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POUNDS, Norman J. G.; La vida cotidiana; Historia de la cultura material; 1999; CRÍTICA


    

 

    Desde el albor de los tiempos el hombre siempre ha dependido de la naturaleza, bien para obtener alimentos, bien para hacerse de materias primas para la construcción o manufactura. Como veremos más adelante, las necesidades básicas han sido el sustento, el abrigo y el cobijo.

     Pound ha conseguido ofrecer con este libro una perspectiva diferente de la historia, la de la vida cotidiana. Pero un estudio de tal amplitud, inevitablemente, deja lagunas. Dedica pocas páginas al mundo prehistórico y antiguo, algo normal si comprendemos que su ámbito de especialización es el Medioevo. Por otro lado, en no pocas ocasiones carga las tintas sobre Europa oriental, especialmente Polonia y los Balcanes. Los motivos los desconocemos, quizá porque son casos paradigmáticos en los que la Era preindustrial penetra hasta el siglo XIX. A la vista de la tipología de sus viviendas, de la organización social y administrativa, anquilosada en el régimen señorial, la distribución de la riqueza y los métodos de explotación, no parece una afirmación controvertida. El Renacimiento, la Revolución científica y la Ilustración parecen haber pasado de puntillas por el mundo turco y eslavo. Una carencia que, a nuestro parecer, es incontestable es la falta de datos del mundo islámico, máxime cuando es protagonista en nuestro continente desde el siglo VII hasta el XIX, bien por Al-Andalus, bien por el Imperio Turco.

     Al margen de estas puntualizaciones, el lector, al terminar la obra, mira con otros ojos la realidad circundante. Todo adquiere un sentido nuevo, pues detrás de cada iglesia, huerto o camino, detrás de cada invento hay una multitud de personas que, sin  tener esa noción, contribuyeron inestimablemente a que la vida de la humanidad fuera un poco más feliz.

 

ORÍGENES Y DIFUSIÓN

1. Prolegómenos    

     La vida es un compuesto de necesidades fisiológicas, aspiraciones intelectuales y temores, siendo las primeras fáciles de catalogar y evaluar: comida, cobijo y el abrigo corporal que el clima exija. Este libro es, a grandes rasgos, las historia de los distintos modos en que se han satisfecho estas necesidades fundamentales.

     En la sociedad preindustrial, los rigores del clima provocaban malas cosechas, el hambre y la peste diezmaron la población en numerosas ocasiones, pero nunca bajo el mismo patrón (diferentes causas, mismos efectos), pero el frío tenía igual importancia: no existía ni ropajes ni calzado adecuado para soportar temperaturas de -1ºC de media en Sajonia (lo que significa hasta -18ºC por la noche, algo que aún hoy causa problemas). Igual importancia tenían los factores artificiales: guerra, robos, asaltos, algaradas, razias. La familia, por lo general, no era fruto del romanticismo, más bien de la protección, al igual que la comunidad. Vivir solo suponía un peligro eminente y marginación por parte del común.  Más allá del radio de las comunidades vecinas, no más de un día de viaje, todo era extraño, todo quedaba más allá del horizonte de la vista y del pensamiento y, por tanto, había que vigilar y protegerse de lo que procediera de allí.

 

El mundo de los espíritus

     La concepción del mundo y del tiempo como algo irregular, arbitrario, caprichoso, sometido a las leyes absolutas de la naturaleza llenó el mundo de incertidumbre. Desde el Paleolítico, los lugares y las acciones de los hombres se vincularon a un mundo supra terrenal, acción que pretendía explicar y justificar aquello que no comprendían. Los espíritus, bajo el manto del cristianismo, se transformaron en santos y los ritos en días para adorarlos. Así, se procuraba la ayuda de los espíritus del bien, los santos. De aquí a la adoración de estatuas que los representaban y a las peregrinaciones hay un paso. Al fin y al cabo el cristianismo trató de terminar con estas concepciones paganas; aunque lo cierto es que la sociedad durante largo tiempo siguió siendo animista en su base, especialmente entre brujas y pastores. El absolutismo del siglo XVI, la Reforma y la Contrarreforma se ocuparon de terminar con la concepción medievalista de religión. El Estado se haría cargo de la ley, mientras que la iglesia pondría a raya a los espíritus. De ahí que la primera lucha fuera contra la brujería (hasta el siglo XVIII).

     Por otro lado, se difundía muy lentamente una cultura de masas con escasas cabida tanto para el animismo y los localismos de la cultura popular anterior como para las culturas jerárquicas de la religión institucionalizada.

 

El contenido de la cultura material. El centro y la periferia

       La satisfacción de una carencia facilita la satisfacción de otras. Siempre ha habido nuevas satisfacciones que obtener, y en el último medio siglo estas han tenido un crecimiento exponencial, compartido con el de las técnicas mediante las cuales pueden ser alcanzadas. Europa pasó de ser importadora de progresos a ser exportadora en la Edad Moderna.

La difusión de la cultura material no solo fue geográfica (los polos de desarrollo oscilaron de Oriente al Imperio Romano y de aquí al noroeste de Europa), sino también social. La difusión de la cultura material no fue sólo geográfica, sino también social. Siempre ha sido la élite político-social el segmento de la sociedad que ha estado mejor alimentado, mejor vestido y que ha tenido las mejores viviendas. Esta élite podía adoptar las innovaciones antes que el resto de la población, y establecía los patrones que los demás imitaban. Sea cual sea la faceta del bienestar material que elijamos, desde los cristales esmerilados al uso de jabón y de ropa interior, vemos que el progreso adquiere importancia primero entre la clase alta, y luego se abre camino lentamente hasta llegar a las clases inferiores.

 

 

 

                2. Revolución y difusión en la Europa de la Prehistoria

     Aceptando que el hombre estaba igualmente dotado mental y físicamente en cualquier parte del planeta, no es sorprendente encontrar avances tecnológicos simultáneos en lo que respecta a la talla de la piedra, las lanzas y los arpones, por poner solo algunos ejemplos. Esto nos impide establecer una cronología reglada de los distintos inventos que sirvieron para la mejor práctica de la agricultura, en un principio. Los descubrimientos han sido o por casualidad o por una búsqueda perseverante. Los principios de la metalurgia pendulan entre la ciencia y la magia.

Esto se debe a que los medios de comunicación estaban poco desarrollados y solo el desplazamiento físico o las transacciones comerciales facilitaban la transmisión. Pero, aun así, que se conociera el invento no significa que fuese extendido rápidamente a todos los campos de trabajo.

Pero la historia cultural nunca tuvo un avance homogéneo, como la ola del mar que avanza sobre el mapa y todo lo cubre (sino que hubo núcleos que resistieron y no se adaptaron y otros que fueron pioneros). Además, los hombres de aquel entonces no tenían noción de progreso. Les faltaba perspectiva y análisis histórico para comparar sus progresos con los de sus antepasados. Más bien al contrario, la edad de oro, la de los dioses, siempre habría quedado atrás. No sería hasta abandonar el pensamiento fatalista dominado por la religión, en la Revolución Científica, Descartes y Baco, cuando la idea de progreso quedó establecida.

 

     (p.40) La Europa de la Prehistoria gozó de las innovaciones de Oriente venidas como las ondas que en el agua se expanden tras lanzar una piedra; pero nunca unas se sobrepusieron a las anteriores, sino que convivieron largo tiempo. Al contrario que las especies extinguidas, el hombre supo adaptarse al riguroso clima y al entorno cambiante. El problema constante de la alimentación parece que se vio subsanado por un mecanismo que regulaba la cifra de miembros a los recursos disponibles.

(p.43) Los primeros agricultores- son fruto de una simbiosis con los adelantos técnicos: las armas, el utillaje, la cocción de arcilla, la provisión de alimentos y un lenguaje más estable, así como el clima cálido. El hombre terminó por hacer uso de los carroñeros, como el perro, que merodeaban sus comunidades, y terminó por domesticar a las cabras y las ovejas, de las que obtenía numerosos beneficios. Caballo, en Euroasia, y el burro, en el Mediterráneo, fueron los siguientes. Caza, carne, leche y lana, así como transporte, fueron las principales funciones de los animales domesticados.

     Respecto al cultivo de las plantas, es más importante saber cómo se difundieron las semillas, antes que el cómo reproducirlas (pues tan solo observando la naturaleza podía conseguirse esto último). Trigo y cebada crecían esporádicamente. Distintas mutaciones las llevaron a perder cáscaras y glumas que las recubrían, favoreciendo que se las moliera. La hoz de pedernal con mango de madera, los palos y los más primitivos arados eran herramientas necesarias para la actividad agrícola. La importancia de los cereales estriba en su alto contenido proteínico y calórico así como su adaptabilidad al medio y su alta productividad con poco esfuerzo. Silos y graneros sirvieron para su almacenamiento y protección frente al agua y la humedad. Las comunidades agrícolas más antiguas estuvieron en Zagros y Jarmo. Estaban compuestas por unos 150 individuos, vivían en casas de adobe, usaban útiles de sílex tallado, tejían cestas y hacían vasijas de terracota. No siempre es fácil dilucidar si se trata de grano doméstico o salvaje.

¿Cómo se expandió la agricultura?- Debemos pensar que el hombre no sería movido por iniciativa propia, sino más bien por una necesidad fuera de su control: el crecimiento demográfico que empujaba a buscar nuevas zonas. Los nuevos agricultores buscaron tierras de fácil labranza. Las más aptas eran las loess, normalmente libres de hierbajos y profundas raíces. El Danubio y el Rhin las tienen y es en ellos donde mayor número de asentamientos hallamos.

Los Morteros, vasijas, cuencos… la cerámica fue el descubrimiento más importante; pero no tuvo un solo lugar de origen. Que su materia prima fuese abundante y que el método de fabricación fuera sencillo impidió el establecimiento de redes de comercio de larga distancia. Los monumentos megalíticos de la costa atlántica, que posteriormente se extendieron hacia el oeste, fueron fruto de tres causas: mayor organización y estructuración grupal, base económica estabilizada en la agricultura y estratificación de las actividades (de tal modo que unos cuantos se dedicaran a la construcción). Silbury Hill, se ha calculado, necesió 18 millones de horas de trabajo humano. Posiblemente muchos compartían no solo un estilo cerámico, de lo contrario es imposible esfuerzos comunitarios tan grandes y de tal grado de coordinación.

     Para el Neolítico encontramos casas circulares y de madera cuanto más a oriente nos desplazamos (ya que los ladrillos de arcilla legados por Oriente Próximo no resistían la humedad del continente europeo) y más rectangulares y alargadas en poblados del Danubio.

 

La Edad de los metales- fue otro paso decisivo en el avance de la civilización, porque en ningún momento se pudo tomar el bronce de la naturaleza, pues es producto de la combinación intencionada de dos elementos químicos. Alta temperatura, aire y un lugar preparado fueron necesarios. Quizá los comienzos del cobre fueron las hogueras, en las que se alcanzaba temperatura suficiente para fundirlo mínimamente. Los primeros moldes se hacían primero en cera (perdida) y arcilla, en la que luego verter el metal fundido hasta que solidifique. El cobre+arsénico dejó paso al cobre+estaño (pero como en ninguna combinación ambos materiales estaban en el mismo sitio, se necesitó el transporte). España y Gran Bretaña se convirtieron en centros de explotación de menas, “los lugares del bronce”.

     El uso del bronce se había generalizado en Europa hacia el año 2000 a.c. Pero, para los usos cotidianos continuaba usándose el sílex. La irrupción de los “pueblos del mar” y la eterna dependencia del comercio propició el uso del hierro por el cobre o el bronce. La variedad de productos que se podía extraer del hierro era mínima, en un principio solo objetos decorativos; sobre todo porque su punto de fusión era de unos 1537 ºC. Sin el hierro no hubiera sido posible la albañilería del período clásico, la tala hubiera sido más complicada y no se habría inventado el arado pesado para tierras arcillosas. La carburización, el paso del hierro al acero, fue el siguiente paso. Sumergir las piezas en agua fue decisivo para fortalecer la labra. Esta acción fue común a partir del siglo X-IX a.c. (como dice la Odisea). Hallstat fue la cultura que definitivamente adoptó el hierro en sus herramientas y armamento. Antes hubo una convivencia de ambos elementos, poco a poco más decantada hacia el hierro. Los carros de cuatro ruedas para el transporte y  de dos para la guerra, la doma del caballo y el uso de espadas largas son propias de esta época.

     El trabajo de la madera se especializó. Carros y carromatos fueron usados en la guerra y eran objetos de prestigio, que encontramos en tumbas principescas. Casas y carreteras (todo comienza por “c”, jeje) también empleaban mucha cantidad de madera.

 

(p.66) Los poblados y viviendas- se construían en base a la técnica y a los materiales disponibles en el entorno. Eran tan necesarias como los alimentos. En el Neolítico las viviendas estaban en zonas generalmente secas y pocas veces en cuevas o sobre suelos calcáreos. La madera, en las zonas húmedas, la piedra en Gran Bretaña y esta combinada con el adobe en el Mediterráneo, marcan una regla general. Algunas tipologías perduraron hasta la Edad Media.

La planta de la vivienda suele estar relacionada con el material que se usa para la misma. Al ser la piedra más difícil de trabajar que la madera, cuando se la usaba, las esquinas solían ser redondeadas, nunca en ángulo. Lo más normal era construirlas de planta cuadrada. El ejemplo palmario es el yacimiento de Aichbühl, con veinte hogares, con tejados a dos aguas. En época de Roma, el progreso de las viviendas no era mayor que en el Neolítico. Las transformaciones radicaban más bien en el modo en que las comunidades organizaban el espacio bajo su dominio, en sus técnicas de producción y en la cantidad de bienes de consumo que poseían.

 

                (p.72) Hacia las primeras ciudades-. Si bien en el Neolítico los yacimientos estaban dispersos y un tanto inermes, desde que los escitas/celtas asolaran todos los territorios de Centroeuropa, comenzaron a procurarse protección, bien por medios naturales (cabos, terraplenes), bien por medios artificiales (empalizadas, murallas…). De aquí se pasó a los oppida celtas, que fueron combatidos por los romanos hasta la saciedad; de ahí que su política posterior tratara de bajar a las gentes al llano. Pero esas fortalezas no siempre estaban pobladas, sino solo en momentos de guerra. Al compás de estos se desarrollaron explotaciones de hierro en Renania y de sal en Hallstat. Pero lo cierto es que había un fluido mercado, interior y atlántico, de mercancías. En ocasiones se producía textil y carne de más para exportar. Encontramos restos de vino en Escandinavia, cuando solo se producía, como máximo, al sur de los Alpes. Para el intercambio de materias, nacieron los lugares públicos y así pasó a dependerse de la producción de lugares a media distancia.

     El salto cualitativo se dio cuando la ciudad pasó de centrarse en las actividades artesanal y comercial, como primarias, a dejarlas a un lado para dedicarse a otras: elevar la comunidad a un alto grado de desarrollo cultural, político, artístico y arquitectónico o, lo que se conoce como “civilizaciones clásicas”.

 

3. Los cimientos clásicos de la cultura occidental.

Es difícil dar con alguna novedad  técnica de la que sean totalmente responsables las civilizaciones clásicas. Las habilidades técnicas, cuando no la visión, de los griegos de la época de Pericles apenas eran distintas de las de los celtas de La Tène, que también construían y fortificaban sus oppida.

(p.82) Grecia. La institución más peculiar que distinguía a Grecia era la polis, que tenía mayor cantidad  y variedad de funciones. Si pudiéramos formarnos una imagen genérica de la polis griega, la representaríamos como un recinto amurallado, situado en un lugar prominente y dominado por una especie de fortaleza o acrópolis, calles estrechas de casas pequeñas, hechas de adobe y madera, con poca piedra y una plaza pública o ágora. Sin embargo, muchas de estas tenían su razón de ser en movimientos temporales de población que, como en el caso de Megalópolis, posteriormente fueron abandonados. Entre estas, el comercio a gran escala casi no existía. Los esclavos -1/5 de la población masculina- fue uno de los pilares sobre los que se sostuvo un modo de vida tan monumental y complejo. Las formas de construcción apenas exigían materiales que no pudiesen encontrarse cerca y técnicas que no hubiesen podido desarrollarse a escala local. Por otro lado, el clima mediterráneo incitaba a la vida al aire libre, y el calendario agrícola permitía insertar algunos períodos de ocio entre las labores del campo. Sin embargo, no hay que mitificas. El pseudo Dicearco describe las calles de estas polis como “nada más que míseras callejas de casas raquíticas”. La planificación urbanística no solo tuvo su origen en Asia Menor, sino también en la cultura Etrusca, ciudades como Marzabotto.

     Las polis tenían su propio gobierno, aunque su independencia se veía a veces restringida por su pertenencia a una liga o confederación de poleis (hasta 340 en total). Este modo de civilización fue difundido por las colonizaciones griegas, que tuvieron su principal sitio en Sicilia, más excepcional fue el Mediterráneo occidental. Las colonias tienen su origen en el exceso de población de la metrópolis. Era lo más parecida posible a la ciudad madre, y se convertía luego, a su vez, en un centro de vida urbana.

     En cualquier caso, lo cierto es que los celtas de finales de La Tène, constructores de los oppida, de hecho, no se dedicaban a embellecer sus ciudades, a erigir templos y stoas y a crear conductos de agua y espectáculos públicos.

 

     (p.88) Roma- El Imperio ateniense no era en realidad más que una alianza de ciudades-estado unidas para hacer frente a cualquier nueva agresión de los persas. Los romanos se vieron impulsados de una conquista a otra por la amenaza siempre presente de los pueblos bárbaros vecinos, hasta que, en el siglo I d.C. , alcanzaron el límite del Rin y del Danubio, donde permanecerán sus fronteras. Los griegos tuvieron poca repercusión sobre los bárbaroes entre los que se habían asentado, mientras que los romanos, en cambio, tenían conciencia de estar llevando a cabo una misión civilizadora. No obstante, siempre hubo bárbaros dentro del imperio y siempre Roma llegó más allá de sus fronteras mediante el comercio –Tácito en Germania explica esto con claridad-.

     La ciudad era la principal herramienta de romanización. Las colonias tienen más fines políticos que demográficos. Su objetivo principal era consolidar la conquista de un territorio, y sus primeros pobladores eran veteranos de las legiones romanas. Planta rectangular, cardo y decumano era la estructura. No pueden ser considerados ciudades porque tenían carácter militar. Muchas ciudades del imperio descienden de los oppida, que Roma hizo abandonar para asentar a la población en la llanura, donde serían más fácilmente controlados. Los asentamientos romanos no tenían una finalidad defensiva, pues esto impediría la consecución de su objetivo: una paz indefinida. Pero siempre hubo conflictos, el más grande en la frontera frente a los bárbaros.

     La mayoría de ciudades tenían menos densidad que las medievales. Roma y Atenas fueron la excepción. Boecio nos dice que eran “informes e irregulares”. En el siglo III d.c. la capital Imperial alcanzaba el medio millón de habitantes. En la periferia estaban las villas de los ricos. Parte del centro eran lugares públicos, pero las calles estaban congestionadas y mal construidas.

 

(p. 94) Los edificios públicos y privados- podemos dividirlos en varios tipos.

     -Las tabernae eran comercios dispuestos en hilera con cuartos y habitables en el fondo, normalmente de dos plantas, pero en ocasiones de hasta cuatro. Generalmente mal construidos y, como dice Juvenal y Cicerón, sufrían rápido deterioro que amenazaba derrumbes inminentes… en pleno siglo I d.c. La piedra, el ladrillo o el cemento eran los materiales más comúnmente usados.

     -Los insularum eran a especie de bloques de pisos –hasta seis- con un patio interior. Suetonio señala que eran incontables las que había. Las condiciones eran penosas: hacinamiento, oscuridad, insalubridad. Visto esto es comprensible que Roma se empleara en lugares públicos de gran calidad –foros y teatros-, donde pudieran entretenerse y salir de sus barrios marginales y sucios. Los foros han quedado enterrados por la ciudad actual. Ostia, Pompeya y Herculano están mejor conservadas.

     Entre Augusto y Vespasiano Roma –y algunas grandes ciudades de las provincias- se revistieron de mármol –de Carrara o Grecia- en detrimento del adobe, la madera, el cañiso o la arcilla. Más novedoso fue el cemento puzolánico, que desapareció en el Bajo Imperio, no se retomó hasta el siglo XIX, así como el ladrillo  de arcilla cocida, usados para grandes edificios y la construcción del arco. Mientras la arquitectura griega se preocupaba por la visión desde el exterior, los romanos miraron más hacia la decoración de los interiores “para estar a la altura del orgullo imperial y de la autoconciencia del individuo”, lo cual se extiende también a la arquitectura privada.

      Las casas, excepto las más pudientes, solían estar apiñadas, obligadas a añadir una planta más a la anterior para tener espacio suficiente en el hogar para el sitio de residencia y la tienda. Las casas con atrio, peristilo y triclinium eran escasas.

      Los romanos concedieron mucha importancia a otros aspectos menos visibles, pero más importantes del urbanismo: conducciones de agua, aseos y alcantarillado. Destacaron, pues, en la ingeniería hidráulica. El acueducto Claudio, el Pont du Gard, el de Segovia o los de Mérida y Lyon son buen ejemplo de la compleja red de canalizaciones. El sifón es invento romano.

      Los medios de eliminación de residuos humanos y domésticos fue compleja y nunca tan afortunada como la política hidráulica. Letrinas y pozos en la tierra eran lo más común. Hasta la Edad Media no se usó el agua corriente en esta problemática, por lo que la pestilencia, hasta el siglo XIX, estuvo siempre presente.

     A raíz de los oppida, la ciudad clásica institucionalizó los organismos políticos, sociales y administrativos. La red de casas en hilera, con escalera y con varios pisos es fruto de la arquitectura romana. Por lo general, ya lo decía Aristófanes, se anhelaba la vida en el campo, se detestaba la ciudad… razones hemos dado para ello.

 

(p. 105) La vida rural. La villa hizo de intermediaria en el lento proceso de romanización del campo. Los pagani o campesinos (luego con carácter religioso por ser los últimos en tomar el cristianismo) eran mayoría en el Imperio y solo parcialmente participaban en la vida cívica. Era la villa el centro neurálgico de una hacienda rural. Tenía como elementos característicos una zona residencial con pórtico, dos alas que rodeaban un patio interior, talleres y se fabricaban en madera, paja y tejas. Algunas tenían pavimentos de mosaicos e incluso calderas. Era también un foco cultural.

     La población rural vivía en casas de madera sin más decoraciones. Tanto en Grecia como en Roma predominó el minifundio, si bien tras las Guerras Púnicas en el siglo III a.c. comenzó a darse el latifundium, cuya superficie era cultivada por esclavos. Pero los aperos de labranza no evolucionaron mucho desde la Edad del Hierro. Aunque conservamos tratados de finanzas del campo, no sabemos su sistema de explotación. No había una explotación de escalas: era igual en la grande que en la pequeña propiedad. El arado sin vertedera y de madera era el más común. La tierra necesitaba dos pasadas para que fuera más fértil. Gracias a Plinio “el viejo”, sabemos que en época clásica se inventó –pero no se difundió- el arado pesado, tirado por dos bueyes, con un par de ruedas de apoyo y doble cuchilla –vertical y horizontal, para cortar y remover-. Su origen, dicen, fue Alemania. Hasta la Edad Media no tuvo éxito.

     Las ¾ partes de la tierra estaban dedicadas a la cebada, el resto al trigo. A veces la avena y el centeno sustituían a la primera, más propia de los pobres que la segunda. El norte húmedo favoreció el cultivo de la cebada, la avena y el mijo. El Mediterráneo fue más adecuado para el trigo. El abono y el barbecho eran escasamente utilizados, pero existían. Existía una trashumancia de corto radio en los Alpes y los Apeninos. La Lex agraria del 111 a.c. lo demuestra.

     La dieta se basaba en cereales cocinados, hechos pan o gachas, frutas, verduras y aceita, complementados con leche de cabra y pescado (en las zonas de costa… en el interior en salazón). La carne era menos común, solo entre los opulentos, pues solía dejarse los animales para la labranza. Era el cultivo del olivo y el transporte del aceite en ánforas el principal del comercio romano, a pesar de ser trabajado por los más humildes campesinos. A los cereales y el olivo le seguía la vid. Las ánforas de Testaccio son una prueba del volumen que supuso el tránsito de este producto, primeramente llegado de Asia Menor a Grecia.

 

(p.116) Las artes y los oficios en la época clásica– pueden dividirse en la metalurgia, la hiladura y la alfarería, así como la carpintería y ebanistería. Pero no olvidemos que si bien la escultura griega puede parecer más vistosa, funcionalmente no deja de ser similar a la de Hallstat o La Tène.

-Los metales más comunes eran el hierro, el plomo y el bronce. Pocos metales preciosos. La única novedad de los romanos frente a las galerías y los picos de hierro de Grecia fueron las norias accionadas por ruedas hidráulicas… sin posterior evolución hasta el siglo XVII. Laurión, en el Ática, fue el más famoso de los yacimientos de metal (en este caso oro, relacionado con la leyenda de Jasón y el vellocino); pero también lo tenían los Etruscos y los hispanos. Los acueductos (las cañerías) eran de plomo, posible causa del saturnismo. El bronce había quedado relegado por el hierro a los adornos. El estaño solo era apreciado para hacer bronce. El hierro se fundía y trabajaba en hornos de cuba y se usaba para armas, corazas, clavos y herramientas. Ya Pausanias, en el s.II d.C. nos habla del hierro acerado por carburación –presumiblemente aún escaso y se perdió hasta los altos hornos del siglo XV-. Seis mil legionarios necesitaron de doscientos herreros, luego podemos hacernos una idea de la importancia de este oficio.

     -Las hilatura y tejidos fueron heredadas de la Edad del Hierro. La crin, la lana y el lino eran los más comunes, y los de mejor calidad procedían del Mediterráneo. Para trabajarlo se hilaba, primero, luego se tejía y se le daba un acabado. Era una tarea doméstica, propia del invierno y para uso familiar. Con el paso del tiempo los tejidos ganaron en suavidad. El cuero, por su parte, fue usado para el calzado, las bolsas, las sillas de montar y las “juntas” de las armaduras de los milites.

     -La alfarería fue sumamente importante en el almacenamiento. Siempre estaba condicionada por la tecnología y por la cantidad de arcilla de que se gozase. Generalmente se trabajaba a torno, accionándolo con el pie. La terra sigilata fabricada en Arezzo fue la más común, así como la cerámica “aretina”. El vidrio comenzó a trabajarse en Oriente Medio y luego en Grecia.

     -La carpintería fue útil para la fabricación de casas, barcos y muebles. El torno facilitó el torneado de las patas de los muebles. La caja de herramientas de un romano se diferenciaba de alguien del s. XIX en el destornillador y los clavos metálicos. Encina, ciprés y cedro eran las más comunes. Pocas exóticas, excepto el cidro de África, que Cicerón pidiera para una mesa.

     El desmoronamiento de este sistema especializado de intercambio y producción –monetario y de largo recorrido- fue lo que marcó el fin de las civilizaciones clásicas.

 

 

LA EUROPA PREINDUSTRIAL

                4. Las comunidades rurales

 

     El tamaño de cada población estaba relacionado con la superficie de los campos y los métodos de cultivo. La agricultura estaba también en relación con el suelo y el clima, y el tipo de población dependía de la situación del suministro de agua y de la disponibilidad de terrenos secos donde construir las casas. Por ejemplo, en la llanura magiar, donde podían ser asediados por tártaros y turcos, los pueblos alcanzaron el tamaño de ciudades.

     Los únicos factores que se mantenían más o menos estables en la historia de los poblados eran los que estaban implícitos en el entorno mismo, pero hasta eso podía cambiar por interferencia del hombre, pues una población tenía que estar cerca de los campos que sus habitantes cultivasen, lo bastante como para ir a pie. Un buen ejemplo es la creación de motas o terps para elevar una casería y protegerla de los terrenos húmedos.

     Consideramos el pueblo como la forma típica de poblamiento rural de la mayor parte de Europa. Hasta el siglo XIX fue el hogar de la mayoría de población europea. No se puede decir un tamaño concreto. Podía tener sólo una docena o una veintena de casas. Podía tener más o menos infraestructuras. Eso dependía del lugar y la organización.

     Las necesidades que llevaron a cierto número de casas dispersas a agruparse fueron varias. Primero una razón estratégica de protección mutua. Ejemplo de ello son los burhs de Wessex o las fortificaciones de Justiniano. Fosos, terraplenes y empalizadas eran usados como defensa. Por otro lado, la estimable carencia de castillos obligaba a la población a refugiarse en las iglesias.

     Una nueva forma de propiedad y de ocupación de la tierra se impuso en gran parte de Europa en los siglos que siguieron a la caída del Imperio de Occidente: la tierra pasó a mano de los señores, que la poseían a cambio del servicio prestado al rey. Encontramos una segunda servidumbre en las tierras del este done terminó por retomarse las obligaciones de los campesinos y el cobro en especies.

     Era tan difícil escapar del pueblo como del propio dominio, porque el campesino dependía de los derechos comunales y sobre sus tierras, de lo contrario no podría alimentar a su familia ni alimentarse. El tamaño máximo de un pueblo tenía un tope práctico, marcado por las tierras disponibles y la distancia máxima a la que podían desplazarse los trabajadores, más pequeñas parcelas que campos abiertos. Las comunidades rurales entraron en decadencia cuando también lo hicieron las limitaciones y las ventajas que mantenían unidos a sus habitantes. Así se llegó a la desintegración de los pueblos y la construcción de casas particulares fuera de los límites de la villa. Donde se cercaron los campos abiertos, como sucedió en Inglaterra, los Países Bajos y gran parte de Escandinavia, se abrió la desintegración de los pueblos.

     El trabajo estacional o a tiempo parcial en los pueblos representaba una parte significativa del total de la producción industrial. Las industrias rurales fueron declinando lentamente a lo largo del siglo XIX, y su decadencia coincidió aproximadamente con el abandono aún más paulatino del cultivo de campos abiertos.

     Factor de la concentración de las poblaciones medievales fue la iglesia y sus instituciones parroquiales. En líneas generales había una cierta correspondencia entre pueblo y parroquia. Las primeras primitivas iglesias ponían especial énfasis en los sacramentos del bautismo y del entierro, ritos de paso que marcan el principio y el fin de la existencia humana. El deseo de estar cerca de las tumbas de los antepasados se remontaba a la prehistoria y se encuentra en lo más íntimo del alma humana, un vínculo más entre los habitantes de una comunidad. La distancia hasta la iglesia fue problema común. Aquí era donde se guardaban algunas de las más preciadas posesiones de los lugareños, también donde podían refugiarse en épocas turbulentas. La riqueza de una parroquia se expresaba en la cantidad que podía aportar para el diezmo, práctica muy anterior al cristianismo (mosaica y de Oriente Medio). Esta fuente de ingresos era la más importante y regular para la iglesia. Esto exigía que los límites entre las parroquias estuvieran bien definidos. Generalmente se usaban para mantener al párroco y a la iglesia, así como para socorrer a los necesitados. La percepción del diezmo osciló entre los monasterios y las manos laicas, dependiendo la coyuntura. Era también, la parroquia, el centro de la vida social, el lugar de reunión, un lugar seguro para resguardarse y donde se concentraban gremios, cofradías y asociaciones.

     Suele decirse que la familia en la sociedad rural estaba formada por familias nucleares, porque los impuestos se pagaban por “fuegos” o casas; si bien también la encontramos entremezclada con la familia extensa, en la que los abuelos y sus hijos e hijas casados también estaban presentes.

 

La tipología de los pueblos   La comunidad rural era como un organismo palpitante, autónomo, autosuficiente, pero sujeto a influencias externas que iban desde la guerra hasta la peste, pasando por las exacciones de la Iglesia y del Estado. El emplazamiento de una población podía reflejar las limitaciones del entorno, pero su disposición interna respondía sólo a las presiones económicas y sociales. Los primeros tenían una disposición casi al azar de las casas en relación  las unas con las otras. Poco a poco incorporaron huertos como medida para una mejor economía doméstica. Otra novedad fueron las calles y las carreteras. A los lados de las mismas terminaron por alinearse las casas para facilitar el tránsito del ganado y las carretas. En su forma más simple, el pueblo estaba planificado en dos hileras de casas, detrás de las cuales estaban sus tierras de labor, una parcela que se extendía hasta el límite de la zona ocupada. Otras veces, el centro del mismo encerraba un prado alargado en forma de “huso”, terreno de pasto comunal y reunión.

     Existían también los pueblos amontonados, que en tiempo clásicos se hubieran llamado “polis”. Encontramos también, en el espectro opuesto, las aldeas y las caserías aisladas. En los últimos siglos el pueblo amontonado ha tendido a despoblarse debido a la ruptura de los vínculos de reciprocidad que lo habían mantenido unido: la explotación común de los campos abiertos. Es posible generalizar y considerar que determinados tipos de poblamiento pueden ser típicos de determinadas zonas. No se deduce de ello, sin embargo, que una forma domine exclusivamente en esa zona, solo que es la más común. La sociedad rural distaba mucho de ser igualitaria. Estaba muy jerarquizada, y la posición ocupada en ella era tan importante como en cualquier otra. La mayoría no fueron libres hasta algún año entre la Revolución Francesa y las revoluciones liberales del siglo XIX. En la Europa del este sobrevivió a la “Primavera de los pueblos”.

     Las condiciones materiales de vida en las aldeas y las caserías eran distintas de las de los pueblos amontonados. Las primeras eran más autosuficientes, pero eran tan pocos que no podían reunir para un arado pesado.

 

Pueblo e iglesia  Pocos pueblos carecían de iglesia, y no había población, por pequeña que fuese, que no perteneciese a una parroquia. La iglesia, en su sentido material, cambió, desarrollándose hasta convertirse en una característica dominante tanto del paisaje rural como del urbano. Si los relatos bíblicos puntuados de consejos morales influyeron más o menos en las personas, no lo podemos saber. Lo cierto es que raramente sabían leer y escribir.

     Por más que la gente desconfiase de la Iglesia como institución y de los sacerdotes como individuos y a pesar de la Reforma protestante, siguió perdurando hasta el siglo XIX el foco de su devoción y de sus esperanzas. Ya en el año 1000, nos cuenta Ranulf Glaber, Europa empezó a cubrirse con su “blanco manto de iglesias”.

     Con el paso de los años, la construcción de fábrica reemplazó a la de madera. Al presbiterio y la nave se le sumaron capillas laterales, campanario en el cimborrio… la iglesia se convirtió en un barómetro del aumento de población y riqueza. Las estructuras de madera se pudren fácilmente, y la mayoría de iglesias se han reconstruido en piedra o en ladrillo. Adaptaban el estilo a los materiales de que disponían. Los estilos y motivos arquitectónicos se difundieron por las principales regiones del continente, llevados por canteros itinerantes, cada uno con su colección de dibujos y maquetas.

 

Las estructuras del pueblo– Las iglesias estaban hechas de materiales locales, por lo común, de madera. El elemento fundamental de la vivienda campesina era un aposento con un lugar donde dormir y otro donde cocinar y preparar la comida. Incluso en la Europa de la Edad del Hierro se cumplían estos mínimos requisitos. Muchas eran  simplemente troncos ligeros dispuestos de diferentes formas. La mayoría de viviendas de la Europa medieval estaban construidas sobre el nivel del suelo, y eran de madera o de piedra. Al norte destaca la madera, al sur el adobe. En ocasiones, como en Inglaterra, encontramos la práctica de utilizar una arcilla bien amasada, mezclada con guijarros y paja llamada “cob”, a lo que se le añadía más o menos cal. El arte del ladrillo cayó con Roma y no resurgió hasta el siglo XI, aproximadamente.

     El tejado era la parte más delicada. Los romanos conocían la cúpula o falsa cúpula. En la Edad Media conocemos, sobre todo, las cubiertas planas o inclinadas que, independientemente, estaban cubiertas de hierba y hojas con postes apoyados en horizontal. Que se construyeran casas más largas que anchas se debió a la dificultad de cubrir un espacio ancho. El tejado de madera, hecho de tirantes, montantes y demás elementos de la armadura era sólo la armazón sobre la que descansaba el verdadero material de cubierta, que aislaba de las inclemencias del tiempo. Por ejemplo, un tejado bien cubierto de paja era casi impermeable. Por su parte, la pizarra o la piedra eran escasas y tuvieron una difusión reducida en el espacio. Las tejas de arcilla cocida fueron ganando terreno.

     La entrada del hogar podía estar en un extremo o en la mitad de uno de los lados mayores, cuyo acceso llevaba, directamente, a la estancia principal. La calefacción subterránea no apareció en la Edad Media, solo se situó la chimenea en un rincón de la estancia principal. El piso era algo menos importante para la seguridad y comodidad. Solía hacerse con tierra apisonada o arcilla, con arena, paja o serrín esparcido por encima esporádicamente. Normalmente estaba húmedo, pero esto dependía del drenaje del suelo. A partir de la casa simple se desarrolló la casa alargada, en la que un anexo servía para alojar los animales. A mayor escala, las casas señoriales tomaron de aquí su prototipo.

     El crecimiento del hogar, después de construir la cocina y la alcoba, consistió, normalmente, en  el añadido de dependencias agrícolas a uno de los extremos de la casa o a ambos a la vez. En Centroeuropa se iban añadiendo estancias. En el sur se sobreponía otra planta a la anterior, favorecido por la calidad de la piedra. Por unos u otros factores era una práctica no menos habitual el tener separadas las dependencias por un patio interior.

      En cualquier caso, por lo general, el granero, el establo y la granja estaban separados donde los rigores del invierno y la dificultad de trabajar al aire libre eran menores. Las paredes eran todo lo gruesas que podían ser, por lo menos en la Europa central y del este, para actuar como aislantes. Los polacos almacenaban paja, con el mismo objetivo.

     El calor suponía una ventaja y un inconveniente. Las gruesas paredes solían ser de piedra y estar encaladas para proporcionar frescor. Las ventanas servían para secar el tabaco, el maíz y otras plantas.

     Lo que es una novedad en las casas señoriales probablemente, al cabo de uno o dos siglos, se habrá convertido en algo corriente en las casas de los campesinos.

     La vivienda rural de la mayor parte de Polonia se ceñía a una estancia principal, con un hogar donde se cocinaba y un dormitorio. En todas partes se usaba la madera, dispuesta generalmente sobre cimientos de piedra. Las cabañas que se han conservado tienen sin excepción un hogar y una chimenea de piedra, que sustituyen al que había en el centro de la estancia. El color y la decoración cambiaban. Rara vez se alojaban los animales bajo el mismo techo que la familia campesina, y la casa alargada era también una rareza. La distancia no impide que Gales tuviera modelos similares de construcción.

     La cabaña simple de una sola estancia experimentó una lenta evolución, cuyo primer paso fue su subdivisión, primero mediante una mampara y luego con un tabique, en una sala y una alcoba. La necesidad de intimidad y la separación de habitaciones. Si faltaba espacio se hacía uso de un altillo (chalupa, en Polonia, mientras en Inglaterra hacían uso de una segunda planta completa, como en la casa wealden). La casa alargada puede considerarse la prolongación de la cabaña. En cualquier caso, la vivienda típica era, como casi en todas partes, la de dos habitaciones de sala y alcoba, con tendencia a que apareciese una habitación para el servicio  en el extremo inferior de la sala. El crecimiento del hogar y la basculación que experimentó el centro vital de los hogares, invitaba a los inquilinos a retirarse a la más plácida tranquilidad de los aposentos privados.

 

     Tras la época de las invasiones y de los reinos tribales que vino a continuación, Europa tuvo que enfrentarse a la tarea de reconstruir sus estructuras materiales, de reimplantar unas formas y unas técnicas de construcción y de volver a crear todo lo necesario para vivir o para hacer más llevadera la existencia. Ahora bien, esta paulatina mejora quedó enturbiada por la aparición de localismos en todos los aspectos vitales.

 

                5. Campos, granjas y alimentos

 

     Nos ocuparemos de la organización y la eficacia de la agricultura, de los tipos de campos y de herramientas agrícolas, de los cultivos y de su rendimiento y del modo en que la gente almacenó, conservó y consumió estos alimentos desde la caída del Imperio Romano hasta el siglo XVIII o XIX.

     Hasta hace poco, la tierra nos proporcionaba la materia prima de nuestras ropas, y, con productos que nos proporcionaba, se construían casas y se hacían herramientas. Las civilizaciones nacen y mueren, los imperios vienen y se van, pero el campesino sigue labrando la tierra con su paso lento, casi inmune a los cambios. Poco se alteró la vida con la caída del Imperio Romano de Occidente y su sustitución por los reinos bárbaros. La población disminuyó, así como la demanda de productos alimentarios. Las ciudades se redujeron en tamaño y en número, pero continuaron abasteciéndose en las zonas rurales, y Roma siguió recibiendo su grano por mar. En época de hambre la avena y las castañas asadas, así como las bellotas y las cortezas de árbol sirvieron como alimento.

     Los pueblos primitivos sabían ocupar tierras productivas. Primero ocupaban aquellas que mejor se adaptaban a sus útiles y sus métodos de cultivo, y sólo cuando estas tierras ya estaban plenamente aprovechadas se trasladaban a otras. La historia de la agricultura en Europa es la de las mejoras graduales de las técnicas de explotación de la tierra que posibilitaron durante la Edad Media. Las tierras del Mediterráneo eran más accidentadas que las del norte, donde la productividad y la potencia edáfica era superior. Si la demanda de alimentos aumentaba en una de estas regiones de llanuras cultivadas más allá de cierto punto, parte de la población tenía que emigrar. La emigración y la fundación de colonias es propia del sur de Europa. Tanto es así que al fin y al cabo la Europa del norte y noroeste fue la que pudo mantener un crecimiento más firme y más vigoroso.

    

La conquista de la tierra– La conquista de bosques y despoblados al otro lado de los Alpes fue la gran conquista de la Edad Media. Mientras unos construían casas, otros “rompían la tierra con arados”. El señor, por otro lado, tenía ganas de que la gente se instalara en sus tierras, porque estas carecían de valor si no es explotaban. Para sacar más provecho de la tierra, se desecaron pantanos, se roturaron páramos vírgenes.

     Además de esta colonización interna, hubo otro movimiento hacia fuera. Las dos direcciones principales de este movimiento fueron hacia el norte, a través de Escandinavia, y hacia el este, a través de las llanuras de Rusia. Muchas de estas tierras, dice la Crónica eslava, estaban desahitadas. El modo en que se instalaron estos recién llegados en esas tierras lo ponen de manifiesto los pueblos-calles alargados que crearon y las estrechas franjas de tierra que se extendían desde sus cabañas. La superficie de tierras cultivadas siguió aumentando hasta principios del siglo XIV.

     Para trabajar algunas tierras hizo falta una evolución del arado ligero, que solamente arañaba. La forma definitiva del arado pesado constaba de una cama con una cuchilla dispuesta de tal modo que cortase verticalmente la tierra. Detrás, la reja, cortaba horizontalmente y la vertedera, curvada, que invertía el prisma de tierra cortada por la cuchilla y por la reja y enterraba las malas hierbas. Plinio “el viejo” mencionaba un arado que seguramente se empleaba en el norte de Italia, tirado por ocho bueyes. Alcanzó tierras eslavas y puede que ya se usara en Francia en el siglo VI. El tapiz de Bayeux presenta un instrumento muy parecido. En zonas montañosas no sería útil. Eso sí, ninguna miniatura o ilustración muestra más de cuatro bestias uncidas al arado, pues esto se encontraba fuera del alcance de casi todos los campesinos.

 

    

Los campos– Nos es probable que los primeros campos de la Edad del Hierro estuviesen cercados con un muro o una valla; sí lo es, en cambio, que las piedras que aflorasen a la superficie las depositasen en la linde de los campos. Estos no se podían cultivar continuamente, ya que pronto se agotaban los nutrientes del suelo, especialmente en las tierras más ligeras, que eran las más cultivadas.

     Al sistema de pequeños campos lo desplazó otro de campos abiertos, cada uno de los cuales estaba formado por multitud de franjas largas y estrechas. Tal vez esto indique una fase intermedia entre los campos cercados y los abiertos. Este sistema de “surco y caballón” tenía una gran utilidad: en una época en la que no se hacían obras de drenaje de la tierra, los surcos eliminaban por capilaridad el agua de la superficie de los campos. Las virgates, formadas cada una de ellas por más o menos una docena de franjas, estaban organizadas como grandes campos abiertos, de varios de los cuales disponía la comunidad, mientras que cada campesino era dueño de un número variable de franjas. La rotación elemental era 1) trigo otoñal 2) trigo marzal y 3) barbecho. El sistema demostró ser tan rígido y duradero que en muchas partes de Europa aún subsistía en el siglo XIX, fecha hasta la cual no fueron libres muchos de los campesinos de campos abiertos. Los que vivían en aldeas no estaban sujetos a control comunal.

     “el Campesino y el villano, el de los bocajes y el de los llanos”. El contraste entre la Europa de los campos abiertos y la de los campos cercados, entre la Europa de los grandes pueblos amontonados y la de las caserías y las aldeas nunca fue tan visible y nítido como sugiere esta descripción. Lo cierto es que el modelo de campos abiertos, dijo Frederic Seebohm, era “absurdamente antieconómico”. Sin embargo este sistema se desarrolló, se mantuvo durante mil años y fue extraordinariamente difícil de cambiar: “la economía y la eficacia sacrificadas… en aras de la igualdad”. Por otro lado, la fragmentación y la dispersión de las tierras eran una de las cargas que más oprimían a los campesinos europeos, y una de aquellas de las que fue más difícil escapar. Los campos cerrados no  ofrecían muchos adelantos, pero sí más posibilidades individuales.

 

Cultivos y sistemas de cultivos– Centeno, trigo, cebada y avena, trigo sarraceno, maíz y patatas eran, por ese orden, los más comunes. Pero el trigo también es el cereal más exigente, pues no soporta fácilmente los inviernos crudos ni los suelos húmedos o ácidos, sino las margas arcillosas. En la Baja Edad Media la práctica más generalizada era sembrar un cereal en otoño, luego otro en primavera y finalmente barbechar. Si el invierno había sido muy duro, se sustituía con un grano de primavera el sembrado en octubre, pero, por lo general, el sistema era inflexible, estaba ajustado al sistema de explotación de las tierras y al sistema de laboreo. Al norte de los pirineos la gente estaba más obligada a comer avena y cebada, algo que al sur no era así. Otros cultivos de huerto eran los guisantes y las judías, así como aquellas deseadas por Carlomagno: zanahoria, nabo, rábano y cebolla.

     Que la patata no se incorporara masivamente, en un principio, a la dieta mediterránea se debió a que los campesinos no entendían cómo había que preparar y cocinar una planta tan diferente de aquellas a las que estaban acostumbrados. El maíz fue mejor recibido. Generalmente rendía mejor que cualquiera de los cereales tradicionales y se daba bien por sus pocas exigencias climáticas.

     No todos los cultivos tenían fines alimentarios, sino que algunos proporcionaban la materia prima para la producción artesanal. Entre estos destacaban el lino y el cáñamo, conocidos y usados desde el Neolítico, aunque luego, a partir de la Antigüedad clásica, se cultivasen principalmente por las fibras bastas que se encuentran en sus tallos. Esta ha seguido siendo su utilidad principal hasta fecha reciente.

     Tanto el lino como el cáñamo se daban mejor en suelos húmedos y fértiles, y su cultivo exigía una explotación intensiva que agotaba la tierra. La principal zona de cultivo de estas plantas ocupaba una franja que se extendía por el norte de Europa, desde el noroeste de Francia hasta Polonia. Podían lavarse más fácilmente que las de lana o que las pieles. En cualquier caso, las telas, lana o lino, acostumbraban a teñirse, si bien la gama de colores era enormemente reducida. A la gente le encantaban los colores vivos, pero estos eran muy difíciles de conseguir. Maderas como el palo Brasil, plantas como el índigo e insectos como la cochinilla se sumaron a la gama de colores utilizados por los tintoreros.

     El tabaco se importaba de Norteamérica, y los intentos por cultivarlo en Europa toparon con la oposición de los gobiernos y, por lo general, fracasaron, de modo que no fue hasta el siglo XVIII cuando este cultivo pasó a ser importante en zonas como los Países Bajos y Renania. El edulcorante principal desde la prehistoria había sido la miel. El azúcar comenzó a importarse en Europa durante la Baja Edad Media. Por otro lado, la remolacha no fue adoptada hasta el derrumbe del sistema de campos abiertos de rotación ternaria. El aceite de oliva seguía siendo componente esencial de la dieta de la Europa meridional. El cultivo de la vid contaba con el apoyo de la iglesia. El consumo de vino era un indicador de nivel social. Los grandes viñedos eran y siguen siendo parte de las reservas señoriales de la aristocracia terrateniente.

 

Las herramientas para el cultivo– Las herramientas y los métodos usados por los campesinos para cultivar sus tierras casi no variaron desde la caída del Imperio Romano hasta el siglo XVIII; sólo el arado presentó algún progreso notable.

     Al arado lo seguía de cerca el sembrador, que caminaba detrás, llevando atada a la cintura una bolsa de semillas, de las que iba esparciendo puñados. Después le pasaba la grada, que rompía los terrones y enterraba las semillas (que muchos pájaros devoraban). La siega, al parecer, era sobre todo trabajo de mujeres. La trilla se hacía con un mayal, que es, después del arado, la herramienta agrícola más conocida, y que estaba formada por dos varas fuertes, de 1,20 cm, enlazadas por los extremos con una correa de cuero. El almacenamiento de grano suponía un problema, porque había que protegerlo de la humedad. La cosecha de los cereales se prolongaba durante todo el mes de agosto y luego se hacía la de la fruta. La vendimia se asociaba al mes de septiembre.

     Las herramientas más importantes eran la pala, de forma similar a la actual, pero hecha de madera y con filo de acero; la azada, que se usaba para cavar las tierras blandas y el hacha, para cortar los árboles. Destacable es el cuchillo curvo, para esquilar ovejas y las tijeras puntiagudas. En la Era Moderna las comenzaron a fabricarse de metal.

     El carro medieval deriva del romano. En las granjas, el vehículo más común era la carreta, de dos ruedas, a la que era más fácil darle la vuelta y necesitaba menos bestias de tiro. En algunas zonas del centro y oeste de Europa, se generalizó el uso de un carro de cuatro ruedas, con dos ejes fijos (luego tomaba las curvas malamente). Las carretas y carromatos no tenían tanta importancia en el sur de Europa.

 

La ganadería– Nunca la agricultura estuvo disociada de la ganadería, se daba una compleja interdependencia entre la cría de ganado y el laboreo de las tierras; esta relación perduraría hasta bien entrado el siglo XIX.

     La mayoría de animales domésticos tenían más de una utilidad, y, además de dar leche, carne y estiércol, tiraban del arado y del carro. En el tapiz de Bayeux hay representados caballos en las cubiertas de los barcos que llevaron los normandos a Inglaterra. Sin bueyes o vacas no podían ararse los campos, porque el caballo nunca ha servido para tirar del arado pesado. Eran lentos, pero fuertes, y no eran muy exigentes con su alimentación: les bastaba con hierba de los prados y heno, con alguna ración de avena en época de labor.

     Las ovejas daban lana y carne, mientras que por otro lado abonaban los campos. Solían ser sacrificadas para alimento cuando había terminado su vida útil. El cerdo sólo se criaba por su carne, no tenía utilidad en la agricultura. Engordaban en hayedos y robledales. Con el tiempo dejó de ser un animal silvestre para ser cada vez más un residente fijo de las pocilgas domésticas, alimentado a base de los desperdicios de la casa y de la granja. Las cabras se encontraban, sobre todo, en el sur y eran prácticamente omnívoras; su leche es rica en proteínas. El caballo, el burro y la mula eran animales propiamente de tiro, y estaba muy extendida la oposición al consumo de su carne. El caballo, en toda Europa, era la montura más importante. Si bien, necesitaban una dieta abundante en cereales, encajaba en el sistema de rotación trienal de los campos abiertos.

     Por unos o por otros, el campesino debía adaptar el tamaño del rebaño a los recursos locales. De hecho, la matanza del cerdo formaba parte de esa rutina. Si no, cuando no bastaba con la hierba de los prados, había que alimentarlo con la hierba que se había segado y secado durante el verano anterior. Allí donde se adoptó el cultivo de forrajeras a gran escala, pronto sirvieron estas para mantener a una cada vez mayor cabaña bovina destinada a la producción de leche, mantequilla o queso.

     La trashumancia, tenemos constancia, existe desde la Edad del Hierro. Sabemos que entre las poleis existían migraciones estacionales limitadas. Fue en las zonas alpinas, del Pirineo a los Balcanes, donde la trashumancia alcanzó su máximo desarrollo y complejidad. A las reses las llevaban a los pastos de montaña no sólo para alimentarlas en verano, sino que, mientras se encontraban en ellos, producían leche y alumbraban a sus crías. Hasta en el sureste de Inglaterra, donde la diferencia de altura entre las tierras altas y las bajas rara vez supera los trescientos metros, hay pruebas de la práctica de la trashumancia. También conocemos trashumancia inversa: llano en invierno, montaña en verano (como en el caso de España). Es importante este fenómeno porque la comunidad campesina siempre estaba al límite de la supervivencia). Con el cultivo de pastos artificiales y plantas forrajeras ya no era necesario recurrir a los pastos de los eriales de las montañas; pero los campesinos no sabían hacer cría selectiva.

 

La preparación de alimentos y la dieta– El 90% de los alimentos disponibles se consumían en un radio de unos quince kilómetros de su lugar de producción. Con un nivel de autosuficiencia tan alto, la alimentación tenía que ser muy distinta en cada zona del continente, y cada comunidad tenía que almacenar grano y otros alimentos para que durasen todo el invierno y la primavera hasta la siguiente cosecha. La escasez era normal, así como las hambrunas. Antes de la revolución científica del siglo XIX sólo había tres medios de conservación: el secado, la salazón y la fermentación. El primero era el más simple.  

     El ahumado es una forma especial de secado para pescado y carne. La salazón también es otro procedimiento de secado, más propio de las zonas donde abundase la sal y donde el sol fuera lo bastante fuerte como para evaporar el agua del mar. La fermentación se aplicaba a líquidos como la miel, el mosto o la malta (la cerveza aportaba la séptima parte de las calorías que ingerían los campesinos polacos en la Edad Moderna). El almacenaje se practica desde tiempos prehistóricos en los silos.

     Para moler el grano se usaba la piedra de moler y una piedra volandera. Esta tarea era lenta y laboriosa. Más adelante se inventó la muela giratoria que aligeró en parte este trabajo. El molino de muela giratoria ya era conocido a finales de la Edad del Hierro. La siguiente fase fue el uso de la energía mecánica para hacer girar la volandera con energía hidráulica. En el Domesday Book inglés de 1085-1086 figuran molinos parecidos. La rueda hidráulica vertical, pieza fundamental del “molino de Vitrurbio”, solía ser mayor que la horizontal y solía girar más deprisa. En fecha temprana ya se hizo uso del salto, lo que aumentó la eficacia de la rueda. Su coste de construcción era alto y solo podía costeárselo el señor, quien luego pedía un censo por el usufructo y obligaba a cada uno de los usuarios a pagar un impuesto al molinero, persona siempre mal vista. Siempre era tentador recurrir al molino de mano para evitar pagar la moltura, aunque esta práctica estuvieses severamente condenada; por eso la molienda dejó de formar parte de las tareas domésticas habituales en gran parte de Europa. Los molinos de viento están documentados desde el siglo XII. Lo único que se necesitaba era estar en lugar ventoso.

     La dieta de la mayor parte de la gente era muy limitada y monótona. En las crisis de subsistencias había que recurrir a sucedáneos a una escala tal que incluso los alimentos más pobres resultaban insuficientes. La alimentación era un indicador del nivel social. La mayoría de la gente de Europa comía dos veces al día. Se requería la presencia de cuatro elementos de sustento: alimentos energéticos, proteínas, sustancias complementarias como las vitaminas y los oligoelementos. El trigo y el centeno se moldeaban con levadura para hacer pan. La cebada y la avena se comían hervidos en forma de gachas. Había pescado, pero cerca de la costa. Las chirivías, nabos, zanahorias y remolachas eran accesibles a casi todas las personas. También eran esenciales los cereales, el mijo y el alforfón. Los cereales y la malta formaban el 80% de la dieta, mientras que el pescado y la carne el 10%, aproximadamente. Había carencias de vitamina C, pues esta se encontraba en la fruta fresca y en algunas verduras. No es que los campesinos estuviesen desnutridos, sino malnutridos, con demasiados hidratos de carbono y pocas proteínas.

     Nuevos alimentos fueron apareciendo poco a poco. El té y el café, con poco nivel nutritivo, se extendieron por Europa en los siglos XVII y XVIII. Los turcos otomanos introdujeron el café en los Balcanes. El té es originario de China, y su nombre es una corrupción holandesa del original chino cha. Aunque el té se reexportaba de Inglaterra a América, el hábito de beberlo estaba bastante localizado, ya que era una bebida relativamente cara. El chocolate, fruto del árbol del cacao, era originario de la América tropical. Otras novedades fueron el maíz y las patatas. La patata fue introducida en España en el siglo XVI y llegó a ser conocida como el “pan de los pobres”.

 

                Los aspectos sociales de la alimentación– La comida cumple un doble cometido: por un lado, satisfacer una necesidad biológica por lo menos dos veces al día, a menudo apresuradamente y, por otro lado, social, pues era la única ocasión que los miembros de la familia tenían para estar juntos y conversar. La idea de festejar las solemnidades con un gran banquete subsistió durante la Edad Media. La coronación de los soberanos, las bodas de las familias reales y las consagraciones de los obispos se celebraban así. A un nivel todavía más simple, podían disfrutar de una comida más abundante y agradable una vez a la semana. Para el señor y su familia, comer en privado supuso una ruptura con la comunidad de la casa, subrayar una diferencia de clase que se había difuminado en el alboroto y el jaleo de la sala comunitaria. El aislamiento fue aumentando en la Edad Moderna.

 

                6. La intimidad del hogar

 

     La existencia transcurría ante los ojos de sus vecinos; pocos secretos podían tener. Sus casas estaban abiertas a todo el que quisiera ver lo que ocurría en ellas. No este el caso de la masa de población rural, con serios problemas de comunicación.

               

La seguridad- La vivienda rural tenía una puerta que no podía cerrarse con total seguridad, y unas ventanas que, en el mejor de los casos, se cerraban con postigos. Una cuarta parte de los delitos llevados a juicio eran robos con allanamiento. La mayoría de la gente estaba a salvo por el simple hecho de que no tenían nada de valor y gracias a la continua vigilancia de sus vecinos fisgones. Muchos de los arcones medievales se han conservado: podían conservar todo un ajuar. Los campesinos, que no disponían de estas ventajas, a veces confiaban sus pocas cosas de valor a la seguridad de las arcas de la parroquia, que se guardaban en la iglesia.

     En tiempos de los romanos ya se usaban cerraduras de hierro con sus llaves correspondientes, generalmente de bronce. A partir del siglo XVIII, empezó a utilizarse la cerradura de cilindro, cuyo movimiento impiden unos pernos que encajan en sendos taladros.

     El riesgo de robo de la propia vivienda debió ser menor que el de incendio. La única garantía de seguridad estribaba en que las casas, por lo común, estaban demasiado separadas las unas de las otras como para que se propagase el fuego. Las casas señoriales a veces tenían adosada a la sala una torre, que no podía resistir mucho tiempo, pero que basaba para protegerse de alguna incursión esporádica. En lugares donde las invasiones podían ser más frecuentes había casas fortificadas.

 

Aire y agua– La contaminación ha sido un problema para la sociedad humana desde muy antiguo, aunque sólo últimamente ha atraído la atención mundial. El agua en la que se lavaban de vez en cuando y con la que cocinaban, o que a veces bebían, podía ser que procediese de un río contaminado por filtraciones de establos y de pozos ciegos domésticos. Era menos probable que las cervezas, el vino y los licores estuviesen contaminados.

     El aire frío del invierno se colaba las ventanas, que no tenían cristales y las puertas, que no encajaban del todo. Por eso, chozas y cabañas tenían un aire cargado de humo de leña, que secaba la garganta e irritaba los ojos, y olían a sudor. Asimismo, había un constante hedor a heces. Solo las grandes casas y comunidades religiosas tenían retretes o letrinas, aunque estos solían desaguar directamente en los ríos de donde los demás sacaban el agua. En el caso de los castillos, sobresalen de la pared y descargan directamente en el foso que los rodea. Es probable que los olores producidos por los animales llegasen a eclipsar a los de origen humano.

     A la larga, sin embargo, fue el abastecimiento de agua potable lo que más problemas causó. Fuentes y pozos estaban mal protegidos contra las filtraciones de los establos y de los montones de estiércol. El agua contaminada fue la fuente de una amplia gama de enfermedades intestinales: disentería, enteritis, tifus y el cólera. La gente aprendió a ahorrar en el consumo de agua, de modo que tal vez hubiese pocos alicientes para lavarse tan a menudo como hoy, pero por lo menos tenían la excusa de la falta de agua.

 

 “En las tinieblas, danos la luz”– Gran parte de la vida en la Europa preindustrial transcurría en una oscuridad más o menos total. Velas, candelas de junco o candiles eran lo más empleado. El candelero de cañón apareció a finales de la Edad Media, y acabó por sustituir al de pincho. Con el correr del tiempo, los candeleros se hicieron cada vez más grandes y más decorativos, primero de latón y luego de plata.

     Las linternas pasaron a ser de uso general a partir del siglo XIII y podían colgare en el hogar o llevarse sin peligro alguno. La iluminación alternativa para la noche era la tea, trozo de madera con algo de fibra enrollada e impregnada de aceita o cera. En el siglo XIX se produjo un cambio sustancial. En las mejores candelas el sebo fue sustituido por esperma de cachalote. La novedad más importante fue la luz de gas, destilado a partir de carbón o de otras materias orgánicas, no al alcance de todos los barrios. El máximo revulsivo fue la luz eléctrica.

 

                La higiene personal– La gente no se quitaba la ropa durante semanas, a los niños, los embutían literalmente en sus vestidos al llegar el invierno, y no se los quitaban hasta la primavera; para muchos, el baño no era más que un rito anual. Además, no se cepillaban los dientes y no se peinaban. La limpieza era algo puramente anecdótico.

     En Frankfurt, se dice que había por lo menos quince baños públicos. Hombres y mujeres tenían asignados distintos días. Durante el siglo XIII, en Inglaterra, el rey tenía una palangana de “latón”, una especie de jofaina para lavarse. En el XIV ya gozaban de agua caliente y fría con grifos de bronce.

     Un problema que suponía la construcción de baños, ya fuesen públicos o privados, era el del suministro del agua. En las viviendas de las ciudades no hubo nada parecido que se pareciese a un cuarto de baño o ni  siquiera una bañera de madera. El baño era algo privado para las clases más acomodadas, que podían permitirse ese lujo. Los “balnearios” contribuyeron a fomentar el gusto por la limpieza personal. En los conventos, mojarse las manos en agua antes de las comidas asumía una importancia casi ritual, y en el claustro, junto a la entrada del refectorio, solía haber un lavatorium. Además, no había iglesia en Europa sin su piscina bautismal.

     En relación al tema estaba el problema de la producción de jabón y del lavado de la ropa. El jabón siguió siendo un producto caro, si bien ya Plinio lo había descrito, a principios de la Alta Edad media se extinguió. En la Baja Edad Media ya había jaboneros profesionales en la mayoría de las ciudades. Su uso se generalizó después de que el método de Leblanc, empleado por primera vez en 1787, abaratase el coste de producción de la sosa, el álcali más usado en su fabricación.

     Una novedad fue el hábito cada vez más extendido de usar ropa interior de algodón, gracias a la mecanización y al abaratamiento, primero, de las hilaturas, y luego, de los costes del tejido.

 

                Sala y cocina– El primer progreso significativo fue el encendido del fuego contra una de las paredes que daban al exterior de la sala y en el interior de un hogar de piedra con una chimenea de fábrica que eliminaba el humo; pero esta novedad tuvo una difusión muy lenta. Desde el siglo XVI fue habitual cubrir con un trasfuego de hierro fundido la pared posterior del hogar, y a veces también las laterales.

     El hogar era el único sitio donde podía cocinarse. La olla solía ser de terracota, pero desde la B. E. Media cada vez hubo más de cobre, latón o hierro. Hornear era difícil, y sólo podía hacerse retirando las cenizas y poniendo la comida sobre el asiento de la chimenea, taparla con un cuenco invertido y cubrirla con esas cenizas. El hogar permitía la instalación de asadores de hierro fundido a los que se daba la vuelta con procedimientos mecánicos.

     La cocina independiente fue más tardía, y fue algo anormal, salvo en los palacios y en los conventos, donde había muchas bocas que alimentar. En estos lugares la cocina solía ser un edificio aparte, con frecuencia de planta cuadrada, con cubierta a cuatro aguas y lumeneras de ventilación. Una fase intermedia, acaso exigida por el peligro de incendio, fue la construcción de una cocina separada del edificio principal, algo bastante frecuente en las viviendas del siglo XIX y principios del XX en Europa del este.

     El uso de la estufa cerrada se generalizó en Alemania, normalmente hecha por ladrillos huecos vidriado. El calor alcanzaba todos los rincones de la casa. Un poco de leña basta para dar fuego y calor a mucha gente, pero también servía para cocinar.

     La pieza principal, salón era el centro de la vida de la casa. Hasta época reciente fue la única habitación donde había fuego. Por eso era usado como dormitorio y también como foco de luz para las hilanderas. Había bancos o banquetas. La segunda habitación suele considerarse en la actualidad el dormitorio, cuyo sentido primigenio es “alcoba”; pero también servía para almacenar cosas. Las ventanas carecían de postigos para impedir la entrada de aire frío.

     Todos nos pasamos un tercio de la vida, o más, durmiendo, de aquí que la comodidad y la funcionalidad de la cama tengan un papel destacado en la cultura material. Las había con estructura de madera, otras eran un simple montón de paja. El dosel no servía para proporcionar una mayor intimidad, que poco importaba, sino de impedir el paso de las corrientes de aire (algo que cambió cuando se dispuso de cristales en las ventanas).

     No fue hasta el siglo XIX cuando el mobiliario del dormitorio incluyó por primera vez algo más que una cama y un armario: jofainas, jarros y orinales son inventos posteriores, de los siglos XVIII y XIX.

 

                La medida del tiempo– La rutina cotidiana la marcaba más el sol que los relojes, y los campesinos tenían una escasa noción del tiempo. El paso del tiempo no lo marcaba el tic-tac, sino más bien los sonidos de la naturaleza. El toque del Ángelus también era otro referente. El mundo preindustrial distaba mucho de ser silencioso, pero sus sonidos, a diferencia de los de hoy, tenían un sentido y una importancia. Alertaban del peligro y marcaban el paso del tiempo.

     Los relojes de sol deben haberse contado entre los más antiguos aparatos para medir el tiempo (la Torre de los Vientos de Atenas, del siglo I a.c. Problema secundario era que el horario solar variaba en el curso del año. Sólo podían señalar con precisión el mediodía. El reloj era una respuesta a la creciente necesidad de emplear el tiempo del mejor modo posible y de sincronizar las actividades de cada cual con las de los demás. El día romano estaba dividido en doce horas de sol y doce horas de sombra, por tanto estas variaban según fuera invierno o verano… Las iglesias más modestas, por su parte, tenían un reloj de sol en la pared de mediodía, que indicaba aproximadamente la hora, pero sólo si lucía no había nubes. Esta íntima relación entre la medida del tiempo y las iglesias se ha mantenido hasta hoy.

     El reloj mecánico apareció en el siglo XIII. Su funcionamiento dependía de un péndulo y un muelle. En el siglo XV se intentó fabricar los primeros relojes portátiles: la gravedad fue sustituida por el muelle en espiral como fuerza impulsora. Se hicieron más corrientes en las casas de los ricos y los poderosos, y en las grandes ciudades hasta se podían encontrar relojeros. Es significativo que los relojes se hicieran habituales en una época en que empezaban a surgir las primeras fábricas como sistema de organización laboral, y que se introdujesen en casi todos los hogares con la aparición del ferrocarril.

     La medida del tiempo también se extendió a los calendarios. La iglesia necesitaba precisión. Había que celebrar la Semana Santa cristiana a la vez en todos los lugares. Se estableció en el Concilio de Nicea en el 325 que sería con la primera luna llena de primavera. Hasta 1582 el calendario que se seguiría sería el juliano. Pero al cabo de quince siglos sufrió un desfase. Gregorio XIII introdujo un nuevo calendario, el gregoriano, que armonizaba los cuerpos celestiales con la Iglesia.

     La semana de siete días fue adoptada en toda Europa. Su origen no es astronómico, sino más bien está relacionado con la visita al mercado, es decir, fines comerciales. Por tanto, la semana giraba en torno a dos polos fijos: el día del mercado y el día de descanso forzoso.

 

 

 

 

                “El pan nuestro de cada día”– La mayoría de alimentos tenían que cocerse; pero se careció de horno independiente hasta época moderna. En tanto, lo más normal era que se recurriese al horno comunal. Las comidas, en la Edad Media y en la Edad Moderna, las consumía la gente alrededor de una mesa. En la época clásica la costumbre había sido echarse en un triclinio –pero esta práctica fue abandonada en la Alta Edad Media.

     Manteles, servilletas, platos y cubiertos hicieron su aparición en las casas de los ricos en la Edad Media. No se generalizaron hasta finales del siglo XIX. La única vajilla existente eran cuencos o cubiletes para beber y fuentes y trincheros donde se ponía la comida, que solían ser de madera o de cerámica basta. Aún se empleaban en fecha reciente recipientes de madera tallada para beber, sobre todo en el sureste de Europa –algo que no es extensible al resto del continente-. Sin embargo, los platos de cerámica no fueron de uso común en Europa hasta el siglo XVI.

     Las cucharas ya eran conocidas y utilizadas en la época clásica, la mayoría de la gente se conformaba sólo con usar los cuchillos que llevaba consigo. En el Renacimiento ya figuraban entre los bienes de un sinfín de inventarios. El tenedor tardó mucho en aparecer, si bien se cree que se utilizó a partir de la B. E. Media par determinadas operaciones, como distribuir la comida, su uso no se generalizó hasta los siglos XVI y XVII. Hasta el XVIII no será frecuente, como las cucharas, en los inventarios. Es muy poco probable que fuesen, por lo menos al principio, de uso diario, sino que resulta más probable que se sacaran del armario sólo para las grandes ocasiones.

     El número, el ritmo y el grado de elaboración de las comidas variaban mucho, especialmente por el desconocimiento de la hora: ¿volvían los obreros a comer a casa o se quedaban en el campo? La mayoría de ingredientes de las dos comidas habituales solían consistir en unas gachas de cereales y hortalizas, a las que se le añadía carne, o por lo menos, alguna grasa animal. La comida siempre estaba lista, porque el “fogón” siempre estaba puesto; la olla siguió colgando de los llares. Eso sí, desde el siglo XIX cada vez era más corriente tomar dos platos distintos en una misma comida, el primero con carne, y el segundo, más ligero, con fruta o algo dulce.

 

                La casa-patio– La mayoría de las casas tenía su patio. Solía estar cercado, por tanto estaban interrelacionados. Establos y cobertizos para el ganado podían formar parte integral de la casa, mientras, por el contrario, construcciones de carácter fundamentalmente doméstico, como la cocina y la cervecería, podían estar dispersas por el patio. Ya hemos comentado en otro lugar la evolución de la casa disociada, que era el tipo de vivienda más frecuente, porque la mayoría de la población rural o no necesitaba o no podía permitirse una construcción de la complejidad de la casa “agrupada”.

     Por lo general, los edificios estaban dispuestos alrededor de un patio, a veces estaban adosados a la casa, pero era más frecuente que estuviesen separados. La mayoría eran pequeños y de estructura simple. La casa agrupada combinaba funciones bajo un solo techo. En Centroeuropa alcanzó un nivel muy superior debido a la importancia de la ganadería y al mayor rigor de los inviernos. En el momento que mejoró la economía se prefirió la disociada.

 

                En la enfermedad y en la muerte– El espectro de la enfermedad y la muerte siempre estuvo presente en los hogares hasta finales del siglo XIX. La gente iba mal abrigada en invierno, su dieta era inadecuada y descompensad, las casas eran rías, con corrientes de aire y humedades, y los agentes transmisores de enfermedades-ratas, pulgas y piojos- pululaban por sus maderos o vivían en la ropa sucia. La mayoría de enfermedades no estaban bien determinadas. Hasta los campesinos más ignorantes podían reconocer algunas enfermedades, como, por ejemplo, la peste, y sabían cómo protegerse de ellas con una improvisada cuarentena. También sabían identificar la viruela y la sífilis.

     La gente hacía gala de un fatalismo ante las enfermedades y la muerte del todo ajeno a las creencias actuales. Hasta el siglo XIX lo más común era practicar el aislamiento, la cuarentena, las purgas y las sangrías. Galerno, en el 200 d.C. concibió el concepto de “humores”. Pero, incapaces de comprender la naturaleza de las infecciones, no fue hasta la época de Pasteur, en la 2/2 del s.XIX cuando se empezó a comprender el papel de los gérmenes patógenos. Lejos de las ciudades, se utilizaban algunas plantas como remedios curativos. Otros se aferraban  a una vaga idea de medicina que habían sacado de sus lecturas y una fe ciega en la eficacia de las “curas mágicas”. La figura del médico, como la del cervecero o molinero, estaba mal vista por usurero y ladrón por falsía.

     Algunos santos se identificaban con la cura de determinadas afecciones, y visitar sus santuarios era a menudo el último recurso. Hoy atribuimos las enfermedades a infecciones, cuyo origen exacto generalmente podemos precisar; antes era mucho más ambiguo (malaria = mal-aire). Por eso es tan difícil precisar las verdaderas causas de defunción en la antigüedad. La cojera, la ceguera, la sordera, las enfermedades dentales y un sinfín de achaques y minusvalías eran recuentes y casi se consideran normales; eran compañeras de la vejez.

     Algunas medicinas en sí eran bastante peligrosas. A finales del siglo XVII, en las boticas se preparaba y se vendía toda una serie de medicinas: mercurio, quinina… No hubo restricciones para la venta de estos hasta finales del siglo XIX.

    Por otro lado, no había ninguna clase de atención médica prenatal, porque solo se podía hacer un cálculo aproximado de cuándo nacería el niño. En la mayoría de los casos sólo estaba presente la partera, y a veces era ignorante e inexperta. El parto tenía lugar invariablemente en el hogar. La fundación de las casas de maternidad en el siglo XVIII aumentó de hecho el peligro de infección –con razón se las llamaba “umbrales de la muerte”-. La mortalidad infantil en el primer año de vida rondaba el 40%. La mortalidad de lactantes también era muy alta. En ocasiones los hijos eran una ayuda para la economía familiar, pues podían realizar tareas sencillas a partir de temprana edad, pero a veces no era fácil de sobrellevar. El control de la natalidad, por otro lado, era un rudimentario: coitus interruptus.

 

                7. “Las muchedumbres de las antiguas naciones”

 

     Hubo muchos intentos de contar las cabezas de la gente hasta el siglo XIX: reclutamiento, recaudación, capitaciones, matrículas… En el siglo XVII el tamaño de la población dejó de considerarse el fruto de los inescrutables designios de la Providencia para ser visto como un asunto de interés público –especulación intelectual, análisis crítico, etc.- En Inglaterra tuvieron su primer censo en 1808, un año más tarde que los EE.UU.

     Otro factor que explica el creciente interés por la población eran los problemas sociales cada vez mayores de la Europa contemporánea. La población aumentaba a mayor velocidad de la que los recursos y las instituciones sociales podían soportar. Malthus afirmaba que la población humana aumentaba en progresión geométrica, mientras que los medios de subsistencia sólo lo hacen en progresión aritmética. Otros han dicho que en realidad el crecimiento de la población era discontinuo, y lo interrumpían esporádicamente las epidemias, lo cual conllevaba un cambio en la pirámide de edades: después de uno o dos años de mortalidad elevada, venía, al cabo de una generación, un descenso de la natalidad, a causa del menor número de padres potenciales. El rendimiento del campo era tan malo que cada cinco o diez años había una mala cosecha seguida de hambruna, mortalidad y menor natalidad.

     De todas las fuentes disponibles, los censos parroquiales son los más valiosos documentos para el estudio de la población. En ellos encontramos datos de nacimiento, matrimonios, entierros y todo lo que ello conlleva: edad nupcial, frecuencia de nacimiento, edad de defunción de los niños…

 

                Los cambios demográficos

 

     Suele afirmarse que la población descendió con la caída del Imperio Romano, aunque hay pocas pruebas que respalden esta afirmación. Es verdad que la población fue escasa hasta los siglos X-XII. En el siglo XIV la población de Europa era el doble que en el siglo IX, algo que debería hacernos pensar.

     La población crece cuando el total de nacimientos, a lo largo de un período más o menos prolongado, supera el de defunciones. Las malas cosechas y las epidemias condicionan esta dinámica. Solo la mejora de la dieta, el control más escrupuloso del medio ambiente y n cambio de concepción ante las enfermedades podían derribar las barreras de la era preindustrial.

     La primera gran peste fue en 541 en Egipto y Constantinopla. Europa sufrió el azote de dos grandes calamidades en el siglo XIV: la hambruna de 1315 a 1317, que preparó el terreno para la peste bubónica independiente de la superpoblación. De no haber sucedido la primera quizá los efectos de la segunda no hubieran sido tan graves. Entre 1347 y 1351 una cuarta parte de la  población del continente pereció. Los datos sobre las muertes provocadas por la peste son fragmentarios, pero confirman su gravedad. La prolongada caída del nivel de la población seguramente refleja el efecto combinado de las hambrunas y de las epidemias. Por otro lado, la mortalidad siguió siendo alta a lo largo de toda la década de 1370, y fue excepcionalmente grave en 1360 y nuevamente en 1367, debido seguramente a sus rebrotes. El siglo XVI fue casi en todas partes una época de crecimiento lento. Europa, en el siglo XVII, sufrió la devastación de la guerra de los Treinta Años. En el siglo XVIII no hubo ninguna gran crisis e subsistencia. Hasta principios del siglo XIX no hubo censos que reflejasen este crecimiento. Después de las guerras napoleónicas y de las crisis de hambre subsiguientes, continuó la tendencia de la población a aumentar, y con mayor intensidad. A lo largo de todo el siglo prácticamente se duplicó.

 

                La natalidad– Edad de los padres, lactancia, dieta, trabajo y las prácticas anticonceptivas han influido en el tamaño de una familia. Hasta el siglo XVIII, el control de la natalidad no fue una necesidad social. Al caer la tasa de mortalidad ya no era necesario tener una familia numerosa. Pero esta consideración seguramente escapaba a la mayoría de la gente hasta hace poco.

     La edad nupcial era más elevada en las sociedades preindustriales que en las actuales –en proporción a su esperanza de vida-. Las mujeres se casaban antes de los 25 años; por lo tanto tenían un período de unos quince años de fertilidad. Los embarazos prematrimoniales eran frecuentes. Pocas familias podían tener mucho más de seis hijos –si bien conocemos algunas de diez y doce-. La mano de obra infantil era un complemento barato y necesario para sus padres. En el este la edad nupcial era menos avanzada. Podríamos explicar este contraste por las distintas condiciones materiales. Era esencial que la mujer tuviese una dote y el hombre poseyera tierras.

     La tasa de mortalidad en las sociedades preindustriales era alta. Las crisis de hambre y las epidemias agravaban los resultados. Un periodo de natalidad baja podía tener repercusiones en la generación siguiente. Las tasas de mortalidad infantil altas fueron normales hasta hace relativamente poco. La situación mejoró un poco a finales del siglo XVIII, pero aun así, el porcentaje de quienes superaban la barrera de los quince años era de sólo un 54%. La causa del aumento de la población debe buscarse, pues, en una alteración de las tasas de mortalidad.

 

                La mortalidad– Está condicionada por las hambrunas y las epidemias. Finlandia y el resto de Escandinavia parecen haber sido muy castigadas, pues han sido territorios muy ligados y dependientes del clima. Hemos dicho que el rendimiento de las tierras era bajo. Solía haber una cosecha desastrosa más o menos cada cinco años. Las abundantes lluvias de otoño y primavera solían dejar la tierra demasiado húmeda como para labrarla y sembrarla, de modo que la avena y la cebada no tenían tiempo de crecer y madurar.

     La amenaza del hambre podía reconocerse meses antes de que se dejaran sentir sus efectos. A menudo se sabía en primavera si la cosecha veraniega sería catastrófica; de tal modo que la demanda se orientaba hacia alimentos menos sabrosos y de calidad inferior.

 

                Tres crisis de subsistencias– De entre todas las de 1315, 1692 y 1816 son las peores y de mayor gravedad. Al llegar la primavera de 1316, podridos los cultivos, pronto se agotaron las existencias de cereales. La hambruna no vino sola, sino acompañada de enfermedades. La crisis prosiguió por Alemania y el valle del Danubio. Los precios de los cereales se situaron más allá del alcance de los pobres. Antes de esto la presión demográfica era altísima y se empezaron a roturar las peores tierras. No deja de ser significativo que muchos de los nacidos durante y después de esta hambruna fueron los sufridores de la Peste Negra de 1348.

     El segundo ejemplo es la crisis de subsistencias de 1692-1694. El frío hizo daño, algo agravado por la persistencia de las lluvias. Las subsistencias llegaron a malograrse tanto que se hizo acopio de nueces, hierbas y frutos silvestres. Entre la mitad y 2/3 de la población de algunas parroquias había muerto.

     La tercera crisis fue la de 1816, muy distinta a las anteriores. Tambora, un volcán en Indonesia, entró en erupción con gran violencia esparciendo por la atmósfera más polvo y cenizas que cualquier otra anterior. Se redujo la radiación solar. Las inclemencias del tiempo se hicieron sentir en todas partes. Aunque la tasa de mortalidad subió, hay pocos indicios de que hubiera alguna epidemia, aunque no cabe la duda de que la malnutrición acarreó un mayor número de muertes por enfermedades pulmonares o del aparato digestivo. Pero no hubo una epidemia, lo que plantea la cuestión de si realmente había una relación causal simple y directa entre el hambre y las epidemias, cuyas causas, ya lo vemos, son sin duda mucho más complejas, y no están sólo en relación con la cantidad, sino también con la calidad de los alimentos.

     Dieta y enfermedad, hambre y epidemias seguramente están estrechamente relacionadas, pero es difícil establecer cuál es exactamente su relación. Es poco probable que la gente muriese realmente de hambre, sino que la causa de su muerte era casi siempre una infección o la insuficiencia de algún órgano.

 

                La enfermedad y sus agentes trasmisores– En las sociedades desarrolladas actuales el patrón de mortalidad es nuevo. Antes de los antibióticos, el patrón de mortalidad estaba cambiando. Las enfermedades eran de dos clases: pulmonares, respiratorias y del aparato digestivo, raquitismo. La mortalidad más elevada era a finales de invierno y principios de primavera. A este patrón se superponía el que provocaban las epidemias. Las enfermedades se propagan cuando un virus o una bacteria se aloja en un ser humano. Puede transmitirse por contacto personal directo, sin ninguna mediación. Menor contacto entre grupos suponía menor riesgo. Por eso tuvieron una importancia menor en las sociedades prehistóricas. Cuando el humano se hizo sedentario, la población sufrió mayores olas de enfermedad y padecimiento.

     La viruela y la sífilis también alteraron los patrones de la difusión y el contagio. África tropical y el sureste de Asia eran los “viveros de enfermedades”. El tiempo y la distancia que empleaban los barcos desde aquellas zonas eran la mejor cuarentena: muchos virus desaparecían en el trayecto. Atenas sufrió una en el 431 a.c. desde Egipto, el Imperio Bizantino en el 541 d.c. desde el mismo lugar, en 1357 Europa se contagió desde los puertos de Crimea en el mar Negro. Pero la peste duraba poco: era como una mera que sube y baja. En el siglo XIV Europa terminó perdiendo una cuarta parte de su población. Su causa no se dilucidó hasta el siglo XX. La quema de las ropas, las camas y las sábanas de quienes habían muerto de peste se convirtió en norma y no iban desencaminados: la pulga, solía encontrarse casi siempre en las ropas y las sábanas sucias. Pero la peste tenía varios transmisores, aunque el más conocido es el bacilo en ratas y pulgas. La peste era virulenta, afectaba a unos cuantos, que fallecían, mientras el resto se inmunizaba. Años después volvía a atacar del mismo modo: a los más débiles.

     Excepto al Ártico, afectó a todos los continentes, y en las ciudades se hizo endémica. En 1665 hubo una peste seguida de un incendio en Londres. La última grande de la que tenemos constancia.   Es de 1720 en Provenza. La importancia de la peste como elemento limitador del crecimiento de la población ha sido durante mucho tiempo objeto de debate, sin llegar a una conclusión. Lo que sí es cierto es que el tamaño de la generación siguiente se vio reducido porque los jóvenes se llevaban la peor parte.

    Otras enfermedades- La lepra se combatía con las leproserías (aislamiento, al fin y al cabo), la última de las cuales fue cerrada por Luis XIV. Contra el tifus se luchaba con el jabón, el agua y la ropa limpia, pues se transmitía por piojos. La sífilis no se registra antes de los viajes de Colón a América, por tanto, es originaria del “Nuevo Mundo”. La viruela se remonta al siglo XVI y se disputa con la Peste bubónica el primer puesto en mortandad. Sólo el aislamiento contribuía a su prevención. Lady Mary Wortley y luego Edward Jenner, este inoculando a un muchacho la linfa de las pústulas de una vaca infectada –de ahí el término “vacunación-, redujeron el sufrimiento humano ante esta enfermedad.

     Si la enfermedad de los siglo XVI y XVII es la peste y del XVIII la viruela, la del XIX es el cólera, traído  por barcos y, muchas veces, propagado por los soldados –Polonia en 1830-1831-. Se asociaba a la suciedad y el hacinamiento. John Snow demostró que en el caso de la epidemia de cólera en Londres provenía de una bomba de agua que o tenía filtraciones de un pozo negro o había recogido el bacilo de algún infectado.

     Al finalizar el siglo XIX la mayoría de las enfermedades epidémicas habían sido derrotadas en Europa, cuando no en el resto del mundo. Requisito necesario para la exterminación fue el suministro de agua potable y la mejora de los medios sanitarios indispensables. Pasteur y Koch contribuyeron a esta labor; ellos son la bisagra entre la práctica médica empírica –de Jenner y Snow- y la científica. Ellos descubrieron que al recuperarnos de una infección quedamos inmunizados frente a ella durante algún tiempo… o a veces toda la vida.

     Tuberculosis, neumonía, sarampión, SIDA y cáncer son las mayores causas de defunción del siglo XX.

 

                Salud y entorno físico– En el siglo XIX se dio una mejora constante de la dieta, la vivienda, la higiene y el suministro de agua. La casas se hicieron más espaciosas, las cocinas independientes, la casas sobre soleras de piedra, la tierra del suelo estaría apisonada, cuando no con losas de piedra, las ventanas aumentarían de su tamaño y se pondrían cristales en las ventanas, a cambio de los postigos. La aristocracia gozaba de notables comodidades. El avance del pavimento de piedra o de madera se hizo extensivo, hasta el siglo XIX no al proletariado.

     Las nuevas instalaciones sanitarias eran peligrosas en las áreas urbanas. Las letrinas con depósito de descarga solo existía en los hogares de los ricos. Los pozos negros se limpiaban de vez en cuando, y  se aprovechaba para abonar. Sin embargo, no dejaban de ser focos de infección de moscas.

     La higiene personal era mínima. El agua para beber, cocinar y para todo procedía de fuentes, pozos y ríos próximos, que, en su mayoría, eran el vertedero común de residuos rurales y urbanos. El cólera, por ejemplo, sólo fue derrotado con el suministro de agua corriente.

     La dieta era insuficiente. El problema es  si la adecuación y la insuficiente de la dieta predisponían a las enfermedades y hasta qué punto. El lento crecimiento de la población  humana antes del siglo XVIII se debió sobre todo a la falta de alimentos y su rápido crecimiento a partir de esta fecha fue sobre todo consecuencia de una mejor nutrición. El término “escasez de alimentos” es en sí mismo bastante elástico y hay que distinguir entre apretarse el cinturón y pasar hambre. Dice Appleby, “una enfermedad podía ser extremadamente virulenta a pesar de que la densidad de población fuese relativamente baja y la dieta, relativamente buena”. Sin embargo, es de sentido común que una persona bien alim entada es menos susceptible de ser infectada que otra que no lo esté.

 

                8. El modo de vida urbano

 

     En la civilización clásica cada  ciudad era un foco neurálgico de negocios y espectáculos. Bajo Roma eran más bien los centros administrativos, culturales y sociales. Las haciendas y sus granjas eran unidades de gobierno autosuficientes; pero la marcha al campo no fue completa.

    

                La herencia clásica– Las murallas sirvieron para defender un poco frente a las incursiones bárbaras. En el siglo V, tal como se concebía en los tiempos clásicos, había terminado. Los reinos bárbaros no necesitaban ciudades porque eran nómadas. La tierra era la única forma de riqueza. El modelo feudal exigía también algunos servicios y fidelidad. Esta pirámide feudal desarrolló vínculos de lealtad y obligaciones mutuas.

     Los restos de ciudades clásicas trasmitían un halo de superstición. Eso sí, sirvieron como cantera, no como lugar de estudio, nunca se trataron de comprender hasta bien avanzados los siglos.

     El desarrollo urbano medieval retuvo dos nexos que lo conectaban con Roma: la Iglesia y los comerciantes. La iglesia cristiana fue una institución urbana que, desde 313 d.C., comenzó a tomar los foros y se organizó en diócesis. Los comerciantes iban a satisfacer las necesidades de la Iglesia, a cuyos siervos y peregrinos trataban de sacarles todo el jugo.

 

 

 

                El renacimiento urbano– Los mercaderes buscaron la seguridad de las ciudades. Además, ninguna comunidad era autosuficiente. Esclavos y botín pasó por las manos de los mercaderes. Con las invasiones, las ruinas romanas y ciudades de la Edad del Hierro sirvieron de refugio. Por eso encontramos construcciones como los buhrs sajones, erigidos apresuradamente en parajes provistos de defensas naturales que pudiesen servir de refugio. La pervivencia de ciudades romanas, la creación de factorías comerciales y la construcción de refugios en épocas conflictivas. Ninguna de estas funciones les habría parecido importante a los romanos. En las ciudades mediterráneas la nobleza acostumbraba a introducir en ellas la discordia que en todas partes reinaba entre la aristocracia feudal. Burgueses e hidalgos residían en las ciudades

     Es difícil definir una ciudad, pero la gente suele admitir que es una población de miles de habitantes y unas actividades básicos como el comercio, la artesanía y la industria, así como otras de carácter terciario. En la Alta Edad Media muchas disfrutaron de derechos y privilegios, también conocidos como fueros. Por tanto, las ciudades se clasificaban mediante tres criterios: tamaño, funciones y situación legal. Que una ciudad estuviera libre de obligaciones con el señor no quita que tuviera que cubrir un pago anual de una cantidad. Solía celebrar un mercado semanal y una feria anual. Allí llegaban los productos y se vendían. No hay que pensar que efectuaba tales concesiones lo hiciese sin pedir nada a cambio, sino que confiaba en obtener unos ingresos fijos.

 

                La vida en las ciudades– La revolución urbana creó un sistema de ciudades y villas. Así la gente podía vivir cerca del mercado y de su lugar de trabajo. Esto fomentó la especialización y la producción en masa, que ahora era rentable. No obstante, las aglomeraciones provocaban problemas de suministro de agua, de instalaciones sanitarias y de limpieza de las calles. El hacinamiento facilitaba, en último término, la propagación de las epidemias. A los campesinos rara vez les parecían lo bastante importantes estos problemas y, por tanto, no procuraban solventarlos con ninguna iniciativa. Así, las innovaciones llegaron primero a las ciudades.

     Por más que el estamento feudal desconfiase de la burguesía, la utilidad de esta no admitía discusión, y los señores territoriales y los príncipes se peleaban por fundar ciudades –con sus respectivos mercados, claro-. Pero no todas las ciudades se apiñaban a las puertas de un castillo o de un monasterio. A veces, incluso, no acudían colonos y las ciudades no llegaban a prosperar. El caso es que, cuando se concedía un fuero a una ciudad podía servir, en años siguientes, a las circundantes, al contar con características y un entorno similar, siempre que la idiosincrasia del momento no se hubiera visto alterada.

     Suele decirse que, después del siglo XVI, no se fundaron más ciudades hasta el siglo XIX.

 

                El tamaño de las ciudades– Es difícil precisar la diferencia entre un pueblo grande y una ciudad pequeña. El hecho de gozar de un fuero marcaba la diferencia. Todavía había campesinos que se iban cada mañana al campo, pero estos estaban completamente diluidos en la gran masa de artesanos, comerciantes y empresarios. Ninguna ciudad podía crecer gracias al simple crecimiento vegetativo de su población. Las tasas de natalidad y de defunción estaban tan equilibradas, que siempre se necesitaba un constante flujo inmigratorio procedente del campo. La mayoría de los inmigrantes eran adolescentes. A veces llevaban consigo el nombre de su localidad de origen, que se convertía en su apellido. Es probable que la mayoría de inmigrantes hubiese visitado la ciudad, tal vez varias veces aprovechando los días de mercado, antes de decidirse a emigrar. Con la aparición del transporte ferroviario la gente emogró desde distancias mayores. La mayoría eran pobres y no poseían tierras, pues, de otro modo, no las hubiesen abandonado.

 

                El plano de las ciudades– La mayoría de ciudades de Europa estaba amurallada, exceptuando algunas de ellas en Inglaterra y Escandinavia, donde preferían el foso o el terraplén. Las murallas separaban claramente dos jurisdicciones y dos clases de sociedades distintas. También tenían fines prácticos: protegían a la ciudad en una época en la que la guerra era un mal endémico y los ejércitos se habían acostumbrado a vivir de las tierras que devastaban. Sin embargo, también limitaban  el crecimiento, y en ocasiones lo hacían hacia arriba, construyendo casas de dos o tres plantas. Por razones económicas, el perímetro de las murallas era el mínimo posible, y el espacio libre en su interior era también el menor posible.

     Casi en todos los casos, al llegar la Edad Moderna, las murallas habían dejado de ser útiles. Es curioso que donde mejor se han conservado ejemplos de este elemento constructivo es en las ciudades pequeñas, pues en el resto, para ampliarlas, se destruyeron.

     El trazado de las calles tenía una importancia fundamental. Se toleraba que los edificios particulares invadiesen las calles. Ninguna ciudad romana conservó inalterado el trazado original. Muchas de las ciudades de nueva planta tenían un núcleo alrededor del cual habían cristalizado. El conjunto de la ciudad y el castillo no hacía más que reproducir la relación antaño existente entre las ciudades griegas y las acrópolis a cuya sombra prosperaban. La nueva ciudad era proyectada por un “agrimensor”, que trazaba las calles con una vara de medir y las dividía en parcelas para los futuros habitantes. Hubo muchos casos en los que se excedieron y al final quedaron sin poblar. En otro orden, algunas ciudades alemanas evolucionaron a partir de una serie de núcleos independientes pero próximos entre sí, caso de Magdeburgo. Las casas de las ciudades no estaban numeradas, solo con la consolidación y la expansión del sistema postal se hizo necesario en el siglo XIX.

     Las ciudades mayores solían tener un mercado, que a veces estaban especializados en alguna materia concreta. Los campesinos acudían a ellos con sus frutas y verduras y su ganado, alimentos que no se conservaban bien, pero de los que siempre había demanda. En el mercado se daban capítulos de intriga, desconfianza y celos soterrados hasta culminar los tratos.

 

                La iglesia de las ciudades– Las ciudades se dividían en docenas de parroquias. La iglesia servía de centro religioso y social –los gremios mantenían capillas en las iglesias-. Los gastos de construcción y mantenimiento recaían sobre los feligreses. También encontramos capillas y monasterios. Las iglesias de los mendicantes  no eran parroquiales, y no eran, por lo tanto, centros de actividades seculares; además, carecían de pila bautismal y de cementerio, salvo para el uso de los miembros de la comunidad.

     Las ciudades solían tener  una serie de edificios públicos, de situación céntrica, sobre la plaza mayor o el mercado. Es posible que hubiera una lonja y un hospital, aunque estamos marcando un prototipo. Ya en las diócesis romanas, la catedral o basílica dominaba la plaza principal, y el personal que la integraba vivía con cierto grado de lujo.

 

                Las condiciones de vida en las ciudades preindustriales– La ciudad era el lugar de las oportunidades. En la era preindustrial se produjo un éxodo masivo  hacia las ciudades. La inmigración agravaba los problemas inherentes a cualquier gran concentración social. Las villas eran un alto en el camino desde el campo a las grandes ciudades. En estas había clases y barrios distintos y no era probable que muchos ciudadanos estuviesen familiarizados. Eso sí, había falta de espacio. La planta de vivienda fue adaptándose a esta situación: se fabricaron adosadas o en hileras. Tal fue la carencia, que durante la Edad Moderna se inició la destrucción de los edificios antiguos del centro de las ciudades para levantar otros de mayor altura. Las casas, desde el siglo XVI, eran profundas y de fachada estrecha, pero sobre todo eran muy oscuras en el interior.

     Otra forma de abordar el crecimiento era añadir más plantas a las casas. Las cabañas rurales solo tenían un piso superior, pero encontramos algunas construcciones de madera con hasta 4 superficies, incluyendo un saledizo a las calles, lo que las hacía más “tenebrosas”. También solían rellenarse los espacios libres que quedaban entre las hileras de casas o detrás de las mismas. Las necesidades sanitarias o de suministro de agua se cubrían del modo más superficial, algo que llegó con la Revolución industrial.

    Precisamente en el siglo XIX los obreros se concentraron en barrios concretos cerca de las fábricas, aunque ya con el crecimiento urbano de ciudades como Palermo y Barcelona encontramos fenómenos parecidos.

     Los materiales de construcción también variaron. La madera era más barata que la piedra. Para llevar a cabo la construcción de fábrica se necesitaba cal, un producto caro y difícil. Al principio los tejados eran de paja, más inflamable que los de madera, pero luego terminó por usarse la teja. La piedra terminó por usarse solo en la base y la planta baja.

    El aumento de la ciudad trajo muchos problemas: las deyecciones y el agua, mezcla que facilitaba la formación de gérmenes patógenos. El problema principal era la proliferación incontrolada de pozos negros, donde se daban lugar todas las enfermedades. Por otro lado, el río era el destinatario último de todos los vertidos de la sociedad. Los pozos negros urbanos descargaban en ellos. Actualmente, las industrias modernas los usan para los vertidos químicos y las fábricas de tintes.

     Los intentos de poner remedio a la situación fracasaban al no darse cuenta la gente de lo peligroso y perjudicial de sus hábitos. Los primeros sistemas de suministro de agua de la Edad Media los creó la iglesia. Las conducciones eran de piedra, madera o plomo. En algunos casos era posible trazar una acequia, un canal al aire libre por el que el agua discurría lentamente desde la fuente hasta la ciudad. A veces, incluso se construía una cisterna para alimentar una fuente, que se erigía en la plaza mayor de la villa. El paso decisivo fue la introducción, hacia 1825, del uso de cañerías de hierro colado, lo cual permitió excavar pozos mucho más profundos que antes. En los años sucesivos se creó una red de conducciones de agua por toda la región industrial del Ruhr, de la que también se benefició la gente corriente, aunque hubiesen sido las industrias siderúrgicas las que hubiesen impulsado su construcción.

     Tanto por sus instalaciones sanitarias como por su red de suministro de agua, los monasterios eran un modelo para su época, todo lo cual repercutía en beneficio, aunque no podamos saber hasta qué punto, de la salud de sus residentes. En el Londres medieval se conocen hasta 16 letrinas para 30.000 habitantes, realmente poco. Había, eso sí, pozos negros particulares casi por doquier. En algunas ciudades se construyó una red de alcantarillado con revestimiento de fábrica a principios del siglo XIX, donde vertían tanto las aguas negras domésticas como el agua de lluvia. En París, Haussmann construyó una red de alcantarillado parcial debajo de las zonas que reconstruía, pero a finales de siglo se dice que aún había setenta mil fosses o pozos ciegos.

     El mantenimiento de la limpieza también era problemático. Los romanos habían recurrido con mucha frecuencia al uso de adoquines, también a una mezcla de arena y guijarros, para pavimentar las calles. El uso de adoquines se hizo más habitual en la Baja Edad Media, pero también los ladrillos. La falta de un sistema de recogida de basuras casa por casa implicaba que gran parte de los desperdicios se arrojaba sin más a la calle. Si a esto le añadimos los excrementos de los caballos y de las letrinas, el resultado es una masa repugnante. Si hacía mla tiempo, el centro de la calle se convertía en un torrente. La limpieza de las calles, por lo común, fue superficial e irregular hasta finales del siglo XIX. Los rastrilladores amontonaban los desperdicios, que luego eran transportados en chirriones o en carretas, así como regaban el polvo para que no se levantase en los días de verano.

     Dentro de todas las ciudades, salvo en las más pequeñas, había barrios, zonas que se distinguían por la clase social o incluso el origen étnico de sus habitantes. Los ricos en el centro, un poco más alejado del centro encontramos a los artesanos y a los comerciantes, los judíos solían vivir separados. La arquitectura también era un indicador de la posición social, así como el vestido y la alimentación. El área más rica, según las cantidades abonadas en concepto de impuestos sobre el patrimonio, se encontraba cerca el centro y de los muelles, que, además, eran los que menos densidad de población tenían. Desde el siglo XIX, las elites vivían en las afueras, con mayores superficies y comodidades, facilitado por la mejora de los transportes. El lugar de trabajo, por tanto, ya no era el de residencia.

     Las construcciones compactas, los bloques de pisos, las callejuelas y los patios vecinales siguieron ocupando una parte del centro de la ciudad, pero ahora se daban con mayor frecuencia en las barriadas industriales en proceso de desarrollo. La segregación social fue la nota dominante en el desarrollo urbano del siglo XIX.

     ¿Cómo cocinaban y se calentaban? Lo cierto es que había contaminación atmosférica y riesgo de incendio e inundación. La densidad cada vez mayor de las construcciones, que eran en gran parte de madera, aumentaba el riesgo de  incendio por la calefacción. El más famoso por este motivo fue el de Londres en 1666, cuando 4/5 de la ciudad quedaron destruidas. También es muy conocido el incendio intencionado de Moscú cuando lo asolaron las tropas napoleónicas en 1812. Más allá de estos, las principales causas de los incendios radicaban en el descontrol de los hogares, hornos, chimeneas y cocinas. El problema se agravó en el siglo XVII cuando se empleó el carbón en sustitución de la leña. El humo y la mugre, sumado a la humedad, dieron lugar a las famosas nieblas perpetuas de las novelas de Dickens. Además, en 1835 el humo de las locomotoras se hizo habitual y se unió al de fábricas y hogares domésticos.

     En las ciudades había una gran carencia de alumbrado. Quien podía, llevaba a un criado con una antorcha a su lado. Desde 1813 se usó el gas del alumbrado. Es verdad que la vida social salió ganando, pero se prolongó la jornada laboral porque podía se podía trabajar cuando el sol se había puesto.

     Los transportes eran el caballo, el carro o simplemente a pie. Hasta el siglo XIX la mayoría de las ciudades eran lo bastante pequeñas como para poder recorrerlas a pie; la inmundicia era el único obstáculo en las calles. Antes de los autobuses, el coche de caballo era el principal medio de transporte. Las diligencias paraban en posadas. A esto debemos añadir los carros y carretas de los campesinos que iban al mercado. El vehículo de transporte público tenía su origen en coches y carrozas. Eran vehículos tirados por caballos “para todos” (ómnibus; de ahí su nombre actual “bus”). Los primeros los fechamos en 1826 en París. La bicicleta había alcanzado ya su forma actual. Era barato y eficaz. En 1880 se comercializaron con ruedas iguales; pero hasta tiempo después, lo encontramos restringido al oeste y al centro de Europa.

 

                La población urbana– El nivel de desarrollo urbano era distinto de una zona a otra y hasta el siglo XIX no contamos con datos de los censos. Los núcleos de población de más de 5.000 habitantes solían definirse como ciudades. Esta tenía que contar con una “situación ventajosa” y “fertilidad de la comarca”, e palabras de Giovanni Botero. También solía contar con instituciones eclesiásticas, gran cantidad de mercancías y un mínimo de industrias. Pero lo más importante es que gozase de autoridad y poder supremos. Una gran parte de la población de todas las ciudades grandes y medianas rondaba la pobreza o vivía en la más absoluta de las miserias y en las condiciones físicas más deplorables.

     La ciudad medieval empezó como una especie de intruso en el orden social feudal, tolerada por el provecho que podía derivarse de ella. Aunque no ejercía ningún control sobre las zonas rurales adyacentes, dependía de ellas a la hora de abastecerse de alimentos, de vender sus productos y, sobre todo, de atraer una población lo bastante numerosa como para asegurar su crecimiento sostenido. Pero esta relación simbiótica entre la ciudad y el campo ha seguido existiendo y evolucionando de un modo que la gente de la Edad media nunca hubiese podido prever: la ciudad se ha extendido por el campo, absorbiendo y transformando núcleos rurales, y , en su búsqueda de agua, de energía para sus industrias, y de los medios necesarios para eliminar sus residuos industriales y domésticos, ha extendido sus tentáculos hasta lo más profundo de las regiones adyacentes.

 

                9. Hacia una sociedad de consumo

 

                Los avances tecnológicos marcaron las pautas de desarrollo. El papel principal del progreso tecnológico ha consistido en acelerar los procesos de producción y aumentar el rendimiento del esfuerzo humano. El desarrollo se convirtió en exponencial, y culminó en el proceso de cambio que englobamos bajo el término de Revolución Industrial; pero esta no innovó, pues la raíz de sus inventos se forjó durante la Edad Media.

     La mayoría de las innovaciones se introdujeron lentamente, sin que apenas nadie se diese cuenta. Para que una innovación tuviese éxito, tenía que cumplir ciertos requisitos En primer lugar, debía disponerse de la materia prima –piedra y arcilla- y mano de obra; difusión, que normalmente era muy pausada –pues eran un gran secreto hasta que se protegió a los inventores y sus creaciones con la ley de patentes-. Tenemos que tener en cuenta que era una sociedad tradicional que carecía de nuestra perspectiva y cualquier alteración hubiera acabado con el conjunto. Veamos, las leyes, al cabo de los años, pueden revisarse, pero las costumbres señoriales y de los pueblos demostraron ser de una durabilidad y una rigidez notables.

 

                Producción y energía– Podemos agrupar los bienes de consume en varios apartados: vestido y calzado; minería y metalurgia; alfarería, ladrillos, tejas y vidrio; y construcción. La energía mecánica, el movimiento giratorio, el uso de ruedas dentadas y de tuercas y de temperaturas elevadas para fundir y trabajar el metal, en líneas generales, eran algo que ignoraban al igual que el telar horizontal, la máquina de hilar y los colorantes vegetales… son suficientes ejemplos para demostrar que la Edad Media fue un periodo de gran capacidad inventiva, no anclado en los tradicionalismos.

     La energía mecánica cuenta con sus mayores innovaciones en el uso de la energía hidráulica. Los romanos la usaban por debajo del agua, en la Edad Media se innovó y se hizo aprovechó un salto de agua, en el siglo XVIII se uno a ejes y correas de transmisión. El molino de viento fue un añadido del momento, que por su poca fuerza estaba restringido para la molienda. La primera máquina de vapor las inventaron Savery y Newcomen entre 1698 y el primer tercio del siglo XVIII. James Watt, en 1769, obtuvo la patente de la máquina de vapor con condensador independiente. La transmisión del movimiento alternativo en giratorio era un problema que los ingenieros se habían planteado y él había sabido solucionar. Quizá fue la innovación más importante del momento. Sin embargo, necesitaba grandes cantidades de combustible mineral, porque su rendimiento térmico era bajo, por eso, antes del ferrocarril, las fábricas se situaban cerca de las menas de carbón. Con el tiempo la rueda cedió su puesto al generador de turbina, que aprovechaba el enorme potencial energético de los ríos de montaña y de todos los curso de agua que descendiesen de una altura considerable.

     En el ámbito de la producción textil, la rueca y el telar manual doméstico terminaron por ser las dos únicas alternativas. Se introdujeron martinetes de madera y de hierro para los batanes. En el siglo XIX se introdujo el torno en la ingeniería mecánica, así como taladros. En la química los avances fueron más lentos e imprecisos. Hasta el siglo XVIII no se comprendió la verdadera naturaleza de las reacciones químicas. Desde antiguo ya se conocía el empleo de los álcalis en la fabricación del vidrio y del jabón, pero su obtención se veía limitada a las materias primas obtenibles. La sosa se convirtió en la base del jabón y del vidrio, el uno esencial para la higiene y la salud, el otro para la iluminación y habitabilidad de las casas.

 

                La organización de la producción– Durante la Edad media la producción era doméstica o artesanal. Las mujeres eran quienes suministraban el hilo a los tejedores. En líneas generales, los artesanos fueron especializándose, comprando sus materias primas y dedicándose exclusivamente a su oficio. Las comunidades rurales producían la mayor parte de los artículos manufacturados que necesitaban. Los gremios eran cerrados, autocráticos y suponían un verdadero obstáculo a todo progreso.

     La fase protoindustrial comprender el putting-out system. Los artesanos rurales trabajaban en un aislamiento relativo. Los comerciantes prestaban su ayuda y su protección a los desorganizados trabajadores de las zonas rurales, suministrándoles materias primas y comprando y distribuyendo sus productos. Este sistema surgió vinculado al textil, el cuero y el metal. La producción textil seguía cinco pasos: peinado, hilado, tejido, tinte y abatanado.

     La producción industrial hacía necesaria la actuación de un intermediario entre productor y consumidor, aunque en este caso el intermediario no proporcionaba la materia prima, que podía conseguirse en el mismo lugar de la producción. El sistema de intermediarios era abusivo: no quedaba más remedio que aceptar lo que les pagase por el intercambio.

     En muchos lugares de Europa, la industria a domicilio era sólo una ocupación a tiempo parcial, que servía como complemento a la agricultura y proporcionaba unos ingresos suplementarios. Pero esto no sucedía donde se daba el mayorazgo. Este tipo de industria se extinguió finalmente debido a la competencia de la producción fabril, pero fue tras una larga y penosa lucha. Al final, los trabajos artesanales a domicilio acabaron practicándolos sólo viejos y mujeres cuyo margen de beneficios fue disminuyendo cada vez más hasta perecer ellos y su oficio. Formando una especie de puente entre el taller doméstico y la fábrica, habían existido grandes talleres donde los empleados realizaban su trabajo a mano, pero bajo supervisión ajena. “Fábricas” de este tipo hay habían existido en época clásica. Solo faltaba dar un pequeño paso para mecanizar esta fábrica, primero usando el agua, y luego, el vapor.

 

                La industria textil– Se sustenta por la demanda de paños de lana, lino y algodón, así como de seda, si bien en menor cuantía. Durante todo el día, desde que sale hasta que se pone el sol, el pueblo resuena con el chirrido constante de las ruecas, los golpes de los telares y el repiqueteo de los batanes. Algunos paños ingleses parece que gozaron de una gran reputación desde principios de la Edad media, y los de Flandes y de Francia. La política y las guerras influían en las fluctuaciones de la producción. El paño entró en decadencia, en beneficio del estambre y de las sargas, mientras que el uso creciente de ropa interior aumentó primero la demanda de lino y, luego, de algodón.

     Estos cambios en la moda y en el suministro de materias primas sólo afectaban a una minoría de artesanos y de consumidores, porque el grueso de la población rural y, en realidad, gran parte de la urbana, no podía participar en esta carrera por ver quién consumía más, y el tejido, el color y el diseño de sus ropas apenas cambió entre el siglo XIII y el XIX. Se las ponían hasta que les colgaban de la espalda, desgarradas, sucias y podridas por el sudor. Y cuando se cambiaban, se ponían el mismo tipo de ropa, tejida en casa o en el pueblo y zurcida por el sastre local.

     La mayor parte de las telas de la era preindustrial eran de lana. Una vez esquiladas las ovejas, se lavaba con un detergente – por lo general lejía- para limpiarlo de grasa y de polvo. Luego se cardaba o se peinaba, según la longitud de las fibras. La lana de fibra corta se cardaba con cardas, tablas de madera provistas de puntas metálicas que la desenmarañaban y arrancaban los cadillos demás cuerpos extraños, dejando un copo de lana esponjosa, lista para hilar. El hilado se hacía con rueda y un huso de madera o de hueso, provisto de un peso circular, la tortera, que servía de volandera y facilitaba la rotación del huso. El cato de hilar se hacías casi automáticamente, era monótono y aburrido, ideal para acompañar la charla de las mujeres reunidas en las sombras de la cabaña en las sombrías tardes de invierno. El telar podía ser de alto lizo o de bajo lizo. La lanzadera podía llegar a ser tan grande que tenían que manejarla entre dos personas. La lana solía teñirse, aunque no siempre, antes de tejer. Después se sumergía en detergente, y luego se pisaba con los pies hasta que las fibras se aplastaban y cubrían la trama del tejido. Para el batanado se utilizaban sales naturales y otras orgánicas, como la orina. El acabado se daba con unas grandes tijeras para igualar el paño. Finalmente. Podía decorarse con hilo de oro y plata.

     El lino se trabajaba en todo el norte de Europa. Se cortaba e igualaba, y finalmente se rastrillaba con un peino con púas de hierro o rastrillo. La hilatura y el tejido eran parecidos al de la lana. El apresto se hacía con un blanqueo, generalmente hirviéndolo en una solución de lejía y luego tendiéndolo al sol. Era esta actividad, sobre todo, industrial.

     El algodón invadió el mercado en el siglo XIX, si bien en el XVIII ya se cultivaba en las colonias inglesas. En Italia se llegó a ofrecer productos de máxima calidad, pero al norte de los Alpes solía mezclarse con lana. En los centros laneros tradicionales, dominados por los gremios, la hilatura de algodón tenía pocas posibilidades de desarrollo. Las telas de algodón empezaron siendo un producto de lujo, pero pronto se abarataron. En 1769, Arkwright obtuvo la patente de la máquina de hilar, invento que marcó el cambio en la evolución de este tipo de industria. De hecho, entre 1750 y 1800, se multiplicó esta actividad por 10.

     La posesión de un vestuario más abundante y la mayor facilidad con que se podían lavar los tejidos de algodón debieron contribuir al aumento de la higiene personal y a la disminución del riesgo de contagio de enfermedades como el tifus.

     La seda entró en Europa en el siglo VI a través del Imperio Bizantino. La sericultura se divulgó primero por el sur de Italia. Primero se batían los capullos en agua caliente, se iban juntando y enrollando las finas hebras en una devanadera, para luego alisar el hilo resultante. Tejer la seda no fue nunca oficio de campesino, porque exigía una habilidad manual y una pericia. Nunca hubo más de doce centros sederos en Inglaterra. La mayor parte de ellos estaban bajo patrocinio real. A partir del siglo XVII la demanda de seda aumentó. La cantidad de seda cruda disponible aumentó. La confección de cintas se convirtió en un oficio doméstico. De hecho, encontramos muchas mansiones que presumen de tapices como elemento de lujo.

    

                La industria de la piel y del cuero– El cuero era un elemento esencial, pero con la adopción de los tejidos se vio relegado a la confección del calzado y de productos como bolsas, cinturones, escudos e incluso botellas y cubos. Los curtidores de los pueblos han fabricado hasta hace poco cuero curtiendo pieles de buey con corteza de roble. Había que adobarlo, doblarlo, teñirlo, repujarlo y decorarlo. En todas las grandes ciudades había zurradores, blanqueros, cordobaneros y otros artesanos especializados del cuero.

 

                Las artes del metal– Al trabajo del metal para la producción de armas y herramientas, para la construcción y con fines decorativos, sólo lo superaba en importancia el sector textil, mucho más variado que el de los orfebres y herreros. Oro y plata eran los más conocidos, pero también el cobre, el plomo, el estaño, el hierro… que se usaban para los útiles agrícolas, carretas, cerraduras, cuchillos, armaduras, flechas y demás aparejos.

     Las técnicas empleadas durante el Imperio Romano siguieron usándose durante la Alta Edad Media. Para trabajarlos había que hacer uso hornos de cuba baja, que en pocas áreas de Europa no los había. Las temperaturas que se alcanzaban dentro del horno eran lo bastante altas (unos 1500º). El alto horno hizo su aparición en Renania y los países escandinavos. La alta temperatura se conseguía por la altura de la cuba, la potencia de inyección de aire y la capacidad aislante. El método indirecto hizo aumentar la escala de producción, pero exigía más combustible. La industria del hierro desplazó la linde de los bosques vírgenes de Polonia y Rumania por la demanda de madera. El problema de combustible terminó resolviéndose en el uso de carbón de coque. Pero en 1400 la producción total de hierro blando en el conjunto de Europa apenas debía superar las treinta toneladas. El consumo anual per capita era de una libra de hierro: poco para la construcción y casi nada para el uso doméstico, por lo que podemos comprender que el hierro estaba poco extendido entre la población y solo para una minoría que lo destinaba para actividades muy específicas.

     La escasez y alto precio del hierro era importante. Los clavos se usaban con cuentagotas. En las casas más privilegiadas, se usaba un trasfuego para proteger del calor las paredes de las chimeneas. El hierro colado usado en las cañerías cobró relevancia cuando las ciudades empezaron a dotarse de redes de suministro de agua y de gas subterráneas.

     El acero siguió fabricándose en cantidades muy pequeñas. La facilidad con que se rompían las espadas al golpearlas no hacía más que aumentar la fama de los pocos centros d producción de acero de calidad. El volumen de producción del acero aumentó durante el siglo XVIII. Al abrir el crisol, se vería un acero de calidad homogénea en un molde; y este era el acero llamado de crisol. El proceso siguió siendo secreto durante muchos años, y apenas tuvo importancia en la Europa continental hasta 1815. Ya fuese en barras, blando o forjado, el hierro tenía que trabajarse igualmente en fraguas, con un consumo inmenso de carbón vegetal. Durante la Revolución Industrial la producción de acero dulce se disparó.

 

                Los metales no ferrosos– Con el oro y la plata se acuñaban monedas. Era un indicador de riqueza material. Europa producía poco oro, pero desde el siglo XVI llegó de África Occidental y el Nuevo Mundo. El plomo, en cambio, tenía más importancia en su vida cotidiana. Podía moldearse, batirse o enrollarse en forma de chapa. Las fuentes que comenzaron a adornar las ciudades a finales de la Edad Media utilizaban tuberías de plomo. El cobre se fundía con facilidad, pero era demasiado blando como para hacer de él un uso habitual. Eso sí, era empleado en escudillas y vasos, pero casi nada en el campo.

 

                La alfarería y la fabricación de ladrillos– Conocemos las artes y oficios de la alfarería y de la fabricación de tejas y de ladrillos mejor que los demás. Eran productos casi indestructibles. La arcilla en sí era basta, gruesa e irregular. Las tradiciones antiguas se conservaron en el sur en los talleres árabes y bizantinos. En la Inglaterra sajona se volvió a producir cerámica torneada. Georg Agrícola, en 1556 nos presenta un alfar con correa de transmisión, un gran avance. Después de modelarla, se cocía en un horno para transformar la arcilla blanda en una sustancia dura y quebradiza. Luego se le daba el acabado decorándola y barnizándola. El tipo de arcilla, la construcción del horno y las temperaturas que se alcanzaban influían en la calidad de la cerámica. El barnizado se daba para impermeabilizar el recipiente y para evitar que perdiese el color. Podía tratarse simplemente de una capa de engobe, tierra blanca muy diluida, que en ocasiones podía esmaltarse. No debe sorprendernos que esta industria gozara de la protección de la realeza y de los nobles.

     En su forma más simple, el horno de cerámica era poco más que un hoyo en el suelo dentro del cual se ponían los cacharros por cocer. Con el paso del tiempo los alfareros árabes de España hicieron los hornos más complejos, divididos en compartimentos separados del fuego, donde se ponían los cacharros. El producto más habitual de los hornos de cerámica medievales eran las jarras, así como otras destinadas al almacenaje y los cacharros de cocina, cuya misión principal eran la de proteger los cereales. En el siglo XV los cacharros de cerámica cedieron la primacía a otros metálicos. Los intentos por imitar la porcelana china auténtica fueron muchos y se llevaron a cabo en los siglos XVII y XVIII especialmente. Esto dio lugar a la loza refinada. En otro orden se encontrarían los motivos pictóricos y las composiciones calcográficas.

     La arcilla también se empleaba para hacer ladrillos, tejas y baldosas de todo tipo. Durante el Imperio Romano fueron muy utilizados, pero en los siglos siguientes su uso disminuyó para renacer durante la Edad media, especialmente en los siglos XII, al compás de la revolución urbana. En esta época los ladrillos ganaron importancia en la arquitectura civil. Primero se amasaban y luego se secaban antes de cocerlos. Una causa importante de su popularidad es la resistencia que ofrecían al fuego, frente a las anteriores cubiertas de paja o tejamaniles. En el siglo XIII empezaron a usarse baldosas, siempre del mismo tamaño y de factura más pulcra, de varios colores y de relieves heráldicos, pero su empleo estaba limitado a las iglesias y a las mansiones. La utilización de ladrillos, tejas y baldosas ha contribuido significativamente al bienestar humano, sobre todo por la consiguiente disminución del peligro de incendio.

 

                El ramo de la construcción– La arquitectura popular se contrapone a la arquitectura “refinada” o “señorial”, realizada por maestros de obra, albañiles y carpinteros profesionales, que empleaban materiales que se habían hecho traer, a un coste considerable, desde muy lejos. Hasta la época moderna, es imposible distinguir entre arquitectura religiosa y arquitectura civil. Lo que más nos importa es hasta qué punto la arquitectura se adecuaba a las necesidades humanas en el terreno práctico y de la comodidad. Las disposiciones señoriales acostumbraban a preservar el derecho de los campesinos a sacar de los bosques señoriales no sólo el combustible necesario para sus hogares , sino también la madera que necesitasen para la construcción. Los campesinos solían construirse sus propias cabañas, con la ayuda de sus vecinos en operaciones tan complicadas como la erección del tejado.

     La construcción de nivel más alto requería artesanos profesionales y métodos y materiales más refinados. Esta clase de construcción exigía el establecimiento de una jerarquía de mando, en cuyo vértice estaba la persona que encargaba el edificio y que marcaba ciertas líneas maestras: el tamaño, el estilo, los materiales. A esta persona se la conocía como el magister cementarius. El maestro de obra fue lo más parecido que hubo a un arquitecto en la Edad Media, y no fue hasta el siglo XVI cuando aparecieron los primeros. En el siglo XIX se vieron construyendo las viviendas urbanas de los obreros. En todas las obras de un cierto tamaño solía haber un ejército de obreros, mano de obra. Todo el proceso comenzaba en la cantera, pero también participaban en la eliminación de agua  y en el izado de los bloques de piedra. Los Francmasones (mason “albañil”) generalmente en cobertizos (logis o logias). En la base se encontraban los peones, que horneaban la cal y mezclaban el mortero. Estos trabajadores estaban obligados a llevar una vida nómada, de una obra a otra, sin poder organizarse en un gremio. La piedra se partía con cuñas y se tallaba con un hacha o una azuela, y muy a menudo podemos decir qué herramienta se utilizó por las marcas que dejó en la piedra. Se labraba con martillo y escoplo, que había que afilar y volver a templar a menudo. El mortero se echaba con una llana de aspecto inequívocamente moderno, y los sillares se ajustaban con un mazo. En este conjunto de obreros se encontraban los herreros, vidrieros, carpinteros y techadores.

 

                La industria alimentaria– Los alimentos exigen cierto grado de elaboración antes de poder consumirlos y digerirlos. Muchas de las actividades relacionadas con la conservación y la preparación de alimentos se han realizado en el seno del hogar, desde la prehistoria hasta hoy. En todas partes se trituraba y se molía el grano con una piedra de moler, que en ocasiones prohibía el señor para obligar a sus siervos a que usaran el molino, institución fundamental de las sociedades rurales en la mayoría de las ciudades.

     El panadero era otro personaje importante. Sobre las piedras calientes cocían una especie de torta, pero antes de época moderna era difícil poseer un horno, y se hacía uso de “los comunales”. El cervecero también ganó en relevancia. En toda Europa, salvo en el sur, se hacían bebidas fermentadas a partir de cereales malteados; el favorito era la cebada. En las casas señoriales y en centros comunitarios como los hospitales acostumbraba a haber un cobertizo para preparar la cerveza, independiente de la cocina.

     En donde se dice la vid, la cerveza tenía poca importancia, y, donde el clima era demasiado riguroso para la vid, quienes podían permitírselo importaban vino. Inglaterra, por ejemplo, abandonó sus propios viñedos a favor del vino de Gascuña, que se encontraba bajo su dominio político. Más tarde, la importancia del vino generoso y oscuro de Oporto reflejó la alianza política de Gran Bretaña y Portugal. En el siglo XIV ya se había convertido en una práctica habitual destilar cualquier bebida fermentada a partir de cereales o frutas. Los monasterios empezaron a producir licores de esta clase, aromatizados con hierbas de sus propios huertos. Era más difícil destilar el licor de malta, porque, además de un poco de azúcar, había que añadirle levadura. Por eso el whisky y el vodka entraron en la alimentación humana relativamente tarde, y no fue hasta el siglo XIX cuando se destilaron licores de malta a gran escala. La szlachta (nobleza de Polonia) producían y vendían su propio vodka.

 

 

                10. La medida del progreso

 

     Por término medio, la gente vivía mejor en el siglo XVII que en los siglos anteriores. Este nivel de vida más alto está implícito en el mayor volumen y variedad de alimentos y bienes de consumo existentes, aunque es difícil decir quién vivía mejor, porque no podemos tener la certeza absoluta de que los beneficios de este desarrollo se hiciesen extensivos a todas las clases y a todos los niveles de renta. La creencia en un progreso constante es un fenómeno moderno, un faro que no fue el norte y guía de los esfuerzos de las generaciones anteriores. A una cierta estabilidad era a lo más que aspiraban, y la estabilidad era algo que rara vez conseguían. Sus niveles de bienestar estaban constantemente amenazados en dos frentes: por las catástrofes naturales del mundo material, y por las estructuras sociales y los sistemas económicos que dominaban sus vidas.

 

                Crisis y catástrofes– Alcanzaban la magnitud que hoy poseen en algunos países del Tercer Mundo, algo que se advierte en el libro Piers Plowman. La mayor parte de Europa se vio libre de las demás catástrofes naturales –terremotos, maremotos, erupciones volcánicas-. La crisis también adoptaba la forma de epidemias, por lo que las hambrunas y malas cosechas eran temidas. Pero la etiología de las enfermedades fue un misterio hasta el siglo XIX, y no había ni medicina preventiva ni remedio posible. El peligro de incendio era constante en una sociedad que empleaba profusamente la madera en la construcción. Pueblos e incluso ciudades podían quedar arrasados por el fuego. La guerra era un elemento aún más destructivo, que pillaban y saqueaban todo a su paso, porque sus movimientos estaban determinados tanto por la posición del enemigo como por las necesidades alimentarias. Estos militares carecían de disciplina –hasta finales del siglo XVIII no aparecen los campamentos-. Hay muchos ejemplos: las tropas españolas en 1576 en Amberes, la guerra de los Treinta Años, el “Diluvio” de la Europa arrasad por prusianos, suecos, cosacos y otomanos… Los ejércitos, además, eran los agentes transmisores de enfermedades más importantes; en pocas epidemias no contribuyeron las operaciones militares.

     El resultado de las malas cosechas, los altos precios, el hambre y la invasión de los ejércitos era una generación debilitada con más probabilidades de repetir un ciclo de enfermedades continuas. Hay pruebas abrumadoras de que tras la Peste Negra disminuyó la presión demo-gráfica sobre la población, por lo que se abandonaron las tierras de poca calidad y aumentó el rendimiento medio de las cosechas.

 

                Las estructuras sociales– Otra variable que afectaba al bienestar de la gran mayoría de la población era la estructura social que la regía. La sociedad, a lo largo de los siglos estudiados estaba enormemente jerarquizada, dominada por un sistema de clases entre las que había muy poca movilidad; una clase explotaba a la otra. El feudalismo era un sistema por el que se concedían unas tierras a cambio de un servicio. El vasallo prestaba consejo y auxilio a su señor. En la base de la pirámide estaban las masas campesinas, que labraban la tierra. El vasallo de un señor en un lugar podía ser el superior de este en otro. El servicio estaba unido a la tierra, y la tenencia de la tierra llevaba implícita la prestación de un servicio, que en muchos casos se conmutaba por el pago de una cantidad. Si bien los señores fueron abandonando poco a poco el cumplimiento de sus obligaciones para con su señor o su soberano, no obstante, siguieron exigiéndoles la prestación de un servicio, o el pago de una determinada cantidad de dinero a cambio.

     Lo que nos interesa es la relación inestable entre el propietario y el usufructuario de la tierra. No cabe duda de que el uno intentaba explotar al otro, pero sería un error ignorar los firmes mecanismos de defensa de los que estaban dotadas las sociedades campesinas.

 

                Salarios y precios– Los precios, que debemos manejar con mucho cuidado y que carecen de todo sentido si no es en relación con los salarios, son un elemento de juicio del bienestar social. La mayoría de la gente, durante la era preindustrial, no percibía un salario ni compraba lo que necesitaba a diario. Por el contrario, pagaba con su trabajo el usufructo de las tierras que cultivaba. Las estadísticas, inevitablemente, solo dan cuenta de la economía vinculada a la moneda o al mercantilismo, pero no nos dice nada de los campesinos que rara vez llegaban a tocar una moneda.

     A lo largo de los siglos XIII y XIV, el precio de los productos se mantuvo alto en relación a los salarios, pese al aumento de los mismos poco después de 1300. Una de las consecuencias de la Peste Negra y de la subsiguiente escasez de mano de obra fue el aumento de los niveles salariales. Los salarios subieron entre 1530-1560, pero los precios aumentaron mucho más, y siguieron haciéndolo hasta mediados del siglo XVII. Los metales preciosos procedentes del Nuevo Mundo contribuyeron a la subida de los precios, así como la plata de las minas centroeuropeas. No fue hasta la 2/2  s.XIX  cuando los trabajadores de la construcción pudieron volver a comprar con sus salarios todo lo que habían podido adquirir hacia 1500. Es totalmente imposible extrapolar estas estadísticas (p.436) al campesinado, que, hasta el siglo XIX, constituía una gran parte de la población total, y que sólo dependía del mercado de modo muy secundario, mientras que su nivel de bienestar dependía sobre todo del éxito de sus cosechas. Cuanto más nos alejamos del sur de Inglaterra menos aplicable resulta este método, especialmente en Europa del este.

 

                Servidumbre y estatus– No existía ninguna conexión forzosa entre estatus social y nivel de ingresos. Los siervos que sólo eran libres a medias no tenían por qué estar peor que los villanos propietarios de un minifundio. No obstante, el estatus era un factor que influía en el bienestar personal, aunque sólo fuese porque quienes ocupaban un estatus inferior estaban obligados a prestar ciertos servicios que limitaban su libertad. El estatus, representado por la extensión de sus tierras, perdió importancia. Cuando los señores dejaron de explotarlas, perdió sentido exigir servicios no necesarios; a partir de ahora se conmutaron por el pago de una cantidad en metálico, y los campesinos se convirtieron en tenentes. Su tenencia podía ser casi como un alodio.

     A principio del siglo XV el estatus de los campesinos empeoró, pues quedaron adscritos a la gleba. Este fenómeno es conocido como la “segunda servidumbre”. La situación empezó a mejorar a finales del siglo XVIII y principios del XIX, con la abolición de la servidumbre en Prusia en 1807. Los siervos compraron su libertad y si no podían en metálico, cedían parte de sus tierras. Llegado el momento eran demasiado pequeñas para mantener a una familia y ser vieron reducidos a la más absoluta miseria.

     Un elemento importante en su desarrollo fue el mercado cerealista, base del naciente sistema capitalista. En el oeste el poder de reyes y príncipes se iba reforzando. La estructura urbana del este era débil. El Imperio Otomano pasó de organizarse en “cifliks”, un sistema feudal, a hacerlo en timar, regímenes de alodio. El proceso de creación de grandes haciendas o latifundios se dio en la Baja Edad Media y principios de la Edad Moderna. Al aumentar la población la tierra empezó a escasear, las propiedades se dividieron y subdividieron entre los herederos. Tan importante fue este proceso que en 1862 aún encontramos que el 85% de los alodios tenían menos de 20ha, mientras que por las mismas fechas, en Bélgica, encontramos que el 80% poseía menos de 2ha.

 

                El sistema monetario– Antes del siglo XIX más de ¾ partes de la economía era autárquica. En ocasiones los campesinos tenían que comprar simientes o grano, es cierto, pero lo hacían, generalmente, por medio del trueque. Los precios oscilaban con gran amplitud. Los campesinos y los pequeños comerciantes no conservaban ningún registro de sus transacciones, y la coyuntura local podía hacer subir los precios muy por encima de los niveles que tenemos documentados.

     En la Grecia clásica se acuñó moneda por primera vez en el siglo VIII a.c. Eran pequeños discos redondos de metal, con el símbolo de la autoridad que las emitía grabado. Roma tomo el modelo griego. Su valor de cambio era exactamente el mismo que el valor intrínseco de la moneda. Se hacían mediante el moldeado, pero por lo general se acostumbraron a acuñarlas. Algunas personas deshonestas “recortaron” la moneda cizallando. Esto era severamente castigado, pero la práctica no desapareció, hasta que los cantos se hicieron perfectamente circulares en el siglo XIX. La rebaja de la ley era un recurso que utilizaban los gobiernos que tenían graves problemas económicos, como el caso de la España de Felipe IV. Los antiguos comerciantes  cambistas siempre vieron sus transacciones entorpecidas por los problemas derivados del bimetalismo. Las “unidades de cuentas” es un sistema ficticio que medía en libras, chelines y peniques –como en Inglaterra- los cambios al resto de monedas.

     El romano medio llevaba siempre encima un puñado de monedas de poco valor en la bolsa o en el bolsillo, con alguna esporádica moneda de plata. Inglaterra tenía una moneda de calidad, que se reacuñaba con frecuencia para solucionar el problema de las alteraciones de su ley, mientras que en el continente, en cambio, el control que ejercían los gobiernos sobre las monedas era bastante laxo, de modo que los señores feudales acuñaban moneda cuyo metal era la ley cada vez más baja.

     En la Baja Edad Media, con el aumento del volumen del comercio, aumentó la demanda de monedas de mayor valor que el dinero. El fin de la autarquía y el surgimiento de una economía de mercado provocó la aparición de una demanda de monedas de ínfimo valor nominal. En gran parte de la Europa continental, sin embargo, la plata se aleaba con cantidades cada vez mayores de un metal inferior, generalmente cobre. Esta moneda de vellón tenía un valor básicamente fiduciario, nadie se preocupaba de comprobar que su valor intrínseco correspondiese a su valor nominal.

     El oro era escaso y solo se daba de forma apreciable en el Imperio Bizantino, que acuñaba “besantes”. La plata era utilizada por todo el mundo para la acuñación de monedas. Una gran parte la absorbían las artes decorativas, otra los preparados químicos y también eran empleados en las artes como la vidriería. Los mercaderes llevaban encima el dinero necesario en forma de cartas de crédito o letras de cambio de tipo contractual. En el siglo XVI los metales nobles comenzaron a ser abundantes, primero por la plata llegada de Bohemia y Eslovaquia, donde los Fugger y los Weser hacían fortuna, pero también por el material llegado del Nuevo Mundo, sobre todo de las regiones andinas y de México, a partir de 1520. Este último comercio era controlado sobre todo por la Casa de Contratación. La llegada de dinero sin una respuesta similar en el ámbito de la productividad produjo una inminente inflación, que no fue uniforme, pues la demanda de los consumidores también influía en el nivel de los precios. Sin embargo, esta coyuntura no tuvo influencia donde seguía dominando una economía “natural”, especialmente en Escandinavia y las zonas del sureste de Europa.

     Los precios medios carecen de sentido, y es peligroso extrapolar los de un mercado para completar la serie de datos de otro. Por lo general, los precios bajaron después de la cosecha.      

     La segunda mitad del siglo XVII, se mire como se mire, fue una de las más negativas en la historia de Europa. A partir de 1740 hubo una época de relativa estabilidad, en la que los precios subieron, pero despacio. Por supuesto, hubo malas cosechas, y tenemos noticias sobre tumultos en las ciudades, pero esto tal vez se debiese, en parte, a que el mecanismo de abastecimiento todavía no se había ajustado del todo a las necesidades de una población.

     La estabilidad de los precios tuvo consecuencias trascendentales. Primero, la renta general ascendió, al igual que la producción a domicilio. En el resto de Europa, los beneficios se evaporaban en forma de censos y obligaciones serviles, para pasar a manos de la clase terrateniente y de los comerciantes.

 

                El desarrollo de una economía de intercambio– El hundimiento del Imperio Romano de Occidente, el volumen del comercio, ya fuese de ámbito local yo a gran distancia, era pequeño. Tal vez no hubiese nunca lo que el historiador belga Henri Pirenne llamó “una economía sin mercados”, pero los mercados eran realmente pocos, y el tráfico de mercancías era de un volumen y una variedad limitados. Los productos de poco tamaño y precio relativamente alto fueron los más comunes en el tráfico del alto Medioevo. Los mil y pico años siguientes estuvieron marcados por la especialización en la manufactura, esencial por su contribución a la mejora de los conocimientos, al incremento de la productividad y al abaratamiento de los precios –pero la madurez se alcanzó en la Plena Edad Media-.

     La producción de vino, sal y aceite de oliva estaba más localizada que la de cereales. La mayoría de la gente, por supuesto, tenía que prescindir de estos lujos, pero los nobles y las órdenes religiosas los conseguían bien mediante el comercio, bien con la adquisición de fincas en tierras lejanas donde se produjesen. Hacían falta mercaderes que les trajesen productos más exóticos: cristales para las ventanas, telas de mejor calidad que las hechas en casa, enseres de metal, joyas y toda clase de lujos. Por tanto, debemos destacar, en un primer momento, el comercio a pequeña escala, de ámbito local, generalmente.

     Al norte de los Alpes, los privilegios de mercado se concedieron a miles. Un elemento clave de su éxito o fracaso era su ubicación, no solo en relación con vados y puentes, sino también respecto a los demás mercados. Antes de fundar uno se cuestionaban si perjudicaría a los mercados ya existentes. Normalmente se marcaba como límite unos treinta kilómetros, distancia máxima que una persona realizaría a pie en un día; pero la realidad es otra: los mercados estaban mucho más dispersos, por eso el nivel de autosuficiencia local era relativamente alto. Quienes ya poseían negocios en las ciudades preferían hacer sus negocios desde el otro lado del mostrador, antes que en puestos de quita y pon.

     La feria era una concentración de comerciantes periódica, pero menos frecuente. Intercambiaban productos. Las de Champaña tuvieron una existencia relativamente breve, satisficieron las necesidades de los mercados de los siglos XII y XIII. No todos los mercados dieron origen a ciudades, pero todas las ciudades tenían mercados. Las artes y los oficios se mudaron a las ciudades y muchas calles, de hecho, tomaron sus nombres. En París, hacia 1300, había casi 450 oficios diferentes, cada uno con su propio gremio. Gran parte de la actividad comercial de las ciudades se desplazó desde el mercado a las tiendas, sobre todo cuando se percataron de que estas podían permanecer abiertas de sol a sol. La tienda y el taller eran una sola cosa, y el maestro y sus aprendices vivían por lo común en el piso de encima de la tienda. La victoria de las tiendas otorgó aún más importancia a los intermediarios. A veces el papel del intermediario se limitaba a comprar, transportar y revender. La industria textil fue donde inter-mediarios adquirieron mayor importancia. Entre los pudientes había demanda. Los mercaderes formaban una sociedad compacta y opulenta, unida por lazos comunes tanto de parentesco como de codicia. Ostentaban el monopolio de la región de done eran proveedores, se ponían de acuerdo en los precios y recurrían a cualquier pretexto para rebajarles la paga.

     La industria doméstica aumentó en la Edad Moderna. Obligaba a casarse a edad más temprana y a tener más hijos para que prosperase el negocio. La industria del textil de llino tuvo una importancia considerable como suplemento a la agricultura en toda la llanura norte de Europa. Los tejedores a domicilio, desde Flandes hasta Silesia, vieron cómo iba disminuyendo la demanda de sus productos.

 

                El inconveniente de la distancia– Es un tópico afirmar que en la Europa preindustrial las carreteras eran malas, y los viajes, difíciles y lentos, y que poca gente abandonaba la parroquia o la comunidad donde había nacido. Incluso sus gobernantes a veces no llegaban a tener una idea clara de la extensión y la naturaleza de las tierras que poseían. Carlos V, viajando por la frontera, preguntó si la población que atisbaban era suya o del rey de Francia; a tal grado llegaban las situaciones. John Leland recibió el primer encargo, esta vez de Enrique VIII, para realizar la primera descripción detallada del país.

     Antes de los cambios revolucionarios del siglo XVI la gente había viajado sólo por necesidad. Si excluimos los viajes que hacían los peregrinos a los santuarios dispersos por Europa, no se viajaba sólo con el fin  de ver y aprender cosas sobre lugares nuevos, porque no había la curiosidad necesaria para ello, y la imaginación medieval exageraba enormemente los horrores de viajar. Se dice que Bernardo de Claraval cruzó, guiado por un sirviendo los Alpes con los ojos vendados para no ver sus agrestes parajes. Al cabo de un siglo el viaje se había convertido en parte de la educación de un caballero. Había una lista de ciudades, museos, curiosidades y lugares que había que visitar. Este mundo se consideraba sólo una preparación para el otro, intrínsecamente perverso, y no podía permitirse que se convirtiera en un fin en sí mismo.

 

                Las modalidades de transporte– Solo existían tres tipos: a pie, a caballo o en algún vehículo.

     Los romanos dejaron carreteras bien trazadas, pero con una finalidad más militar que civil o comercial. Las carreteras medievales las aprovecharon, pero también construyeron otras nuevas, pedazo a pedazo por la gente de los pueblos; es decir, la construcción de carreteras era una iniciativa local. Un ejemplo de libros de carreteras: Itinerario de Brujas. Al llegar el siglo XVIII no era difícil descubrir, antes de la partida, el mejor modo de llegar casi a cualquier lugar del continente o de más allá. Se abrieron posadas, postas –para cambiar de caballo-, se construyeron puentes y donde no los había se dispusieron barcas de pasaje. La consecuencia de la mayor concentración del tráfico a lo largo de un reducido número de utas bien señalizadas fue que aumentó el aislamiento de las zonas intermedias que el creciente tráfico dejaba de lado. Colbert, en el s.XVII, mejoró la calidad de las carreteras en Francia. En 1747 se crea una escuela oficial para puentes y carreteras, en el mismo país. En época de Napoleón los progresos fueron más apreciables.

     Las carreteras que atravesaban tierras llanas, de suelo arcilloso, y las llanuras aluviales de los grandes ríos eran las peores. Sus firmes estaban cubiertos de surcos y baches. Los pueblos que tenían este suelo estuvieron menos comunicados con el “mundo exterior”. Los desplazamientos eran relativamente fácil donde la superficie de los caminos era rocosa. A pesar de todo, los viajes por carretera eran lentos, incómodos y muy caros. Acostumbraban a evitarse los bosques o a cualquier otra masa vegetal que pudiese dar cobijo a salteadores.

     Los puentes, si bien ninguna autoridad pública estaba obligada a construirlos, repararlos o mantenerlos, a veces eran financiados por benefactores privados. Quién los utilizaba, prácticamente dodo el mundo, desde el rey hasta el yuntero o el viajero con un carromato de cuatro ruedas. Los comerciantes viajaban a caballo las más de las veces.

      Solo las personas que no tenían dinero viajaban solas y a pie: su pobreza era su única protección. Muchos desplazamientos estaban relacionados con las cuestiones relacionadas con la Iglesia. La Iglesia occidental estaba centralizada y jerarquizada y la administración de las diócesis exigía que obispos, arcedianos y párrocos mantuviesen contactos frecuentes. Entre estos también incluimos a los peregrinos.

     Las noticias se difundieron aún más velozmente en los siglos posteriores, pero nunca a mayor velocidad que la del galope de un caballo. Hasta la aparición del ferrocarril en la década de 1830, el modo de transporte más rápido era el equino. Los carromatos dieron origen a los coches o diligencias, con suspensión, armazón más ligera y ventanas. En el siglo XVIII se hicieron más compactos, momento en el que nacieron las cabriolé o fiacre. En Hungría los denominaban Kocs, palabra de la que deriva “coche”. El transporte público y el motor de explosión fueron una revolución social de gran importancia.

 

                El transporte por vía acuática– Los desplazamientos por vía acuática, según se dice, eran baratos, pero lentos, y por eso solía utilizarse esta vía para el transporte a granel de productos de consumo habitual. Los ríos eran un negocio rentable para los terratenientes de las orillas, quienes gravaban este transporte con aranceles. En París se estableció un servicio de trajineros de alimentos de primera necesidad, en Frankfurt uno de lanchas.

     La mayoría navegaba a remo o remolcados con una cuerda. A veces usaban la vela, pero solo en aquellos cauces que fueran lo suficientemente anchos, como el Loira, cuyos vientos de poniente favorecían el navegar contracorriente. Las embarcaciones eran pequeñas y no solían transportar más de una tonelada de carga. Sólo en los P.B. se desarrollo un tráfico fluvial más intensivo en la mitad del siglo XVI.

     La idea de que en la era preindustrial se circulaba más por los ríos que por los caminos, se resiste a morir. Los viajeros rara vez iban en barca y sólo las mercancías en bruto se transportaban por vía fluvial -la sal, la madera y la piedra-. Pocas veces se encontraban estos productos a más de dos o tres kilómetros. El inconveniente principal era la falta de cauce fluvial en zonas del interior. Por eso, desde el s.XVII se trató de complementarlos con canales artificiales. De hecho, estos contribuyeron significativamente a la vida económica.

 

                Islotes de incomunicación– Es imposible exagerar la importancia de las carreteras. No llegó a desarrollarse ninguna ciudad en donde no convergiese previamente una red de carreteras. No sólo viajaban la gente y las mercancías, sino también las ideas: el gótico se difundió por el camino de Santiago. Entre las carreteras principales aún quedaban extensas regiones a las que sólo se accedía por caminos que cruzaban los bosques, padecían una economía de autosuficiencia. Había pueblos donde los acontecimientos del mundo exterior no habían hecho mella en absoluto: el matrimonio con personas de fuera era absolutamente reprobable y apenas circulaba el dinero. La agricultura, hasta tiempos muy recientes, se había practicado con herramientas iguales a las representadas en los vasos griegos –sobre todo en los Balcanes-.Hasta en las regiones cerradas, los pueblos vecinos tenían que suprimir su inclinación natural a la hostilidad en pro de la colaboración. El espíritu de emulación desempeñó un importante papel en el surgimiento de los particularismos. En toda Europa encontramos estas peculiaridades locales, sobre todo en la arquitectura. Los localismos surgen de la percepción que la gente ha tenido de su entorno y de sus vecinos. Su paulatina desaparición se debe, sobre todo, al desarrollo de las comunicaciones.

 

[TERCERA PARTE: El período de crecimiento acelerado –p.474-520-… al comprender el siglo XIX la obviamos]

 

                12. Conclusión

 

     Unos ocho mil años nos separan a los primeros agricultores europeos que cultivaron en las llanuras costeras de Grecia. Puede que dejen de practicarse los descubrimientos y las innovaciones, pero nunca se olvidan. Próximo Oriente fue el claro inspirador de los avances y del progreso material en Europa. William Woodruff afirma que “estudios recientes han demostrado que entre el siglo III y el XV, la tecnología y la ciencia en China y en la India estaban más avanzadas que en Europa”. En el siglo XIX Europa se había consolidado en su papel puntero. Las sociedades de Oriente Medio son muy conservadoras. Sus religiones no estimulan el progreso, ven este mundo como una irremediable preparación para el otro. Islam y Confucianismo relegan a su sociedad al orden y a la estabilidad, no al progreso. (Dice el autor) El cristianismo nunca se ha mostrado demasiado hostil al progreso material en este. Piggot subrayaba que las sociedades conservadoras habían establecido “un modus vivendi satisfactorio… con su entorno natural”. La sociedad innovadora siguió siéndolo hasta haber establecido una nueva relación estable con su entorno.

     La culpa, en un principio, la tuvieron las glaciaciones: si la agricultura se desarrolló en Oriente Medio y no en Europa se debió a ellas. En general, las sociedades europeas han sido más o menos innovadoras, y, al no poder alcanzar una relación estable con su entorno, por lo menos durante largos períodos, de estos desajustes y de los estímulos y carencias resultantes surgieron las innovaciones tecnológicas que en conjunto denominamos progreso. El aumento de la población es uno de estos grandes cambios. La solución de un problema, no obstante, siempre ha creado otros problemas y llevado a carencias en otros campos. Es posible, también, que una sociedad estuviese tan íntimamente ajustada a su entorno que la más mínima alteración los obligara a innovar y modificar su cultura material. La capacidad de innovación no es algo consustancial al ser humano, sino algo a lo que la humanidad ha recurrido a regañadientes.

     Todos los grandes inventos han tenido como consecuencia, cuando no como objetivo, aumentar el dominio del ser humano sobre el mundo material. La ironía es que este control creciente fue extendiéndose no sólo a la tierra, al suministro de agua y a los metales, sino también a las enfermedades y a su transmisión. A medida que el hombre fue erradicando las enfermedades con la eliminación de sus agentes transmisores, se eliminó un poderoso obstáculo al crecimiento de la población. Estas circunstancias condujeron a un crecimiento acelerado de la población y al progresivo agotamiento de los escasos recursos disponibles, lo que, a su vez, hizo necesario que se continuase innovando y experimentando.

     La especie humana, aparentemente, prefiere el proceso lento y sostenido. Para que existan innovadores tiene que haber cierto grado de movilidad social. Los marxistas interpretan este panorama a la luz de la dialéctica hegeliana. Los conflictos entre la sociedad feudal y la mercantil, abundantemente ejemplificados en los problemas a los que se enfrentaron los comerciantes para conseguir y luego defender su derecho a hacer negocios, provocaron el surgimiento del sistema capitalista, y el capitalismo recurrió a la experimentación y a las innovaciones porque estas contribuían a la mejora del proceso productivo y a su rentabilidad.

 

                La periferia– El resto del mundo alcanzaba, de formas muy distintas, un cierto grado de equilibrio con el medio ambiente y no sentía la necesidad de innovar y de “progresar”. El desarrollo no tiene ningún mérito en particular, salvo el de hacer la existencia humana más feliz y llevadera. Los grandes descubrimientos y la colonización y el comercio posteriores comportaron grandes cambios. Los pueblos de Europa empezaron a explotar su cada vez más amplia periferia, no sólo mediante la importación de productos que consideraban útiles o prácticos, sino también estimulando su producción. La periferia, en conjunto, se explotaba para paliar las carencias que había generado en la misma Europa el aumento de la población y el crecimiento de la escala de producción de la industria manufacturera. Las importaciones de la periferia no quedaron sin contrapartida, sino que se compensaron con la exportación de productos casi exclusivamente manufacturados, con lo cual el mercado periférico adquirió una gran importancia como consumidor secundario de los productos de las industrias europeas.

 

                Inversión y bienestar– Así pagaban los europeos sus importaciones del resto del mundo. Lo más valioso para ellos fue las infraestructuras de comunicación: ayudaban a la exportación de materia y a la movilidad de la población. En toda valoración acerca de las exportaciones de cultura material de Europa, es importante tener en cuenta que casi todos los países del mundo han sido en su historia reciente colonias de algún país europeo u otro –aunque habría que diferenciar entre colonias de poblamiento y colonias de explotación-.Pero había zonas del mundo donde el clima era mucho menos acogedor para los europeos que las de Norteamérica. Gran parte de África y del  sureste de Ásia, así como otras de Centroamérica. McNeill ha hablado del “vivero de enfermedades” de África, desde donde se han propagado en época reciente numerosas enfermedades.

     El máximo exponente de la estabilidad era China, donde los “campesinos de cuarenta siglos” habían alcanzado una relación tan íntima con el medio, que no deseaban introducir ningún cambio, algo que, por otra parte, tal vez tampoco hubiese sido posible sin consecuencias nefastas para el precario equilibrio ambiental. Perkins dice que apuraron al máximo las posibilidades de la tecnología. China tiene dos ventajas: el espacio y los cambios genéticos. El arroz es de maduración rápida y permitió obtener dos cosechas en el sur y extender las fronteras de la zona de cultivo de arroz en el norte. Inconscientemente ha ido aceptando la tecnología y la ciencia occidentales. La supresión del shogunato y la restauración de la autoridad imperial en Japón causaron el mismo efecto.

     A menos que el resto del mundo en desarrollo adopte políticas semejantes a las de China y el Japón, la espiral de crecimiento demográfico y de producción insuficiente de alimentos adquirirá unas proporciones que hubiesen provocado la consternación de Thomas Malthus.  

  1. carlos
    diciembre 8, 2011 de 6:07 pm

    cuanto cuesta el libro saludos

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