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Rincón del relato: Esperando


Hoy os traemos un microrrelato de historiador histrionico. Poco hay que decir al respecto, su título es esperando.

Esperando… esperando. Así se quedó durante largo tiempo sentado en una vieja mecedora de madera. Sentado, con las piernas estiradas y sus finos dedos tamborileando sobre sus pantorrillas. Esperando… esperando. Meciéndose levemente con la punta de sus dedos haciendo que la madera se estremeciese en un crujido sordo que le llenaba de repelús y tensaba todos los músculos de su cuerpo. Esperando… esperando. Mirando con sonrisa torcida, con ironía lúcida, con la mayor de las iras, a la vez la mayor dulzura en el rostro, un viejo teléfono negro que colgaba de una pared desconchada. Esperando… esperando. Fijando su vista en las teclas cubiertas por un fino polvo, y por un 9 gastado por la frecuencia de pulsado, mientras un insecto microscópico atravesaba el teléfono y paseaba por la pared entre pintura y desconchones. Esperando… esperando. Mientras en la tele se repetía una y otra vez el mismo programa, sin permitir dar una noción de día o noche, o de que día de la semana había pasado. El mismo cigarrillo se consumía una y otra vez, hasta el mismo filtro en un acto completamente mecanizado y alienado, con suma perfección. Esperando… esperando. Esperando esa llamada prometida y que no llegaba. Había recibido dos llamadas de su trabajo y una de su madre, los cuales acabaron desesperados por la retahíla de monosílabos que solo acertaban a escaparse a este lado del teléfono, despachando pronto la conversación, por miedo a que la llamada se estuviese produciendo. Esperando… esperando. Así pasó las noches y los días, alimentado a base de nicotina, cafeína, pastillas rosas y yogures de sabores. Llegó a olvidar porque se pasaba las noches delante de un teléfono desvencijado. Llegó a borrar de su mente aquellos besos furtivos, aquellos amores declarados sin anillo en moteles de carretera. Esperando… esperando. Pero no podía olvidar aquella piel cálida, tostada al sol de Enero en alguna lejana playa de la Patagonia. Esperando… esperando. Hasta que su sangre se alteró y sus nervios se convirtieron en ansiedad que le constreñía los vasos sanguíneos. Esperando… esperando. Hasta que apartó la mirada del teléfono negro, y se fabrico un extraño artilugio con una cuerda que colgaba de un armario. Esperando… esperando. Hasta que se cansó de esperar y la cuerda rodeo su cuello produciéndole una sensación de liberación de endorfinas, dando paso a un dolor penetrante que le hacía ir perdiendo poco a poco las funciones vitales, mientras sus músculos se convulsionaban buscando una salida. Esperando… esperando. Y allí mientras veía una luz atrayente, y todo se iba volviendo negro, el teléfono sonó con gran estridencia.

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  1. blademanu
    marzo 13, 2010 de 11:43 am

    Me gustó mucho, histriónico. Lo mejor de todo las diez ultimas líneas. En un principio -bueno, aún todavía- me pareció que de un poema cuyos versos decidiste romper, hilvanaste un relato a lo Benedetti. Al menos esa es mi sensación. Una sola pega, de tanto esperar me llegué a “desesperar”. Me agobié con tanta repetición, pero así, como te dije, le das un sentido rítmico y algo poético. Abrzs!

  2. mercefonseca
    marzo 13, 2010 de 2:42 pm

    A mí, sin embargo, me gusta mucho el ritmo que la repetición dá al relato. Es como el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (aunque con menos intensidad). Gracias histriónico, es muy bueno.

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