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Historias que matan


 

             Alguna vez me he preguntado por qué los autores y textos clásicos son llamados así. Solamente algún erudito enrevesado me lo ha intentado definir, arrojando más sombras que luces a mis dudas. Y no, no vengo yo tampoco a deciros hoy aquí qué significa ser “un clásico”, pero en cualquier caso no comporta haber pasado a mejor vida. Francisco Ayala y Lévi-Strauss nos abandonaron hace poco más de un mes y hoy las editoriales vuelve a sacar sus obras a la luz aprovechando que rezuman ya  a incienso antiguo, esencia que enciende el corazón de los notálgicos.

              Eric Hobsbawm, gran historiador nonagenario aún en activo, ha sido el faro que, como un amor platónico imborrable nos ha llevado desde la ceguera saramagueña a la madurez universitaria en la que predomina el pensamiento crítico, el ojo avizor, el escepticismo, también la racionalidad y la lectura masiva, pero selecta. Nuestra formación -la de todo buen estudiante del pasado a través de la ciencia- pende de sus manos, porque Hobsbawm ha escrito, como lo hicieron también K.Marx, P. Ranke, E.P. Thompson, Lefebvre, Braudel y Le Goff, su nombre y apellidos para siempre en los anales de esta disciplina. Hoy, en Historiadores Histéricos, os ofrecemos el resumen de una conferencia que ofreció el historiador en 1994 en la que ataca la historia nacionalista, incluso la “memoria histórica” y apuesta por la historia global de colectividades. Este es nuestro pequeño tributo.

 

        Les guste o no les guste, los historiadores profesionales producimos la materia prima para que los no profesionales la usen bien o mal. Al fin y al cabo, todos los seres humanos, todas las colectividades y todas las instituciones necesitan un pasado, pero sólo de vez en cuando este pasado responde al que la investigación histórica deja al descubierto. El ejemplo clásico de una cultura de identidad es el nacionalismo que, según Ernest Renan, necesita “olvidar, incluso interpretar mal la historia”. El nacionalismo no pretende sino emitir anacronismos, trabajar con omisiones y descontextualizaciones porque las naciones son entidades históricamente novedosas que pretenden existir desde hace mucho tiempo.

 

                Por suerte la postmodernidad no ha afectado tanto como se creía. Hoy día la historia recibe un refuerzo académico procedente de la Ilustración, que profesaba cierto escepticismo sobre el proyecto de racionalidad, y que ponía en duda la distinción entre realidad objetiva y el discurso conceptual. Es decir, si no hay ninguna distinción clara entre lo que es verdad y lo que a mí me parece que es verdad, entonces mi propia construcción de la realidad es tan buena como la de ustedes o de cualquier otra persona.

Insistir en la supremacía de las pruebas y en el carácter fundamental de la distinción entre la realidad y la ficción históricas que puedan verificarse es sólo una de las maneras de ejercer la responsabilidad del historiador, y, como la invención histórica real no es lo que era en otro tiempo, quizá no la más importante. Buscar los deseos del presente en el pasado, o, en otras palabras, hacer uso de los anacronismos es la técnica más común y cómoda para crear una historia que satisfaga las necesidades de las llamadas “comunidades imaginadas” o colectividades. La crítica escéptica al anacronismo histórico probablemente es hoy la principal manera en que los historiadores pueden demostrar su responsabilidad pública.

Ahora bien, la fuerza de la crítica del historiador en sus funciones es negativa. Como dijo Karl Popper, la prueba de la falsificación puede hacer que una teoría sea insostenible, pero no aporta en sí misma otra mejor y, además, solo podemos derrocar un mito cuando se apoye en proposiciones cuyo carácter erróneo pueda demostrarse. Pero aún el investigador y difusor del pasado tiene una limitación más obvia: a la corta se muestra impotente contra quienes tienen el poder político para impartir cierta información en las escuelas. Pues, no olvidemos que la historia, sobre todo la historia nacionalista, ocupa un lugar importantísimo en todos los sistemas conocidos de educación pública.

En cualquier caso, el historiador es el responsable público, quien pone a disposición una materia prima que es transformada en propaganda y mitología por unos grupos concretos… sobre todo en una época en la que la tradición oral y la memoria familiar están en decadencia, toda comunicación intergeneracional se está desintegrando. Aun con esto, es necesario apuntar que la historia de las grandes colectividades, nacionales o de otra clase, no se ha apoyado en la memoria popular, sino en lo que los historiadores, cronistas o aficionados a lo antiguo han escrito. Las cosechas que cultivamos en nuestros campos pueden acabar convertidas en alguna versión del opio del pueblo.

 

La imposibilidad de separar la historiografía de la ideología y la política del momento presente, como dijo Croce, abre las puertas al mal uso de la historia, porque los historiadores no pueden colocarse fuera de su tema como observadores y analistas objetivos y asépticos. Pero no por ello debemos abandonar los criterios de nuestra profesión. La tentación de mentir o tergiversar es natural de todo investigador por lo expresado. Sin embargo, el principal peligro no es decir falsedades, que después de todo no resisten el examen riguroso de otros historiadores. El gran problema es la tentación de aislar la historia de una parte de la humanidad del contexto global, porque todas las colectividades humanas son y han sido necesariamente parte de un mundo más amplio y más complejo. Una historia concebida solo para los judíos, los griegos, los afroamericanos, los proletarios, las mujeres o los homosexuales, por citar algunas, no puede ser historia buena, por más que reconforte a su constructor. Por desgracia, la historia mala no es historia inofensiva, es peligrosa. Las frases que se escriben en teclados aparentemente inocuos son sentencias de muerte. 

  1. Memorant
    diciembre 26, 2009 de 9:36 pm

    Muy buenas reflexiones sobre el sentido de la Historia, sin duda es uno de los Historiadores que tengo más pendientes por leer.

    Tengo ya el libro de la última imagen: “Naciones y nacionalismos desde 1780”, pero estoy esperando a tener una idea más asentada de la Edad Contemporánea para leerlo. A su Historia del s. XX también le había echado el ojo por internet, parece que promete ¿no Manu?

    Un discurso con bastante justicia que solo un escéptico de lo qué es una nación se podría plantear…

    Gracias por la entrada!

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