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“La ruta de la seda”, Thomas O. Höllmann; Historia. Alianza Editorial; 2008


 

Durante toda nuestra vida hemos escuchado hablar sobre la “Ruta de la Seda” y casi anejo a este nombre otro igualmente popular, Marco Polo. Sin embargo, son muchas las imprecisiones que existen a la hora de definir aquel concepto.     

Thomas O. Höllman nos propone un viaje singular. En poco más de ciento cincuenta páginas, distribuye la información en bloques temáticos, pues la división cronológica daría lugar a un libro de mayores dimensiones. Aunque el propio autor admite lo complejo que es resumir dos mil años de historia y vicisitudes en espacio tan exiguo, lo cierto es que consigue construirnos una idea más concreta y acertada de lo que supuso el eje trasversal que unió el Atlántico y el Pacífico mucho antes de Vasco de Gama y Magallanes.

La “Ruta de la seda” toma su nombre de este producto tan común y caro en oriente, y a la vez tan codiciado en occidente. Transcurre desde Beijing  hasta Tiro o Antioquía. No obstante, sus ramificaciones son innumerables. Si ampliamos nuestra mirada comprenderemos la incongruente que es aislarla de las transacciones que los musulmanes mantenían con venecianos y genoveses o las de los chinos con los japoneses. También encontramos intercambios norte-sur, desde las estepas siberianas hasta los cálidos mares de Calcuta y Bengala o desde Malasia a Axium (Etiopía). De este modo queda configurada una extensa red de puntos comerciales unidos entre sí.

 

Lejos de ser uniforme y seguro, el recorrido transita por parajes arenosos, rocosos o a través del mar. Las temperaturas oscilan entre los 50ºC durante el día y los -30ºC por la noche en plenas cordilleras uzbekas. El desierto del Gobi, el de Takla Mahan, las estepas mongolas o el golfo pérsico son algunos de los entornos por los que miles de comerciantes caminaron desde la antigüedad. A estas adversidades orográficas y meteorológicas hay que añadir algo aún más evidente: la cultura material. No gozaban de carreteras y mucho menos de vehículos adecuados para transportar las cargas requeridas. El burro, la mula, el dromedario, el camello o incluso el caballo eran los animales más eficientes.

(anochecer en el desierto de Gobi)

 

Además de canalizar miles de operaciones comerciales, la “Ruta de la seda” fue también conducto por el que se fluyeron ideas artísticas (de oriente a occidente) como el arte islámico o el hindú  y (de occidente a oriente) doctrinas religiosas, como el cristianismo enseñado por los jesuitas. El budismo llegó a china  también a través de este camino en el siglo I y se tiene constancia de emisarios chinos en la Roma bajoimperial. Para comprender en toda su extensión tal magnitud, hemos de recordar que “La escuela de traductores de Toledo” pudo traducir del persa, a través del árabe, múltiples tratados de álgebra y aritmética. Como vemos, la labor de Alejandro Magno aún perduraba en nuestra era. El mayor impulso, sin embargo, llegó de los mongoles, quienes al instaurar un periodo de paz relativa facilitaron los flujos de todo tipo.

La organización para que las operaciones resultasen exitosas era mayor de lo que imaginamos. Estaban instituidos lugares de alojamiento y de alimentación, se trató de establecer puntos de avituallamiento, al menos líquido, cada cierta distancia y cada distrito o ciudad procuró que en su entorno los bandoleros y asaltantes estuviesen controlados. De este modo, entre cada una de las zonas de paso, se contribuyó a la seguridad y efectividad del tránsito.

taklamakan-desert-snow[1]

(desierto helado de Takla Makan)

 

En conclusión, “La ruta de la seda” es un libro útil para introducirse en la temática. Estudiar este recorrido nos ayudará a comprender que las relaciones de Europa con extremo oriente no comenzaron con aquel mercader veneciano que hablaba de palacios con los tejados de oro, sino que siglos atrás, antes del siglo V, muchos hombres se atrevieron a adentrarse en lo desconocido. Cierto es que hasta la plena Edad Media, a raíz de la “pax mogola”, la regularidad fue poco acusada. Expresión sencilla la que usa el autor, pero quizá excesiva acumulación de datos. El mapa que introduce al principio sirve para situarse de primeras, pero muchas de las poblaciones y agentes físicos que cita a lo largo de la obra no están señalados, lo cual en ocasiones puede desorientar al lector.

  1. abril 17, 2010 de 6:45 pm

    Muchas gracias por esta entrada tan completa! Es fantástica, y como queremos seguir los pasos de esta ruta, nos viene de perlas echarle un ojo al libro, bien está saberlo 😉

  2. blademanu
    abril 17, 2010 de 10:55 pm

    Tengan buen viaje. Ha de ser fabuloso -a la vez que arriesgado- pisar muchos de los territorios que cita este libro. Israel-Palestina, Irak, Afganistan y Kirguistán no están para echar cohetes -o sí…- y, recientemente, tampoco el centro-oeste asiático.

    Un abrazo desde historiadores histéricos.

  3. diciembre 10, 2012 de 11:37 pm

    oigan con paciencia gente, no nos salgamos del tema.

  4. alvaro
    julio 31, 2013 de 1:58 pm

    que valentia de aquellos comerciantes de trasar la ruta con diferentes culturas y peligros de las mismas

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