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“La perfecta casada”, Fray Luis de León


Como ya señalamos ayer, la mujer del Siglo de Oro no gozó, precisamente de una posición respetada y admirada. En tanto que sujeto concedido al hombre por Dios, era inferior y debía estar subordinado de continuo en todos los aspectos de la vida. La perfecta casada, de Fray Luis de León -recordemos, un gran intelectual de su tiempo-, nos ilustra en este aspecto. Ya el título marca una diferencia. La “perfecta casada” no es, si quiera, la “perfecta mujer”; es decir, no tiene una categoría por naturaleza, sino en referencia al varón. De hecho, hasta hoy mismo, se sigue clasificando a la mujer en función del estado civil (soltera, casada, viuda…). En el matrimonio, la esposa debía ser honesta, fiel, estar en casa, atender al marido en todo lo necesario, no darse al ocio, sino más bien al trabajo continuo y cuidar de sus hijos. Os ofrecemos aquí algunos fragmentos representativos de la obra, esperando con ello dar una imagen más fiel de la concepción que la sociedad del siglo XVI tenía de las mujeres.

“Porque cosa e tan poco ser como es otro esto que llamamos mujer, nunca ni emprende ni alcanza cosa de valor ni de ser, sino es porque la inclina á ello y la despierta y alienta alguna fuerza de increíble virtud que ó el cielo ha puesto en su alma ó algún dón de Dios singular” (p.38; Barcelona: Montaner y Simón Editores, 1898) “Mujer de valor ¿quién la hallará? Raro y extremado es su precio”

Cap. II, 1º párrafo

Lo primero, porque su intento es componernos aquí una casada perfecta, y el ser honesta una mujer no se cuenta ni debe contar entre las partes de que esta perfectión se compone, sino antes es como el sujeto sobre el cual todo este edificio se funda, y,  para decirlo enteramente en una palabra, es como el ser y la substancia de la casada; porque, si no tiene esto, no es ya mujer, sino alevosa ramera y vilísimo cieno, y basura lo más hedionda de todas y la más despreciada. Y como en el hombre, ser dotado de entendimiento y razón, no pone en él loa, porque tenerlo es su propria naturaleza, mas si a caso lo falta el faltarle pone en él mengua grandísima, así la mujer no es tan loable por ser honesta, cuanto es torpe y abominable si no lo es. De manera que el Espíritu Sancto en este lugar no dice a la mujer que sea honesta, sino presupone que ya lo es, y, a la que así es, enséñale lo que le falta y lo que ha de añadir para ser acabada y perfecta. Porque, como arriba dijimos, esto todo que aquí se refiero es como hacer un retrato o pintura, adonde el pintor no hace la tabla, sino, en la tabla que le ofrecen y dan, pone él los perfiles y induce después los colores, y levantando en sus lugares las luces, y abajando las sombras adonde conviene, trae a debida perfectión su figura. Y por la misma manera, Dios, en la honestidad de la mujer, que es como la tabla, la cual presupone por hecha y derecha, añade ricas colores de virtud, todas aquellas que para acabar una tan hermosa pintura son necesarias. Y sea esto lo primero.”

Cap. III, 2º párrafo

 

Que es decir que ha de estudiar la mujer, no en empeñar a su marido y meterle en enojos y cuidados, sino en librarle dellos y en serie perpetua causa de alegría y descanso. Porque, ¿qué vida es la del aquel que ve consumir su patrimonio en los antojos de su mujer, y que sus trabajos todos se los lleva el río, o por mejor decir, al albañar, y que, tomando cada día nuevos censos, y creciendo de continuo sus deudas, vive vil esclavo, aherrojado del joyero y del mercader?

Dios, cuando quiso casar al hombre, dándole mujer, dijo: «Hagámosle un ayudador su semejante» (Gén, 2); de donde se entiende que el oficio natural de la mujer, y el fin para que Dios la crió, es para que sea ayudadora del marido, y no su calamidad y desventura; ayudadora, y no destruidora. Para que la alivie de los trabajos que trae consigo la vida casada, y no para que añadiese nuevas cargas.”

Cap. IV, 1º y 2º párrafo

 

Quiere decir que, en levantándose, la mujer ha de proveer las cosas de su casa, y poner en ellas orden, y que no ha de hacer lo que muchas de las de agora hacen, que unas, en poniendo los pies en el suelo, o antes que los pongan, estando en la cama, negocian luego con el almuerzo, como si hubiesen pasado cavando la noche. Otras se asientan con su espejo a la obra de su pintura, y se están en ella enclavadas tres o cuatro horas, y es pasado el mediodía, y viene a comer el marido, y no hay cosa puesta en concierto. […] Su andar ha de ser en su casa, y que ha de estar presente siempre en todos los rincones  della, y que, porque ha de estar siempre allí presente, por eso no ha de andar fuera nunca, y que, porque sus pies son para rodear sus rincones, entienda que no los tiene para rodear los campos y las calles. ¿No dijimos arriba que el fin para que ordenó Dios la mujer, y se la dió por compañía al marido, fué para que le guardase la casa, y para que, lo que él ganase en los oficios y contrataciones de fuera, traído a casa, lo tuviese en guarda la mujer, y fuese como su llave? […] Pues si es por natural oficio guarda de casa, ¿cómo se permite que sea callejera y visitadora y vagabunda? ¿Qué dice Sant Pablo a su discípulo Tito que enseñe a las mujeres casadas? «Que sean prudentes, dice, y que sean honestas, y que amen a sus maridos, y que tengan cuidado de sus casas». […] Y pues no las dotó Dios ni del ingenio que piden los negocios mayores, ni de fuerzas las que son menester para la guerra y el campo, mídanse con lo que son  y conténtense con lo que es de su parte, y entiendan en su casa y anden en ella, pues las hizo Dios para ella sola. […] Y así es que, las que en sus casas cerradas y ocupadas las mejoraran, andando fuera dellas las destruyen. Y las que con andar por sus rinconea, ganarán las voluntades y edificarán tu consciencias de sus maridos, visitando las calles corrompen los corazones ajenos y enmollecen las almas de los que las ven, las que, por ser ellas muelles, se hicieron para la sombra y para el secreto de sus paredes. Y si es de lo proprio de la mala mujer el vaguear por tu calles, como Salomón en los Proverbios lo dice, bien se sigue que ha de ser propiedad de la buena el salir pocas veces en público.”

Cap. XVII, varios párrafos

 

Los fructos de la virtud, quiénes y cuáles sean, Sant Pablo los pone en la Epístola que escribió a los gálatas, diciendo: «Los fructos del Spíritu Sancto son amor y gozo, y paz y sufrimientos, y largueza y bondad, y larga espera y mansedumbre, y fe y modestia, y templanza y limpieza». (Gál, 5.) Y a esta rica compañía de bienes, que ella por sí sola parecía bastante de sí mesma, se añade o sigue otro fructo mejor, que es gozar en vida eterna de Dios. Pues estos fructos son los que aquí el Spíritu Sancto quiere y manda que se den a la buena mujer […]“

Cap. XXI, 1º párrafo

 

 

*Para leer la obra, entrar aquí.

*Una comparativa con Luis Vives y una perspectiva general del período aquí.

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  1. junio 19, 2012 en 2:59 am

    pongan un resumen de la obra pero completo y con sus personajes pues no ayudan en nada

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