Cádiz. “Tacita de plata”, urbe milenaria


Mi sincero agradecimiento a Amanda y su familia, y a Luis, que con tanto cariño me acogieron y me enseñaron la ciudad. Este artículo no habría sido posible sin vosotros.

Cádiz es un ciudad que soñaba con ser isla. Unida a tierra por el istmo que nace en San Fernando y el impresionante puente de Carranza, la luz que desprende es tan limpia que casi duelen los ojos al llegar la tarde.  La “tacita de plata”, apodo tierno donde los haya, sobrevive a los envites del Atlántico que sopla de levante blindándose con una dentadura de rocas dislocadas. Vista desde el fuerte de Santa Catalina, es una señorita azul, de cielo y mar, y blanca, de paredes encaladas. El viajero, que no es muy dado a visitar la costa, quedó más que impresionado con las vistas que le regaló la que, dicen, es la urbe más antigua de Europa.

Ayuntamiento de Cádiz

El precioso Ayuntamiento nos obligó a realizar el primer alto en el camino. Posteriormente tomamos la calle Pelota y, dejando a un lado el antiquísimo barrio del Popolo, topamos con la plaza de la Catedral. Este edificio, sede episcopal de Cádiz y Ceuta, comenzó siendo construido en estilo barroco y terminó con acento neoclásico; empezó fabricándose en cal y se remató con una cúpula dorada, única en el mundo cristiano por ser característica del musulmán. También las había, dicho sea de paso, en las Repúblicas italianas y en el imperio bizantino. Algunos han querido ver en ello un alarde de las riquezas derivadas del monopolio comercial con Indias que ostentó  durante el siglo XVIII en detrimento de Sevilla. En cualquier caso, a nosotros nos recordó la decadente Jerusalem.

Y es que Cádiz tiene un deje taciturno que entristece por dentro al viajero. Es una urbe marinera que vive aún de los recuerdos de su pasado. Los pueblos del Bronce, que con algo de temor atravesaban el estrecho de Gibraltar, la tomaban como parada obligatoria en su camino a las islas del ambar, en Bretaña e Inglaterra.

Rutas comerciales fenicias. Observamos Gades en el lugar de la actual Cádiz.

Como reflejan las pinturas rupestres datadas en el 1100 a.C., en su empeño por navegar hacia el oeste, los fenicios llegaron a la bahía, la tomaron y fundaron Gades.  Esos dibujos, sin embargo, los tuvo que hacer alguna persona, y es que los tartessos ocuparon al mismo tiempo la desembocadura del Guadalquivir. Hasta no hace tanto se afirmaba que más allá de las columnas hercúleas, al otro lado del Non Plus Ultra,  donde la vieja Gades, se encontraba la mítica Atlántida que Platón cita en su Timeo. Otros la han querido buscar en las marismas onubenses y ultimamente, Javier Negrete, la sitúa en Santorini, pero esa es harina de otro costal.

Representación de los fenicios que arribaron a Cádiz

En cualquier caso,  de las transacciones entre tartessos y fenicios, sobresale el pigmento del “púrpura”, apreciado más tarde por los emperadores romanos de oriente y occidente. Tradición y producto tan antiguos dejaron su marca en la señera gaditana que ondea en los edificios oficiales de la ciudad.

Bandera de Cádiz, en la que destaca el púrpura fenicio y Hércules, que visitó esta zona por sus “doce trabajos”

Después, Cádiz sería romana. A ella llegaría la famosa “Vía Hercúlea”, que comenzaba en la fortaleza de Émpuries. El comercio del garum, una especie de salsa o emplasto de diferentes clases de pescado, le dieron la fama a lo largo y ancho del Mare Nostrum. Entre sus habitantes, Columela destacó por sus conocimientos del mundo rural y la invención de un recetario para realizar esta masa alimenticia. El corrupto agrimensor cuenta con una estatua, normalmente ensombrecida por las rosas, las margaritas y todo tipo de plantas, en la famosa Plaza de las Flores.

El viajero no debe olvidar visitar el Museo Arqueológico, donde se custodia gran cantidad de objetos cotidianos, esculturas y tumbas, tanto de Baello Claudia -“Bolonia” para los amigos- como de la misma Gadir; pero es que, además, es un pequeño  centro de Bellas Artes, con pinturas de artistas andaluces, como el omnipresente Murillo.

Si uno se apoya en las murallas del malecón, mirando acaso hacia Rota, cuando baja la marea, podrá observar las zonas inundadas de la ciudad romana, misterio que queda a la vista con el vaivén de las aguas. Quizás en un futuro, si se derriten los polos y asciende el nivel del mar, nuestros descendientes hablen de Cádiz como “la otra Atlántida”, lo cual sería una pena.

Estatua de Columela en la Plaza de las Flores

Cadiz fue puente para el asalto de los musulmanes en el siglo VIII, pero también para los ingleses en el siglo XVI; veámoslo. Tras la llegada a las Indias por Colón, la bahía fue vista como un excelente enclave al resguardo de posibles ataques extranjeros. Por eso se emplazó allí el astillero que pervive, mermado ya, hasta la actualidad. Poco después, el enfrentamiento religioso, político y estratégico entre Felipe II  e Isabel I Estuardo llamó a su puerta de la ciudad. Cuando el  “diablo del mediodía”  -así apodado por los protestantes- preparaba la tildada de Armada Invencible para asaltar Inglaterra, Francis Drake organizó un asedio, quemó los barcos y, se dice, no dejó piedra sobre piedra, tanto que casi no se conservan restos en superficie anteriores a su ataque. Sin embargo, cuenta la leyenda que en el saqueo tomó muchas riquezas materiales y unas cuantas barricas de vino… posible explicación del gusto anglosajón por el vino de Jerez. No hay mal que por bien no venga.

Mapa de William Borough (segundo comandante de sir Francis Drake) en el que muestra las posiciones de las flotas española e inglesa durante el saqueo de Cádiz de 1587


Como ya hemos comentado, Cádiz llegó a la madurez durante el siglo XVIII. Triplicó su población y sus riquezas, tuvo el monopolio del comercio colonial y albergó el Archivo de Indias. Algunos investigadores aseguran que, si observamos la maqueta de marfil, caoba y acana que  Carlos III mandó construir,  expuesta en el museo municipal, nos daremos cuenta de que la traza urbana no ha sufrido grandes variaciones hasta la fecha.


Maqueta de Cádiz mandada hacer por Carlos III, expuesta en el Museo Municipal

Se podría decir que, más en la forma que en el fondo, perdura su esencia de ciudad dieciochesca. Esto se observa, por ejemplo, en el gusto por los jardines -Genovés, Mina, Plaza de España y Alameda- y sus balconadas abombadas para no dañar el minué de las señoritas burguesas. Además, el “Callejón Negros”, claramente al margen de las vías más transitadas, era usado para transportar a los esclavos africanos con los que se comerciaba en la península sin crear demasiado alboroto entre la población. Y aunque parezca irónico, esto era propio de una época en la que ya se criticaba a golpe de panfletos y obras filosóficas la servidumbre y la opresión que ejercía la nobleza sobre los pecheros…

Típica calle gaditana

Entre la calle Sagasta y la Plaza de San Francisco, en pleno centro del casco histórico, se encuentra el humilde oratorio San Felipe Neri. Allí se publicaron, el 19-3-1812, los decretos de la Constitución, la “Pepa”. Este nombre, además de hacer referencia indirecta al día en el que se firmó el texto legislativo, tiene su origen en los diferentes periodos posteriores de represión política. Cuando Fernando VII abolió los decretos que promulgaba la Carta Magna, también prohibió que se hablara de ella por las calles. La gente, para ocultar el verdadero objeto de sus conversaciones, le dio el popular apodo por el que todo el mundo la conoce hoy en día. En la pequeña Plaza de España, un monumento plenamente alegórico hace honor a las virtudes de sus artículos y a los políticos que lucharon por su aprobación.

A mitad del camino, se debe hacer un descanso para relajar las piernas a la sombra de uno de los grandes Ficus africanos. Viajar con el estómago a veces es más placentero que hacerlo con los ojos. Por eso probamos, gentileza de la casa, un pescaito frito de la calle Veedor. Huevas, cazón, choco, chipirones, pescadilla y otros manjares del marisco oceánico dieron un regusto  aún más marinero a nuestra visita.

Con el apetito satisfecho, realizamos la ruta de los castillos. Desde Santa Catalina, que recuerda a la fortaleza de Figueres vista desde el aire, se disfruta de una bella vista mientras el viento penetra sin permiso en la camisa blanca y columpia el flequillo por la frente del visitante. Justo al otro lado, pero mar adentro, se puede llegar, por un sendero estrecho, al Castillo de San Sebastián. Cuando está baja la marea, no sin cierto peligro, se puede incluso rodear su estructura y quedar en manos de la más salvaje naturaleza mirando frente a frente el Atlántico. Se cuenta que este último, ahora edificio militar, sirvió como centro de apestados y leprosos, que eran alejados de la población y arrojados luego al mar cuando fallecían. Custodiada por ambas fortalezas, en la playa de la Caleta, la más pequeña de Cádiz, conviven los bañistas con las barcas.

A la tarde, después de una larga jornada de paseos, y habiendo disfrutado de la ciudad andaluza más marinera, más americana, más blanca de todas, decidimos darnos un baño en la playa de Santa María. Dejándose azotar por sus aguas oceánicas, frías normalmente, se puede observar a lo lejos el fuerte de San Sebastián, la catedral coronada de oro, el paseo marítimo, el rompeolas dislocado, una ciudad que poco a poco se deja atardecer. Y es que, la puesta de sol en Cádiz es una de las más bellas que podemos encontrar en toda España. A la-Mancha nos llevamos en el recuerdo el cariño de su gente, la de frescura sus playas y la blancura de sus edificios. La luz lo es todo en esta ciudad. Se comprende ahora el miedo que sentían los humanos hace  muchos años cuando veían cómo el mar, allá a lo lejos, se engullía al sol con una intrigante mansedumbre.

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  1. Memorant
    agosto 31, 2010 en 12:18 pm

    Me ha gustado mucho, buen artículo. 🙂

    Fui bastante a Cádiz en el pasado, fueron días de campamento e infancia de lo que guardo buenos recuerdos jeje.

    Un abrazo Manu. Al final no todo ha sido “trabajar” este verano, has hecho más turismo que yo. 😛

  2. Luis
    agosto 31, 2010 en 12:41 pm

    Magnífico artículo Manu ^^, no se te pasa ni una.
    Como ya te dije cuando nos despedimos avisanos cuando vuelvas por estas tierras y seguimos la visita por las zonas que aún te quedan por ver.
    Ha sido un placer conocerte y espero pronto tu visita de nuevo :).

    PD: ¿Qué tal va el mono? xD

  3. Amanda
    agosto 31, 2010 en 12:49 pm

    Soy Amanda, me alegra de corazón que te hayas llevado un buen recuerdo y que por fin comprendieras ese anelo que siento por mi tierra cuando viajo a otras ciudades. Un abrazo enorme y un beso salado de las playas gaditanas. ^^

  4. blademanu
    agosto 31, 2010 en 3:41 pm

    Jon, Amanda, Luis, gracias por vuestras palabras. Mi “mono” de playa se ha acentuado ahora más que nunca, sobre todo viendo que el agua gaditana no ha hecho el efecto laxante esperado :-D. Mañana por la tarde regreso a Puertollano. Un abrazo a todos.

  5. blademanu
  6. Eloisa
    septiembre 11, 2010 en 4:29 pm

    manu, soy la madre4 de amanda . he visto tu blog
    me ha gustado la forma que has descrito mi tierra te ha llegado el embrujo de cai con este piropo eres gaditano adoptivo. besos elo

  7. diego h. d.
    junio 19, 2012 en 6:34 pm

    Bello artículo. ¡Ay, que bonito sería todo si la cultura atrajese mas al pueblo!.

  8. Francisco Verdu Albert
    abril 12, 2015 en 4:10 pm

    Quien denominó a Cádiz como “tacita de plata “y porque ?

  9. peparuibal@ono.com
    agosto 23, 2016 en 3:39 pm

    las noches estrelladas de Cadiz…la Alameda…quien lo vivio nunca lo olvida,ciudad acogedora,,en micorazon gaditano siempre estara.

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