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El final del califato: una síntesis aproximativa


  

      La lamentable historia de la caída de los Omeyas pone de manifiesto que la causa principal de la ruina del califato fue la impotencia del poder central frente a los elementos étnicos importados a España; elementos en los que se habían apoyado los marwaníes: árabes, beréberes y eslavones. Al-Mansur, sostenido por mercenarios beréberes, había sabido controlar a unos y a otros; pero ni sus sucesores ni los últimos representantes omeyas tuvieron suficiente firmeza para hacer respetar su autoridad.  

 

    

Menos de un cuarto de siglo había bastado para que la España musulmana viese caer, como un castillo de naipes, el edificio que los Omeyas habían erigido tan arduamente sobre su suelo. Las causas que provocaron este súbito derrumbamiento se descubren, aunque estén apenas apuntadas, en los relatos de los historiadores árabes. Hixam II, Sanchuel y Sulayman fueron incapaces de controlar a sus respectivos contingentes militares y mucho menos a la masa social. Unos por impotencia, otros por excesiva confianza, otros por una fuerte injerencia en los asuntos políticos; y sobre todo, la disgregación progresiva del homogéneo cuadro de las poblaciones andaluzas de fines del califato, las cuales fueron conformando partidos afines a sus etnias. 

     El alzamiento general de los andaluces de principios del siglo XI dejó al país agotado. El derrumbamiento, a partir de 1009, de la unidad que regía Al-Andalus dio lugar a la creación de una multitud de estados pequeños y de existencia efímera, los llamados reinos taifas. Desde 1031, tanto Córdoba como otra serie de ciudades pasaron a estar bajo la jurisdicción de una veintena de reyezuelos.   

 

  

 

   Hixam II y los tres amiridas   (“Almanzor”; al Muzaffar y Abd al-rahman Sanchul)

 

     Muerto Al-Hakkam en 976, su hijo, Hixam, solamente contaba con once años, lo que complicó su ascenso directo al trono. Se decidió, por tanto, que quedase bajo la tutela de Ibn Abi Amir, hasta que alcanzara la mayoría de edad. Ibn Abi Amir, posteriormente conocido como Almanzor (“el vencedor”), pertenecía a la familia yemení, que colaboró con Tariq en la invasión. Gran gramático y lingüista, político y militar, a comienzos del reinado de Hixam II, ocupó el cargo de visir del califa, y aprovechó las prerrogativas que le concedía el califa para extender sus influencias a todas las ramas de la política y crear así un régimen despótico. Al otro lado Al-Mushafi ostentó el puesto de chambelain. Ambos hombres dirigían el devenir del califato bajo la sombra, no ya del joven califa, sino de la reina madre: Subh, que presidía una débil regencia hasta que Hixam II alcanzara la mayoría de edad. Esta mujer fue amante de Al-Hakkam II y posteriormente lo sería de Almanzor  

    Tomando confianza y cubriéndose las espaldas con la influencia política del chambelain, su siguiente objetivo sería el control del ejército. Fue nombrado jefe militar y enviado al norte de África, donde reagrupo a toda clase de guerreros a base de contingentes beréberes, con quienes establecería una más que importante relación. Entabló amistad con el  general de Al Andalus, Galib, quien llegaría a ser también su suegro. Juntos conspiraron contra el chambelán, Al-Mushafi, a quien dieron muerte. Una el poder dirigente quedó, en la práctica, bajo su control, emprendieron breves aceifas contra los cristianos.  

 

 

     Sin embargo, hacía falta estar ciego para no percatarse del verdadero objetivo de Almanzor: tener total influencia sobre el trono. Viendo que Córdoba no era el lugar más indicado para establecer un férreo control de la vida y los caprichos del califa, mandó construir Medinat al-Zahira (la ciudad brillante), en donde recluiría a Hixam II, a las afueras de Cordoba.  

     Estos planes solo corrieron cierto peligro de truncarse por dos importantes acontecimientos Primero, la intromisión de Suhb, que se fundamentaba en la repulsión que comenzaba a sentir hacia Almanzor. La reina madre trató de robar parte del tesoro real con el que pagar a los ejércitos de Zarí, militar mauritano y al único que en vida había temido el despótico visir para que penetrasen en la península y luchasen contra el visir. No obstante, la conspiración fue descubierta y desarticulada. Por otro lado, la amistad que unía a Almanzor con Galib degeneró en una lucha que terminó con los días de su suegro, quien estuvo ayudado por navarros y aragoneses. Tras estas dos vicisitudes, adoptó el título de Al-Mansur (el victorioso) en 981.

 

 

 

     Tras solventar los problemas internos y establecer una unidad en el reino comparable con la que llegó a cultivar Abd al-Rahman III, continuó saciando sus ansias de conquista y de control: llegaría la época de las aceifas contra el norte. Barcelona, San Esteban de Gormaz, León, Zamora, Medinaceli fueron algunas de las que conllevó entre 981 y 996. No obstante, el más grandioso de sus objetivos estaba por llegar.  

 

     Aunque había resuelto con astucia el robo del dinero califal, Zirí no había sido asesinado, sino que seguía resuelto a combatir a Almanzor en la Mauritania. Viendo la situación, nadie hubiese apostado a que el visir emprendiera una hazaña que jamás se había imaginado hacer: abrir dos frentes de batalla. A la vez que combatía el sur, realizaría una aceifa que le llevaría hasta Santiago de Compostela; centro religioso más importante del mundo cristiano tras Roma y Jerusalén. Atacar el corazón del Cristianismo norteño era un propósito ambicioso pero arriesgado. No obstante, lo logró, de tal manera que toda la ciudad, de la cual extrajo un grandioso botín, quedó impregnada en un baño de llamas. Como recuerdo de su intromisión, hizo traer a unos presos cristianos las campanas de la catedral hasta Córdoba (de lo cual tomaría venganza Fernando III “el santo” cuando conquistara esta ciudad, obligando a unos presos musulmanes a trasladarlas del mismo modo hasta Santiago). Almanzor había consolidado su poder de cara al pueblo del califa y había conseguido extender el terror de la yihad (guerra santa) entre los reyes cristianos.

 

 

 

 

   

 

     El siempre victorioso Ibn Abi Amir, ahora Almanzor, jamás había perdido una contienda. Sin embargo, en la batalla de Peña Cervera, contra el rey Sancho García, única tierra que aún no había asediado, los ejércitos cristianos obligaron a los musulmanes a huir y replegarse, para tratar de ganar tiempo, tras lo cual saquearon las tierras de Castilla y regresaron rápidamente a Cordoba.

     La última de sus incursiones antes de su muerte se produjo en San Millán de la Cogolla, de la que, prácticamente, no tenemos noticias. Al regreso de ésta, en Medinaceli, murió y fue enterrado con la mortaja que dos de sus hijas le cosieron tiempo atrás y la cual siempre llevaba encima a sabiendas de que el día final se acercaba. Algunos cristianos llegaron a afirmar que Almanzor “ha sido enterrado en los infiernos”, lo cual nos refleja la paz que se respiraba en el norte una vez el visir califal cerró los ojos.  

     Antes de que muriese Almanzor, su hijo, Al-Muzzafar fue nombrado sucesor. Aunque supo mantener el gobierno de un modo correcto, en ningún caso lo hizo igual que su padre. Tanto es así que al poco de tomar el cargo de visir, regresando de una aceifa, le sorprendió en Córdoba el alzamiento de un sector religioso que sólo creía en el poder único del califa, y no en los visires despóticos. No fue asesinado, pero murió muy pronto, en el año 1008.

 

 

 

 

 

     Hixam II, que seguía encerrado en Medinat al-Zahra, debía nombrar un sucesor. Abd al-Rahman Sanchul (más conocido como Sanchuelo, hijo de Almanzor y una doncella vasca de su harén) fue el siguiente visir, gracias especialmente a sus contactos entre los electores que condicionaron la votación y firma del acta. Que lo apoyasen los sectores nobles y el haber sido nombrado incluso califa, le animó a emprender acciones militares contra el norte. En el transcurso de una de éstas, Muhammad al-Mahdí alzó en armas al pueblo marwaní. Una de las primeras acciones que llevaron a cabo fue quemar Medinat al-Zahra. Sanchuelo trató de regresar para sofocar esta rebelión, pero fue asesinado por unos emisarios de al-Mahdí antes de conseguir alcanzar Córdoba.

     Con este episodio del año 1009, terminó el reinado de los amiridas; lo cual dio paso al reinado de los marawaníes.   

     De Muhammad Mahdí a la muerte de Hixam II

     Con el fin de la dinastía amirida, nada estaba terminado, reestablecido, ni reparado. Para aparentar un mayor poder ante su pueblo, Mahdí exhibió al pueblo el cuerpo de un judío o cristiano que hizo pasar por Hixam II, buscando con ello su reconocimiento como califa. La política de al-Mahdí se basó, por un lado, en el pillaje, el robo y la destrucción, y, por otro, en la abolición del poder a todos los que tuvieran o hubiesen tenido conexión alguna con el régimen anterior; entre los cuales se encontraban los beréberes de aquel ejército. Esta conducta intensificó la tensión social y acentuó la división étnica, originando extensos sufrimientos y matanzas.   

     Los mismos beréberes contestaron a Mahdí intentando poner en el trono a una persona de su etnia. El primero de los candidatos fue asesinado por los eslavos, aliados del nuevo califa. El segundo fue  Sulayman. Éste buscó a poyo en el ya nombrado rey Sancho García de Castilla. Entre ambos se firmó una alianza en la que se establecía que el rey cristiano prestaba ayuda al beréber, a cambio de la concesión de los fortines musulmanes limítrofes con sus tierras. Y así fue. Beréberes y castellanos emprendieron una fuerte campaña contra Mahdí. En vistas de que no podía evitar la entrada del contingente cristiano-musulman, Mahdí sacó a la luz su secreto: Hixam II estaba vivo, y el entierro que realizó tiempo atrás no era más que una farsa para que el pueblo no tuviese más remedio que apoyarlo en su andadura califal. Sin embargo, no hubo compasión con el marwaní, y los beréberes, con Sulayman al frente, penetraron en el alcázar califal. Desterró a Mahdí y se proclamó nuevo califa.    

 

 

 

 

    

 El error de Sulayman fue que no se percató de cuán explosiva era la situación. Subestimó y engrandeció el odio que los cordobeses profesaban hacia los beréberes al nombrar sucesor a su hijo. Ésto provocó que de ahora en adelante aconteciera una serie de ataques y contraataques entre los beréberes de Suleyman y los marawaníes de Mahdí, quien en ocasiones estuvo apoyado por los condes catalanes.    

     Sería Wahdí, un eslavo aliado de Mahdí cuando era califa, quien decantó la balanza a favor de su figura. El objetivo primordial de Wahdí era el de reponer a Hixam II en su trono, por lo que éste lo nombró su chambelán. Se le concedieron totales libertades de movimiento y acción; pero se mostró igual de incompetente que en años anteriores al carecer de iniciativa. El desacuerdo en materia política entre los eslavos conllevó el asesinato de Wahdí.   

 

 

     Aprovechando la coyuntura, Sulayman reclamaba de nuevo su derecho al trono. El beréber materializó sus reivindicaciones cuando logró que Hixam II le cediera el cetro del reino por segunda vez. Algunos autores dicen en este punto que Sulayman tuvo incluso la osadía de asesinar al califa por su apoyo a los eslavos de Wahdí; otros investigadores afirman que Hixam II logró cruzar el estrecho y perderse en un rincón de oriente, donde nadie lo conocía, hasta su muerte. Sea como fuere, el hecho es que Sulayman había logrado saldar el problema étnico, pero ahora tenía al enemigo en casa.    

  

     Alí    ibn Hammud, gobernador de Ceuta, y antiguo aliado de los beréberes, conspiró contra él, debido a que se le atribuía el asesinato del califa. Tras llegar con un contingente de tropas a Córdoba, pasó por las armas a Sulayman y fundó una nueva dinastía en el Califato de Córdoba: los hammudíes.    

  

Los hammudíes   (de Alí a Abd al-Rahmán V)    

     Los hammudies eran un grupo que remontaba en sus orígenes hasta Ali, el yerno del profeta Mahoma, y que bajo el reinado de Sulayman comenzaron a destacarse en los asuntos de al-Andalus.     

     Ali ibn Hammud fue el primero de los califas de esta dinastía. Aunque en un principio se mostró bastante imparcial a la hora de decidir sobre la administración de los extremistas beréberes o aminiridas, poco a poco comenzó a sembrar su huerto de disidentes. Hemos de tener en cuenta que la Córdoba de Alí era una ciudad de espías y guardias. Gran parte de la población se refugiaba en subterráneos debido a la inestabilidad social y a las abundantes invasiones y contrainvasiones. Tan crudos tiempos corrían que Alí fue asesinado en su propio palacio.    

  

 

    La población reclamaba como sucesor a su hijo (según Dufy) o hermano  (según Ghejne y Levi Provençal): Al-Qasim. Trató de vengar la muerte de Alí, y se tomó excesivas licencias para ello. Se dice que era un buen gobernante –no en vano estuvo tres años al frente del califato-. Libró de ciertos impuestos a los nobles y llevó a Córdoba a un inusual estado de paz. No obstante, cometió el gran  error de su reinado. Su ejército lo conformó a base de esclavos negros de Mauritania, quienes desconocían la política y tensiones del Califato. Llegado el momento, la insatisfacción general se extendió de tal manera que en la lucha con los ziríes de Granada dejaron de ser fieles a su dirigente. Desde aquí se comienza a forjar un foco de resistencia a la nueva dinastía y a favor de los antiguos Omeyas, la cual capitaneaba Abd al-Rahmán IV. Breve tiempo duró frente a los disidentes, pues el omeya murió en una refriega militar contra los eslavones. Tras este acontecimiento el califa sentía que su reinado jamás sería el mismo.   

    Yahya, sobrino de Al-Qasim, se consideraba con el máximo derecho al trono, y marchando contra la ciudad en el 1021 (hasta el 1023), echó a su tío y se proclamó califa. A pesar de que ya había conseguido su objetivo, sediento de venganza, buscó a Al-Qasim en Sevilla, Jerez y, finalmente, Málaga, donde lo encarceló y estranguló. En esta ciudad permanecería hasta pasados unos años.     

 

 

 

     En tanto, viendo el suceder de los acontecimientos, el pueblo de Córdoba estaba dispuesto a ceder el absoluto control de su política y administración a un nuevo omeya. Para ello se presentaron tres descendientes de dicha dinastía, de entre los que se eligió Abd al-Rahman V. El joven califa omeya permaneció tan solo cuarenta y siete días en el trono, algo que nos continua hablando de la inestabilidad califal. Su excesiva juventud y la falta de dinero en las arcas, provocó rápidamente la antipatía del pueblo, el cual, una vez fue asaltado el alcázar, sí ofreció su apoyo a Muhammad III, hombre de Córdoba, quien mandó asesinar con celeridad a su predecesor.   

     Libertino, grosero y hazme reír de su corte, fue cara y cruz dependiendo los asuntos a los que se enfrentaba. Si bien era incompetente en materia política, se atrevió a encarcelar, incomprensiblemente, a los dos mejores poetas de su reinado (como Ibn Hazm). Por una suerte de casualidades, Yahya, califa que abandonó sus cargos dos años atrás quedándose en Málaga, anunció su deseo de apoderarse nuevamente del trono. Enterado de esto, Muhammad III decidió huir hacia el norte, donde fue asesinado por un fiel servidor de su consejo real. 

  

 

 

     Cuando Yahya fue nombrado nuevamente califa (1025-1027), envió a un visir a Córdoba para ejercer las funciones pertinentes en esta ciudad, pues tampoco le atraía mucho el vivir continuamente bajo riesgo de muerte. Efectivamente, su representante en Córdoba terminó por verse envuelto en una nueva rebelión que terminó con la dinastía hammudí y dio paso a un período de anarquía que duraría seis meses.     

     El fin de una época. El último califa: Hixam III   

     En 1027, Hixam III se convirtió en el último califa de Córdoba. Su gobierno, sin embargo, era ignorado en la mayor parte del territorio de Al-Andalus. Mientras en el este dominaban las taifas controladas por eslavos, en Sevilla los abbadìes comenzaban a forjar la suya. Tardó casi dos años en decidir abandonar Valencia para entrar en Córdoba. La gente esperada su llegada con gran parafernalia, con sumo entusiasmo, pero el califa apareció como vencido, ataviado descuidadamente y con un pobre cortejo.    

 

     Hixam III contaba ya con unos cincuenta años. Le costaba dirigir un reino tan complejo como el suyo, así que cedió gran parte de la potestad a su primer visir. Arrogante y malversador de fondos, se ganó prontamente el desafecto del pueblo beréber, que, observando la impotencia del califa para controlarlo, decidió que la mejor manera de continuar hacia delante era aboliendo definitivamente el Califato.    

     Chahwar, jefe del consejo real de Hixam III, decidió usar a un hombre de poca inteligencia pero mucho tacto entre los beréberes, llamado Umayya, que reuniera a todas las personas que pudieran para hacerse del control de palacio. Usándolo como pieza de un puzzle mucho mayor, se le prometió el trono si le concedía su ayuda.    

      Estando en marcha la revolución popular, el visir de Hixam III fue degollado, y se paseó su cabeza en una pica por toda la ciudad. Para cuando todo el contingente irrumpió en el alcázar, Hixam III ya había huido con su hija y tres concubinas al pasadizo que conducía hacia el mirab de la mezquita mayor, por encima de la calle real. Allí, Chahwar le comunicó el propósito que tenía el consejo real: abolir el Califato y dar la libertad a su último califa, dejándolo libre, sin condenarlo a muerte. Por su parte, Umayya, sintiéndose engañado en sus esperanzas de alcanzar el cetro real, fue expulsado de las estancias califales. Con este acontecimiento se proclamó la anarquía bajo un régimen, por ahora, oligárquico. La conformación y establecimiento de las taifas era la constatación formal de una realidad que, materialmente, tenía ya varios años de existencia.     

     Los últimos momentos del califa Hixem III son narrados por Dufy con extrema nostalgia.. Se le muestra como a un hombre que pide compasión y piedad, como alguien que desconoce su futuro más próximo y quien, finalmente huye a Lérida, donde lo refugió un antiguo conocido que le dio cobijo hasta el final de sus días, seis años después.     

     Es de suponer que los que sobrevivieron al 1031 fueron conscientes de que había llegado el final de una era de bonanza, y había comenzado otra de continua inestabilidad, basada en las alianzas cristiano-musulmanas contra otros musulmanes, en la sumisión y el tributo hacia los cristianos y en el acelerado avance de las tropas castellanas y aragonesas hacia el sur. Todo ello, al menos, hasta la invasión y “reunificación” de los almorávides… pero eso es una historia que debe ser contada en otro momento.   

 

 

 

Bibliografía:        

 

      -ARIÉ, Rachel; “España Musulmana”, en MANUEL TUÑÓN DE LARA, Historia de España, Vol. III; Labor, 1992, Barcelona.     

      -DOZY, Reinhart P.; Historia de los Musulmanes en España; Vol.III Turner, 1984, Madrid; pp. 177-274    

      -GARCÍA DE CORTÁZAR, Fernando; Biografía de España; Galaxia Gutenberg; 1998; Barcelona; pp. 115-126         

      -GHEJNE G., Anwar; Historia de España Musulmana; Cátedra, 1999, Madrid; pp. 38-54    

      -LEVI-PROVENÇAL; E.; “España musulmana. Hasta la caída del Califato (711-1031)”, en MENÉNDEZ PIDAL, R., Historia de España, Vol. IV, Espasa-Calpe, Madrid, 1957.; pp. 397-491   

 

 

 

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