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El compromiso político en la literatura española del siglo XX (1ª parte)


De izquierda a derecha, de arriba a abajo: Pío Baroja, Jacinto Benavente, Rubén Darío, Manuel Valero, Miguel de Unamuno, Ramiro de Maetzu, Ramón María del Valle Inclán y Azorín

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“¡Qué de famas irritantes, de escritores hueros, necios, vulgarísimos no ha habido que combatir como quien apaga un incendio, durante estos 20 años!”. Leopoldo Alas «Clarín».

Bien puede el señor Leopoldo Alas describir, de un modo tan claro y decisivo, la crisis cultural en la que se hundió España a finales del siglo XIX tras una breve época romántica desperdiciada en lo que a literatura comprometida se refiere En aquellos años, la situación social y agraria era lastimosa, casi tercermundista. A esto se le sumó el agudo espíritu observador crítico y, en demasiadas ocasiones, pesimista de una España convulsionada por diferentes acontecimientos: las amenazas anticolonialistas de Cuba y Filipinas, los cambios políticos y económicos llegados de la mano de una lenta y empobrecida revolución industrial, el crecimiento de la burguesía  especuladora y  los procesos bélicos de la Revolución de 1854, así como el turno de partidos instalado tras la Primera República (1874) y la Constitución española de 1876, liderada por Cánovas del Castillo. Todos estos factores son esenciales para comprender la génesis de los dos principales movimientos literarios del siglo XIX: el realismo y el naturalismo.

Benito Pérez Galdos, cuadro de Sorolla

El realismo, como movimiento literario, se encuadra, prácticamente, en toda la segunda mitad del siglo XIX. Llegado de Francia de la mano de novelitas tales como Stendhal, Flaubert o Balzac pronto rellenó los huecos vacíos de las escasas estanterías y bibliotecas del país, novelizando de una forma objetiva y despersonalizada todos aquellos cambios que estaban experimentando el país y sus habitantes. Benito Pérez Galdós es el máximo exponente del realismo, por lo que se ganó un puesto entre los principales novelistas de Europa gracias a una serie de 46 relatos históricos agrupados bajo el título de Episodios nacionales (1873-1879 y 1897-1912). En sus narraciones, el escritor canario aborda con fundamento histórico los distintos problemas religiosos, sociales o políticos desde 1805 hasta 1880, aproximadamente.

Poco antes de que Galdós nos guiara en su segunda serie de Episodios Nacionales (1897-1912), entre una convulsa España fernandina, otros novelistas nos describían la vida en diversas regiones españolas: Blasco Ibañez se ocupó de la vida religiosa y social de Valencia y Toledo en La Catedral(1903) y La barraca(1898) respectivamente; José María de Pereda retrató, fiel a sus ideas conservadoras, la vida rural montuna y paupérrima, y las diferencias lingüísticas de Cantabria en obras como Peñas arriba(1895) o La puchera(1889); Juan Valera y Pedro Antonio de Alarcón describieron, con gran precisión y estilo opuesto a la prosa romántica, una Andalucía humilde, uniendo el tema religioso a la crítica social y denunciando la corrupción de las costumbres en obras como La Pródiga(1880).

Por otra parte, adoptando la estética del naturalismo francés de últimos de siglo, encontramos a dos grandes autores. Emilia Pardo Bazán centró el eje argumental de sus libros en la decadencia del mundo rural gallego y se acercó a las bases ideológicas del determinismo social y darwinista. Alas “Clarín”, por su parte, abordó la hipocresía existente en la sociedad religiosa, pero también, como periodista, denunció la situación de encarcelamiento, miseria y carencia de tierras con las que vivían los campesinos revolucionarios de Andalucía que iban haciéndose  un hueco entre el proletariado de la época.

Vicente Blasco Ibáñez

En el último suspiro del siglo XIX, la derrota militar en la Guerra Hispano-Estadounidense acabó con el tratado de París (1898) por el cual Cuba conseguía la independencia, mientras que Filipinas y Puerto Rico quedaban bajo el control de Estados Unidos. El desenlace de la contienda produjo en España una ola de indignación, desarraigo político y protestas que quedarían grabadas en una serie de de literatos y filósofos agrupados, posteriormente, en dos grupos. La “Generación del 98 ”  y el “movimiento regeneracionista”.  Con el fin de encontrar la verdadera “esencia de España” y la raíz de los problemas, ambos colectivos denunciaron a su manera la situación presente y propusieron soluciones prácticas en los campos más importantes. De alguna manera, esto sirvió también para exaltar los valores nacionales y patrióticos de Castilla como nucleo del Imperio, y para reformar un estilo literario aquejado de un lenguaje demasiado prolijo.

Pese a que los miembros de la Generación del 98, compuesta por 17 autores, defendían estilos muy diferentes, su interrogativa y su posición crítica, así como su consciencia de una sentida y profunda idiosincrasia española, fue eje  común de sus publicaciones. Algunos, como Unamuno, desarrollaron una carrera literaria variopinta, entre la novela, la política y la filosofía  ensayística.  El escritor vasco, militante del PSOE durante tres años de su vida, llegó a escribir en una carta a Clarín: “Sueño con que el socialismo sea una verdadera reforma religiosa, cuando se marchite el dogmatismo marxiano”. Sin embargo, pronto abandonó esta agrupación política para centrarse en la escritura de su primer libro En torno al casticismo (1895) en el que insistió en la necesidad de la integración intelectual y espiritual de España al resto de Europa. Durante la Segunda República Española fue candidato por la coalición republicano-socialista durante las intervenciones parlamentarias en torno al debate del Estatuto de Cataluña: se  posicionó a favor de la obligatoriedad de la enseñanza del castellano como lengua oficial del Estado: «Yo hubiera preferido que se dijera: Es obligatorio enseñar castellano. Las regiones autónomas podrán, sin embargo, organizar enseñanzas en sus lenguas respectivas -naturalmente, los comunistas podrán organizarlas en esperanto o en ruso-; pero en este caso, el Estado mantendrá también en dichas regiones las instituciones de enseñanza de todos los grados en el idioma oficial de la Nación.». Más tarde, al inicio del levantamiento Francisco Franco, en 1936, Unamuno, simpatizó con el bando insurgente, aunque se retractó en plena guerra civil.


Ramón María del Valle Inclán

El Nobel Jacinto Benavente elaboró en su obra Los intereses creados (1905) una sutil y perspicaz crítica del positivismo imperante en la sociedad coetánea. Co-fundador en 1933 de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética, en 1947 daría públicamente su apoyo al régimen dictatorial de Francisco Franco.

Por otra parte, Ramón del Valle Inclán, cultivador de todos los géneros literarios habidos y por haber, durante una larga etapa de su vida mostró clara predilección por las ideas tradicionalistas-carlistas. Sin embargo estas ideas no eran más que parte de su apasionado  espíritu regenerador romántico, siendo un contestatario contra el sistema imperante que a él, como antiliberal, no le inspiraba la menor simpatía.

Por otro lado, el Regeneracionismo, cuyo máximo representante fue Joaquín Costa, arrastrado por el criterio científico, los juicios objetivos y documentados, trató de forjar una nueva idea de España basada en la autenticidad, apoyándose en una renovada filosofía: el Krausismo como método pedagógico. Su principal impulsor, en un principio, fue Giner de los Ríos, de valores europeístas, y Emilia Pardo Bazán, defensora de un sincero feminismo.

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  1. albertopan
    septiembre 24, 2010 en 6:31 pm

    Que personaje Unamuno, que bien estaba su Casa-Museu en Salamanca. Recuerdo que nos dijo la mujer que entendía 14 lenguas. Me ha hecho gracia su opinión sobre el idioma enseñado por los comunistas, el esperanto o el ruso dice jaj

  1. noviembre 24, 2013 en 7:56 pm

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