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¡Inauguración del rincón del relato!: Rol de dioses y niños.


Saludos a todos.

Cómo ya hemos venido anunciando, hoy queda iniciada una propuesta que deseamos que cuente con vuestro interés y participación. El relato para este sábado lo escribí ya hace un par de años, lo he elegido para esta ocasión por su ambientación histórica y su narración amable, me pareció una buena forma de empezar. Pero ya no comento más para dar paso a la propia historia y vuestros comentarios. Espero que os guste:

Rol de dioses y niños

Estaba atardeciendo y el sol ya calentaba menos sobre las murallas calizas de la ciudad de Cartago. Hacía ya unos cuantos siglos desde que la metrópoli púnica fuera totalmente arrasada por Escipión Emiliano y sus cohortes. Tras un cierto periodo de años, la ciudad fue finalmente reconstruida debido a su enclave estratégico en el Mediterráneo. Hoy en día era la ciudad más poblada del norte de África y la segunda del imperio después de Roma. Sobre la falda pelada de uno de sus promontorios cercanos, aparecen dos figuras misteriosas como por arte de magia:

-¿Por qué me has traído aquí?  Ya sabes que no me gusta el desierto, Minerva.

-Ya lo sé, pero este es un lugar muy propicio para continuar la conversación donde la dejamos  –  le respondió mientras observaba la ciudad atentamente- además, Baco, esto también es territorio romano.

-Y lo suyo que nos costó, Baal no lo cedió fácilmente. Pero bueno ¿qué me querías enseñar?

-Todo a su debido tiempo, ahora sigue contando ¿por qué crees que esa nueva religión de la paz  puede funcionar en Roma?

-Porque con esta nueva religión se crearía una nueva moral regeneradora, probablemente se suprimiría la esclavitud y, además con el poder del Imperio al final se extendería por todo el mundo. Por no olvidar que estoy arto ya de que esos emperadores se atrevan a igualarse con nosotros.*

Minerva se queda un tanto consternada, no se esperaba su repuesta así que le pregunta con cara de incredulidad:

-¿Y quién nos dará culto a nosotros?  ¿Has olvidado eso? – hace una pequeña pausa para pensar, acaricia a su lechuza* con un dedo a la vez que sonríe y dice:-  Aún así, tus planes nunca funcionarán, la humanidad es demasiado egoísta.

-A mí me seguirían rindiendo homenaje en cada taberna y cada otoño con la vendimia.

-Estás más loco de lo que yo creía.

En ese momento aparecen un grupo de muchachillos jugando, procedentes de un campamento de pastores no muy lejano.

-No estoy tan tarado como piensas, es por el pueblo por lo que lo hago. Por ejemplo  ¿ves esos zagales* que juegan tranquilos ahí abajo? Observa: no tienen más que cuerdas, palos y su imaginación para pasarlo bien, sin hacer mal a nadie.

-¿Eso crees? Te mostraré cómo no son tan diferentes a sus semejantes más mayores, al igual que un esclavo no es tan distinto a un patricio.

De repente, en medio de los niños aparece un precioso caballito hecho de madera. Esto, al principio hace retroceder unos pasos a los niños y quedarse boquiabiertos; pero no tardan mucho en acercarse todos a curiosear y empiezan a coger impulsivamente el caballo cada uno de donde puede: de la cabeza, las patas… Hasta que todo es un caos de chillidos, patadas y mordiscos.  El resultado son unos cuantos niños llorando y el caballito despedazado por todo el suelo. Baco ante esta situación se queda un tanto desolado.

-Esto solo es una pequeña parte de lo que es capaz de hacer el hombre por poder ¡no Baco! Esa religión no traerá gloria y paz a Roma, Roma sólo ha conseguido la paz y la gloria por las armas y esa ciudad es testigo de la supremacía de esa fuerza- Minerva acabó severamente su enunciado señalando a la populosa Cartago. Tras alzar la mano, repentinamente la lechuza pareció perder el equilibrio por un momento, Minerva sin percatarse de lo alterada que está, continúa diciendo así: -Roma  será corrompida y debilitada por esa religión, así como tu vino hace con esos pobres mortales, los bárbaros atravesarán las fronteras y correrá  la sangre por todo el imperio.

Al pronunciar estas palabras, se levanta  un aire fuerte que desata una tormenta de arena, lo que hace huir despavoridos a los niños. Sin despedirse, Minerva desaparece exactamente como había llegado, dejando a su acompañante totalmente atónito. Cuando Baco se recupera de lo sucedido se encoge de hombros y se mete en la gruta más cercana con una pequeña ánfora de vino bajo el brazo.

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Jonatan Sánchez Martín.

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