Contratación, crear el cargo de piloto mayor, el de geógrafo y el de cartógrafo para trazar las cartas para las expediciones. Así, en Vespucio recayó toda la responsabilidad de la nueva política. Él se encargaría de controlar todas las naves que saldrían a las Indias y quien expediría un certificado de examen y aprobación. A él y un grupo de expertos también se les mandó trazar el mapa completo de las tierras hasta ahora descubiertas para que los distintos existentes no dieran lugar a confusión en la línea de costas. Para ello, se hizo obligatorio navegar con cuadrante y astrolabio, con tal de no perder la referencia de ningún punto descubierto. Por tanto, Vespucio, el piloto mayor, sería una especie de maestro que dirigiese una escuela de capitanes de barco en su casa de Sevilla.  Al igual que Colón e Isabel, Vespucio fue enterrado con hábito franciscano en 1512.

Lo más importante de las decisiones adoptadas en 1508 fue la de encontrar como fuera el paso al otro lado de América. Cabían tres posibilidades teniendo en cuenta los viajes de Pinzón, Solís, Colón y Vespucio: o bien por el centro más allá de Veragua, o bien por el sur, por el mar más meridional que Vespucio pudo ver o bien al norte, donde la influencia inglesa era mayor. Veragua (donde Nicuesa fue nombrado gobernador por Fernando) y Urabá, las playas de la actual Colombia y Panamá, parecían buenos puntos de partida para hallar el camino hacia el oeste.

Juan de la Cosa partió con Hojeda hacia el norte de Sudamérica a finales de 1508. Al paso por la Española recogieron a Pizarro, que había ido con Ovando años atrás. Hojeda fondeó en Turbaco, donde sufrió una grave derrota, donde murió acribillado Juan de la Cosa, junto a setenta hombres, y donde salvaron la vida  Pizarro y Diego de Ordaz. Fue la primera derrota seria de los españoles desde 1493. En el horizonte apareicó Nicuesa, que lo ayudó. Turbaco fue destruida y cientos de esclavos fueron enviados a Santo Domingo en su nombre. Hojeda dejó sus guarniciones en la zona. Iría a Santo Domingo y si en cincuenta días no había regresado deberían sobrevivir como bien pudieran. Así, junto a Bernardino de Talavera, arribó a Cuba y luego Santo Domingo, donde falleció empobrecido en 1515 y sin saber más de sus hombres. Hasta ese momento, cruzó una siete veces el Atlántico y había explorado casi toda la zona norte de Sudamérica.

Nicuesa, Cueto y Olano navegaron por la costa que Colón divisó en su cuarto viaje, pero sin mayor éxito, sin encontrar, al parecer, Veragua, donde prometía el primero que habían abundantes minas de oro… Nicuesa, intentando huir de sus detractores, dio con su cuerpo en lugar desconocido.

En vista de que Hojeda no volvía, Pizarro y Núñez de Balboa, junto a Fernández de Enciso, partieron del destruido por los indígenas, enclave de San Sebastián hacia la desembocadura del Atrato, en el golfo de Urabá, donde establecieron un nuevo poblado. Pedro Mártir, sin haber estado ahí, supo que la situación era enfermiza, pestífera y perniciosa, que los colonos enfermaban rápidamente y parece ser que fue verdad, porque la humedad y los contagios eran muy habituales. Una vez instalados, marcharon en busca de Nicuesa a quien encontraron en estado deplorable. Y aunque lo ayudaron a salir adelante, furioso por no poder robar el poder a Balboa, volvió a partir para no volver a verlo ya jamás.

Por otro lado, Enciso y Balboa se enemistaron, pero este contaba con el apoyo de Pizarro y, además, pidió a Diego Colón que consiguiera el permiso del rey para nombrarlo gobernador de la zona, y así fue. Balboa se convirtió, por así decirlo, en el primer caudillo de las Américas, pues se aupó al liderazgo a base de determinación y fortaleza. Su política fue bastante amistosa con los indígenas. Estos vivían en casas rectangulares, construidas sobre los árboles y sus adornos de oro solían estar muy elaborados. Hacían cerveza de maíz y cultivaban la piña tropical, así como los boniatos y la yuca.

En las exploraciones de los hombres de Balboa a los pies de los Andes nace el mito del Dorado, pues en numerosas cuevas comenzaron a encontrar filones de este metal áureo. Se cuenta que entablaron conversación con unos indígenas que se sentían indignados por el valor que los colonos daban al poco oro que habían encontrado. Les ofrecieron minas muchísimo más grandes de oro siempre que estuvieran dispuestos a vencer al gran rey Tumanamá, en los Andes, al sur de los cuales las encontrarían. La codicia pudo con su paciencia.

En 1513, Juan Ponce de León, su hijo Juan González, Juan Garrido (el negro portugués), Diego y Juan Bermúdez y Alaminos (piloto de la gran conquista de México posteriormente) partieron desde Puerto Rico hacia el norte, aprovechando la destitución de Juan Ponce como gobernador de esa isla. Encontraron, en la Pascua Florida, la región que hoy conocemos con ese nombre y después viró hacia la península del Yucatán, donde no parece haber desembarcado según informa en sus testimonios, pero encontró algo extremadamente importante, más de lo que él pensaba: la corriente del Golfo.

Por aquel entonces cinco hombres gobernaban el Caribe: Diego Colón en La Española, Juan Ponce de León en Puerto Rico, Diego Velázquez en Cuba; Juan de Esquivel en Jamaica y Vasco Núñez de Balboa en Darién. El primero pensaba que tenía potestad sobre los demás, pero los demás no estaban dispuestos a ningún tipo de subordinación.

 

 

LIBRO CUARTO. DIEGO COLÓN

Capítulo 21- El hijo legítimo y mayor del Almirante, Diego Colón, llegó a Santo Domingo desde España con su elegante esposa, María de Toledo, sobrina del duque de Alba, el 9 de julio de 1509 con veinte barcos. Con él llegaron su hermano menor, Fernando, sus tío Bartolomeo, como alguacil mayor, y sus primos, Juan Antonio y Andrea, pero también Marcos de Aguilar, como alcaide mayor de la isla. Pero no se le reconocía nada de su virreinato, sino que era más admirado por ser hijo del gran Cristobal. Aunque no le concedieron el título hereditario de virrey, sí le dieron el de gobernador de La Española y el resto de islas descubiertas por su padre.

La mayor misión que el rey le había encomendado era la de “convertir a los indios y que fuesen buenos cristianos”, para lo que debería haber en todos lugares una persona eclesiástica. También debería tratar de recoger la mayor cantidad de oro posible con brigadas de diez hombres en minas. También debería garantizar que ningún extranjero se asentase en La Española, ni tampoco musulmanes, judíos o herejes castigados o perseguidos por la Inquisición. El plan de la corona era mucho más sólido. Además, todos los “funcionarios” se llevaron libros para leer y formarse como tales, entre ellos las Siete partidas. Todo buen caballero que fuese a las Indias con su esposa recibiría ochenta indios, y todo escudero o soldado de a pie en las mismas condiciones recibiría sesenta indios, mientras que los meros trabajadores, treinta… así hasta 33.000 taínos. ¿Por qué no se rebelaban? En parte porque la esclavitud, aunque entendida de un modo algo diferente, era ingrediente esencial tanto de las monarquías del viejo mundo, como en los Imperios Inca y Maya.

Tanto empeño tenía Fernando en que se extrajera oro que envió a 200 esclavos negros del Magreb (bereberes, de Guinea o Cabo Verde) a La Española para que colaborasen con los taínos en esos trabajos tan duros de picar, cargar y transportar.

En tanto, la Casa de Contratación debería ocuparse de la administración de todos los bienes de quienes hubiesen muerto en las Indias, que deberían ser guardados en cofres. A bordo de toda nave enviaba un escribano y, en tierra, quedarían un tesorero, un contable y otro escribano. En 1510, además, se le concedió jurisdicción civil y penal.

Se creó, en 1511, la primera Audiencia, o Tribunal Supremo, con sede en Santo Domingo, lo cual propició que durante sucesivas generaciones Santo Domingo continuara siendo la capital del Imperio (p.346).

Otro gran cambio en este año es la llegada de los primeros dominicos, que no supuso solo un desafío a los franciscanos, sino al statu quo general, pues comenzaron a construir magníficos monasterios y reformaron la práctica totalidad del gobierno español. Al poco tiempo llegaron más y superaron en número a los primeros. Uno de los más importantes fue fray Pedro de Córdoba, alguien muy versado en Teología, y otro, fray Antonio de Montesino, quien predicó el cap. III del Evangelio de San Mateo: “Soy una voz que clama en el desierto” (p.347 preciosa oratoria).  Los sermones tuvieron tanta fuerza y calaron tanto entre los indios que Diego estuvo a punto de tomar medidas. La rivalidad estaba servida.

 

 

Capítulo 22 Los sermones de los dominicos en Santo Domingo no surtieron un efecto inmediato. La isla de Trinidad continuó siendo utilizada para abastecer de esclavos a La Española. Los indígenas de esa isla fueron declarados caníbales en 1511 y, por tanto, se legalizó su captura. Esto era aplicable a los caribes de todas las Antillas y a la costa norte de Sudamérica, desde Martinica a Cartagena. Tanto es así que los mismo jueces de la Audiencia de Santo Domingo -los Vázquez Ayllón, Matienzo…- invirtieron en esta empresa, algo que perduraría durante siglos. Fernando y fray Alonso de Loaysa, superior e la orden dominica en España, advirtieron de que la situación no podría continuar por esos derroteros. Pero en la isla continuaron con la misma doctrina, hasta el punto de enviar al rey una lista con todos los agravios infringidos a los indígenas. El Consejo del Reino en Burgos convocó hasta 20 veces una comisión real para debatir hasta qué punto resultaba lícita y justa la guerra contra los caribes… un hito jamás repetido en los grandes imperios de Roma, Atenas, Francia o Inglaterra.

Fray Matías de Paz apelaba a Aristóteles para afirmar que no se los podía reducir a la esclavitud porque no correspondía a la ley natural. Creía que Fernando solo podría gobernar a los caribes para adoctrinarlos en la fe católica, y no para explotarlos y apoderarse de sus riquezas. También decía que, los caribes no podían esclavizarse tal que así, sino existía previa resistencia a la autoridad real o a la enseñanza de la religión única. El mismo Paz añadía “Sin embargo, me dicen que también existen en esas tierras gentes amables, no ambiciosas, ni avariciosas, ni maliciosas, sino dóciles y potencialmente sumisas a nuestra fe, si son tratadas con caridad. Algunos observan la ley natural, y otros rinden tributo al demonio. Quizá fue esto lo que indujo a Dios a inspirar a nuestro rey para que enviase a quienes mostrasen a estas personas el camino de la salvación”. Esta visión tan liberal no sería superada durante tres siglos.

Palacios Rubios, miembro el Consejo del Reino, consideraba que las guerras cambiaban la situación de un lugar y  quienes caían prisioneros en una guerra justa podían ser considerados como esclavos. Por su parte, el licenciado Gregorio se refería a los indios como “animales que hablan”. Estos debates terminaron en la promulgación de las “Leyes de Burgos” de 1512: todos los indios debían vivir en pueblos, y en la ejecución de esto no se debería recurrir a la violencia, sino que se deberá proceder con gentileza. Además, deberían construirles iglesias y dotarlas de imágenes y ornamentos. Deberían ser bautizados y entregados a los franciscanos. 1/3 debería trabajar en las minas y todos deberían ser alentados al matrimonio. No podrían pintarse el cuerpo, ni emborracharse. Por iniciativa de Fray Pedro de Córdoba, se introdujeron cambios en la ley: se protegería a los niños y se les enseñaría un oficio.

Mediante el Requerimiento, los indios de los nuevos territorios cedían, pacíficamente, sus tierras a los españoles, como hicieran los musulmanes y los indígenas de las Canarias. De lo contrario, ya que era providencia Divina a través de la concesión Papal el rey podría librar una guerra justa contra ellos, y matar o esclavizar a quienes fuesen apresados en combate. Esto no solo implicaba la cesión de unas tierras, si no el predicamento de la religión católica.

Pero ante el acusado descenso de población que se estaba sufriendo en La Española, el primer alcaide de la fortaleza de La Concepción, bajo Ovando, en 1502, Rodrigo de Alburquerque, concibió un nuevo repartimiento de las encomiendas: se distribuirían 738 de estas, con 26.000 indios entre los más altos funcionarios, virreyes y el mismo rey, dejando aparte a las órdenes militares. Esto no incluía a toso los indios, porque los esclavos eran considerados propiedad privada.

El sistema social y agrícola de los caciques estaba desapareciendo, la tasa de natalidad descendía y las enfermedades hicieron mella, aunque desconocemos hasta qué punto. La merma de la población india también se debía a que más de la mitad de los colonos tenían esposas indígenas, y esto iba en detrimento de la reproducción de los taínos.

Inicialmente, todo hay que decirlo, los nativos de las desdichadas islas recibieron a los españoles pacíficamente. Pero en cuanto los verdaderos propósitos e la flota resultaron evidentes, optaron por luchar, aunque en vano, y la mayoría fueron capturados. De este crimen se les acusa principalmente a los españoles del primer Imperio.

En este contexto, Bartolomé de las Casas, descendiente de judíos ajusticiados, pasó a integrar las filas de la oposición a la situación del Nuevo Mundo. Era hijo de Pedro de las Casas, que acompañó a Colón en su segundo viaje. Las Casas se enroló en el contingente de Ovando en 1502. No fue en calidad de religioso, sino interesado en las minas. Quizá no participó en la represión de Jaragua, pero sí en la de Higuey, así como en Saona contra el monarca indígena Cotubanamá. Su padre había heredado una propiedad en La Española bajo Diego Colón y allí fue en 1509, ya hecho sacerdote. Dio misa, visitó Cuba y regresó a España en 1515 para conseguir hablar con el rey, a quien advirtió en Plasencia de que si no tomaba medidas acabarían con todos los indios. El monarca aceptó reunirse en audiencia con “el apóstol de las Indias”.

Sin embargo, Fernando estaba muy absorto con las guerras de Navarra, Italia y África (en Orán por iniciativa de Cisneros, quien concibió un plan para conquistar el Magreb hasta el Sahara), pero más aún con la imposibilidad de conseguir un heredero con Germana de Foix. Además, desde 1513 el monarca cayó enfermo y no podía ejercer todas sus obligaciones, lo que le dio más poder a sus secretarios. Alba se perfilaba como regente, pero el testamento de Isabel se lo adjudicaba a Cisneros, apoyado por los Velasco y Tendilla. Así, el Imperio volvió a quedar al margen de las preocupaciones.

Los frailes dominicos, no obstante, planificaron una misión al continente firme para convertir a los indios. Pedro de Córdoba encabezó la expedición y Diego Colón le proporcionó todo lo necesario, traducido en 400.000 maravedís, ejemplares de la gramática de Nebrija, vírgenes y santos esculpidos… Pero tanto Córdoba como Montesinos enfermaron y fueron Juan Garcés y Francisco de Córdoba quienes llegaron al continente y fueron recibidos por aquel cacique llamado “Alonso” por Alonso de Hojeda. Diferentes acontecimientos derivaron en el asesinato de ambos dominicos y la denuncia a la orden por permitir que fuesen allí a impartir la religión única. Este desafortunada conclusión oculta el hecho de que tanto Córdoba como Garcés fueron los primeros colonizadores del continente sudamericano.

 

 

Capítulo 23 Durante 8 meses de 1508, Sebastián de Ocampo estuvo circunnavegando aquella isla que llamaban “Juana”, Cuba. Ovando quiso comprobar si aquella tierra formaba parte de tierra firme, como decía Cristóbal Colón, o era una isla. En el lugar encontró restos de oro y un buen lugar que podría servir de puerto, la bahía de La Habana (Xagua).

Diego Velázquez fue un importante hidalgo castellano, descendía de una estirpe importantísima, integrante de la alta administración del Estado desde la cofundación de la Orden de Calatrava, hasta el asesoramiento de Juan II o la capitanía de las expediciones al Nuevo Mundo. De hecho, él mismo se ocupó de organizar las flotas regulares para viajes de ida y vuelta de las Indias. Nació en Cuellar en 1464, el mismo año que la Corona cedió la ciudad al duque de Alburquerque. Se nutrió de las historias de caballerías y participó en la Guerra de Granada. En 1493 partió con Cristóbal Colón a las Indias para no regresar jamás a Europa. Fue de los pocos que sobrevivió a la depuración del gobierno faraónico y despótico del Almirante. Se enriqueció en Santo Domingo y fue considerado líder real de la Colonia.

Cuba era una isla grande y el debate sobre su conquista fue motivo de debate en el Consejo de Castilla. En 1509 Diego Colón le otorgó a Velázquez autoridad para llevar a cabo la conquista de “Juana”. Él mismo se comunicaba con el rey, y no con su intermediario más próximo, el descendiente del Almirante. En aquella expedición de tres o cuatro barcos financiada de su propio bolsillo, el secretario de Velázquez fue Hernán Cortés. Asimismo fue Las Casas, pero también el hijo de Juan Ponce de León y cuatro franciscanos. Asunción de Baracoa fue el primer lugar donde se instalaron y esa fue la capital. Es verdad que se mataron a muchos caciques, pero la población taína no era tan belicosa como en La Española y si lo eran en algún momento, las flechas, arcos y piedras no podían nada contra los arcabuces y caballos españoles.

En esta empresa pronto contó con la colaboración de Pánfilo de Narváez, que llegó a la isla con treinta arqueos. Este, en una emboscada que le tendieron, hubo de mar hasta a cien taínos, como él mismo afirma, pero también a varios caciques. Ambos conquistadores encontraron en el poblado de Cueyba a unos nativos que adoraban a una Virgen que decían le habían entregado unos náufragos españoles que naufragaron.

El plan de Pánfilo de Narváez y Diego Velázquez era avanzar hacia el este buscando, desde Baracoa y Bayamo, un poblado donde asentarse y poder convivir con los nativos, a los que les pedirían la mitad de las tierras y alimentos básicos. Pero en Caonabo, como señala Las Casas, se realizó una matanza irracional y sin precedentes a unos nativos que estaban ofreciendo todo lo que se les exigía. Así, Las Casas comenzó a mostrarse abiertamente en contra de la política “imperial” española.

En tanto, Narváez se estableció en la costa norte y los nativos huyeron a las islas cercanas a la costa. Velázquez y él se reunieron en Cienfuegos, donde permanecía vivo uno de los náufragos de las misiones de Hojeda cerca de Jamaica. En la Navidad de 1513 mandaron naves a Santo Domingo y Jamaica para traer ganado, pan y maíz. La conquista estaba casi terminada.

Diego Velázquez fue gobernador de Cuba durante once años, hasta 1524. Secundado por Cortés como secretario y notario, fundó las principales ciudades de Cuba: Trinidad, Sancti Spiritus, Puerto Príncipe, así como Asunción de Baracoa, La Habana (tanto la del sur, como la actual, al norte) y Santiago… siempre aprovechando enclaves taínos. Siempre fueron planificadas en torno a una plaza cuadrangular, con iglesia, ayuntamiento, cárcel y palacio del gobernador. Morales, un protegido de Diego Colón, y Cortés, se rebelaron en cierto momento a su gobernador –porque querían aplicar en Cuba el sistema de encomiendas- y sufrieron las consecuencias. No obstante, finalmente se aplicó ese sistema, pero de un modo mucho más tolerante y explotándolos menos, bien por arrepentimiento de lo sucedido en Puerto Rico y La Española, bien porque así contarían con más mano de obra para trabajar en las minas. El rey, incluso, llegó a mantener correspondencia con él, al margen de “el gobernador de todas las islas”, Diego Colón, para que repartiese a los indios entre los colonos: trescientos para los grandes funcionarios, cien para las altas personalidades, y menos en escala descendiente. Además, estaban los esclavos que tampoco eran contados como parte de la encomienda. Pronto, además, llegaron esclavos negros, provenientes de África y las “islas inútiles” que se habían catalogado así por ley, como las Bahamas.

El gobernador, además, impulsó los cultivos autóctonos, como el maíz, el boniato, la malanga y el arroz. Introdujo ovejas, vacas, caballos y cerdos… hasta conseguir una cabaá treinta mil cabezas en tres años.

En 1515, él y Cortés, quien una vez fue perdonado lo nombró alcalde ordinario de Santiago, trasladaron la capital de Baracoa a “Santiago de Cuba”. Construyeron un palacio del gobernador y otras casas de piedra, pero también un almacén para guardar “el quinto real” correspondiente a Fernando. En sus tertulias con los “intelectuales” de la isla, los mercaderes y los simples colonos, el gobernador y sus colegas fumaban la nueva hierba americana, el tabaco.

Nadie, excepto Las Casas, que había vuelto a España, se percató del descenso de población, y la única solución que vieron posible fue  incorporar nueva mano de obra, acaso africana.

En primavera fundían el oro y todos los procuradores de las ciudades se reunían para debatir sobre la situación de la isla, incluso a veces enviaban al rey un representante que expusiese propuestas y explicase los problemas. Uno de los temas más candentes era la búsqueda de tierras al oeste de Cuba. Pinzón y Díaz de Solís habían recalado en una tierra que, sin duda, era el Yucatán, pero también Ponce de León había descubierto, tanto la corriente del Golfo como “la Pascua Florida”. Se propusieron continuar la marcha hacia occidente, pues lo único que aquello podría reportarles era más oro y esclavos… pero no imaginaban siquiera hasta qué punto. Una cosa sí es cierta: Colón no exageraba mucho al asegurar, en su primer viaje, que la isla era un paraíso. Pero los españoles del siglo XVI querían fortuna, no flores, y ríos llenos de oro, y no sólo riachuelos que lo llevasen.

 

 

 

LIBRO QUINTO. BALBOA Y PEDRARIAS

Capítulo 24 Vasco Núñez de Balboa reinó en Darién, la primera colonia permanente en el continente. Cometió la torpeza de dar noticia al rey y a Diego Colón de sus descubrimientos y requerir ayuda para comenzar a atrabajar en las supuestas minas, lagos y ríos de oro que encontró y que estaban, en ese momento, en manos de los caciques de la montaña, Dadeiba. También envió un informe sobre los alimentos que encontró, destaca la patata sobre los demás. Pero en la corte, Balboa era poco estimado, incluso sus emisarios, como Martín de Zamudio, quien informó al rey de todo lo antedicho.

Todo el mundo sabía que en Darién el clima era tan crítico que a la gente se le ponía la piel amarilla. Los supervivientes vivían en la anarquía; pero había oro, mucho oro, o al menos esa era la creencia y muchas personas se dispusieron a marchar a las Indias. Tanto es así que Fonseca y el rey bautizaron aquella tierra “Castilla del Oro”. Pedrarias Dávila fue nombrado gobernador, en calidad de Capitán General, de la nueva colonia en detrimento de Balboa. La colona sufragó esta expedición, la 2ª desde 1492, el resto fue de particulares. La salida se retrasó hasta 1514.

En vistas de futuras expediciones, Balboa se anticipó y marchó con 190 de los 1000 que tenía previstos para conquistar las minas de oro de las que le habló el hijo de Comogre. Llegó hasta la península del Panamá tras enfrentarse a varios caciques. Allí conoció a una “bella india” que le sirvió de intérprete. Junto a Pizarro, el licenciado Valderrábano y fray Andrés de Vera, Balboa avistó el “mar del sur”.

 

Exultante por el regreso, derrotó al cacique Chiapes e hizo presos a unos 400 indígenas. Con todos estos como testigos fueron y tomaron posesión del “mar del sur”. Balboa navegó río arriba con algunas canoas hasta el territorio del cacique Coquera. Con la victoria, Balboa bautizó aquella tierra como “Golfo de San Miguel”. A estos y otros caudillos atacó con perros y arcabuces, que espantaban y dañaban a un mismo tiempo. A diferencia de los taínos, los jefes de esos vivían lujosamente y tenían muchos esclavos. Todos se pintaban el cuerpo, fabricaban muchos adornos y los portaban.

En abril de 1514, Pedrarias Dávila partió de Sanlúcar de Barramdeda con casi 20 barcos. Esta era la expedición más costosa (10 millones de maravedís) en la que había invertido la corona para la colonización del Nuevo Mundo. Pedrarias casó con Isabel de Bobadilla, hija de Francisco de Bobadilla, gobernador de La Española entre 1500 y 1502. No obstante, los banqueros genovses, Centurione y Grimaldi, fueron los principales proveedores de Pedrarias. Llevó consigo unos dos mil hombres a las Indias. Entres esos estaban Pascual de Andagoya cuyas expediciones de conquista en Perú serán muy importantes- y Lorenzo de Galarza; Hernando de Luque –clérigo que acompañará a Pizarro- y Gonzalo Fernández de Oviedo –futuro historiador-. El capitán de las naves fue Giovanni Vespucci, sobrino de Américo Vespucio. Importante fue el acompañamiento del obispo Quevedo, quien llevó consigo preceptos, canónigos, sacristanes, un arcipreste, seis franciscanos, báculo, misales, sagrarios, incensarios, cálices, cruces de plata y pinturas de tema religioso (todo ello por valor de 1 mill de maravedís). El propio rey Fernando invirtió hasta 18 millones de maravedís y envió a 50 indígenas de La Española, conocedores de “la minería del oro”. La mayoría de los expedicionarios embarcaron al señuelo de “conseguir tierras, distinguiendo la infantería, los soldados de a pie y los de menor rango”. Se prohibió viajar a los hijos de los reconciliados y ajusticiados por la Inquisición –aunque siempre hubo excepciones-, ni a los abogados. (Armas p.398). Incluso, junto a Pedrarias, marchó Isabel de Bobadilla, quien prefería vivir en tierra hostil que sola y abandonada en Castilla esperando a su marido; pero no sabía en realidad hasta qué punto las condiciones de vida en aquel lugar eran extremas.

 

 

Capítulo 25 Juan Serrano, que posteriormente viajaría con Magallanes, fue designado piloto jefe de la flota. Tras pararse en la isla Dominica, enfiló hacia la actual Santa Marta, en Colombia. Cuando los indios avistaron las naves se prepararon, envenenaron las puntas de sus flechas y se pintaron el cuerpo. El notario Colmenares leyó los requerimientos: existía un Dios verdadero que a través del Papa había dado esas tierras a los reyes de Castilla. Luego los indios atacaron a los españoles y se marcharon. Oviedo supo que aquellos no habían entendido ni una palabra y prefirió guardarse hasta que tuvieran a alguien que se hiciera entender. A mediados de 1513 llegó a Darién, al oeste de la bahía de Urabá. Unos días después,  fue recibido como nuevo gobernador, por Balboa, que en su viaje al mar del sur había ganado hasta 13 millones de maravedíes. Después de que Balboa entregara un informe sobre todo lo que había hecho, fue sometido a un “juicio de residencia” por Gaspar de Espinosa. No obstante, al poco, Pedreiras sufrió de gota hasta quedar casi inválido.

El territorio de Urabá era increíblemente fértil. Los frutos brotaban al mes de estar plantados, lo que dejó boquiabiertos a los españoles, que provenían de una zona templada. Pero la situación geográfica era desfavorable y la gente enfermaba pronto, por “hambre o modorra” (mal del sueño). Además, hubo una plaga de langostas y no todo el alimento traído de España había llegado en buenas condiciones, ni siquiera salado. Esto produjo altercados entre colonos e indígenas y, al no haber un líder claro debido al enfrentamiento entre Balboa y Pedrarias, no se pudo afrontar la catástrofe con garantías. El rey intervino en ese debate. Nombró a Balboa adelantado de l amar del Sur y gobernador de Panamá y Coiba, pero siempre subordinado a Pedrarias. A partir de este momento el número de descubridores, caciques y lugares desborda nuestro estudio, pero no vamos a dejar de citar los casos más paradigmáticos.

Luis Carrillo, junto a Pizarro, se adentró por el río Anades, para solo capturar esclavos y no conseguir oro. Por otro lado, Juan de Ayora continuó la labor de Balboa: encontrar la parte más estrecha del istmo de Panamá, pero empleó demasiado la fuerza bruta y se granjeó implacables enemigos entre los caciques, contra los que ya no pudo comerciar, sino solamente luchar. Francisco Dávila fundó un enclave en Tumaca, territorio de la actual Panamá, pero tras enfermar abandonó la empresa.

El final del juicio de residencia y la multa que le impusieron dejó a Balboa sin fondos. Después recibió el documento que lo acreditaba como adelantado del mar del Sur y gobernador de Panamá; pero los enfrentamientos no acabaron ahí. Ambos discutieron acerca del modelo de colonización: no se engrandecía el poblado, simplemente se esclavizaban indígenas y se buscaba oro.

Al poco, Gapar de Morales zarpó a la isla de Terarequi, en el mar del sur y allí fue donde Pizarro escuchó hablar por primera vez del actual Perú. En esa encontraron la llamada “perla Huérfana” que Morales vendió a Pedro el Puerto, este a Isabel de Bobadilla, esta a Isabel de Portugal, esposa de Carlos V y, con el tiempo sería adquirida por José Bonaparte y luego por Elysabeth Taylor. Morales se adentró en territorio hostil hasta contactar con los Tutibra, los chichama, los garchina y los birú. Luis Carrillo y Balboa se adentraron hasta las cercanías de los Andes, donde sufrieron un enfrentamiento en el que el primero murió y al segundo le alcanzó una flecha en la cabeza que casi lo mata. Otro aventurero fue Gonzalo de Badajoz, que en 1515 se adentró hacia el mar del sur y perdió a la mayoría de sus 40 hombres, aunque esta expedición le reportó grandes cantidades de oro. Pronto regresó a Darién. Todas las iniciativas eran expediciones mal planificadas para obtener ganancias.

Tras su enfermedad, Pedrarias organizó su propia expedición de castigo contra todos los rebeldes que se habían sublevado en la zona; pero pronto contrajo hepatitis y tuvo que regresar a Antigua en 1517. Dejó a Lope de Olano la orden de construir un puerto en esa zona y a Espinosa como comandante de la expedición. Pero su botín no era pequeño: cien mil pesos y dos mil esclavos para venderlos en La Española… aunque aquellos a quienes dejó al cargo murieron pronto a manos de los caciques que volvieron a controlar la zona.

Para establecer la paz en la colonia, el obispo Quevedo impulsó el matrimonio de Balboa con la hija de Pedrarias, que estaba en un convento de España. Así se hizo, por poderes y al poco Balboa pudo de nuevo, junto a 60 hombres de Cuba y La Española, emprender nuevas misiones al mar del sur. En 1517 o volvería a hacer, junto a 200 españoles, 100 esclavos negros y muchos indios. En tanto, Gaspar de Espinosa continuaba sus expediciones por la sierra de Careta.

Balboa mandó construir una flotilla para esta expedición utilizando madera del Caribe. Acla se había convertido en el cuartel general de Balboa. En 1518 llegó a la costa del Pacífico y mandó constuir otros dos bergantines con los que se dirigió hacia la isla de las Perlas, situada frente a la orilla. Mientras tanto, Quevedo y Oviedo, ya en España, denunciaron ante Fernando y Fonseca que Pedrarias era negligente y estaba haciendo daño en las colonias. Ambos aceptaron sustituir al gobernador por Lope de Sosa, en aquel momento homónimo de Gran Canarias. Ante los sucesos inminentes, Pedrarias mandó a Pizarro arrestar a Balboa y envió un sustituto para dirigir a las tropas que este dirigía en la costa. Fue acusado del asesinato de Diego de Nicuesa en 1509 y de haberse apropiado ilegalmente de los poderes de Fernández de Enciso. Finalmente, él y sus más allegados fueron ejecutados en público en la plaza principal de Acla.

Desde 1514 Balboa había sido para Pedrarias un estorbo. Espinosa y Pedrarias tenían ahora libertad para explorar las tierras del Mar del Sur. En 1519 Espinosa llegó a la tierra que creía más estrecha “de la una mar a la otra” y lo convenció para fundar un enclave: Panamá, tomada en nombre de la reina Juana y del joven rey Carlos. Allí empezó a establecer colonos por encomienda a los pocos meses. Espinosa siguió hacia el norte, hasta descubrir el golfo de Noya. Pedrarias se propuso desmantelar completamente Darién, pero Lope de Sosa estaba a punto de llegar. La misma noche de su llegada falleció, mermado por las enfermedades del viaje. Isabel de Bobadilla, esposa de Pedrarias, aprovechó la coyuntura para ir a España cargada de perlas y apostar por su esposo como gobernador de Panamá frente a Carlos I, y así fue en 1520, con las Comunidades en pleno apogeo.

 

LIBRO SEXTO. CISNEROS

Capítulo 26 Fernando siguió viajando durante 1516. Desde Palencia marchó a Sevilla, para lo que tuvo que cruzar Extremadura, la tierra de Balboa, Hernán Cortés y Pizarro. Alojado en Madrigalejo la muerte alcanzó al rey católico. Fernando había unido Catilla, de la que era regente, y reinado en Aragón, anexionó Navarra para España y, gracias al Gran Capi´tan, Nápoles seguía siendo un virreinato de soberanía española. Aunque no existía el Consejo de Indias, ni se había conquistado México y Perú, el Imperio español se estaba fraguando sin un organismo oficial que lo administrase más allá de la Casa de Contratación, del obispo Fonseca y de su secretario aragonés, Lope Conchillos. No parece probable que Fernando tuviera mucha conciencia de lo que había descubierto (por qué muerte del rey p.422).

Aunque no fue el único rey, Fernando descuidó la situación de las Indias. Fonseca prefirió nombrar a miembros de grandes familias, solo por serlo (Ovando, Bobadilla, Ponce de León, Velázquez) que a hidalgos desconocidos (Colón, Balboa, Cortés). Diego de Colón seguía gobernando en La Española; Francisco de Garay (sucesor de Juan Esquivel), en Jamaica; Diego Velázquez lo hacía en Cuba y Juan Ponce de León en Puerto Rico. En tanto, Núñez de Balboa y Pedrarias gobernaban Darién y Panamá, mientras que Pedro de Córdoba proyectaba establecer una piadosa colonia cerca de la Costa de las Perlas, en Venezuela. Esta era la situación en el nuevo mundo a la muerte del rey católico.

No desistieron en las expediciones a las Antillas, Bahamas o Trinidad para conseguir esclavos con los que comerciar. Fray Antonio de Montesino y el sacerdote Bartolomé de Las Casas criticaban esta actitud.

El rey dispuso en su testamento que cedía todos sus territorios a su segundo nieto, Fernando, pero su secretario Zapata, el tesorero Vargas y Galíndez de Carvajal le aconsejaron justo lo contrario, elegir a Carlos de Gante como legítimo heredero y dejar a Fernando con los territorios patrimoniales de los Habsburgo en Austria… y quizá fue este el mayor error del Monarca Católico, porque Fernando habría sido un rey más castellano, más cercano a España y su Imperio. También se estipulaba que tras la muerte de Fernando y hasta la llegada de Carlos, el cardenal Cisnero desempeñaría de nuevo la regencia de Castilla, y el arzobispo de Zaragoza, Alfonso de Aragón, regentaría la corona aragonesa.

Cisneros partió de Alcalá a Guadalupe, recogió a Germana, el infante Fernando y al Consejo de Castilla y partió con ellos dirección a Madrid, donde todos se alojaron entre el alcázar y los claustros del convento de San Jerónimo. En Malinas se recibió una carta de puño y letra del rey católico.

Educado en Malinas y el ritual borgoñón del Toisón de Oro, en 1515 ( a los 15 años) fue nombrado duque de Borgoña por su abuelo Maximiliano, quien estaba totalmente orgulloso de él. El joven Carlos estaba acompañado por Margarita de Austria –su tía, prometida en un principio con Carlos VIII, quien la rechazó para casarse con la viuda Ana de Bretaña (su triste historia en p.427)-, Chiévres (chambelán del príncipe y jefe del gobierno de Flandes desde 1515 hasta 1520 y negociador del Tratado de Noyon, paz con Francia) y Adriano de Utrech (obispo de dicha ciudad y licenciado en teología por la universidad de Lovaina, a partir de 1507 preceptor de Carlos).

 

En marzo de 1516 Cisneros recibió la primera carta firmada por el infante Carlos. Poco después se oficiaron dos misas solemnes en la catedral de Santa Gúdula, en Bruselas, en nombre del recién fallecido Fernando “el Católico”. Allí mismo se gritó “Viva el rey” en nombre del joven Carlos, lo que iba en contra de lo dicho en el testamento, donde se lo nombraba gobernador junto a la reinante, su incapacitada heredera Juana. Tanto es así que Carlos pidió a Cisneros, llamado príncipe, y a todo su Consejo que fuera órgano regente solo hasta que él llegase. Esto levantó rumores y temores entre los grandes nobles. Cisneros no se escandalizó, dice, pues él mismo pensaba nombrarlo heredero a la corona de Castilla en Toledo… aunque al final lo hizo en Madrid. Cisneros fue firme en sus decisiones, destituyó a quien no lo apoyaba y movió las piezas del puzle como más convenía a la voluntad del rey católico: “confinó” a Juana y el joven Fernando y sometió a algunos nobles. Desde Flandes, Carlos mantuvo correspondencia con Cisneros para nombrar personas que hubieran sido favorables a su difunto padre, pero no hizo nada por partir hacia Castilla. En tanto, Cisneros creó una especie de cuerpo de policía, inspirado en la antigua Santa Hermandad, para intervenir contra los disidentes allá donde quisiera el “tercer rey de España”.

El 24-4-1516 Cisneros movió ficha y destituyó al obispo Fonseca, administrador de las Indias, más por corrupción que por su política en el Nuevo Mundo. Las Casas y Montesinos vieron cumplidas sus peticiones indirectamente. Además, se elevó un informe impactante sobre la situación de los indígenas en Cuba: padecían excesivo trabajo, estaban mal alimentados, se los empleaba como bestias de carga… Ante esta situación Las Casas elevó una serie de propuestas a Cisneros y Carlos, todavía en Bruselas: abolir todas las encomiendas y los trabajos forzosos, todos los gobernadores deberían ser sustituidos y deberían mantenerse las leyes favorables a los indios y se los debería agrupar en poblaciones que contasen con un hospital, pues, aunque libres, deberían seguir trabajando para los españoles. Esto puede parecer novedoso, pero es bastante retrógrado proponer sustituir a los indios por esclavos negros africanos. No obstante, propuso crear comunidades de hispanoindios que colaborasen en las mismas tareas, pues seguro que había muchos españoles pobres encantados de comenzar una nueva vida en las Indias. En fin, los 64 funcionarios necesarios para aplicar el programa costarían cerca de 3 millones de maravedís al año. Además, recordó la voluntad que Isabel expresó en su testamento: “trátese con benevolencia a los Indios”. Pidiendo auxilio a su consejero en asunto de indias, Francisco Ruiz el Abulense, Cisneros intentó favorecer las peticiones de Las Casas en detrimento del recién llegado a España, Pánfilo de Narváez que criticaba constantemente las propuestas de Las Casas.

 

 

 

Capítulo 27 Cisneros señaló a Calos que los naborías eran hombres lkibres, no esclavos, y que debían ser tratados como tales, denunció la actitud de Fonseca y Conchillos, aunque sin citarlos. Le pidió, en definitiva, que los jerónimos (pureza de sangre y fama de buenos administradores) formasen un gobierno en La Española. Cisneros, junto a una comisión en la que también estaba el cardenal Adrian, inquisidor de Aragón, y el obispo Ruiz de Ávila, acordó que los indios tenían alma, pero un nivel cultural muy bajo que obligaba a España a convertirlos y a civilizarlos. Se eligió a tres nuevos monjes para dirigir los asuntos de Indias: San Jerónimo de Buenaventura, Luis de Figueroa y Bernardino de Manzanedo. Los derechos de los indios deberían ser preservados: a la vida, a no ser maltratados, a la seguridad personal, a la dignidad, a la cultura, pero no a su religión.

Poco antes de disolverse la comisión, los emisarios jerónimos habían empezado a rebelarse contra los deseos de Cisneros. Las Casas y Palacios Rubio no cejaron en su intento. Consiquieron al final que los priores actuaran en La Española como altos funcionarios, no como gobernadores o jueces, solamente como protectores de los indios en todos los territorios, desde Puerto Rico y Martinica a Daren y de allí a las Bahamas. Las Casas no partió en el mismo barco que los jerónimos, con quien sí fue Gonzalo de Sandoval, protagonista de la conquista de México. Luis Fernández de Alfaro era copropietario de la San Juan, barco en el que viajaron los eclesiásticos. Él sería un socio importante en las actividades vinculadas a la conquista de México por Cortés.

Mientras en 1516 continuaba Diego Colón en España y su esposa María de Toledo, como administradora  de la isla con los jueces como verdaderos gobernadores, el comercio de esclavos continuaba, acciones que fueron denunciadas en la zona de misiones. Una de las más numerosas fue la acontecida en Darem por colonos cubanos y otra en Trinidad por autoridades de La Española, efectuada por Juan Bono de Quejo.

Los priores jerónimos llegaron a Santo Domingo en diciembre e 1516. Concertaron una reunión con los jueces, el tesorero, el secretario y los regidores de la isla. Las Casas llegó unas semanas después. Supieron que parte de la población de La Española descendió de 12.000 a 6.000, pues el resto había marchado a buscar mejor suerte a Cuba; pero más acusado era el descenso de indígenas: de 1,2 millones, a unos 40.000… el sistema de encomiendas era un modo de explotación legal. Los priores procuraron atender las peticiones de Cisneros: intentaron alejar a los indígenas de las minas para instalarlos en poblaciones con plaza, iglesia y hospital. No había que pedirles que buscasen oro, sino que cultivasen la tierra, pues el problema era la escasez de mano de obra, la escasez de alimentos, el sofocante calor y la sensación de lejanía. Desde ese momento, daba igual la escusa que se diese, se prohibió el comercio de naborías, aunque no el de los caribes (los caníbales).

Se hizo una investigación en la que preguntaron a las personas más antiguas de La Española si los indígenas deberían ser libres, tenían la capacidad o no de ser independientes y vivir como civilizados entre los españoles. Algunos argumentaban que ya construían sus ciudades y vivían en sociedad antes de que llegaran los colonos, otros creían que solo vagabundearían, se tirarían a los vicios y otros que serían agresivos. No había posturas afines. Los priores jerónimos estaban llegando a una interesante conclusión: como los indígenas estaban expuestos a duras situaciones climáticas, pedían que se trajesen negros desde Cabo Verde o Guinea, creando así un triángulo comercial que, eso sí, beneficiaría a terceros, algo con lo que no simpatizaban los flamencos.

La situación era crítica. Las Casas partió a España con cartas de Pedro de Córdoba, los franciscanos y los dominicos reformados, el proceso de los jerónimos le parecía bastante lento. Zuazo, por su parte, informó a Cisneros de que los indígenas no podrían acomodarse al estilo de vida castellano, pero tampoco se los podría tener en encomiendas con ese régimen de trabajo porque resultaría un exterminio. Él decidió retirarse al convento de Santa Marta, cerca de Zamora y olvidarse del asunto de Las Indias.

Las Casas y fray Francisco Ruiz asesoraron en todo momento a Cisneros quien (p. 453) modificó notablemente su política en las Indias, adonde quería enviar jornaleros andaluces y permitir el comercio de esclavos, pero siempre que se los tratara bien en su lugar de origen. Respecto al comercio de negros africanos, prefería esperar a la llegada del príncipe Carlos. En agosto de ese año dejó a Adrian en Madrid y partió hacia Aranda del Duero, donde se encontraría con el príncipe Carlos.

Un mes después partió Carlos desde Middleburgo con una flota de cuarenta naves, con Haller de Nuremberg en representación de los Fugger a bordo de su navío. En un principio desembarcarían en Santander, pero fueron a parar a Asturias. Allí desembarcó junto al muy influyente Francisco de los Cobos. Allí no estaban preparados para su llegado y les ofrecieron lo que pudieron. En agradecimiento, el príncipe, como a caballeros, los eximió de impuestos. Después fueron hacia Llanes (donde fue recibido por Antonio de Rojas, presidente del Consejo del Reino) y Santander. En el camino Chievres, en nombre de Carlos y traducidas por Cobos, escribía cartas a Cisneros para que permaneciese en Aranda del Duero. Al final concertaron que se verían en Valladolid. Carlos enfermó y decidió partir pronto hacia Tordesillas, para ver a su madre. En el camino le rindieron honores Fonseca, Adrian y el Condestable de Castilla. Todos parecían querer unirse pronto al nuevo poder. En tanto, Cisneros enfermaba en Roa. Junto a su madre, escribió una carta a Cisneros para verse en Mojados, donde le agradecería los servicios prestados y le concedería un justo retiro para descansar, pero antes de recibir esta carta, el cardenal falleció el 8-11-1517.

 

 

LIBRO SÉPTIMO. CARLOS I DE ESPAÑA Y V DE ALEMANIA

Capítulo 28–         Los dieciocho meses de regencia de Cisneros habían posibilitado una transición pacífica para que el nuevo monarca, joven y extranjero, se hiciese con el control de la situación; pero la llegada de Carlos contribuyó a que España entrara al Renacimiento en el seno de la civilización europea. Chièvres confirmó en sus cargos a la mayoría de miembros del Consejo del Reino: obispo Fonseca, arzobispo Rojas, Lorenzo Carvajal, Luis Zapata y Francisco de Vargas. El intermediario en esta operación fue Cobos.

En Valladolid, Las Casas y Montesino coincidieron con el cortejo real de Carlos. Propusieron que el territorio de las Indias debería ser dividido en provincias. Dos visitadores y un alguacil inspeccionarían cada poblado una vez al año. Los esclavos serían bien tratados y podrían casarse si contaban con la aprobación de su amo. Estas ideas pudieron verse influidas por Utopía, de Tomás Moro, un proyecto inviable para un Nuevo Mundo que se escapaba de las manos.

Chiévres sustituyó a Fonseca en la dirección administrativa de las Indias en 12-1512. Según los indianos que ya le escribían, cuatro eran las causas del descendimiento poblacional en La Española: los cambios de gobernadores, el traslado constante de grandes grupos de indios, los procesamientos de los colonos y que hubiese en las Indias menos oro del esperado. También estos contemplaban la idea de traer negros a las islas. Gorrevod quiso colonizar aquella zona llamada “del Yucatán” con flamencos, pero el rey no le dio permiso. Fonseca pensaba que el sistema de encomiendas debía continuar. Los priores jerónimos pidieron al rey que les diera facultad para negociar la venida de negro de Cabo Verde y Guinea. Zuazo urgía la llegada de matrimonios para asentar y colonizar esas tierras. Debería fomentarse la inmigración ilimitada, con la única condición de ser cristiano. Él también recomendaba la repoblación de esas tierras con negros africanos. Añadió que cerca de Santo Domingo ya había plantaciones de azúcar. Un juez informó que de 15.000 bahameños, habían muerto ya 13.000.

Francisco de los Cobos había sido nombrado como sustituto de Conchillos en la secretaría para las Indias. El rey y él tuvieron que enfrentarse a las continuas peticiones que Gorrevod hacía respecto al Yucatán, tierra que, decía Diego Colón, pertenecía a él por herencia y derecho, aunque aún no había sido siquiera explorada, no digamos conquistada para establecer asentamientos flamencos. Cobos comenzó siendo contador mayor en Granada en 1510 para luego pasar a ser secretario del rey en 1517.

A principios de 1518 Carlos convocó las Cortes, donde participó el procurador de Burgos, Juan Zumel y un tal García de Padilla, miembro del Consejo del Reino. Con esto quería conseguir fondos del reino. Le urgieron a casarse con Isabel de Portugal y a conservar el control de Navarra contra Francia. Así consiguió Chievres y Carlos un subsidio de  225 millones de maravedís al año durante los tres siguientes. Carlos fue proclamado rey en San Pablo, Valladolid, iglesia de un convento dominico.

En mayo de 1518 Carlos convocó cortes en Aragón. Poco antes Fernando, el hermano de Carlos, lo abrazó por última vez para ir a Flandes, donde sería nombrado archiduque , duque de Austria, Brabante y Tirol y solo conocería el ambiente de la corte castellana a través de su correspondencia con Martín de Salinas.  Se acordó que el subsidio de Aragón al rey sería de 750 millones de maravedíes.

Mientras esto sucedía, Las Casas terminaba de escribir otra de sus memorias en las que proponía una utopía más que un plan estratégico viable: fin de las encomiendas, impulso al comercio de los negros para sustituir a los indios, a los que se haría libre, y toda una serie de fortalezas concatenadas a lo largo de la costa continental del Yucatán. En La Española parecía llegar el fin de la autocracia, pues se propuso que los procuradores fueran elegidos por los mismos colonos, divididos siempre entre “pasamontistas” y “colonistas”. Vázquez de Ayllón fue elegido para representar a las Indias en Castilla. Las peticiones que llevaban comprendían la supresión de enviar indios a las minas y solo se podría tener a ochenta por encomienda. Además, Santo Domingo debería reducir su autoridad respecto al resto de las islas y la corona debería invertir en factorías azucareras.

A la muerte de Le Sauvage, Fonseca y su protegido, Cobos, redactaron dieciocho decretos. En ellos se suspendía al juez Zuazo de empleo y sueldo y lo obligaron a abandonar las islas. Todo lo hicieron con presteza porque eran conscientes de que Mercurino de Gatttinara, saboyardo protegido de la archiduquesa Margarita, estaba a punto de llegar a España.

En tanto, Las Casas seguía lidiando. Buscó el apoyo del cardenal Adrian, aún en España y de Charles de Laxao; pero fray Pedro de Córdoba, desde Santo Domingo, aconsejaba que se vendiese a los indios y se los dejase marchar de tanta masacre como estaba sucediendo. En España, tanto el rey Carlos, como Zuazo, Las Casas, Fonseca y Adrian eran conscientes de que la única solución a la carencia de mano de obra era la importación de negros africanos. En la Casa de Contratación de Sevilla se acordó que serían, para las cuatro grandes islas, unos cuatro mil africanos. Carlos creyó que con esta medida salvaría la vida de muchos indios inocentes. Se le concedió la dirección del negocio a Gorrevod, que ya exigiera colonizar Yucatán con flamencos. Vendió parte de los privilegios a una serie de mercaderes genovés, entre los que cabe destacar a Fornari, Agostín de Vivaldi y Gaspar Centurión. Las Casas no estaba de acuerdo con que se le concediera el negocio a Gorrevod, pero su voz aquí no tenía tanta autoridad. Aquí se inició el comercio de esclavos a gran escala durante tres siglos y medio, hasta los años sesenta del siglo XIX.

 

 

 

Capítulo 29 El retorno al poder del obispo Fonseca en Castilla, como consecuencia de la muerte de Le Sauvage, no impidió la interminable proliferación de documentos y propuestas para la mejor de las condiciones de vida en las Indias. Por ejemplo, se dio la oportunidad de viajar como colonos a aquellos que eran muy pobres en España. Además, Carlos pidió a la Casa de Contratación que concediese algunos privilegios a todo agricultor que solicitase ir al Nuevo Mundo.

Las Casas siguió presionando: pidió una autorización real para la fundación de poblados de indios libres que viviesen como españoles: pagarían tributos, pero no estarían asignados a determinadas encomiendas. Además, siguiendo a fray Pedro de Córdoba, propuso que todas las tierras españolas del “mar del Caribe” fuesen de control estricto de las órdenes mendicantes. Además, para reclutar gente, Las Casas recorrió muchas poblaciones de Castilla predicando el proyecto que se iba a concebir y la libertad que iban a ganar en aquellas tierras. Después partió a Zaragoza, donde informó a Fonseca de que había reclutado hasta a 3.000 hombres.

Al tiempo, Mercurino de Gattinara, nombrado canciller (antes, miembro del Consejo Privado de Catalina), llegó en octubre de 1518. Lo primero que hizo fue racionalizar los consejos de Estado, de Aragón y de Nápoles, pero su mayor proyecto era diseñar una política coherente respecto al Nuevo Mundo. Fue portavoz de Carlos ante el Sacro Imperio Romano y dio un giro a las directrices francófilas de Chiévres y Le Sauvage.

Fonseca supo que el régimen de los priores en Santo Domingo había fracasado y convenció al rey para que decretase oficialmente su fin. Rodrigo de Figueroa (no creemos que fuera familiar de Luis de Figueroa, el prior de La Mejorada) fue nombrado nuevo gobernador y Las Casas fue nombrado primer secretario de Figueroa, acompañándolo durante los debates con los consejeros del rey en Zaragoza… Fonseca quería alejar al rebelde sacerdote de España (p.487). Figueroa cuidaría del flujo de barcos entre las dos orillas, cuidaría de no apresar a ningún indio que no fuera Caribe, investigaría la expedición de Juan Bono a Trinidad y declararía libres a los habitantes de Bahamas.

En el peor momento, 1518, la primera epidemia de viruela asoló el nuevo mundo. La consecuencia inmediata: aumento de la demanda de indígenas de las Bahamas y de esclavos de la Costa de las Perlas. Las deliberaciones sobre las Indias se interrumpieron en Zaragoza, donde las cotes concedieron ya su dinero a Carlos. Pocos días después murió el emperador Maximiliano, lo que dispuso a Carlos I en la mejor posición para acceder a la corona del Sacro Imperio, frente a la candidatura de Franscisco I apoyado por el Papa. En Barcelona Carlos se disponía a recibir los respetos de la ciudad condal y sus más altas dignidades. En el coro de la catedral habría diez noblez españoles de la hermandad del Toisón de Oro. Toda la atención se centró en Aquisgrán. Las Indias pasaron desapercibidas durante un tiempo.

En tanto sucedía esto en Centroeuropa, Álvarez de Pineda exploraba, en 1519, la región entre el Missisipi y Florida y Diego Velázquez, encomendando la empresa a Cortés, decidía investigar las tierras atisbadas por Fernández de Córdoba y Juan Grijalva. Gattinara y Laxao siguieron en contacto con Las Casas, quien recibió el permiso del rey para conformar una comisión que tratara el asunto de la costa norte de Sudamérica. En su proyecto concibió el envío de cincuenta colonos “caballeros de las espuelas doradas”, doce misioneros franciscanos o dominicos y diez intérpretes indios. Podrías buscar tesoros y entregarían 1/5 al rey.

En el mismo momento de este debate se nombró Emperador del Sacro Imperio, con el nombre de Carlos V, a Carlos I de España, a quien el Papa no apoyaba porque ya era también rey de Nápoles… Gracias, sobre todo a las intercesiones entre la archiduques a Margarita, la tía de Carlos, con Jacob Fugger (pero también a otros muchos banqueros), ese pudo ser elegido emperador (p.494). El conde del Palatinado y el hermano del duque de Baviera llegaron al poco a Barcelona con el original de la declaración que lo acreditaba como tal y le pedían se trasladara a Alemania para ser coronado.

El 10-8-1519, Rodrigo de Figueroa llegó a Santo Domingo en calidad de nuevo gobernador y regresaron los dos jerónimos que aún quedaban en las sufridas y sofocantes Indias españolas.

 

 

 

Capítulo 30–         En 1519 España tenía un rey encantado de ser emperador pero que consideraba que sus dominios se reducían a Europa. Eso sí, Carlos afirmó una vez: “somos señores de las Indias occidentales, las islas y los continentes de la mar Oceána descubiertos o por descubrir”, para diferenciarlas ya de las Indias orientales. La relevancia de estas colonias estaba en el aumento exponencial de sus exportaciones de oro desde 1510.

A las islas del Caribe se dirigió Rodrigo de Figueroa, un juez zamorano para sustituir a los priores jerónimos. No contó con la colaboración de Bartolomé de las Casas. Figueroa, al llegar, comprobó que solo había unos mil colonos en las islas, el resto se había marchado a la más prometedora Cuba. Nada más llegar construyó un molino de azúcar en su encomienda de Azúa, la nueva ciudad donde Hernán Cortés había sido escribano en tiempos de Ovando.

En tanto, Las Casas consolidaba una nueva versión sobre la política indiana: convertir a los indios de la costa septentrional de Sudamérica a través de la fundación de diez ciudades, en las que invertiría la corona hasta nueve millones de maravedís. El proyecto fascinó al canciller Gattinara. También Diego Colón le prestó su apoyo, ya que el plan implicaba renovar su poder, pero el obispo Fonseca contraatacó incansablemente durante todo ese año. Al final , Gattinara dijo a Las Casas: “El señor obispo mucha cólera tiene; placerá a Dios que este negocio habrá buen fin”.

Por entonces ya se aludía a un Consejo de Indias, cuyo presidente era Fonseca y staba integrado por Luis Zapata, Gatinnara y Francisco de los Cobos, como secretario. Por eso, Las Casas comprendió que debía hacer alguna concesión para evitar la posterior oposición por parte de Fonseca y de sus amigos, decidió excluir de su proyecto el control sobre las perlas de Cubagua, en la actual Venezuela, reduciendo así las riquezas, aunque no la extensión del territorio que pretendía.

Con objeto de investigar las ventas ilegales de lucayos (de esclavos indígenas) al norte de La Española se nombró a una serie de funcionarios. Todo indicaba que había muchos casos de venta de esclavos cuando, en realidad, lo que se habían producido habían sido intercambios. Además, Figueroa llevó a cabo el juicio de residencia del juez Zuazo, quien había concedido licencias para capturar esclavos sin comunicarlo a los jerónimos y favoreciendo a sus amigos. El canibalismo y la sodomía, en cualquier caso, seguían siendo justificaciones para un un español pudiese capturar a cualquier indio, fuera o no un Caribe (un caníbal).Testigos de dicha investigación fueron los constructores de nave, los mercaderes y todo tipo de personas en la isla. En Venezuela había ocho tipos de tribus, cuatro de ellas “caníbales”. Al final, quedó su captura totalmente autorizada, siempre y cuando se obtuviese la oportuna licencia; pero, por su parte, se restableció la ilegalidad de la venta de naborías (es decir, indios “buenos”). También la investigación determinó la debilidad de las órdenes franciscana y dominica en el control de la situación, por lo que corrían riesgo de desaparecer.

En cualquier caso, fuese el que fuese el resultado, lo que preocupaba a Figueroa era que si quería tratar bien a los indios habría que renunciar al sistema de explotación de encomiendas. Pero, si renunciaba a las encomiendas, la mayoría de los castellanos dejarían las Indias. Al margen de estos pensamientos que apabullaban al nuevo gobernador, entre 1519 y 1520 se organizaron 34 flotillas que partieron en busca de esclavos, hasta capturar unos 1500.

Lejos de allí, Las Casas era quien dictaba la política, aunque no las actividades concretas, que había que desarrollar en las Indias, por eso estaba permanentemente en la Corte. El Consejo del Reino lo apoyó en su larguísima disputa con el obispo Juan de Quevedo, quien estuvo con Pedrarias en Darién. Asimismo, Diego Colón y Zúñiga terciaron a favor de Las Casas. Luego, Ruiz de la Mota fue a ver al rey y le contó todo lo ocurrido entre fray Las Casas y el obispo Quevedo, sugiriendo que acaso el monarca quisiera escuchar lo que  el primero tenía que decir acerca de las Indias… y aceptó.

En la sesión, el rey estuvo rodeado de Chiévres, Gattinara, el obispo Ruiz de la Mota, el licenciado Agustín Aguirre y el historiador Oviedo. Este aspiraba a conseguir tierras en Santa Marta, Colombia. Quevedo dijo que la situación en las Indias, con Las Casas al mando, era insostenible pues en Darién por poco no mueren de hambre y añadió que los indios son esclavos a natura. Las Casas añadió que eso no era así y que la población indígena estaba descendiendo por guerras injustas y por un exterminio indiscriminado hacia la población india, únicamente para explotarlos en las minas y encomiendas. Añadió que si la religión cristiana predicaba el mismo trato para todo, entonces no había nadie que pudiera ser “esclavo por naturaleza”, como decía Quevedo y que convenía recordar que Jesucristo murió por todos los pueblos de la tierra, también por estos que habitaban el Nuevo Mundo. Elocuencia tal convenció a Gattinara y al mismísimo rey, quienes aprobaron sus proyectos.

Tanto Fonseca como Oviedo se opusieron a estos planes y redactaron una relación de treinta objeciones a las propuestas de Las Casas, pero con la muerte de el segundo en la navidad de 1519 se aplacó la situación y se puso a favor del fraile.

 

 

 

Capítulo 31 La cuestión de lo que iba a pasar en el imperio alemán se estaba convirtiendo en la mayor preocupación de Gattinara, Chiévres y Carlos. Los electores de Maguncia y Sajonia escribieron a Carlos apremiándolo a que acudiera rápidamente a Aquisgrán. En 1520 fue también el año en que Suleimán I llegó al trono otomano y revocó la política conciliadora de Selim I, que hasta enconces solo había deseado atacar Persia y Egipto, y no al imperio Cristiano.

Antes de partir, el secretario Cobos convocó las Cortes Castellanas en Santiago el 20 de marzo. Esto era porque el rey quería estar cerca de La Coruña, el puerto en el que embarcaría, y quizá también quería estar lejos de un lugar tan peligrosamente bullicioso como Burgos. Al mismo timepo, Valladolid era un hervidero de rumores: ¿iba quizá el rey a la Coruña para abandonar España para siempre?. Después de haber visitado a su amargada madre y dejarla al cuidado del Marqués de Denia, partió a Galicia.

Ruiz de la Mota le dijo a los procuradores que el rey se disponía a partir para Benavente y allí se los volvió a recibir. Pero en esta ocasión solo vieron a Antonio de Rojas, arzobispo de Granada y presidente del Consejo del Reino, y a Padilla, que les dijo que no se metieran en los asuntos del rey. A la mayoría de cortesanos les parecía un error celebrar Cortes en Santiago, un lugar remoto. Ruiz de la Mota enalteció la postura del rey mediante un discurso imperial, nunca mejor dicho. Ahí acuñó el término “Plus Ultra” y también nombró a emperadores como Trajano, Adriano y Teodosio: “Ahora, el imperio, vino a buscar a la España del Rey de Romanos y emperador”. Acto seguido Carlos añadió: ciertas necesidades me obligan a partir a unos viajes. La decisión debe tomarse partiendo del debido respeto a la religión, cuyos enemigos han crecido tanto que ni siquiera la tranquilidad de la comunidad ni la dignidad de España ni el general de mis reinos están dispuestos a tolerar tal amenaza. Pero es difícil que existan o se mantengan, a menos que una a España con Alemania y añada el título caesar al de rey de España”. En estas palabras se resumen sus pretensiones para los siguientes años. Juró volver antes de que se cumplieran tres años y no nombraría más extranjeros para ocupar cargos en España.

Los nobles de Galicia salieron de su antiguo letargo para exigir que sus cidades también enviaran procuradores a Cortes ¿Por qué debían limitarse las Cortes de Castilla a los representantes de unas pocas ciudades castellanas y no acoger a los de Santiago o La Coruña?. La corte dejó Santiago y se dirigió a La Coruña. Carlos ordenó a las Cortes, es decir, a los procuradores, que se reunieran con él allí. La Coruña  tenía, por entonces, un puerto bastante pequeño, pero era perfecto para salir hacia el norte con rapidez.

Se convenció a los procuradores del subsidio y se nombró a Diego Colón como gobernados de las Indias sin definir de forma clara cuáles serían sus poderes y atribuciones, pues iba a ser gobernador y virrey de la isla La Española, así como de todas las demás islas que el Almirante, su padre,  había descubierto en aquellos mares; pero en realidad no iba a cambiar nada. Los “tenientes del gobernador” se convertirían en gobernadores de los mismos territorios, Diego estaría muy lejos, como una especie de distante tribunal de apelación. Para entonces, Diego había establecido una alianza con Las Casas, al que había garantizado que él en persona trabajaría por la evangelización de los indios en el continente. El territorio que Las Casas seguía considerando que debía desarrollar era el que se extendía desde Santa Marta a paria, es decir, la mayor parte de la costa, lo que hoy sería la mayor parte de Colombia y toda Venezuela. Además, garantizó que pacificaría y convertiría a los indios puestos bajo sus auspicios y que los organizaría en pueblos en un plazo de dos años. Al tiempo, el rey también dio instrucciones a Figueroa de liberar a los indios que hubieran de ser liberados “con toda la celeridad que sea razonable”.

Lo más importante de aquellas Cortes fueron las noticias traídas por  Montejo y Hernández Portocarrero, quienes en 1518 viajaron con Cortés a Veracruz. Trajeron un notable tesoro e informaron de que en ese lugar, Cortés estaba construyendo un asentamiento estable en el continente con solo 600 hombres. Se lo condenó, en general, por rebelión contra el gobernador de Cuba, Velázquez. Ya había hablado Ruiz de la Mota de aquella tierra como “la del oro”. Este, regalado por Moctezuma a Cortés, fue guardado en la Casa de Contratación. El consejo del Reino discutió las demandas de estos dos procuradores que pedían licencia a Cortés para continuar con sus proyectos sin subordinación a Velázquez. Al final, ni se le dio ni se le quitó el permiso, simplemente se le dio diez mil pesos para sus gastos… lo que era un apoyo tácito.

Carlos partió a Alemania y en España, dentro del Consejo de Castilla, quedaba un subcomité de Indias, subcomité inmediato del gran Consejo de Indias, en el que estaban Fonseca, Francisco de Vargas, Juan, arzobispo de Zaragoza, Mendoza y Pedro de los Cobos, entre otros.

 

 

Capítulo 32 Carlos se detuvo en Inglaterra y luego en Flandes. Martín Lutero tenía puestas esperanzas en él, pero sus publicaciones estaban escandalizando a Roma, donde el Papa ya estaba preparando unas bulas condenatorias hacia su persona. El 23-10-1520 fue coronado emperador en Aquisgrán. Allí exhibió algunas de las riquezas que habían traído los procuradores de Cortés desde México.

En la Dieta de Worms, el emperador Carlos V se reunió con Lutero, que tenía un salvoconducto y estaba protegido por el elector Federico de Sajonia. Se presentó a sí mismo como un hombre que dirigía la revolución. Esto causó gran impacto. Aquí comenzó la reforma de la iglesia protestante.

Otros problemas llamaban a la puerta del Imperio. El rey Franciso I de Francia declaró la guerra a Carlos  cuando mandó tres carabelas transatlánticas que interceptaron otras tantas españolas que arribaban del Nuevo Mundo. Carlos forjó una alianza con el papa León X contra el rey galo, pero también se preparó un edicto contra Lutero. Europa estaba en plena ebullición.

Chiévres murió en mayo y fue reemplazado como gran chambelán por Enrique de Nassau, que nunca tuvo su misma influencia. El rey comenzó a apoyarse más en experimentados secretarios de nivel “internacional”, por así decirlo.

Mientras Carlos cosechaba éxitos en el Sacro Imperio, España parecía desmoronarse. En mayo de 1520, nueve días después de que Carlos marchara a coronarse emperador, comenzó en Segovia una revuelta en toda regla, la de los comuneros, los hombres de las comunas de las ciudades y que proclamaron pacíficamente “la comunidad”, la independencia. El cardenal Adrian de Utrech, regente nombrado por Carlos, llegó a Valladolid con el Consejo del Reino. El arzobispo de Granada Antonio de rojas, el presidente, ya estaba allí, con el experimentado condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco, quienes debatieron el problema. Proclamaban muchas peticiones (apuntes de Salazar), pero destacaba aquel argumento de que Carlos no tenía derecho a reinar mientras su madre viviera. Adrian hizo concesiones inteligentes, el rey renunciaría a las subvenciones que se habían votado en La Coruña. Luego, desde Flandes, Gattinara nombró dos regentes castellanos, para acallar los rumores contra los extranjeros: Íñigo Fernández de Velasco, condestable de Castilla, y Fadrique Enríquez, almirante.

(Desarrollo somero de la Guerra de las Comunidades y Germanías) Fue la última vez que las ciudades intentaron dirigir el rumbo de los acontecimientos: desde entonces se encargaron de ello la corte y la monarquía. Con el rey de viajes, España en llamas y Adrian preocupado por las rebeliones, el poder respecto a las Indias quedó en manos de Fonseca, a pesar de que él mismo había abandonado sus deberes durante semanas. De igual forma, cuando la corte se restableció finalmente, Las Casas obtuvo concesiones. Estaba ya listo para embarcarse otra vez hacia el Nuevo Mundo, pero la rebelión de los comuneros le impidió salir de Valladolid. No obstante, tuvo tiempo para refinar sus planes, con el apoyo del cardenal Adrian.

A Santo Domingo llegó la noticia de que Diego Colón era restituido, por Carlos V, en su puesto de gobernante en las Indias. El licenciado Lebrón efectuó la residencia de Figueroa por sus abusos en el poder en lo que respecta a los indianos. No obstante, nada más llegar, Las Casas tuvo que enfrentarse a una gran revuelta inconexa con él, pero que le competía. Flores, que todavía estaba en Cubagua, había tratado sin éxito sofocarla, donde un grupo de caribes se rebelón cuando asesinaron a su cacique, Melchor. Los españoles se hicieron con 50 taínos, que fueron vendidos. Al final se los sometió con violencia.

Diego Colón gobernaba, Las Casas proyectaba, pero el viejo tesorero, Pasamonte, seguía planteando demandas imperiosas que no encajaban en su pensamiento del Nuevo Mundo. Antes de que en el Caribe supieran que Carlos V, de vuelta en Valladolid, había limitado el radio de acción de la búsqueda de perlas para las Casas, este logró hacerse a la mar con ciento veinte soldados y frailes bajo su control. Esos hombres solo lucharían con los indígenas del norte de Sudamérica en caso de que el fraile certificara que no podía adoctrinarlos en la fe, en el resto de ocasiones el papel evangelizador debería primar sobre las armas. Cuando llegó allí, Las Casas se dirigió a los pocos españoles que quedaban en la costa, pero ninguno o muy pocos aceptaron seguir bajo esas condiciones climáticas y mucho menos bajo las exigencias de un fraile, excepto los franciscanos que lo recibieron con alabanzas. Las Casas tampoco logró controlar a los comerciantes clandestinos de esclavos y perlas, y también tuvo problemas con Francisco de Vallejo, nombrado por los priores de Santo Domingo.

Las Casas decidió partir a la capital para presentar sus quejas en persona. Aprovechando su ausencia, Francisco de Soto comenzó a buscar oro, luego perlas y, finalmente, también esclavos. La posibilidad de establecer en aquellas tierras una nueva y dorada utopía parecía cada vez más remota. Una vez las Casas se hubo marchado, los indios de Cumaná se rebelaron contra los monjes, ataque que conllevó la muerte de Soto.

En tanto, Juan Ponce de León había emprendido un viaje en 1521 a Florida con doscientos cincuenta hombres en cuatro barcos. Allí resultó herido de una flecha envenenada y murió cerca de La Habana. En 1522 Carlos dejó Bruselas y retornó a España vía Inglaterra.

 

 

LIBRO OCTAVO. NUEVA ESPAÑA

Capítulo 33 Nadie conoció a los aztecas o incas antes de 1518. El único rasgo común de los pueblos de Mesoamérica, término acuñado por Richard Konetzke, es el término que define a su espacio geográfico y que ocuparen aquellas tierras sobre el 1500. Allí se hablaban hasta 500 lenguas diferentes y vivían unos 8 millones de indios.

En el golfo de México surgieron las pirámides en los centros ceremoniales; los sacrificios humanos en la cumbre de estas, los juegos de pelos, el arte basado en las figurillas de arcilla, los jeroglíficos, la aritmética vigesimal, el calendario solar y la pasión por el jade.

Los olmecas (1200 a.C.- 600 a.C.) practicaron la escultura de cabezas de piedra, tallas de jade, la astronomía, la primitiva escritura y los jeroglíficos en sello cilíndrico. Poblaban la costa y su nombre significaba “goma” en náhuatl, lengua que se convirtió en la más común del territorio centroamericano. No sabemos si tenían o no un imperio, pero lo que sí es seguro es que desconocían tanto la rueda, como los animales domésticos.

Los mayas (250-900) sigue pareciendo la más refinada de las que precedieron a la cultura europea en América. Conocidos son los bajorrelieves de Palenque, los palacios de piedra, las perfectas bóvedas de cañón, sus matemáticas, el calendario solar y el uso de las plumas de pavo para adornar sus vestimentas. Tallaban la piedra con elegancia y contaban con decenas de ciudades ceremoniales, como Tikal. En la agricultura, destaca la técnica de la “tala y quema”. Llegaron a ser alrededor de un millón de personas. Adoraban a ciento sesenta dioses y contaban con el más espectacular de los templos en América, el dedicado al Sol en Palenque. Sigue siendo un misterio por qué desaparecieron. Se cree que pudo ser por la invasión de algunos pueblos del norte, por desastres naturales o porque dejaron de creer en sus dioses.

La cultura te Teotihuacán, sin ninguna relación con los mayas, surgió con la caída de los primeros. Su población llegó a ser de una doscientas mil personas en el 600 d.J.C.. Construyeron grandes palacios, varios mercados y un sistema de alcantarillado. En la misma ciudad existía una avenida de los Muertos y varias pirámides dedicadas al sol y a la luna. La planta regular de los planos de sus ciudades habría impresionado al mismísimo Vitrubio. Imperaba una teocracia con la serpiente emplumada de Quetzalcoatl. Practicaron la agricultura, como los olmecas, que se basaba en los jardines flotantes, las terrazas y los campos irrigados. Su influencia cultural se extendía tan lejos como Honduras hacia el sur y Colorado hacia el norte.

Los toltecas tenían su capital en Tula. Dominaron el valle de México durante lo que en Europa llamaríamos Alta Edad Media, entre el 1000 y el 1200 d.C. Usaban la lengua náhuatl, eran belicosos y construyeron impresionantes ciudades, como Chichén Itzá. Decían que Quetzalcoatl, su dios, huyó de Tollán, tradición que heredarían los Aztecas. Rendían, además, culto a la muerte. Cayeron alrededor del 1175.

Los méxicas o aztecas era un pueblo nómada del norte, de un lugar llamado Azatlán o lugar de las grullas. Divididos en clanes o calpulli llevó un siglo llegar al valle de México. Cuando llegaron ellos el pueblo dominante eran los tepanecas, que ejercían su autoridad exigiendo tributos y amenazando con la guerra. Establecieron el centro de su futuro imperio en el lago de Tenochtitlan. Los sacerdotes dijeron haber visto un águila sentada en un cactus devorando una serpiente y lo interpretaron como una clara señal de que ahí debían instalarse. Rendían culto a Quetzalcoatl y a Tlaloc. Practicaron el comercio de la obsidiana, la artesanía de jade y los calendarios. Ellos mismos protagonizaron un golpe de Estado. Itzcoatl, un jefe mexica de ascendencia tolteca mató primero a su pacífico predecesor y luego al último monarca tepaneca. Estableció su imperio mayor en México central, desde la línea de Guanajuato-Querétaro hasta la península de Tehuantepes, en el sur.

México-Tenochtitlan era mayor que cualquier otra ciudad europea de ese tiempo, exceptuando si acaso Constantinopla. Los españoles describieron al dirigente de los mexicas como un “emperador”, pues en México era el señor de una serie de otros monarcas y con el paso del tiempo extendieron esta denominación para definir el rango político de Carlos V. Practicaron vivamente la literatura con poemas que recuerdan a la poesía provenzal o de Jorge Manrique, igual de trascendental, igual de preocupada por el más allá. El Imperio mexica habí sido mantenido por ejércitos cuyos predecesores habían conquistado las ciudades vasallas, y era la amenaza de la fuerza lo que hacía que los tributarios pagaran. El mejor análisis de este sistema económico-administrativo lo encontramos en el Códice Mendoza, den 1540. Los emperadores de México se escogían de entre un pequeño grupo de nobles. Tenían un sistema de castas que los conquistadores reconocieron fácilmente: nobles, artesanos, escultores o pintores, siervos, esclavos y prisioneros. Traficaron con adornos ceremoniales, comida tropical, maíz y chocolate, así como pavos y practicaron la música con tambores, flautas, conchas… Sus calles se barrían y limpiaban regularmente y pretendían dar una educación a todos los miembros de la tribu, excepto a los esclavos y los siervos. En cuanto a su religión, los mexicas celebraban festivales, procesiones, bailes y música sacramental, por así decirlo. Presentaban ofrendas y hacían numerosísimos sacrificios de sangre, a veces de la muñeca, a veces del pene. Consumían mucha cerveza, así como alucinógenos. Había, eso sí, una gran ausencia de animales domesticados, ni para la guerra, ni para la agricultura, hombres y mujeres trabajaban como bestias de carga. La ausencia de la ruda, aunque conocían el torno, y el metal marcaba una diferencia notable respecto a los españoles.

Los méxica no eran los únicos habitantes de Mesoamérica. Un reducto independiente y nunca conquistado fue el de los Tlaxcala, así como otros, los Tarascanos y los decadentes mayas, con los que contactó Colón en su último viaje.

Todo indica que los índios americanos se desarrollaron en la más absoluta dependencia y aislamiento. Solamente los indios del emperador Ch’in podrían haber llegado por su ingeniería naval. Los mexicas eran los “amos del mundo”, pero no pasaron demasiado tiempo pensando qué habría más allá de las tribus salvajes de los chichimecas, al norte, y los mayas, al sur. La falta de curiosidad era otra diferencia entre México y el Viejo Mundo (y añado yo que esto no me parece lógico, un pueblo sin curiosidad no investigaría los astros, construiría irrigaciones, ni caminos como los que tenían para el transporte, ni confeccionaría ciudades sobre el agua ni la agricultura en pantanos…).

Colón contactó con los mayas en 1502. Juan Díaz de Solis con los aztecas en Yucatán. Es probable que los compañeros de Balboa en Darién, en 1510, contactara con alguno de los aztecas. En 1511, Diego de Nicuesa naufragó cerca del Yucatán. Un maog de Tenochtitlan predijo la llegada de los “hombres con barba que llegarían a esta tierra”. En 1513 llegó a Yucatán Ponce de León. Ya en 1518 un trabajador mexica llegó a la corte de Moctezuma desde la costa, todo amputado. Dijo que había visto un “grupo de montañas (barcos) flotando sobre el mar”. Era la expedición de Grijalva.

 

 

 

Capítulo 34–         La primera expedición a México fue en 1517, constó de tres barcos y la apadrinó Francisco Hernández de Córdoba, familiar del Gran Capitán, que buscaba indios. Estaba a las órdenes del gobernador de Cuba, Diego Velázquez. Llegaron a la isla mujeres, en lo que hoy es Cancún. Unos indígenas les dijeron que el lugar al que habían llegado se llamaba Yucatán. El notario Miguel de Morales tomó posesión de esas tierras en nombre e la reina Juana y del rey Carlos, su hijo. Sufrieron una batalla contra los mayas cerca del actual Champotón, donde hicieron gala de sus arcabuces de pólvora.

Grijalva, sobrino del citado Diego Velázquez, arribó a México en 1518 con cuatro barcos, en los que portaba gran cantidad de artillería (culebrinas, arcabuces), pero no llevaba caballos. Comerció con esclavos en Yucatán. Fray Juan Díaz, de Sevilla, escribió una pequeña crónica de lo que presenció. En total la expedición la conformaban 300 personas. Grijalva participó en la escandalosa expedición para capturar esclavos en Trinidad, con Juan Bono de Quejo. Llegó a un punto cercano al moderno Campeche. Allí un cacique maya les advirtió de que no los querían por allí. Allí vieron también a indígenas con collares y placas de oro. En la “Isla de os sacrificios”, también descubrieron que hacían sacrificios y que practicaban el canibalismo. Cenaron con el cacique y allí oyeron por primera vez el nombre de Moctezuma.

Nada más tener noticia del imperio azteca, envió a cuba una embajada de vuelta para informar a Velázquez. El mismo Pedro Mártir escribe a cerca de esta primicia “los españoles han descubierto ciudades que viven bajo el tráfico comercial y llevan vestidos, tienen libros y usan la escritura, tienen calles urbanizadas, casas construidas, magníficos palacios y hacen ofrendas humanas. Se habría ante los españoles un mundo rico, salvaje y cultivado.

 

 

Capítulo 35 Hernán Cortés nació en Medellín. Pertenecía a la rama empobrecida de la familia extremeña de los Monroy, y era pariente lejano de fray Nicolás de Ovando. El conquistador de México era un producto de un mundo de rebelión y guerra, la Castilla del fin de los Trastámaras. Había ido a la Universidad de Salamanca y vivió un tiempo en Sevilla. Cortés trabajó para su pariente como escribano de la nueva ciudad de Azúa, en la costa sur de La Española, de 1506 a 1511. Luego lo hizo como secretario de Diego Velázquez, el futuro gobernador de Cuba. Se escribió abundantemente con Carlos V. Era cauteloso y sereno.

La tercera expedición española la presidió Hernando Cortés y partió en 1519. La empresa de Cortés fue muy ambiciosa. Con veinte barcos y seiscientos hombres, marineros, arcabuceros, sacerdotes, unas veinte mujeres y el guerrero negro libre, Juan Garrido. Nombraron a Cortés para dirigir esta expedición tan pronto como Grijalva regresó de México. Las instrucciones eran sencillas: predicar el cristianismo y cartografiar la costa desde Yucatán hacia el norte. Los hombres de Cortés eran un 36% andaluces, sobre todo de Sevilla. Algunos de los líderes fueron Pedro de Alvarado, Diego de Ordaz y Alonso de Ávila.

El primer lugar al que llegaron fue el Yucatán. Allí recuperaron a un hermano laico de Écija, Jerónimo de Aguilar quien había naufragado en 1509 y permaneció allí desde entonces, viviendo varios años con los mayas. Estos le ofrecieron a Cortés una esclava mexica, Mallinalli o Marina, que les fue extremadamente útil  porque hablaba maya y náhuatl. Cortés estableció su base en Veracruz y mantuvo buenas relaciones con la gente de la costa, los totonaca. Moctezuma contactó indirectamente con Cortés, al que envió regalos a través de un emisario. Cortés aprovechó, además, que había llegado por el mismo mar por el que la leyenda decía que marchó Quetzalcoatl. Alonso Hernández de Portocarrero y Francisco de Mondejo fueron nombrados procuradores y representantes de Cortés para informar al rey de los acontecimientos.

En agosto de 1519 Cortés dejó unos 100 hombres en la costa y condujo al resto hasta Tenochtitlán. En el camino sufrieron algunas batallas muy violentas, pero luego, los lazos de amistad con los Tlaxcala, enemigos de los aztecas, les revirtió una gran seguridad. Entonces Cortés y sus compañeros, cuando llegaron a la capital, fueron recibidos como huéspedes por el emperador Moctezuma. La escena de su recibimiento fue una de las más asombrosas de toda la historia de la humanidad. . Algunos de los líderes de Cortés llegaron a caballo, con los aceros deslumbrantes, lo que causó gran impresión, así como los perros de caza que llevaban y algunos cañones y arcabuces. Puede que el emperador no desease recibir tan bien a Cortés, pero la tradición local lo exigía. Según fray Bernardino, Moctezuma dijo: “Oh, señor nuestro! Seáis muy bien venido. Habéis llegado a vuestra tierra, a vuestro pueblo, y a vuestra casa, México […] Sabíamos que habíades de volver a reinar en estos reinos y que habíades de asentaros en vuestro trono y a vuestra silla (leyenda de Quetzalcoatl)”. Cortés y sus hombres fueron acomodados en sus habitaciones frente al palacio del emperador. No fiándose de él, Cortés lo raptó y lo tuvo junto a él. Cortés y Moctezuma se hicieron cada vez más íntimos. Sin embargo, las relaciones entre los mexicas y los conquistadores no estaban exentas de tensiones. En 1520, finalmente, Moctezuma aceptó formalmente convertirse en vasallo del rey de España, Carlos V. Incluso es posible que aceptara convertirse al cristianismo.

Ese mismo año, 4.000 hombres de Pánfilo de Narváez desembarcaron en Veracruz decididos a restaurar la autoridad del gobernador de Cuba. Cortés dejó a su lugarteniente, Pedro de Alvarado en Tenochtitlán para enfrentarse a ese y lo hico. Ese fue el primer duelo armado entre españoles en el Nuevo Mundo. Narváez fue hecho prisionero. Cortés, a su regreso, se encontró con una capital en revuelta. Tenochtilán se había cerrado al exterior y Moctezuma fue asesinado por negligencia de la mano de sus propios fieles. Poco después aconteció la batalla de la “Noche Triste”, sobre los puentes que dirigían a la ciudad. Los españoles se reagruparon en la ciudad de Tacuba. Solo desde allí pudieron cruzar a Tlaxcala, principal aliado de los españoles contra los aztecas. Una vez reforzado, ya en 1521, atacó desde el lago, plantó un asedio por agua y tierra a una escala que no se recuerda en las batallas europeas. Cortaron la entrada de comida y suministro a la ciudad. El sucesor y primo de Moctezuma, Cuauhtémoc, finalmente, rindió la ciudad a Cortés el 13-8-1521.

La victoria Española se dio porque Cortés era un gran comandante que mantuvo fría su cabeza y ordenada la primera línea de ataque. Además, coordinó perfectamente sus fuerzas por escrito día tras día. Además, improvisaron a la hora de hacerse de nuevos y más abundantes recursos en el medio hostil donde se encontraban. El factor decisivo, no obstante, fueron las armas y los animales domesticados. La innovación bélica ofensiva fue terrible para los mexica: afiladas espadas. El campamento español, dicen algunos, debió de parecer Babilonia, porque había indígenas y europeos de variadas nacionalidades y tribus. A eso hay que sumarle que en 1520 hubo una mala cosecha azteca y llegó la primera epidemia de viruela desde el Viejo Mundo.

Tras la conquista, Cortés proyectó reconstruir Tenochtitlan. Fue uno de los mayores logros de la arquitectura renacentista. El plan corrió a cargo de Alonso García Bravo. Incorporaron en estas tareas la polea y el carro con ruedas, que los aztecas desconocían, así como los animales domésticos. Los indígenas llegaron a pensar: “si los extranjeros tenían tecnología tal era porque sus dioses debían existir”. La conquista espiritual de Mécxico fue el siguiente paso después de la conquista material, un gran triunfo del proselitismo. Acto seguido, se asignaron encomiendas como en el resto del Caribe.

En mayo de 1522 Cortés escribió una carta de lo acontecido a Sevilla. Desde entonces la actitud de la vieja España hacia las Indias cambió para siempre. Para el estudio de la conquista de América contamos con numerosísimos escritos: Cortés, Bernal Díaz del Castillo, Andrés de Tapia, padre Aguilar, Las Casas y Oviedo. Todos los capitanes importantes nos han dejado su testimonio de primera mano… es este uno de los conflictos mejor documentados de la historia de la humanidad.

 

 

LIBRO NOVENO. MAGALLANES Y ELCANO

Capítulo 36 Hernando de Magallanes había logrado conseguir audiencia gracias a la ayuda de Juan de Aranda, un mercader de Burgos corrupto pero inofensivo. En un globo terráqueo representaba el viaje que se proponía emprender. Las Casas se preguntó “¿Y si no halláis estrecho por donde habéis de pasar a la otra mar?”. Magallanes dijo que, en ese caso, tomaría la ruta portuguesa a través del sur de África, trayecto que conocía personalmente.

El mapa de Waldseemüller, publicados en los albores del s.XVI, sí mostraba el pacífico, pero ningún estrecho hasta él. En 1516 Díaz de Solís descubrió el estuario del río de la Plata, al que llamó “el mar Dulce”, pero fue capturado y luego devorado por los indios guaraníes. Lo mismo le sucedió, pero en 1525, a Alejo García, que consiguió llegar al subcontinente  e incluso contactó con los incas: el primer europeo que lo hizo.

Carlos I pronto firmó las capitulaciones a favor de Magallanes. En ese documento también firmaron Cobos, Gattinara, Fonseca, Ruiz de la Mota, Le Sauvage, Fonseca y Chiévres: “Podéis descubrir en esos lugares lo que todavía no ha sido descubierto, pero no podréis descubrir nada dentro de la demarcación y los límites de su serenísima majestad el rey de Portugal”. Tenía derecho a dispensar justicia sumaria si surgían disputas en tierra o en el mar. Antes de partir, fueron nombrados caballeros de la Orden de Santiago. Antes de esta expedición, Magallanes estuvo en la India con el almirante Alfonso de Albuquerque.

Viendo frustrados sus planes en Lisboa, Magallanes se marchó a Sevilla, acompañado por Ruy Faleiro. Dejó Sanlúcar de Barrameda con cinco barcos y unos doscientos cincuenta hombres. Un tercio de estos no eran españoles. Algunos hombres conocían la costa de Brasil, como Juan Caravaggio. No había mujeres a bordo, curioso dato. Un gran misterio, que le dio resultado es que “Magallanes –dijo PIgafetta de Vicenza- no  les descubrió a sus hombres la totalidad del viaje que iban a emprender para evitar que por asombro o miedo no se atrevieran a seguirle en un viaje tan largo”.

En sus barcos cargó mucha artillería: sesenta y dos culebrinas y diez falconetes, cincuenta arcabuces, mil lanzas, doscientos veinte escudos, sesenta ballestas, diez mil anzuels para pescar, cuatrocientas barricas de vino o de agua, más de veinte mapas de pergamino, seis compases, veinte cuadrantes, siete astrolabios, dieciocho relojes de arenas, azoge, halcones, cuchillos, dos mil quintales de galletas, pescado salado, tocino, lentejas, guisantes, harina, perejil, quesos, miel, almendras, anchoas, sardinas, higos, azúcar, arroz y cerezas, así como seis vacas. La pequeña flotilla costó 8,78 millones de maravedís, de los que el rey aportó 6,4 y un banqueri 1,8. Fue una empresa real, la tercera, junto al segundo de Colón y la expedición de Pedrarias).

Puso rumbo sureste, hacia “Verzin”, es decir, Brasil. Allí los indígenas no adoraban a ningún tipo de ser superior. Se comían a sus enemigos no porque creyeran que los seres humanos tenían buen sabor, sino porque era costumbre hacerlo para adquirir las cualidades de los otros. Allí, no obstante, encontraron el modelo original para el arquetipo del “noble salvaje” sobre el que escribió, antes que nadie, Dryden, en quien se inspiraría Rousseau. Describieron a los indios como si vivieran en un socialismo primitivo, una utopía que serviría luego a Erasmo, Tomas Moro y Rabelais, así como Montaigne. La población original del territorio era de unos dos millones y medio de personas, mientras que hoy en día solo quedan unas cien mil personas.

Después de trece días partieron hacia el río de la Plata. Una vez cruzado, llegaron al punto más meridional donde ningún europeo había llegado jamás. Anclaron en el puerto de San Julián, a solo 800 kilómetros al norte del cabo de Hornos. Muchos de sus hombres comenzaron a ver aquella empresa sin sentido. Habían estado en altamar más tiempo que en cualquier otro viaje a las Indias… y no sabían lo que aún les quedaba. En ese momento comenzó una disputa armada entre Magallanes, Quesada y Cartagena. Los rebeldes capturaron la San Antonio, la Concepción, y la Victoria. Lo mismo sucedió con la Santiago. Magallanes cañoneó la San Antonio y tomo prisioneros a Elcano, Coca y Quesada. A Magallanes lo mandó descuartizar en cuatro partes y lo arrojó al mar.

Superado el motín, la flota, ahora de tres barcos, continuó su viaje y rebasó el cabo de las Once Mil Vírgenes, para comenzar a navegar los bajíos que conducían al estrecho de Magallanes. Descubrieron el estrecho. Pigafetta dijo que se extendía durante ciento diez leguas, lo que son unos quinientos kilómetros. Lloraron de felicidad cuando doblaron el cabo Deseado y llegaron a la placidez de un mar que, por su condición tan mansedumbre en comparación con el Atlántico, dieron de “el Pacífico”. Además, navegaron sobre sus aguas durante tres meses y veinte días sin encontrar una sola tormenta y avanzando 19.000 km (la tierra tiene una circunferencia de unos 40.000km). Eso sí, la comida comenzó a escasear y los exploradores se vieron forzados a comerse las ratas de los barcos y a alimentarse de galletas agusanadas, lo que derivó en el escorbuto.

Arribaron a las islas Mrianas en 3-1521. Pigafetta describió a los nativos cariñosa y detalladamente. Dijo que vivían libres, que no adoraban a ninguna deidad, que andaban desnudos y recibieron sus presentes: pescado, vino e palma, higos, plátanos, un poco de oro, naranjas dulces y gallinas, lo que a esas alturas del viaje les apaciguó el hambre.

La expedición continuó su periplo hasta las Filipinas, donde tuvieron noticias por primera vez de los portugueses, que ya tenían colonias comerciales en aquella zona. Magallanes trató de asegurar la conversión al cristianismo de todos los líderes con los que se encontraba. Le guiaba el principio de que si se capturaba el alma del monarca, sin duda su pueblo le seguiría, por eso su principal objetivo fue el rey Zzubu. Para  complacerlo, Magallanes aceptó luchar contra la gente de la cercana aldea de Matán. Fue allí, en la isla de Cebú, en 4-1521, cuando concluyó de forma desastrosa la aventura de Magallanes, que cayó muerto tras  se apuñalado en repetidas ocasiones.

Finalmente, con Elcano al mando, los navegantes emprendieron su regreso a España a través del Índico con dos barcos, la Victoria y la Trinidad. Fue Borneo lo más impresionante para Pigaffeta, porque allí recibieron audiencia de los reyes a lomos de elefantes. Encontraron, por primera vez en su viaje, gentes de religión islámica que no les recordaban en nada a los antiguos andalusíes, quizá por su carácter oriental. Después alcanzaron las Molucas, Todore y Ternate, “donde crece el clavo”, esas especias tan preciada. Allí, el rey musulmán, el rajá sultán Manzor, aceptó convertirse rápidamente en vasallo del rey de España.  Los expedicionarios le enseñaron a Manzor a disparar una ballesta y un falconete, un arma de fuego más grande que un arcabuz. Todos compraron allí la mayor cantidad posible de clavo, intercambiando sus camisetas, sus ropajes y todo lo que tenían para acrecentar el cargamento: nuez moscada, vainas, jengibre… También, Pigafetta, nos habla de las extrañas historias de la lejana China.

Ahora, sobre la Victoria, el único barco superviviente de los cuatro que partieron, pasaron a por Java, Malacca y luego por el índico hacia la costa africana. Llegaron al Cabo de Buena Esperanza, “el más peligro del mundo”, decían. Durante todo el trayecto se vieron obligados a tirar los cadáveres de los hombres que iban falleciendo al agua. El 6-9-1522, la Victoria arribó por fin a Sanlúcar de Barrameda, solo con dieciocho hombres a bordo (de los 265). Acto seguido fueron a Valladolid, donde fueron recibidos por el rey, quien le permitió a Elcano potar en su escudo de armas un globo terráqueo con el lema “Primus me circumdedisti”.

Magallanes y Elcano habían dirigido un viaje al fin del mundo que, por supuesto, resultó ser el mismo puerto en el que se habían embarcado: Sanlúcar de Barrameda. La vibrante ciudad merece la pena ser considerada el epicentro del mundo.

 

LIBRO DÉCIMO. EL NUEVO IMPERIO

Capítulo 37 Carlos V, dijo Pero Ruiz de la Mota, era un rey de reyes que descendía de setenta generaciones de monarcas. El rey no sol era rey de romanos y emperador romano; también iba s ser el emperador del mundo. Ese mundo, por supuesto, también incluía “otro nuevo mundo de oro fecho para él”, Nueva España, que “antes de nuestros días nunca fue nascido”. Otros autores habían hablado de sus reyes como emperadores, pero en ningún caso de un modo más acertado que en este. Nebrija contribuyó a que esto fuera posible y que esa gran entidad política gozase de una lengua común, el castellano. Cortés ya se dirige a Carlos V como “Su Majestad” y no como “Su alteza”, más propio de la Edad Media, de los tiempos pasados.: “se puede intitular de nuevo emperador della (de Nueva España) y con título no menos de mérito que el de Alemaña”.

Es posible que la idea de Imperio español que aparece en esas palabras fuera concebida por el obispo Ruiz de la Mota, de quien la habría tomado Cortés. El ejemplo del conquistado Moctezuma, como rey de reyes, por estos conocido como “emperador” influyera en la carta de Cortés. No obstante, Carlos V nunca fue saludado como emperador, sino como rey de España. En 1522 ya se discutían los derechos que tenía España sobre el Nuevo Mundo. Se suele citar al rey Francisco I de Francia, del que se afirma que dijo que le gustaría ver a cláusula del testamento de Adán en la que se excluía a Francia del reparto del mundo. Desde ese momento, los galos comenzaron a capturar o, cuanto menos, asediar, carabelas españolas.

 

Capítulo 38 En 1522, cuando Elcano llega a Sevilla, la ciudad se había convertido en la capital no oficial de este nuevo imperio. Por todas partes se encontraban los recuerdos del Islam anterior a la conquista de Fernando III. Las murallas, la multitud de baños públicos, aunque poco a poco se iba imponiendo una atmósfera renacentista de estilo italiano. Las callejas pronto pasaron a ser las nuevas calles “anchas y alegres”.

En el s.XV dos grandes familias dominaban la urbe: los Guzman (duque de Medina-Sidonia) y los Ponce de León (condes de Arcos). Otros importantes nobles eran los De la Cerca y los duques de Medinaceli, así como los Zúñiga y los Saavedra. El poder de Sevilla, no obstante, residía en los consejos municipales, cabildos que tenían muchos privilegios. Contaban con un amplio funcionariado: alcalde, juez, gobernador local… Los asistente o “los veinticuatro” se integraba con familias hidalgas. Los seis magistrados principales eran grandes nobles que todavía asignaba la Corona: Medina-Sidonia, Béjar, Arcos, Tarifa y Vilanueva y Martín Cerón. Había, además, seis alcaldes ordinarios y otros tantos de justicia. Además, había una serie de actividades municipales que se financiaban con los impuestos de almojarifazgo, la alcabala y la tercia.

Las murallas de Sevilla, en gran parte, eran de origen almohade. Contaba con doscientas torres y doce puertas. A destacar de por entonces, la Torre del Oro y la prisión de San Hermenegildo. En 1522 la Casa de Contratación se utilizó como almacén donde guardar los metales preciosos que llegaban del Nuevo Mundo. El puente que sería de Triana tenía doscientos setenta metros de longitud y fue originalmente concebido por los musulmanes: disponían dieciséis barcos a lo ancho del río, mantenidos juntos por gruesas cadenas de hierro. Los más atrevidos soñaban con que algún día el Guadalquivir volvería a ser navegable hasta Córdoba, como en tiempos romanos. Fernando Enríquez de Ribera, marqués de Tarifa, que acababa de regresar de Jerualém, pronto comentaría la construcción de la casa de Pilatos. Desde la muralla se observaba, en 1520, la construcción de mucho monasterio y jardines, así como un cementerio judío junto a la Puerta de la Carne.

Lo más interesante estaba hacia el este, hacia donde también fluía el río que comunicaba el Viejo y el Nuevo Mundo. En el Arenal del mismo se incrementaba año tras año la actividad marítima, en la que se organizaba el comercio de Sevilla con las Indias. Hacia 1522 ya eran la mayor ocupación de los mercaderes de toda la ciudad. Desde allí partieron 289 barcos entre 1506 y 1515, y entre ese año y 1525 ascendió el número hasta los 500. Cada marinero recibía un litro de vino y quizá medio kilo de galletas al día, aceite, vinagre, garbanzos, guisantes, carne y pescado salado. Pronto habría también azúcar de caña, piñas, patatas, y tomates.

El cristianismo dominaba la vida de la ciudad. Se podía contemplar por entonces el bello palacio del Alcázar, con sus soberbios jardines, de construcción morisca, ampliado por Pedro el Cruel. También podríamos haber atisbado la plaza de San Francisco, el Ayuntamiento, la Audiencia o la prisión mayor. La Catedral se estaba alzando sobre la vieja mezquita almohade. Las obras comenzaron en 1480 y terminaron en 1506. Durante pocos años fue mayor incluso que la catedral de San Pedro del Vaticano. El modelo le debía mucho a las grandes catedrales francesas. Ahí se contempla la leyenda de la Virgen de la Antigua, que acompañó a Balboa y a Cortés. La Giralda se elevaba junto a la catedral. Esa era la torre el almuédano  almohade desde 1196. Empleaba a unas trescientas personas (había incluso burdeles que eran propiedad del capítulo de la catedral).

En las escaleras de la catedral podíamos encontrar a mercaderes, vendedores de chatarra, judíos, venecianos. Cerca se erigieron casi treinta iglesias parroquiales por aquel entonces y cuarenta conventos (cartujos, franciscanos), así como monasterios (San Isidoro, San Agustín) pero también otros femeninos (carmelitas, madre de Dios). La Inquisición dispuso cerca su cartel general, en el castillo de Triana. Entre 1481 y 1522 se quemó  a unas mil personas y otras 2000 abjuraron.

Sevilla era una ciudad de cofradías por excelencia, de gremios de panaderos, sastres o toneleros. El cabildo apoyó  impulsó el establecimiento de una universidad en 1502, donde se comenzó a estudiar teología, derecho canónico, derecho, medicina y artes. También se estaban fundando hospitales y casas de piedad.

En 1475 la ciudad podría contar con unos 40.000 habitantes. En 1520 pasó a los 60.000. La peste, no obstante, azotó la ciudad entre 1505 y 1510, como lo hico el hambre y la sífilis. Llegaron muchos genoveses y florentinos (hasta 437). También vinieron castellanos y extremeños, vascos y gallegos a probar suerte y buscar fama en el Nuevo Mundo. Se extendió también el comercio de esclavos, de las canarias y de áfrica. Además, sobre la ciudad planeaba el temor del “converso” y su persecución por los familiares de la inquisición.

Sevilla era famosa desde la época romana por su aceite, oliva, vino y trigo. Pero ahora este aceita iba, en gran escala, hacia el Nuevo Mundo. La mejor región de los Olivares era el Aljarafe. También había enormes almacenes en casi todos los barrios, habida cuenta de la constante actividad comercial que se desempeñaba en la urbe. Creció también el comercio del jabón, tanto así que los monarcas hicieron de este monopolio una regalía regia. También en esta ciudad encontramos a uno de los mayores magnates del trigo en toda Andalucía, el marqués de Priego, que exportaba a las Indias. Hay que tener en cuenta la gran demanda de harina por los colonos. El primero en cultivar este cereal allí fue Juan Garrido, el compañero negro de Cortés. Se tejía tela en tres mil telares de toda la ciudad, se importaba vino de la Rioja para llevarlo al otro lado del atlántico y se establecieron talleres importantísimos de cuero y piel de cabra. También se consolidó , junto a Triana, las alfarerías y los hornos en las arcillerías de San Vicente y Tablada. Reseñar, también la impresión de textos para que los colonos leyeran, desde la biblia a las novelas de caballería. También en el Caribe había gran demanda de imágenes religiosas para las misiones de conversión. Y qué decir de las múltiples y variadísimas tiendas desde pantalones a vestidos o sombreros. Y, por último, la madera, que era la base de la construcción de todos y cada uno de los barcos. Desde América se traía a Sevilla oro, plata, chocolate, mosaicos, azúcar y café. Toda la población creía que el beneficio a largo plazo de todos estos movimientos era la conversión de los nativos a la cristiandad.

En cualquier caso, solo hay una cosa clara y que hace de Sevilla la joya de la corona imperial. En palabras de Braudel: en la Sevilla del siglo XVI se podía escuchar latir el corazón del mundo. El Imperio Español había nacido.

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  1. blademanu
    noviembre 12, 2010 en 10:39 pm

    Yo solamente comento dos cosas:

    -A mí, particularmente, me gusta mucho más John Elliott, porque ofrece visiones más generales del proceso de conquista y colonización, abarcando también el caso inglés, francés, holandés y portugués en su maravillosísimo “Imperios del mundo Atlántico”. No digo más.

    -¿Os habéis fijado en las chapas que tiene el amigo Thomas en la fotografía? Vosotros me entendéis.

    Un abrazo a los histéricos historiadores 😀

  2. kass(malagon)
    noviembre 13, 2010 en 3:41 pm

    manu este megaresumen es para los que tienen a porfi una bendicion.
    PD: a hugh thomas le han pillado ya varias veces en una conferencia o presentacion un poquito “alegre” asi que….

  3. blademanu
    noviembre 13, 2010 en 4:20 pm

    Solamente espero que os sea útil :-D. Por otras personas también sé que Hugh Thomas es más que aficionado a la bebida. Esto y otros asuntos un poco más escabrosos han hecho creer, y quizá no sin acierto, que algunos libros no los escribe él, sino sus becarios…

    Un abrazo, Kass-malagón!!!!

  4. noviembre 16, 2010 en 5:32 pm

    Pues habrá que leerse el libro del señor Thomas pero leyendo sólo parte del resumen he encontrado varios errores de bulto que no me invitan mucho a hacerlo… si alguien me lo deja quizás… :o)

    Saludos

  5. blademanu
    noviembre 16, 2010 en 8:05 pm

    Gracias por tu comentario, David. Agradecería si pudieras corregir algunos de esos errores, porque muchos de los que escribimos aquí hemos aprendido el comienzo de la colonización americana en base a este libro y quisiéramos saber, siempre, un poco más. Muchas gracias!!

  6. noviembre 18, 2010 en 12:15 pm

    Hola Blademanu, el resumen está muy bien, enhorabuena, leyendo algunos de los episodios he visto los siguientes puntos:

    – En el capítulo 10 párrafo 3º dice que el fuerte Navidad pudo ser destruido por Guacanagari cuando en verdad fue Caonabo y otros caciques. Guacanagarix era el mejor aliado en la Española de Colón, aunque pudieron tener sospechas sobre él al principio quedaron diluidas al ver su propio poblado también destruído.

    – En el capítulo 15 párrafo 7º se dice que Ovando le negó el permiso a Colón de entrar en Santo Domingo, es cierto relativamente, fueron los Reyes Católicos los que le ordenaron al Almirante que no se acercase a Santo Domingo en su cuarto viaje para evitar disturbios. Pero como a Colón le encantaba hacer lo que le venía en gana Ovando le tuvo que parar los pies.
    En este mismo capítulo en el último párrafo se dice que de lo hecho por Colón no quedó nada material en la isla. A día de hoy se pueden visitar las ruinas de la Isabela que en aquella época seguro seguían en pie.

    – En el capítulo 17 se dice que Colón murió en 5-1509 cuando en realidad fue en 5-1506.

    – En el capítulo 23, primer párrafo, se dice que la bahía de la Habana es Xagua poniéndolo entre paréntesis. A la preciosa bahía de la Habana en aquella época se le llamaba Puerto de Carenas, la Xagua es la actual bahía de Cienfuegos, al sur de Cuba.

    Estos son los errores que he encontrado, como verás no son apreciaciones sino hechos y datos contrastados. Y son pocos, aunque no me he leido todo el resumen que seguro que no tiene ninguno más, :o)

    Saludos y gracias por vuestro trabajo

  7. kass(malagon)
    noviembre 18, 2010 en 5:08 pm

    DAVID creo recordar que en la bahia de cienfuegos existia una habana. Esto lo lei creo en un libro recopilatorio de la revista española de defensa relacionada con el centenario de la guerra de cuba. Tendria que revisarlo o alguien interesado podria hacerlo. Esto es solo por precisar.

    • noviembre 19, 2010 en 2:58 pm

      Hola Kass,

      El primer núcleo urbano de La Habana efectivamente estuvo al sur de la isla, y posteriormente se trasladaron a la costa norte a la bahía o puerto de Carenas. Ese primer núcleo estuvo más o menos a la altura de la Habana actual pero en la costa sur, concretamente en el curso del río Mayabeque.

      La bahía de la Xagua o Jagua (actual Cienfuegos) está mucho más hacia al oriente bajando la costa, acercándose al centro de la isla.

      Saludos.

  8. Manuel Doval
    noviembre 29, 2010 en 5:17 pm

    En en Capitulo 4 confirma que Colon es Genoves, o desacredita que su origen fuera Gallego, basándose en el Mayorazgo. La Institución Mayorazga, muchos la consideran apócrifa, se conoció 80 años después de su otorgamiento, cuando se inició el pleito sucesorio en 1578. Lo curioso de este documento es que, por un lado Colón dice que es de Génova y por otro que su verdadero linaje es de quien se llame y haya llamado de sus padres y antecesores, de Colón, ¿Dónde quedan los Colombos? Por otro lado, en el auténtico testamento, otorgado en Valladolid en 1506, nada se dice ni de su patria ni tiene ningún parecido con lo que se indica en ese documento. Si es en 1502 cuando ordena redactar el Mayorazgo, ¿cómo se explica el texto de 1498? ¿Acaso es falso? Justamente eso es lo que han afirmado algunos investigadores, el documento de 1498 jamás fue escrito por Colón, sino amañado posteriormente por algunos de sus sucesores para hacerse con sus bienes. Y casualmente, el documento de Mayorazgo de 1502 despareció misteriosamente.
    Como ejemplo en el mismísimo documento aparece, lo siguiente…, que aún está corriendo, invisible para muchos; Recomendando Colón que “en ninguna manera se disformase el porvenir, dijo; “Y así mismo lo suplico al Rey y a la Reyna, nuestros Señora, y al PHINCIPE DON JUAN, su PRIMOGÉNITO, NUESTRO SEñor, por el servicio que yo les he fecho, que no consientan que se disforme este mi compromiso de mayorazgo”, etc, etc.

    ¡Pero como había de defenderlo el desgraciado príncipe heredero si, llenando de luto a toda España, “había muerto el año anterior a la fecha de este manoseado documento”, la clave del monumental engaño que ha sobrevivido al famoso descubridor durante tantos años!.

    ¿Es que Colón, fidelísimo súbdito y admirador de los Reyes Católicos, podía ignorar en febrero de 1498, la gran pérdida de estos monarcas, España entera lloraban desde el mes de octubre de 1497, e elevar tantas preces al Cielo en todas las iglesias?, ¡no es posible!

  9. blademanu
    noviembre 29, 2010 en 8:31 pm

    Tocayo, Manuel!

    Es asombroso lo que revelas, pero no sé qué base tendrá. Me gustaría que nos contaras algo más al respecto, pues nunca había escuchado hablar al respecto del asunto del mayorazgo desaparecido. Lo que sí puedo comentarte es que este verano tuve la oportunidad de convivir durante una semana, junto a otros investigadores, con Consuelo Varela, una de las mayores conocedoras de Colón en toda España. Ha dedicado 30 años de su vida a estudiar su biografía, a investigar acerca del contexto, los antecedentes, las lecturas que manejó Colón y hubo algo que me dejó bien claro. Si hay algo que no debería preocuparnos de Colón es su origen, porque a no ser que aparezca una carta en la que él descubra su procedencia, o, aún mejor, su acta de nacimiento, y aún así, no podríamos saber de dónde es. Todo lo demás son especulaciones de aquí o de allá, que intentar arrimar al descubridor a una identidad regionalista que responde más a intereses actuales que a esquemas propios del siglo XV.

    Un fuerte abrazo y sigamos historiando.

  10. Manuel Doval
    noviembre 30, 2010 en 5:00 pm

    Hay que reconocer que Consuelo Varela es una de las mayores expertas en Colón, pero muchos investigadores no están de acuerdo con la afirmación de que Colon fuera genovés, como ejemplo Alfonso Philippot que tiene más de 40 años estudiando la vida de Colon, afirma que su origen es Gallego. La teoría de Colon gallego fue desacreditada en 1917 por presentar manipulaciones en los documentos presentados, donde aparece el apellido Colon antes y después del descubrimiento en Pontevedra. Después de eso se encontraron más documentos en donde se confirma que existía el apellido Colon en Pontevedra. Documentos que fueron validados por cuantos expertos los revisaron, los documentos de 1917, fueron reconocidos como auténticos en 1964 con técnicas modernas, presentaban retoques para recalcar el texto, pero que no hubo suplantación de nombres; que los que se leen ahora son los mismos nombres que se leían antes del reavivado.
    De las teorías que existen solo la genovesa y la gallega presentan documentos, las demás teorías no tienen fundamento, se apoyan en apreciaciones o especulaciones.
    Los pleitos por la sucesión en el mayorazgo (1578 – 1606) no hicieron otra cosa que aportar más dudas a su vida, motivado por multitud de escritos falsos y adulterados aportados por los litigantes con la única intención de ganar un pleito ciertamente sabroso.
    Antes del pleito por unos motivos de sobra conocidos y ocultados por su hijo Hernando y después del mismo por intereses dinásticos, lo cierto es que se crea una nebulosa que llega a nuestros días.
    Tantas dudas existían que el municipio de Génova encarga catorce volúmenes entre 1892 y 1896, para así apuntalar la nacionalidad genovesa del almirante, es cuando aparece el “colombo” como solución a tanta desconfianza, mediáticamente resultó efectivo, sin embargo sigue sin encajar nada, siendo un verdadero despropósito, no coinciden fechas, nombres, etc.
    El origen de Cristóbal Colon esta mas fundamentado y argumentado en la tesis Gallega, en la cual relacionan a Cristóbal Colón y Pedro Álvarez de Sotomayor (Pedro Madruga) noble Gallego enemigo de los reyes católicos, a día de hoy hay un 80% de probabilidades de ser la misma persona la documentación histórica es concluyente. cada día aparecen más datos con los que se relaciona a Colon con Pontevedra Galicia, siendo por ejemplo el único lugar en el mundo donde existía el apellido Colon, que es el apellido que utilizaba el almirante en documentos oficiales y como lo llamaban los reyes católicos, el rey portugués, el Papa, etc. escribía en Gallego, le puso más de 300 nombres a las tierras descubiertas iguales a los de la costa de Pontevedra, tenía que conocer forzosamente las costas de Pontevedra, los Hijos de Colon y de Pedro Álvarez de Sotomayor se llamaban igual, los amigos de Colon que lo ayudaron ante los reyes eran los mismos amigos de Pedro A. de Sotomayor, los enemigos de Colon eran los mismos que de Pedro A. de Sotomayor, y un sin fin de argumentos como ejemplo el pasado octubre de 2009 se hizo un peritaje caligráfico entre la escritura de Colon y la de Pedro Álvarez de Sotomayor, la escrituras demuestran que son la misma persona este estudio lo realizo una perito y mando sus resultados a la universidad de Barcelona donde 100 peritos especializados coincidieron que era la misma persona.

    Saludos

  11. Mable
    noviembre 30, 2012 en 9:32 pm

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  1. diciembre 29, 2014 en 5:38 am

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